Exterior. Parque de atracciones. Día.
No conozco Disneylandia.
Si, no conozco Disneylandia ni Disneyworld ni ningún parque temático que se le parezca y cada que lo confieso a mis interlocutores se les pone una cara bastante extraña antes de decir : deberías ir, a ti que te gustan las películas y esas cosas.
La verdad no se si me gustará pero lo más parecido que conozco a Disneylandia – o a un fin de semana ideal- es un festival de cine y si este es en una ciudad junto al mar donde se come bien la cosa es aún mejor.
A diferencia de ayer que solo asistí a funciones de prensa hoy tuve la oportunidad de compartir proyecciones con las gente de Donostia y tomarle el pulso al Zinemaldia de una manera diferente.
Lo primero que hay que decir es que aquí hay un interés real por las películas. 15 minutos antes del inicio de la proyección el Auditorio Kursaal 1, con capacidad para 1800 personas, estaba prácticamente lleno.
La gente local siente el festival como suyo y eso se nota. Los cafés, restaurantes y bares respiran cine y las calles son un hervidero a determinadas horas y se vacían a otras.
Afortunadamente, la película a proyectar, la iraní The white meadows de Mohammad Rasoulof, estuvo a la altura de las expectativas.
Precedido por el prestigio y buen sabor de boca que ha dejado en estas tierras Bahman Ghobadi, ganador en dos ocasiones de la concha de oro con sus películas Las tortugas pueden volar (2004) y Media Luna (2006), el filme de Rasoulof es serio contendiente para llevarse el premio a mejor película este año.
La historia que cuenta es sencilla y fantástica a la vez: Rahmat tiene como trabajo viajar en una pequeña lancha de remos por una serie de islas recogiendo las lágrimas de sus habitantes. En su camino se topará con personajes y paisajes surreales –buena parte de la historia se desarrolla en un lago salado que rodea unas impresionantes salinas con cavernas profundas y montañas inmensas- que harán de su periplo algo entrañable e intrigante a partes iguales.
Contada con sencillez y haciendo uso de una narrativa austera pero firme The white meadows es una hermosa metáfora sobre el precio que hay que pagar por intentar ser diferente en una sociedad que busca controlarlo todo. Lo mejor de la tarde sucedió cuando el comentario social contenido en la cinta que de pronto se salió de pantalla y alcanzó a su director y protagonista que, presentes para recibir el aplauso del público en la sala, vestían unas discretas pero elegantes bufandas verdes. Sonriendo en el auditorio abarrotado Mohammad parecía preguntarse: ¿Quién dijo que hay que ser escandaloso para expresarse políticamente? Por cosas como estas me gusta tanto el cine.
Más tarde, y después de una tortilla de bacalao, un par de claras con limón y un insuperable pastel de arroz en la pastelería tradicional Oiartzun, se proyectaría El secreto de sus ojos.
Dirigida por Juan José Campanella– responsable de la excelente El padre de la novia (2001) y con una carrera exitosa en series norteamericanas como Dr. House o La ley y el orden– esta coproducción entre Argentina y España reúne méritos para pensar que puede estar en el palmarés final. Un guión sólido, el oficio de un realizador con estilo y personajes bien trazados y mejor interpretados-destacan Ricardo Darín a quién vimos ayer en la película de Fernando Trueba y Guillermo Francella en un secundario inolvidable- son sus principales argumentos. Habrá que ver si al final atinamos en algo al pronóstico.
Finalmente, y desafortunadamente fuera de concurso, vale la pena destacar la excelente impresión que dejó por estos lares la película mexicana Norteado de Rigoberto Perezcano. La cinta, ópera prima del director oaxaqueño que estuvo el año pasado en la sección en construcción de este festival y ganó los premios que otorga TVE, la industria y el de la casa de América, es un sincero y limpio relato de la migración que evita los clichés y lugares comunes del tema sustituyéndolos con inteligencia y sutileza.
Hasta aquí llegamos hoy. Voy a subirme a otra montaña rusa de estas que hay por acá y mañana les cuento.