¿Por qué viajamos? Es la pregunta que me ha perseguido desde que leí la introducción al libro De Viaje, de Virginia Woolf (Nórdica, 2023). La traductora, Patricia Díaz Pereda, dice que a Virginia le gustaba viajar porque, como todos: “gustamos de observar y sentir todo aquello que es diferente a lo que estamos acostumbrados”. Mi mente se rebeló ante tan sencilla explicación.
De viaje es una compilación cronológica de las entradas de diario y de las cartas que Virginia Woolf (de soltera Stephen) escribió en distintas travesías. El libro nos invita a acompañar a la aclamada autora inglesa en sus periplos por Europa y a explorar (filtrados por sus pensamientos y experiencias, tan cambiantes con los años) el propósito y sentido de los viajes.

La travesía del lector junto a la autora de Mrs. Dalloway empieza con la muerte de su madre. Esta tragedia personal lleva a su padre, Leslie Stephen, a no querer volver nunca más a la casa de verano de St. Ives en las costas de Cornwall, arrebatando a Virginia y a sus hermanos del que había sido su lugar favorito hasta entonces. Así, para los Stephen, terminan las vacaciones y empiezan los viajes. No más ir al mismo lugar cada verano, a recorrer calles y rostros familiares que se han añorado por meses. A partir de entonces visitan diferentes regiones del sur de Inglaterra y el romance de juventud de Virginia con su país se empieza a gestar. Se fascina con la naturaleza, con lo diferente que es la vida y la gente fuera de Londres, como si vivieran en espacios temporales distintos: el campo inmerso en el pasado, la ciudad siempre a la vanguardia. Se da cuenta por primera vez de la historia profunda que cimienta a su país y se frustra al notar que su educación no le alcanza para comprender todo lo que ve. El lector rescata junto con la Virginia adolescente que viajar es más que esparcimiento: es aprendizaje y a veces, también, decepción.
La autora evoluciona como viajera tanto como persona y escritora. Es fascinante seguir este proceso vivamente en sus cartas y novelas. En sus primeros viajes por Europa, observa su alrededor con los ojos críticos de quien se cree proveniente de una civilización superior. “Gracias a Dios, me digo, que he nacido inglesa”, escribe en una carta turisteando por Italia. No me cabe duda de que muchos lectores latinoamericanos pensarían en su propia nacionalidad precisamente en sentido contrario. ¿Cómo cambia entonces la experiencia cuando viajamos llevando nuestros complejos identitarios en las maletas? Virginia tarda muy poco en dejar los suyos atrás. Apenas un par de años después, entrando por el Bósforo a Constantinopla, tiene una epifanía que me tomó por sorpresa por no parecerme tan ajena:
Constantinopla… te das cuenta de que no era una copia devaluada de París, Berlín o Londres y pensabas que esa era la ambición de las ciudades que no pueden ser realmente París o cualquiera de las ciudades importantes. Cuando las luces salieron en racimos por toda la tierra y el agua se llenaba de lámparas, te sabías espectadora de un drama vigoroso, que se presentaba sin pensar o necesitar a ciertos grandes países lejanos, occidentales. […] En cualquier caso, era una vista emocionante, y, si puedo usar la taquigrafía de un escritorzuelo, muy hermosa, por añadidura.
Tras leer esa entrada pienso en cómo hoy las grandes ciudades empiezan a parecerse, a llenarse de esquinas que podrían estar en cualquier parte. Si tuviera que imaginar cómo se verá el mundo en cien o doscientos años, sin duda un escenario posible es que sea todo igual. Probablemente, entonces, dejemos de viajar. ¿Para qué? ¿Seremos capaces de sentir ese asombro y desconexión que produce el viaje si todo se pareciera tanto? ¿O será que viajaremos con mayor soltura y comodidad al saber que siempre encontraremos lo que amamos de casa?
