Miénteme más (sobre El arte del engaño)

Reseña de una novela autobiográfica donde el cine de la época de oro toma la vida de los protagonistas, sus sueños, anhelos y aspiraciones. El arte del engaño, de Álvaro Ruiz Abreu se publicó este año en la editorial de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco.


El arte del engaño es una novela de crecimiento. Arturo, el protagonista y narrador, nos lleva de los años 1950 y 1960 a la época actual; de un pequeño pueblo perdido en la costa de Tabasco llamado El Porvenir, que dejó de ser lo que fue hace ya mucho tiempo, a la colonia San Rafael de la Ciudad de México, al centro histórico y a las avenidas Juárez y Reforma, donde la modernidad alemanista avanza construyendo grandes edificios entre los que destacan enormes cines como el Roble, el Regis o el Latino, a los que acuden los citadinos para recibir su dosis de educación sentimental: las películas mexicanas del momento.

Arturo va a un psicoanalista, el doctor Martin Heder, quien le pide que escriba sus recuerdos de infancia con el fin de conciliar al mundano intelectual en que se ha convertido, con el niño y adolescente que nació y creció en El Porvenir, un pequeño pueblo, casi una ranchería que sobrevive de la pesca y la explotación del coco, donde sus pobladores no encuentran más distracción que beber, chismear y tener sexo. Las cosas cambian para los habitantes de El Porvenir el día en que el padre y el tío de Arturo abren un pequeño cine al que bautizan como Cine Victoria: pronto sus películas van llenando a la gente de sueños, de historias y de personajes, ciudades, conversaciones y dilemas nunca antes imaginados.

En su esfuerzo por ser lo más fiel posible a los recuerdos de infancia que pretende escribir, Arturo se entrevista con sus amigos de antaño como Checame o Irene, con antiguas novias como Amalia, con su tío Luis Antonio, su prima Ana Rosa y su anciana tía Licha, y hasta con el profesor Gallardo que ahora es un periodista cultural de renombre que trabaja en la capital para importantes periódicos. Conforme avanza la novela, mientras el narrador profundiza en la psicología de sus personajes —entre los que se encuentra él mismo— y nos revela sus intrigas, también hace recuento de las películas de la época, de las tramas y personajes, de los actores, directores y canciones que marcaron la forma de sentir de aquellos años.

Entre las que nos cuenta Arturo, hay historias especialmente memorables. La suya es por supuesto una de ellas, no nada más por lo que relata, sino por las digresiones y las palabras que escoge para hacerlo. Para transmitirnos la importancia y la emoción de la primera vez que se proyectaron en El Porvenir Nosotros los pobres o El Indio Tizoc, se sirve de un lirismo propio del cine de Ismael Rodriguez, de Gavaldón y Bustillo Oro, entre otros. Y para referir la muerte de Pedro Infante en un accidente aéreo cuando se encuentra en la cumbre de su carrera, nos escenifica con humor el impacto que ese acontecimiento causa en la población del pueblo. Corren rumores de que no murió en el accidente, pero que quedó tan desfigurado que se ocultó para evitar la humillación de que aparecer así ante sus admiradores. El cura de El Porvenir afirma que la muerte de Pedro Infante no es otra cosa que una señal de que se acerca el fin del mundo, y otros optan por negar la realidad y discuten que eso no le pudo haber pasado a Pedro Infante. Beto —el hermano poco años mayor que Arturo— y sus amigos aprovechan para darles el pésame con libidinosos abrazos a las chicas más guapas de la escuela, después de que el director del colegio reúne en el patio a los alumnos para comunicar la funesta noticia, y en señal de duelo suspende lo que queda de clases de ese día. Afuera, consternados, los pobladores de El Porvenir se reúnen frente a la televisión que hay en el restaurante bar del pueblo, propiedad del padre del protagonista, expectantes de las palabras de condolencia que con toda seguridad dirigirá en cualquier momento al pueblo de México el presidente Adolfo Ruiz Cortines. Nuevos rumores se esparcen de que se va a decretar un día de luto nacional en honor al ídolo.

