Dos poetas mexicanos en el potro del alcohol

A mis amigos de V. S.

En 1961, Bill. W, fundador de Alcohólicos Anónimos, envió una carta a Zurich sin garantía de respuesta. El destinatario era Carl Gustav Jung. En la misiva, exponía la importancia que tenían algunos fundamentos del psicoanalista alemán al erigir la asociación. Refería también que estos fundamentos habían llegado a él a través de uno de sus expacientes, un alcohólico desahuciado de nombre Roland H., quien había logrado apenas un estado de desintoxicación para recaer prontamente.

Tras su vuelta a los Estados Unidos, sin embargo, Roland H. había alcanzado la sobriedad a través de un programa innovador basado en dos preceptos caros a Jung: la aceptación total de la derrota frente al alcohol y su puesta en disposición a un Poder Espiritual. Jung abunda en respuesta a Bill W.: “su deseo incontrolable por el alcohol era el equivalente, en un nivel inferior, de la sed espiritual de nuestro ser por el Todo, expresado en lenguaje medieval: la unión con Dios”.1

Lo que Octavio Paz llamó en un verso memorable “el potro del alcohol”, acusa la ausencia de Dios en la vida de los adictos, de acuerdo con Jung. El dipsómano regular lidia con ello a través de la sustancia; el poeta alcohólico, por contraste, divide su ansia en dos: en la sustancia y en la poesía. Paz vuelve a este apotegma en El arco y la lira:

La experiencia poética, como la religiosa, es un salto mortal: un cambiar de naturaleza que es también un regresar a nuestra naturaleza original. Encubierto por la vida profana o prosaica, nuestro ser de pronto recuerda su perdida identidad; y entonces aparece, emerge, ese «otro» que somos. Poesía y religión son revelación. Pero la palabra poética se pasa de la autoridad divina. La imagen se sustenta en sí misma, sin que le sea necesario recurrir ni a la demostración racional ni a la instancia de un poder sobrenatural: es la revelación de sí mismo que el hombre se hace a sí mismo.2

Dios y poesía son, cada cual a su manera, actividades del espíritu: ambos se revelan irrefrenables, expansivos y desbordados. Absolutos. Dante, en la parte final de su largo poema, encuentra a Dios a través de una visión. Halla su Sabiduría pues, como bien se asienta en Proverbios, Ella sólo emana de Dios. En el caso del poeta alcohólico, no obstante, su búsqueda, lejos de acercarlo, lo arroja al vacío. O mejor dicho: lo vacía. La poesía y el consumo se entrelazan y crean un ímpetu vital que se hermana, de suyo, con la pulsión de muerte. Entre nuestras letras, acaso no haya mejor ejemplo de ello que los casos de Samuel Noyola (1964- ) y Luis Ignacio Helguera (1962-2003).

Esta tradición no es nueva. Desde Rubén Darío y, más adelante, bajo el influjo del decadentismo francés, los poetas de finales del siglo XIX acogieron la búsqueda de los paradis artificiels entre sus tópicos literarios. Manuel Gutiérrez Nájera lo consignó mejor que nadie: se trataba de una generación que perseguía “el infinito en lo finito”.3 Algunos artistas de entre ellos, incluso, alcanzaron la muerte bajo su influjo: Julio Ruelas y Alberto Leduc son dos ejemplos de ello. La tradición no ha cejado. David Huerta, Francisco Hernández, Christopher Domínguez Michael, Hugo Hiriart… son sólo algunos nombres que recuerdan cómo varios de nuestros mejores escritores se han atado a la botella.

Estos alcohólicos en retiro, no obstante, padecieron la enfermedad sin que ésta dejara impronta en su obra. Son adictos que escriben en la misma medida en que Paul Morand fue católico sin que esto trasluciera en su obra. Pero hay casos también, como el de un Paul Claudel, cuya poesía no podría entenderse sin su procedencia religiosa. De la misma manera, la poesía de Noyola y Helguera no podría dilucidarse sin el alcohol.