Constantinopla es lo más lejos que llegó Virginia Woolf. Nunca cruzó el Atlántico más que en su imaginación. Para cuando escribió Fin de viaje, su primera novela, en donde un grupo de ingleses se encuentran en Sudamérica, ya habían pasado varios años desde ese primer recorrido por Italia y es curioso que el pensamiento de: “¡No podría soportar no ser inglesa!”, se lo da a Mrs. Dalloway —que hace una primera aparición como personaje secundario en esta novela— al final de un diálogo construido para que la veamos como una mujer simplona y superficial. Nos hace pensar que, a los 33 años, la autora ya había cambiado su forma de ver el mundo.
Esto se vuelve muy palpable en sus cartas, en las cuales, de tantos lugares que visita, afirma: “Sin duda, este es el mejor país que he visto nunca [España]”; “Estoy segura de que Roma es la ciudad donde iré a morirme” ; “Te informo con solemnidad de que Grecia es el país más hermoso del mundo entero”; “Sin duda la Toscana, más allá de Siena, es la tierra más hermosa de todas las del mundo”. Al principio parecen simples comentarios de una viajera entusiasta que, como ella misma dice, tiene una enorme capacidad de disfrute —imagino a sus corresponsales volteando los ojos ante cada nueva exageración—, pero a partir de sus treinta, al tiempo que se enamora de los países que conoce, empieza a insistir en que no quisiera volver nunca más a Londres: “No obstante, estoy decidida a no volver a vivir en Inglaterra otra vez durante mucho tiempo. […] No tropezarse con las urbanizaciones y las criaturas respetables a cada paso es un gozo”; “Esto es tan divino que no sé por qué somos tan idiotas para vivir en Londres”; “¿Y por qué no vivimos todos así, Vita, y no regresamos nunca más a Bloomsbury?”
Los insistentes comentarios siguen sin despejar la inquietud detonada por la introducción: ¿por qué viajamos? ¿para escapar de algo? ¿para educarnos? ¿para ver el mundo? ¿para volvernos más interesantes? ¿para reencontrarnos con nosotros mismos o con nuestras parejas? ¿para tomarnos fotos y luego compartirlas?
En Fin de viaje, los personajes tienen diferentes motivos para estar ahí, al otro lado del mundo. Unos van por salud, otros por esparcimiento, unos más por trabajo, pero todos terminan formando un micro mundo y adaptándose a unas rutinas no tan distintas de las que tendrían en casa. Para quien iba hasta allá buscando alejarse de sí mismo, se encontró con una decepción: “Seguramente cosas maravillosas iban a pasar, pero en lugar de eso, no pasó nada, y aquí estábamos, tan incómodos, tan reprimidos y tan cohibidos como siempre”, dice Hirst, un joven inglés con un talante ácido y cínico que busca desesperadamente que alguien lo saque del sopor en el que vive. No sucede, no era Londres lo que le impedía ser feliz.
Por esto creo que Woolf no odiaba tanto como decía su vida en Londres. Siempre disfrutó sus viajes y sus quejas aparecen mayormente en sus cartas, no en sus diarios, como si tuviera la intención oculta de marear a su hermana Vanessa y a sus amigos con aquellas posturas: ¡cómo disfruto estar lejos de mi vida y de mi gente!, parece querer restregarles en la cara. Incluso llega a decirle a Nessa que lo ha pensado bien y que deseche su sugerencia inicial de vivir en Cassis, mejor vivir en Roma. Cassis estaba demasiado cerca de Inglaterra y entonces iría gente a quedarse. Se queja de las interrupciones del teléfono, de las visitas, de las cenas y los bailes, vaya, de todo lo que compone una vida social saludable.
Sin embargo, en Fin de viaje se delata: entiende muy bien que todo aquello de lo que quiere huir en Londres, poco a poco lo adquiriría en Cassis, en Roma o en donde fuera. Salvo por una cosa, que parece ser lo que está detrás de estos sentimientos: su identidad. En la única entrada de diario en la que habla del tema dice: “La existencia es completa en Italia: separada de esta. No soy nadie en Italia: no tengo nombre, ni llamadas, ni contexto”. Viajar, entonces, para Virginia representaba también la oportunidad de apartarse de sí misma y convertirse en una extraña, el lujo de ser nadie, del que ya no gozaba en Inglaterra.