Entre los personajes más conmovedores de la novela, Checame merece un punto y aparte, además de que podría haber aparecido en cualquier película de Ismael Rodriguez. Amigo de infancia del protagonista e hijo de Simón, la mano derecha del padre de Arturo en los negocios, reaparece en la vida de Arturo treinta años después. De niño sufre golpizas frecuentes: de su madre y su padre, del profesor del colegio y de sus supuestos amigos. Además de ir a la escuela donde es pésimo alumno, religiosamente le entrega a su mamá todo el dinero que gana vendiendo ostiones y pescados que saca del fondo del mar. Por eso nunca tiene dinero y sólo puede ir al cine cuando amigos como Arturo lo ayudan a colarse. Cuando descubren sus escapadas recibe una tremenda golpiza. Así, lo vemos sufrir una injusticia tras otra y no nos queda más que condolernos y admirarnos al descubrir que Checame tiene un carácter huraño y orgulloso que no admite la compasión. 

Otro personaje destacable es Miranda, el cartero que lleva la correspondencia, los paquetes y las películas a El Porvenir. Aunque tiene su casa en una aldea vecina, duerme algunas noches en un cuartucho que le renta el jefe de correos. Viste camisas semitransparentes, tiene un aire a Agustín Lara y en el pueblo sólo se relaciona con una señora madre de muchas hijas. En los últimos capítulos sabremos que Miranda tiene mujer y cuatro hijos en otro pueblo, pero que también es un pederasta que abusa de la Maicena, una casi niña que trae locos a los hombres de El Porvenir por las formas perfectas que ha cobrado su cuerpo.

Otra historia inolvidable es la del tío Luis Antonio, el hermano y socio del padre de Arturo, que en los años 1940 fue bracero en Estados Unidos y ahora, por magia de sus oficios, se ha convertido en dueño del cine Victoria, a pesar de que el padre de Arturo empezó con el negocio. Se trata de un hombre voluntarioso y necio, bebedor, parrandero y mujeriego, además de que siempre se aprovecha de su tranquilo y apocado hermano. El misterio del tío Luis Antonio, el dolor que ha traído guardado, se revela en los últimos capítulos, donde la novela apunta ya hacia el final con ritmo trepidante.

También resulta entrañable el abuelo materno de Arturo. Nacido en Campeche, se ve despojado de su rancho de mas de cien hectáreas por el gobierno justiciero de Lázaro Cárdenas. Lo conocemos cuando el protagonista emigra a la capital para seguir estudiando. Vive de un trabajo precario en el gobierno y con la abuela, en un pequeño departamento en la colonia San Rafael. Él es quien le contagia la ciudad a Arturo cuando acaba de llegar. Le muestra maravillado el centro y sus edificios y lo lleva a los mercados a probar los tacos y quesadillas de flor de calabaza y huitlacoche, que el adolescente devora ávido por comerse la ciudad entera. A veces el simpático abuelo llega borracho a la casa haciendo enojar a su estricta mujer, maestra de escuela por muchos años, que ahora sufre y se indigna con las cartas que le manda su hija. En ellas la madre de Arturo se lamenta de tener un marido sin carácter para independizarse de su familia y escapar de ese opresivo y odioso pueblo. La madre es un personaje triste que sólo encuentra un poco de consuelo en la radio, a la que pasa las tardes pegada escuchando boleros de Agustín Lara, María Griver y María Luisa Landín entre tantos otros. A sus 75 años “volvió a tener el peso de una niña de doce […]. Mi madre. Pero si alguno de nosotros le recordaba Viajera, cosa increíble, no lloraba ni se le ponían los ojos rojos, qué valor, Dios Mío, sino inmediatamente decía: Viajera que vas por tierra y por mar, dejando en los corazones…

Con su arte del engaño, Álvaro Ruíz Abreu nos lleva a imaginar y a emocionarnos con un tiempo y un México que tiene mucho de memoria y de ilusión, y que quizá, en algún lugar, existe todavía.

 

Ernesto Alcocer
Escritor, autor de Obediencia perfecta: la historia que sacudió a la Iglesia, entre otros títulos.

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Publicado en: Ciudad de libros