Cabe una precisión: la sombra alcohólica que cubre la poesía de Noyola y Helguera delinea un temperamento. En ninguno de los casos, el alcohol deviene motivo de celebración. No hay jaculatorias  —más propia de adolescentes o de poetas adultos que, acaso sin saberlo, aún lo son— ni filípicas —propias de los alcohólicos renegados. Su producción es propia de un poeta alcohólico casi por obligación. Porque, como alegó Paz, “el poeta no tiene  biografía. Su obra es su biografía”;4 y sólo en esa medida, el alcohol se vierte sobre la obra casi a pesar de sí mismos.

Nacidos en la década de 1960, Noyola y Helguera encontraron la muerte con presteza, si es que el primero aún no duerme el sueño eterno. Su causa: el alcohol. Su vida está, entonces, directamente relacionada con su obra: ambas se nutren de los mismos fantasmas y las mismas perturbaciones. Los hermana su dipsomanía —“sus úlceras y cicatrices morales”, por decirlo junto con Thomas de Quincey —pero difieren en temperamento.

Ilustración: Patricio Betteo

* * *

Noyola fue un poeta precoz. Con apenas 21 años, publicó su primer compendio de poemas: Nadar sobre mi llama. A ese primer libro, en 1993, siguió Tequila con calavera. Su calurosa recepción obedece a que en esa obra temprana es donde mejor se palpa el talante poético de Noyola. Están ahí los versos que delinean su silueta: el lector de Paz que deambula por la ciudad y la recrea a través de agónicas imágenes; el amante desesperado, brutal e infantil a la vez; el adicto a la vida en su forma más abierta y, al tiempo, más violenta. Como Arthur Rimbaud, el arco poético de Noyola fue corto: concluyó en 2003, con la publicación de Palomanegra, apenas años después de su desaparición.

Helguera, por su parte, tuvo un decurso más pausado. Sus primeras publicaciones vieron la luz pasados los treinta años y, más que poeta, se revelaba como un procurador del formato corto. Escribió prosas breves como en Traspatios (1989) y Minotauro (1993); y, asimismo, —lector de Borges, al fin— compiló y anotó una muy depurada Antología del poema en prosa en México (1993). A estas primeras manifestaciones de su genio literario, se sumaron pronto una decena de libros de naturaleza variada que acusaban los temas que lo perseguirían toda su vida: el ajedrez, la música y, desde luego, sus influencias literarias, como Arreola y Novo.

Así, a estos dos espíritus los hermanaba la dipsomanía y los separaban sus propios temperamentos. Noyola se muestra como un enfant terrible que acude a los Siglos de Oro para encontrar la savia de su poesía, húmeda y desbordada; Helguera, por contraste, se revela como un dandy que procura a los ingleses de los siglos XVIII y XIX para encontrar la elegancia y contención de sus palabras. Y estas cualidades mundanas se dejan sentir en la forma: Noyola cultiva el soneto y, como Duchamp una vez dominado el dibujo, se enfrenta a la tradición para encontrar su propia cadencia: versos de extensión libre donde el capricho de la imagen se impone a la escena. Porque Noyola es, ante todo, un poeta que ve con los ojos, no halla mayor potencia que en el descubrimiento de improntas concisas y penetrantes. Es un observador y la atalaya desde donde registra todo son las propias calles. Es un poeta del exterior, tanto cuando cae la noche como cuando despunta el día:

Incesante, cerrada
en un monólogo
la ciudad no me llama,
no responde.

En la plaza
soy número perdido,
gravedad y ceniza
de la fiesta.

Salí para enfrentarme
con los otros,
ver los ojos
del águila que sueña.

La ciudad no se mueve
en su decurso.

Sus avenidas
son arterias frías,
sus vidrieras sin alma me reflejan.

Sus palabras
me saben a ceniza
y no dejan nunca
en ningún lado.

En sus calles,
el hombres es el deseo
sin raíces
que al fin desaparece.5

Y es que para Noyola, como lo añoraba el obispo Berkeley, el paisaje no existe sin observador (vid. esse est percipi). Por eso, aunque su poesía parece rendir tributo a la ciudad, en realidad, a una mezcla de “estro provinciano” y “bucolismo urbano”,6 ofrece pleitesía a los hombres y, por tanto, a su propia experiencia en el mundo. El paisaje sólo es paisaje a condición de que traspase el espíritu de Noyola:

Me voy al monte: circo de la iguana.
Cruzando un mar de lenguas,
y plaza abierta a la sombra del águila.