Qué privilegio debió ser viajar a principios del siglo pasado. Virginia no deja de describir las carreteras vacías, los museos y los castillos donde ella y sus acompañantes son los únicos turistas. La Acrópolis como lugar de descanso de los griegos, a donde van al final del día a tomarse algo recargados en mármoles de más de 2000 años. Tuvo la oportunidad de ver el mundo más parecido a lo que es y no a cómo ha sido curado para los turistas. Porque, en su mayoría, ese es el mundo al que tenemos acceso ahora, el mundo arrasado por las multitudes y barnizado por la brocha del beneficio económico. Sobre todo, tiranizado por el látigo de las redes sociales.
¿Viajamos para aprender? ¿Para tomarnos fotos? Aquello que debió ser por años un recuerdo espontáneo y acaso involuntario, ahora parece ser el propósito mismo de los viajes. Virginia enloquecería de tener que hacer una reservación con tiempo, para luego llegar a hacer filas y finalmente encontrarte en un recinto tan saturado que apreciar lo que fuiste a ver sea físicamente imposible. Podría ser fascinante observar a la gente viajera si no fuera porque ya somos hordas de turistas sin control. Estoy segura que entre los visitantes de ahora habrá sociólogos tratando de entender de qué va este nuevo mundo en el que las personas entran en masa a los museos a posar frente a las obras de arte, sin dirigirles una sola mirada. Para aquel que va con un interés genuino, la experiencia buscada resulta inaccesible. ¿Habría tantos viajeros si no existiera la posibilidad de tomar fotos y compartirlas? Tal vez no. ¿Aprendemos algo? Seguro que sí, sólo tal vez no lo que esperábamos.
Más aún, lo que más amaba Virginia Woolf de viajar, ese recogimiento de nuestro mundo, esa existencia por unos días separada de lo que nos hace ser, eso es lo que queda cada vez más lejos del alcance de un viajero del siglo XXI. En la novela antes mencionada,cuando zarpa el barco que los llevará a su lejano destino, el narrador dice emocionado que los personajes estaban, por fin, libres de toda la humanidad, y que la euforia por esa libertad los recorría a todos por igual. Leí ese párrafo con añoranza. Hay que esconderse intencionalmente —y habrá que ver en dónde— para alcanzar esa sensación de libertad y desconexión, mientras luchamos contra la ansiedad que nos produce hoy en día estar incomunicados.
De viaje nos permite apreciar un arco interesante y conmovedor en la biografía de Virginia. A partir de sus cincuenta cambia el tenor de sus cartas y sus diarios: ya no desea librarse de Londres para siempre; por el contrario, extraña su casa, su trabajo, a sus amigos —que están empezando a morir. Para los Woolf, la década de los 1930, en la que el mundo se empezaba a oscurecer, estuvo moteada por tristezas personales que ya no contaban con el consuelo de un futuro por delante. Aun así, nunca dejaron de viajar. Sorprende leer que el último viaje que hicieron fue ¡a Francia en junio de 1939! Virginia y Leonard estaban conscientes de la amenaza de un conflicto bélico inminente y aun así decidieron cruzar al continente. Esa última aventura tiene el tono de un viaje de despedida. Un último vistazo al mundo como lo conocían.
Los lugares donde hemos sido felices siempre quedan grabados en nuestra memoria con una tinta certera, es a donde volvemos con la mente cuando queremos recuperar cierta seguridad en la vida. Todavía no llegaban a la edad de las remembranzas, pero después de aquel viaje a Francia a los Woolf ya les quedaba sólo viajar con su imaginación y buscar seguridad el uno en el otro. Para el resto de la gente, viajar dejó de ser un placer para convertirse en un acto de supervivencia. La muerte de Virginia Woolf fue su última huida y su último viaje. El 23 de marzo de 1941 para ella el teléfono por fin dejó de sonar.
Gabriela Sofía Gómez
Economista. Estudió la Maestría en Humanismo y Culturas en el Instituto Cultural Helénico. Se dedica a escribir. Produjo el documental sobre cuidados El tiempo de la hormiga.