
La primera vez que asistí a una exposición curada por Mario Paredes fue en noviembre de 2022. Aquella muestra en Balcón Espacio, una galería cerca del Metro Tacubaya, consistía en cuadros del pintor oaxaqueño Oscar Quevedo que representaban, con un fotorealismo vívido, aspectos diversos de la vida gay, desde el sexo oral hasta la violencia policiaca. La segunda vez fue en mayo de este año, cuando visité la exposición “Nuevos dioses para un fin del mundo capitalista,” una muestra del artista coreano Minseok Chi. La obra consistía de banderas de tela colgantes que lucían figuras reminiscentes de ciertas representaciones de los dioses del Este de Asia, pero con toques capitalistas: una corona con el logotipo de McDonald’s, un paquete de Kentucky Fried Chicken. La técnica era impresionante: colores brillantes y patrones detallados. La tercera muestra curada por Paredes que vi está actualmente montada en la Galería Unión. Bajo el título “BDSM”, reúne a trece artistas que se interesan por las prácticas sexuales disidentes.

Originario de Tlalnepantla, Paredes es el fundador y principal curador de Galería Unión, un espacio que busca destacar artistas de las periferias, ya sea de la periferia geográfica de Ciudad de México, de regiones lejanas de la capital (y del capital) o de una periferia más abstracta: la periferia de las formas normativas de pensar y de vivir.
Paredes emana calidez. Su pelo ondulado le llega hasta los hombros; su sonrisa es contagiosa. Me recibió en la nueva sede de la galería —una casa blanca y rosa en la zona de hospitales de la Roma Sur que comparte con otra galería, Salón Silicón, que se enfoca en artistas de la comunidad LGBT+, para hablar sobre el espacio y su trayectoria. Ese día, Paredes llevaba una camisa de vestir color rosa y un collar en forma de pene.
“Ayer traía uno que decía PUTO”, me dice. “La gente se me quedaba viendo, y yo fui así como, ‘a huevo,’ ¿no?” En Tlalnepantla, sin embargo, la cosa era más complicada: “El tiempo que estuve ahí me sentí atacado, discriminado. Soy muy privilegiado de poder vivir de este lado, pero también ha sido una paz mental para mí.”
La puta de Babilonia
Y sin embargo, aunque esa sensación de estar fuera de lugar —ese sentirse agredido— en la periferia lo impulsó a trasladarse a una zona céntrica de la capital, Tlalnepantla también le dio a Paredes los hilos conductores de su trabajo como curador. Si bien sus exposiciones son muy distintas entre sí, comparten dos elementos claves: una atención a la calidad de la factura de las obras y un compromiso de centrarse en artistas que vienen de las afueras de la ciudad y del insular y privilegiado mundo del arte.
Paredes estudió diseño industrial en la UAM–Azcapotzalco. Al terminar la carrera, trabajó en el equipo de prototipos de una compañía de empaque y embalaje que