Soñado por el agua de los cactus
y las piedras que pierden todo el tiempo.
Alma en peña del desierto.

Es un poeta íntimo pero su procedimiento sólo encuentra salvoconducto a través de los sentidos. Noyola es un devoto de la sensualidad. Hace suya la enseñanza del T. S. Eliot tardío: ​​el poeta sólo ha de exteriorizar sus emociones a través de los objetos, personajes o situaciones reconstruidos en el poema. De cumplirlo, la expresión personal se objetivará mediante símbolos de gran poder evocador que despertarán, por su parte, la propia emoción del lector.7 Por eso Noyola tampoco claudica ante el poder de la ensoñación como en “El campanario”:

Despiertas al azul
petrificado del cerro.

Niebel florece espumosa
por la mañana.
Como tu cama.

Chocan olas contra luz:
chispas de oro.

Canta el amor en tu alcoba.
Canta el mar en tu alcoba.
Es rayo timbrado
la luz: flauta y coro.

o en este pasaje de “Zozobra”, donde las sombras que habitan en el espíritu de Noyola transmutan en versos luminosos, solares, como lo ejercía su maestro Paz:

[…] La ciudad naufragó toda la noche.
Con álamos anclados y neones en vela
sobrevivió al oleaje de la sombra,
donde los ídolos de piedra se hunden
y el ciudadano sueña una pirámide.

Yo también naufragué con la ciudad.
Atónita mirada que se pierde
en la deriva inmóvil del silencio,
los segundos ingrávidos de niebla,
temí beber mi espectro en el espejo.

Llegué al amanecer temblando, arrojado a la playa descubierta.
Alba de página,
                            zozobra de la noche,
en la arena dibujo y borra las palabras.

Y es que Noyola —tengámoslo siempre presente— vive de emociones. Sólo en la medida en que el espacio exterior se comunica con el interior, el suyo propio, su misma sensibilidad poética,  hay espacio para el amor, como en “Túmulo”:

Cuando estabas sola, en lo obscuro,
me decías sentirte prieta.
Yo encendía la luz. Sol puro.
Agua de soledad. Despierta.

o en “La siesta”, acaso su poema más tierno en un temperamento que se resiste a serlo:

Esa figura dorada
que veo cuando respiro
me dice que en el silencio
es cuando se está mas vivo.

En mi sangre yo la pienso
como sílaba o sibila,
cuando le pregunto algo
me contesta con más vida

Su mar de latidos
me escala el pecho espumosa,
se confunde con mi cuerpo
y salto al centro de su ola.

¿Casi respiro la nada
arrojándola al vacío?
Creo que vuelo con ella,
cuando respiro sonrío.

Las emociones que Noyola se permite sentir son variadas y son capaces de alcanzar distintos registros. La muerte, tan trágica como sólo ella puede serlo, incluso puede ser motivo de  divertimento como en “Trío de boleros”, dedicado a la triste muerte de Severo Serduy:

Severamente murió
de una pandemia certera
que lo subió en escalera
al cielo donde pegó
grave grito porque vio
en la sonrisa del Buda
el horizonte que duda
despeñarse a la otra noche:
donde el día se desunda
y el tatuaje ya es un broche.

Las locas están de luto
—manicomio en tinta china—
y postradas en la esquina
de la página
                   Bien puto,
débil corazón enjuto
que palpita con la muerte
de su dueño.

                   ¡Tanta suerte
derramada en el bailongo!
El Editor, joto inerte,
que se agarra por el chongo.

Murió Severo Sarduy.
Borracho copio su esquela

desenfadado copio su esquela
que repartiré a capela
como el pájara Jujuy
en la noche uyuyuy.

El espejo del salón
a luz media, corazón,
si refleja con descaro
la caoba del cajón.
Cempasúchil. Desamparo.

