Roberto Diego Ortega (1955-2023) siempre será El Bob para algunos de nosotros. Van estos párrafos “del natural”, como él mismo habría dicho al hacer algún texto de botepronto.

A la hora de la guitarreada El Bob era de pedir invariablemente la “Elegía” de Miguel Hernández a su amigo Ramón Sijé con música de Serrat. Pasaban los años y atrás de la petición yo volvía a recordar, como en sello de agua, que el gusto por ese texto/canción le devolvía al poeta Joel Piedra, desaparecido y para siempre en aquel tiempo (“Tú también sabías/ que este es el tiempo de los asesinos”, dice en su poema “Crónica” dedicado a él).

(Un día metidos en el mar de Acapulco El Bob sin más empezó a decirnos de memoria un pertinente poema de Joel Piedra, publicado por cierto en la tercera de forros de la Revista de la Universidad —abril, 1977—; página dedicada a la poesía por decisión de su editor de entonces, José Joaquín Blanco. Así:

          Fija
                      la vista
          miro
                      a los cuatro
          puntos
                          hundo
          la mano
                                   en el abundante
          mar
                         extensa
          serranía
                             abatida
          oh soledad
                                       tirita
          esplendorosa
                                           eres mía
          totalidad
                                   de la rompiente

 

El Bob hundía de nuevo la mano en el mar y remataba: “Al hacer esto palpo también la poesía en el tacto-tacto y en el tacto verbal de Joel Piedra”).

Era un anfitrión extraordinario. El departamento de la calle de Sinaloa que compartía con sus hermanas fue escenario de gatsbyadas (aclaro: clase media) memorables. A diferencia de la pureza de Novalis, quien dijo “no sentir el Sueño” en, digamos, los “paraísos artificiales”, nosotros sí lo sentíamos por otras vías: algunos, en el dorado oleaje de las uvas; otros, en el mágico aceite del almendro; otros en la amapola de los jugos pardos. (Otros más, agrego, a la manera de Novalis, “en la grácil vacuna de los velos verdes”, para referirme a la “hierbabuena” que le dijo Tablada). De fondo, la “sedienta” (masculina) “voz” de Rod Stewart cantando: “Set me free, why don’t you, babe?”.

(Era también el tiempo de poetas. Como para poner en una de las fiestas del Bob sobre el refrigerador de la cocina una versión de un poemita de Yeats que necesita conservar las rimas originales:

          Nadie sabrá quién de todos
          Mostrará talento
                                                —If any.
          Lo único que a bien sabemos
          Es que ya somos
                                                —Too many.

Y como para soportar que en los setentas y principios de los ochentas se corriera la ocurrencia de Fernán González de Eslava: en la Nueva España hay más poetas que estiércol, lo mismo que en México en ese entonces. La venganza del gremio versificador vino poco después: en la segunda mitad de los ochentas ya había en México más novelistas y aspirantes a novelistas que lo dicho).

Cuando fue Jefe de Redacción de la revista nexos también a finales de los setentas y principios de los ochentas pude, como subordinado, verlo y admirarlo en su faceta de editor impeca-implacable. Con clara traza manuscrita hacía verdaderos palimpsestos de las cuartillas originales llegadas a la redacción. (Y esto que escribo desprende un tremendo olor tóxico, el de aquellas cuartillas surcadas por el negro Marcador Wearever).

Era un gran pen pal. Atesoro sus cartas europeas, algunas en papel transparente, con la clara grafía caligráfica de que hablé; sus renglones, como trazados sobre invisible doblerraya. Era también un gran calculador matemático al vuelo; un show, preguntarle: “Bob, ¿cuánto es tal y tal…?” y recibir respuestas con cifras en ascenso e inequívocas.

Era un formidable disc jockey. Atesoro también como nada cuatro CDés quemados de su viña auditiva y de título Blues Roots. Por parejas: el clásico y su cover más moderno. Por ejemplo, Blues Roots 1: Ain’t That a Shame. 9. Fats Domino. • 10. John Lennon. O por ejemplo: Blues Roots 4: You Shook Me. 15. Willie Dixon & Muddy Waters • 16. Jeff Beck & Rod Stewart.

Tenía una resistencia pantagruélica en aquellas noches “vomitadas de música y tabaco” que dijo su querido Cortázar. De pronto al parecer se había retirado ya sin moverese de un sillón a sus aposentos oníricos por el resto de la velada. Y de pronto, genial, abría los ojos y preguntaba la Pregunta de preguntas: “¿Y el amor?”. Le pregunto ahora, encantado como entonces: “¿Y el amor, Bob? ¿Y el amor?”.