trabajaban con grandes empresas que tienen fábricas en el Valle de México. “Me la pasaba bomba”, dice de esa experiencia.
Un día, la compañía fue contratada por un museo para ayudar con una exposición. El equipo de prototipos fue al taller de museografía en la Colonia Escandón, y luego al Centro Comercial Perisur, donde la exposición, consistente en obras de Diego Rivera y Frida Kahlo, se iba a montar. Trabajaron junto al curador y al museógrafo. “Yo dije, ‘¿qué es esto? Este mundo, ¿qué?’” dice Paredes. Después del montaje, quedó impresionado de nuevo, esta vez con el trabajo que él y sus colegas habían realizado. “Me dije, wow, hiciste todo un mundo. Y ahí fue cuando me abrí al mundo de las artes, de la gestión. Dije, creo que de ahí soy.”
Paredes se inscribió en un diplomado en curaduría y arte contemporáneo en la Academia de San Carlos. Tenía 27 años.
Vivía en Tlalne; venía al centro. Tenía mis tiempos medidos, por ejemplo, en la noche tenía que estar al cuarto para las doce en el metro Rosario, para poder llegar al metro a las 12:30. Y de ahí tomaba un taxi o si tenía suerte agarraba un camión y me metía a la colonia y me iba caminando. Llegaba a la casa a la una, una y media. Así estuve por dos años, iba y venía.
Paredes consiguió trabajos en un par de galerías, pero nunca en museos, lo que era su sueño. “Estoy en esto porque a mí me encantan los museos y nunca se me dio la oportunidad de trabajar en un museo,” dijo. “Estudié curaduría, estudié museología, estudié museografía. [Intenté] hacer todo del museo que se pueda. Pero en las entrevistas era siempre: no, no, no.”
Así que, en septiembre del 2019, Paredes decidió hacer su propio camino y fundó la Galería Unión. “Este es mi museo,” me dice. Al principio, no planeaba tener espacio físico: la galería existía en redes sociales y en ferias de arte. Después de un año, sin embargo, decidió adaptar su departamento en la Lagunilla para convertirlo en un showroom, cosa que implicó que se regresara temporalmente a vivir con sus padres en Tlalnepantla. Empezó a hacer exposiciones, sobre todo de artistas de la periferia de Ciudad de México. “Gente que vive en las faldas de la montaña o que han perdido un familiar por el narcotráfico o que vendían en un tianguis,” me dice. Paredes escogió este enfoque porque, a decir suyo
ese es mi contexto: yo soy hijo de padres que trabajaron en Pemex, en Ferrocarriles. Entonces busco esas similitudes personales, porque a partir de ahí creo que es donde el trabajo habla. Me parece mucho más honesto el trabajo que se hace en las periferias que otro que puede existir.
Paredes escogió el nombre “Galería Unión” porque la sede original de la galería estaba cerca de Tepito y su notoria Unión Tepito. El curador quería resignificar esa palabra como un signo de solidaridad. “La Galería Unión tiene la filosofía de que el arte es para todos y que el arte es un medio para que seamos felices”, me dijo Minseok Chi, el pintor de la exposición que visité en mayo. “Yo pienso lo mismo; Mario y yo estamos de acuerdo en para qué funciona el arte.”
Tras dos años en la Lagunilla, la galería se mudó a la Roma Norte y, en mayo de este año, a la Roma Sur. Al crecer la visibilidad e importancia de la galería, su visión de la periferia creció también, hasta abarcar no sólo a la periferia de Ciudad de México sino la de otras regiones del país que no suelen tener representación en el mundo del arte capitalino. Tal es el caso de Chi, quien es originario de Corea del Sur pero vive en Pachuca desde hace nueve años. El artista Gabriel Lengeling de Guanajuato, cuya obra es parte de la muestra “BDSM” (y que, además, tendrá una exposición individual en el espacio de Paredes este septiembre), afirma que este esfuerzo de traer artistas de “provincia” a la ciudad es fundamental. “Parece mucho que, si no vives en la ciudad, no está presente tu obra ahí”, me dice.

La escultura de Lengeling en la exposición actual se titula “Dildo N. 1” y consiste en una máquina sexual cuyo dildo toma la forma de una cabeza de coyote prehispánica, no tallada de piedra sino de silicón. La combinación de una forma antigua con el artefacto moderno resulta curiosa y magnética. Tanto en esta pieza como en los dioses de Chi —cuyos toques capitalista nunca parecen fuera de lugar, ni mucho menos un ardid cursi, sino que siempre se antojan una parte natural de la pintura y el mundo que imagina— la formación de Mario Paredes como diseñador industrial se hace evidente en la curaduría: la factura de las obras que representa siempre es impecable. “Primero a mí me gana la manufactura,” dice Paredes. “Me fijo en el acabado, en los terminados, en los materiales y después viene toda la conceptualización.”
En Paredes, la combinación de una visión conceptual unificadora y del ojo de un diseñador resulta fructífera. Si bien se trata de una sensibilidad desarrollada en la periferia de la ciudad, cultiva una estética que resalta todo lo que se pierde por la centralización del mundo del arte. La Galería Unión, con su compromiso con la periferia, enriquece ese mundo.
Caroline Tracey
Doctora en geografía por la Universidad de California. Su primer libro, Salt Lakes, será publicado en 2026 bajo el sello de la editorial Norton.
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