En estos ejercicios, el minucioso lector de los clásicos de los siglos XVII y XVIII, no regatea espacio para la risa y la carcajada. Deja sentir la influencia de un Francisco de Quevedo, un Arthur Rimbaud y, entre los nuestros, de un Gilberto Owen o un Gerardo Deniz. Mide, como ellos, bien el verso y — lejos de encontrar en la métrica una constricción— la libera para alcanzar su propio ritmo: rápido, dúctil y certero. Y lector también de los místicos españoles, Noyola es igualmente un poeta que vive de la sensualidad de los elementos. Así en “Otoño”, mientras toca el compás del amor erótico:

Desnúdate como los árboles
Deja caer la mirada
hasta el colchón de hojas secas
donde cruje el sol con el otoño.

o en este fragmento de “Abertura”:

[…] Así salimos despedidos
del sentido oculto a los sentidos
abriendo un vacío en el espacio sin párpados,
pero que todo el tiempo obscenamente pestañea.

Por la impetuosidad de su alma y su adicción, Noyola es finalmente un poeta del dolor. De haber sido artista, su género habría sido el del aguafuerte: su producción es negra y apesadumbrada como la de un Durero. Así en “En la avenida Cuauhtémoc”:

Después de que el agua lo inventa
la tierra lo recoge
y su día es el fuego
al hombre se lo lleva el viento.

o en “Arcano cero”, el poema en el que bien podría afirmarse que se cifra su poética toda:

[…] Artista entre ojos de cantina.
Alquimista del álgebra y del alma,
cuando me impulsaron al diez
sólo alcancé a ver el cero,
el gong del vacío,
                              salté:
[…] Gira el carrousel del cero y sigue sonando el mar.
Estar arriba o abajo es lo que menos importa.
Nunca me siento solo en el oleaje de la escritura.
Nada quiere mi llama hacia la otra orilla.
El arsenal del cuerpo es una inteligencia mística.
Los sentidos son plenos frente al tiempo:
cantar, respirar, bailar, escuchar, besar y ver.
Siempre serán los verbos del presente eterno.

El arcano cero es la única de las cartas del Tarot que no tiene número: es el todo y la nada. El inicio y el fin. Su representación en un personaje ataviado con ropas de bufón. Porta cascabeles porque es sonido y movimiento, caos y marcha. El Loco —aseguran quienes saben—  encarna el arquetipo del héroe. Es el eterno peregrino que peregrina en su propia vida más allá de las realidades inmediatas. Por definición, es símbolo del cambio y del caos. Todo eso fue Noyola.

* * *

Nuestros poetas alcohólicos eran hombres de ciudad: Noyola era oriundo de Monterrey, al tiempo que Helguera de la Ciudad de México. Y, no obstante, su acercamiento al fenómeno urbano es harto diferente. En el espíritu del neoleonés, la ciudad es una entidad viva que se bate entre la noche y el amanecer. Es una prolongación de sí mismo: es un paisaje interior.

El caso de Helguera es diferente. Su tristeza no es eléctrica: es pausada como el vaivén de las olas. Es una cuita pausada, desprendida del ímpetu juvenil —de Noyola, por ejemplo — y más cercana a la melancolía de la mediana edad. Porque en Helguera hay una angustia existencial profunda y madura, distinta a las lamentaciones del adolescente: es pudorosa e implacable, como la nieve tras un asesinato.

Helguera tuvo dos pasiones: el ajedrez y la música. ¿Qué halló en ellos que no encontró en ningún otro lugar? Descubrió las respuestas que la vida le regateaba o que, si se quiere, se negaba él mismo. Porque en ese “juego de los dioses, de infinitas posibilidades” —como escribe Nabokov en The defense of Luzhin—, existen sólo dos respuestas posibles: el infinito o la nada. Lo mismo en “Peón”:

Nada.
Mover un peón sobre el tablero
nada más.
Peón cuatro dama.
Contra nadie.
Contra el hastío.
Contra la incertidumbre.
Contra la zozobra.
Contra el infinito.
Contra la nada.8

que en “Zugzwang”:

Las blancas están en zugzwang:
no les queda sino mover el rey
de un cuadro a otro
esperando maniobras terribles
contra su enroque sitiado:
mosca pataleando en la telaraña.
También yo estoy en zugzwang:
no me queda sino moverme
de un cuarto a otro
esperando malas noticias
inevitables
como la caída lenta de la noche.

