Desde el 3 y hasta el 25 de agosto, se exhibe en la Galería Torre del Reloj El crisol de las sorpresas, una exposición de la artista plástica brasileña Leo Coimbra, que indaga en las relaciones que entablamos con los objetos. En este texto, Rafael Toriz, curador de la exposición, nos invita a conocer la obra de Coimbra, las preguntas y reflexiones detrás de su propuesta artística.

Hechos de una esencia fugitiva (condenados sin embargo a repetirnos), la memoria de nuestra vida es un péndulo encarnado en el lenguaje que oscila entre la pérdida y el olvido: ¿quiénes somos y qué hemos sido en realidad? El pasado,nadie lo duda, es sobre todo un abandono, pero uno que persiste.
Ante dicha circunstancia, la artista brasileña Leo Coimbra responde con una serie de instalaciones denominadas “In Vitro”, donde los recuerdos de una vida, más que quedar encapsulados, se ofrecen a la vista como un paisaje articulado a partir de objetos minúsculos imantados con su propia fuerza de gravedad. Dicho entramado teje relaciones que nos recuerdan —como lo ha señalado Liliana Porter con lo más íntimo de sus esculturas en movimiento— que existe una vida emocional cifrada en los objetos, elementos que son mucho menos inocentes de lo que estamos dispuestos a aceptar, toda vez que establecemos una relación tirante entre la inconsciencia y la inocencia con los elementos que nos rodean.
Los frascos de Coimbra son instalaciones que se ofrecen como dioramas compuestos con recortes de papel, juguetes, botones, madera, algodones, pelusas, hilos, herramientas, monedas, arenas, conchas, piedras, metales, plásticos y prácticamente todos los objetos minúsculos e indispensables que nos asisten en la vida a la manera del polvo aquel de Emily Dickinson (“This quiet dust was gentlemen and ladies”). Esta instalación señala que, de alguna manera, todo lo que existe en el universo guarda una correspondencia con todas y cada una de las partes que lo componen; no tanto un orden predeterminado como un código secreto.

Pero su búsqueda es también una pregunta por el lugar de los desechos, de todos aquellos elementos que se van adhiriendo a la vida como las excrecencias al rodar de una bola gigante de plastilina. Por eso, el gesto de recuperar todo aquello que “no tiene utilidad” le insufla un sentido nuevo a todos los triques, tiliches, trastos, trebejos, tarecos, escombros, cachivaches, cacharros, cacharpas y tereques, poniendo de nuevo en circulación no sólo palabras olvidadas, sino transfigurando conceptos y materias en un nuevo código de valor.
A la par de “In Vitro”, Coimbra pergeña inopinados collages, un crisol de sorpresas donde se mezclan imaginarios y tradiciones, arquetipos populares de occidente con visiones mesoamericanas, brasileñas, europeas y transcontinentales, que construyen una cosmovisión no por pagana menos sagrada. Esta mezcla sugiere una emancipación colonial para una civilización tropicalista por venir. Por ello, bajo la lógica de la lotería mexicana, a la manera de un caleidoscopio conceptual, sus collages portátiles permiten descoyuntar, deformar y desajustar la perspectivas y tradiciones encendidas por su mirada en aras de un sano ejercicio de ebullición barroca natural: la intención no puede ser otra sino contribuir, como se pueda, a la confusión general.

La suya, más que una mirada al futuro, es un vistazo a una realidad paralela, más sensual y sugestiva que la nuestra y sobre todo con una ironía cultivada que invita no tanto a la carcajada como a cierta sonrisa inocente, como cuando escuchamos a un niño reír entre sueños.
Con esta muestra de collages e instalaciones en frasco se expresa una voluntad por desentrañar los secretos de una vida narrada en sus objetos, a partir de sus dinámicas y misterios particulares, tomando en cuenta que todas las cosas del mundo, ya sea como intuiciones, proyecciones o falsificaciones, se encuentran siempre susurrando.
Ciudad de México, agosto 2024
Rafael Toriz
Ensayista y traductor. Curador de la exposición El crisol de las sorpresas.