Para festejar el Día del Libro, compartimos este breve ensayo en el que el autor halla un faro ante la desesperanza y el pesimismo, a partir de la lectura y la escritura, el encuentro con nosotros y los otros mediante las alquimias de la narrativa.
En 1903 Jack London escribió El pueblo del abismo, un libro donde retrató todas las carencias y el estado de olvido en el que vivía la comunidad de una de las zonas más pobres y peligrosas de Londres. El escritor estadunidense se hizo pasar por un marinero varado en el East End y deambuló por las calles hablando con las personas que conoció durante siete semanas. La expedición fue un esfuerzo por entender un fenómeno social: en pleno corazón de una sociedad en vías de modernizarse, existía un lugar donde era mejor morir joven.
El grado de miseria era tan agudo que Jack London identificó una situación todavía más crítica: el abismo no era exclusivamente una ausencia material, sino un estado de vacío anímico en la gente. Las personas habían perdido toda esperanza y esa era la forma de su condena: “Los humanos siempre logran menos de lo que le piden a la vida, mas lo que piden esta gente a la vida es tan poca cosa que lo que obtienen de ella no puede salvarlos…”, apunta London.
Entender esta dimensión de la pobreza tuvo consecuencias en el propio escritor: “Ningún otro libro mío tomó tanto de mi joven corazón y lágrimas como ese estudio”, declaró después. London le dio una voz humana a una circunstancia inhumana. Su trabajo quiso ser la conciencia de un pueblo negado a saber de sí mismo. London entendió la gravedad de una comunidad a la deriva, sin un lugar en el tiempo, los pesares de una juventud sin perspectivas a futuro ni retrospectivas posibles. Identificó la miseria como una serie de ausencias materiales, anímicas y morales, producto de una sociedad que negó a los otros la posibilidad de creer en un futuro mejor.
La desesperanza significa no tener un lugar en el tiempo, ser algo que se consume a sí mismo como el fuego.

Más de cien años después, seguimos tratando de descifrar los efectos prácticos en la sociedad de su contraparte: la esperanza. El historiador de Países Bajos, Rutger Bregman, se pregunta sobre la naturaleza humana desde este ángulo en su libro Humankind: A Hopeful History (2019, traducido en Anagrama como Dignos de ser humanos, 2021). Con argumentos basados en hechos históricos, apunta que hay elementos suficientes no únicamente para creer en algo mejor, sino —y la diferencia en el verbo es importante— para confiar en la posibilidad de ser mejores. Incluso el propio epígrafe del libro, con una cita de Chéjov, nos indica en qué dirección va el texto: “Man will become better when you show him how he is like” [“El hombre será mejor cuando le muestres cómo es”].
En el libro sobran ejemplos valiosos. Veamos. El coronel e historiador estadounidense Samuel Marshall, después de una batalla en 1943 contra el ejército japonés, se dio cuenta de que la mayoría de los soldados no disparaban. Marshall publicó más tarde un estudio llamado Men Against Fire: The Problem of Battle Command. El coronel entrevistó a soldados en Europa y en el Pacífico. Descubrió que sólo del 15 al 25% de los soldados habían disparado su arma. Al respecto, Bregman sostiene que la violencia no es un estado natural del hombre, contra lo que tantas veces se argumenta. Estamos diseñados para colaborar, ser solidarios y empáticos. Por eso, el libro es una toma de partido en contra del pesimismo y el cinismo que parecen extenderse como larvas y volverse cada vez más comunes. El trabajo de Bregman apuesta por una revisión histórica que demuestra cómo, incluso en escenarios muy adversos, predomina la solidaridad, la empatía y la templanza. En la medida en que reconozcamos estas virtudes, las impulsaremos y desarrollaremos, según Bregman.
El autor neerlandés no niega que su propio planteamiento pueda parecer ingenuo, y no lo sostiene sin una mirada autocrítica. Sin embargo, señala que las personas tienen un potencial negativo y otro positivo, y son los marcos sociales los que pueden influir en qué aspecto se desarrolla del uno o del otro. Las ideas son la única herramienta para transformar esos marcos, según su propuesta.
En este sentido, Bregman destaca el poder de los relatos para construir visiones de nosotros mismos. Esas imágenes, narrativas, literarias, reflejos de otras vidas, llegan a ser algo a lo que aspiramos y por las cuales actuamos de una u otra manera. Para él, este es uno de nuestros rasgos más característicos como humanos. Ninguna otra especie tiene esa capacidad de contarse, pues implica, entre otras cosas, distanciarse de uno mismo. Seremos nuestras narraciones y en ellas nos vamos a convertir: ese es el poder del relato. Son una oportunidad crítica, un potencial. Y esa es también la responsabilidad de aquellos que se dedican a la narrativa. Ya sea ficción o realidad, un poema o una columna en el periódico, un guion de cine o de radio: todas estas expresiones se suman a una visión amplia de cómo las sociedades se perciben a sí mismas y de lo que llegarán a ser.
No se trata de volver al acto narrativo una brújula moral o un decálogo de conducta, sino de entender que contar la experiencia humana para compartirla es saber que no estamos sólos y que el otro, con sus virtudes y defectos, somos nosotros. Me refiero, siguiendo a Bregman, a ser conscientes de esa experiencia universal y cómo asumirla nos puede ayudar a narrar con la responsabilidad que merece. La deuda no es con el bien y el mal, sino con la verdad. Esa verdad es más transformadora de lo que creemos.
Algo semejante asoma en el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura de John Steinbeck en 1962:
El escritor está delegado para declarar y celebrar la capacidad comprobada del hombre para la grandeza de corazón y espíritu, para la gallardía en la derrota, para el coraje, la compasión y el amor. En la guerra sin fin contra la debilidad y la desesperación, estas son las brillantes banderas de la esperanza y la emulación.
Sostengo que un escritor que no cree apasionadamente en la perfectibilidad del hombre no tiene dedicación ni pertenencia alguna a la literatura.
Steinbeck no está hablando de comprometerse con el ser humano perfecto, sino de confiar en su propia humanidad a través de la literatura. Él sabía que ése era su deber como escritor porque la literatura es una proyección de quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser. Su mayor poder radica en darle cabida a un futuro distinto: un tiempo con un rostro más humano. Con eso en mente pienso que nuestra esperanza no es aquella que nos pertenece, sino aquella que dejamos a los demás.
Emilio Posadas Certucha
Escritor y analista. Hizo estudios de Comunicación Social y Semiótica en la UAM Xochimilco.