La otra pasión de Helguera, la música, no es muy distinta. Es movimiento y tránsito: vida. Una vida que se le va de las manos, pues no basta la belleza del mundo para mitigar la angustia profunda que habita en él. Como en “Modhina de las Bachianas brasileiras núm. 1 para ocho cellos de Villa-Lobos”:

Qué tristeza a veces da la tristeza ajena
la de la gente bienintencionada a la que el destino parece empeñarse en probarle que [es mejor ser mala persona
la de la gente que trata honradamente de “superarse”
y compra y lee con esfuerzos uno de esos manuales de superación personal
y todo le sale mal
como todo bien a los autores abyectos de esos bestsellers
una tristeza que va y vuelve como las olas del mar
la de la gente buena que cree a diario en Dios por más que Dios sólo le dé a diario bolillo [duro
qué tristeza la del hombre que logra por fin armar el rompecabezas de su vida
solamente para comprobar que fue todo un rotundo fracaso […]

El procedimiento de Helguera se distingue del de Noyola en todos los sentidos. En primera instancia, porque las suyas son escenas que apenas pasan por el espíritu de quien escribe. Más que tristeza, aquello que encontramos es melancolía: una mohina templada que no se posa sobre ningún objeto. Su pesadumbre apunta al mundo todo —y por eso se revela apacible como una tarde de lluvia. Así en “Globo”:

Alta nos queda la felicidad
fin último del hombre según Aristóteles
alta nos queda
rara vez la alcanzamos
pero a veces
en forma burlona de globo
desciende sobre nuestras cabezas
y sentimos su suavidad
electrizarnos el pelo
y asimos su hilo
y acariciamos su liviandad oval
y paseamos por el parque del mundo
con nuestro globo
y reímos como idiotas
ebrios de felicidad
hasta que nos parece ordinario, aburrido, soso,
pasear como idiotas con un globo por el mundo
y la mano pierde el hilo
y el globo vuela angustiosamente
como hacia un precipicio
hacia el infinito.

O en esa elegía sobre los hombres que es “Cochino”. Se trata de una postura toda de Helguera frente a la vida: alguien para quien, —como al James Joyce del Ulysses— la vida no es sino “muchos días, día tras día”. Ahí conviven el poeta de la inteligencia y de la carne que es felizmente Helguera: desnudo y alérgico al lamento facilón, pero preclaro en su mirada trágica del mundo:

Se revuelca en el lodo
como el hombre rosado y roncado
como el hombre
de carnes tiernas y tóxicas
como el hombre
conocedor de la metafísica elemental
como el hombre
horrorizado ante los cuchillos
como el hombre
vibrantes y luminosos
como el hombre
chillando de espanto de cara a la muerte
como el hombre.

Helguera es impermeable al espectáculo del mundo. Entiende que toda ganancia comporta una pérdida. Pero —¡oh, sorpresa!— no se acongoja: a diferencia del alcohólico ordinario, no vive de la culpa. Conoce una de las grandes tragedias de los hombres; comprende que todo aquel que no logre entenderlo deberá ofrendar su propia vida en ello. La ofrenda que dio Helguera es su vida y su poesía toda, que acaso se cifra en una nuez en “Llegas como la lluvia”. Acepta su responsabilidad; abraza su propia incapacidad sea para sentir la belleza de la lluvia:

Cuando ya nadie quiere contestarte el teléfono —con razón—
y no esperas ni planeas nada
porque nada puedes
y se fue la luz
y ni velas tienes
ni paraguas
y miras el aguacero torrencial por la ventana de tu cuarto
y la ropa empapada del tendedero vecino
y el traspatio asqueroso donde entre risas del mediodía
mataron una
rata a palos unos albañiles
y peinas que la lluvia en realidad no es triste como tú
ni hermosa
ni siquiera misteriosa
ni divina
ni diabólica
sólo lluvia
agua que cae del cielo porque sí
porque así es la vida
nadie sabe cómo
pero todo el mundo dice
“así es la vida”

o el calor del amor:

Con qué amor y con qué artesanía
bordó quién sabe qué pájaro
el nido que cayó de quién sabe qué árbol
y pone Antonio en mis manos
este domingo al mediodía
cuánto amor maternal
en cada nervadura
en ramas y raíces y pelos de gato y de ser humano
cuánto divino amor
en la trama del instante
que cae, pesado, a la tierra
por qué carezco Antonio
de esa paciencia
para amar en la miniatura de las ramas y trinos
para tejer el vuelo
para enhebrar la vida
por qué si ando siempre en las nubes
desconozco tanto el cielo
por qué acaricio el milagro del nido
y quedo tan lejos del pájaro
que vuela y juega
y canta a lo alto
y vuelve divino el cielo

Helguera lo tenía todo —inteligencia, talento, joie de vivre—; pero su condición alcohólica le impedía verlo. La vida lo llamaba a la puerta, y era incapaz de abrir el cerrojo y asomarse a recibirla. Así sucede en ese penetrante poema que revela el tedio de domingo que, en alguien como él, sobreviene el spleen de toda una vida:

Miro a esa vieja desde mi ventana
mirarme desde la suya
ella con su chal
yo con mi copa de vino
en este domingo suave y enfermo
domingo de silencio
roto a veces por un coche
un bullicio de niños que saben todavía divertirse
es la vida este domingo
mirar por la ventana a una vieja que nos mira
envejecer: espejo de las ventanas
es la vida este no estar pasando nada
a la vieja y a mí
nos une el tiempo
el domingo
envejecer ella, envejecer yo
tener una ventana
tener un chal ella, yo una copa de vino
sentir que no está pasando nada
que no pasará nada
nos une eso              y nada más

Es una tragedia porque Helguera acaso no logra comprender la lección uno en la vida de los hombres: no se puede tener todo. O peor aún: si se tiene todo, se pierde todo. “La mucha luz —anotó Paz en un prólogo a Carlos Castaneda— es como la mucha sombra: no deja ver”. Es incapaz, en síntesis, de reír como un niño; es, como el albatros de Baudelaire, “un príncipe de las nubes”, “exiliado en la tierra”, y cuyas “alas de gigante le impiden caminar”. Todo eso fue Helguera.

* * *

Al final de aquella carta de Jung a Bill W., el suizo remataba: “alcohol en latín es espíritu, y se usa la misma palabra para la más alta experiencia religiosa como para el veneno más ponzoñoso. Por ello, la fórmula que puede ayudar es: spriritus contra spiritum”.9 Noyola y Helguera perdieron esa partida y nos obsequiaron, sin importar el costo, su poesía.

 

Antonio Nájera Irigoyen
Ensayista


1 Schoen, D. The war of the gods in addiction. C. G. Jung, Alcoholics Anonymous and the Archetypal Evil, Asheville, Chiron Publications, 2020, p. 33.

2 México, FCE, 1972,  p. 50.

3 Gutiérrez Nájera, M. “El arte y el materialismo”en Clark, B. y Ana Laura Zavala. La construcción del modernismo, p. 25.

4 Paz, O. “Fernando Pessoa: el desconocido de sí mismo”, Revista de la Universidad de México,noviembre de 1961.

5 Noyola, S. El cuchillo y la luna: poesía reunida, Monterrey/ UANL, El Tucán de Virginia, 2011. Todos los poemas citados de Noyola provienen de este libro.

6 Domínguez Michael, C. “Afinador, afilador”, Letras Libres, 12 de diciembre de 2007. 

7  Eliot, T. S. “Hamlet y sus problemas”, Criticar al crítico y otros ensayos, Madrid, Alianza, 1967, pp. 20-1.

8 Helguera, L. I. Zugzwang, México, El Tucán de Virginia, 2007, p. 84. Todas los poemas citados de Helguera provienen de este libro.

9 Schoen, D. op. cit.

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Publicado en: Ensayo literario, Florilegio