Era un buen encaminador al bien, a una vida por lo menos más potable. Le debo a él, a Antonio Saborit, a Rafael Pérez Gay y a Arturo Dávila que desterraran para siempre mis nupcias negras y pegajosas con el Bacardí y la Coca Cola, y me llevaran a conocer el whisky, sol en sorbos fríos, en un bar hotelero de Acapulco.

La mejor fotografía del Bob es a no dudarlo una que le tomó su compañera de toda la vida: Rocío del Vecchyo. Hablamos, pónganse de pie, de La Polla; la incomparable Polla; La Polla de cabellera, cara y porte prerrafaelitas. La Polla.

Esa foto venía en la solapa de su libro Nacer a cada instante (Cal y arena, 1994).

Aún reconozco en la anónima contraportada trazos de mi mano: “La poesía de Roberto Diego Ortega suma a la claridad lírica los estupores elegíacos y la tensión continua —dramatizada como una alteridad— con el vehículo mismo de sus contriciones y sueños: el lenguaje. ‘Y tenemos tan poco tiempo para nacer en este instante’, dice Saint-John Perse en una advocación de las páginas interiores. Esta certeza, esta lograda urgencia, cruza por cada uno de los poemas que integran este libro”.

Libro dedicado “a la memoria de mi padre”, el legendario periodista (uno de la gran “Vieja Guardia”, como los bautizó José Luis Martínez S.) Vicente Ortega Colunga, “Chente”, El Colungón. Uno de los poemas del libro que no vi crecer como debía cuando era joven lo veo ahora irrefutable, inmenso. Es el “Canto funeral” de Roberto Diego Ortega a, sin explicitarlo, su padre Vicente. Qué inscritos suenan hoy estos versos:

          Vencer el muro inexpugnable,
          La senda de episodios calcinados.
          Negar los artificios que se enredan
          En la urdimbre de sondas y agujas.

          Vencer a la sentencia que decide
          Este baño de luto
          Que así descarga su flagelo,
          Su mueca descarnada.

          Restos incinerados
          En la capilla ardiente de una biografía
          Enrarecida poco a poco en la tiniebla
          Que escribe el epitafio de este mundo.

Y qué liberadores, paradójicamente, suenan estos otros versos:

          Heredé la desesperanza y el consuelo.
          Ángeles, demonios, fruto, sequía,
          El dolor en el cuerpo asolado.

          Heredaré el lenguaje subrayado de infinito
          Y en el recuerdo que te invoca
          Perpetuaré tu voz y tu presencia.

Creo que sólo David Huerta se sabía de memoria tantos poemas de José Lezama Lima como él. Lezama en el comienzo; Lezama en el final con Roberto Diego Ortega. Sus poemas escritos hasta 1977 aparecieron en 1979, bajo el título Línea del horizonte en una editorial mientras más añosa al parecer más añorable que ideó el escritor Federico Campbell, La Máquina de Escribir.

Viene ahí una estrofa que no he olvidado. Una estrofa que alude a la cantidad hechizada, una figura que inventó Lezama Lima para dar cuenta del momento en que “la relación poesía-naturaleza alcanza su plenitud al ascender la poesía a propia naturaleza. Donde —añade sobre José Martí— esa relación con el paisaje ya ni siquiera intenta proponérsela, pues en Martí el paisaje, en su Diario y en otros muchos momentos de su obra, es ya la cantidad hechizada por la poesía”. La estrofa de Ortega alude a la cantidad hechizada y es ella misma cantidad hechizada:

          En la línea del horizonte
          la muchacha del cabello vegetal
          revierte su cantidad hechizada
          preparando un vértigo distinto.

Vuelvo y vuelvo, como desde entonces. Una muchacha revierte su cantidad hechizada. Una muchacha revierte su cantidad hechizada. Una muchacha revierte su cantidad hechizada.

Una muchacha no cesa, una muchacha no termina de revertir —en mi memoria y, para mí y desde entonces, ya en el mundo— su cantidad cada vez y nuevamente hechizada.

 

Luis Miguel Aguilar
Director editorial de nexos

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Publicado en: Ensayo literario

Un comentario en “El Bob

  1. Luis Miguel:
    mis respetos. Bellísimas tus letras hacia Roberto Diego Ortega.
    Un abrazo.
    Cierto: nos queda todo Él.

Comentarios cerrados