¿Por qué Simenon no fue Premio Nobel?, se pregunta el autor de este homenaje. Quizá por su claro desprecio a cualquier cosa parecida al bestseller. Un craso error, como queda asentado aquí.
Como siento —y resiento— que la efeméride del nacimiento de Georges Simenon (1903-1989), el pasado lunes 13 de febrero, ha pasado por completo desapercibido, hago mías las palabras de mi abuela Remedios (“Todos los santos tienen octava”) y le dedico unas reflexiones y un recordatorio.
Muchos han sido los pecados de la Academia Sueca a la hora de conceder el Premio Nobel de Literatura, y pueden datarse desde 1901 haciendo la lista de los países de donde provenían los cuatro primeros galardonados y la lista paralela de unos autores de esos mismos países a los que ninguneó la Academia. Dichos cuatro países fueron Francia, Alemania, Noruega y España, y los autores pasados por alto serían nada menos que Émilee Zola, Rainer Maria Rilke, Henrik Ibsen y Benito Pérez Galdós.
Hay que añadir a ello que el quinto año, 1905, el Nobel se concedió al polaco Henryk Sienkiewicz cuando aún vivía un ruso llamado León Nikolaievich Tolstoi. No puede decirse entonces que la historia del premio se haya iniciado con un buen pie. Ya entonces habría sido tiempo de que el universo mundo la increpase con el título más famoso de su recién galardonado: Quo vadis?

En descargo de la Academia debe argüirse, eso sí, que por ejemplo a Pérez Galdós lo intentó premiar dos veces, en 1904 y en 1919, pero que ambas veces tropezó con la doble y cerril oposición de los Borbones (es decir: de la casa reinante en España) y de la iglesia católica, que por aquél entonces reinaba en España más que los Borbones. Y puede que también ahora.
También en honor de la Academia debe recordarse que la candidatura de Tolstoi fracasó porque los rusos no la presentaron dentro del plazo estipulado por los estatutos. Y asimismo debemos exonerar a la Academia del pecado de no haber premiado nunca a gente como Proust y Kafka, por la sencilla razón de que nunca fueron postulados al mismo. Y hasta me atrevo a asegurar que si Borges no hubiera hecho declaraciones impresentables a favor de los felones Pinochet
y Videla, no se habría ido al otro mundo sin la gloria del Nobel. Pero ésa es otra historia.
Porque de todos modos la lista de los no premiados incluye nombres tan indiscutibles como los de William Somerset Maugham, James Joyce, Pío Baroja, Juan Carlos Onetti, Colette, Simone de Beauvoir, Mary McCarthy, Mikhail Bulgakov, el neerlandés Harry Mulisch, y hasta un sueco: August Strindberg. Nomás diez nombres que señalo para no alargar esta lista ad nauseam.
Con todo, creo que el ninguneo más clamoroso que la Academia Sueca ha cometido en su historia es no conceder el Nobel a uno de los más grandes escritores del siglo XX, bien que su valor intrínseco tan sólo haya sido reconocido a tiempo por sus iguales. Pero ¿es que acaso no deberíamos suponer que los académicos suecos eran y son también escritores de primera división, es decir: que deberían contarse en el número de sus iguales?
Estoy hablándoles del belga Georges Simenon. El creador del comisario Maigret. Los académicos suecos hubieran podido preguntarle a uno de los más excelsos poetas del mismo siglo, a Paul Celan, quien no tuvo empacho en traducir dos novelas de la saga Maigret al alemán… y a quien dicho sea de paso, también ignoraron en Estocolmo. Pero asimismo podían habérselo preguntado a Álvaro Mutis, uno de los adoradores más fervorosos de Simenon entre nosotros.
¿Por qué Simenon no fue Premio Nobel? La respuesta es tan banal como atosigante: porque era un autor de masas, popular, superventas, en fin, para decirlo en el castizo castellano del Myo Çid: un bestseller.
¡Qué craso error, qué tremendo desafuero no haberle concedido el Nobel! Porque ¡qué inmenso es Simenon! Cada vez que lo leemos redescubrimos el placer de la lectura autogratificante por sí misma. ¡Y qué inagotable y golosa cantidad de libroína, de una de las drogas más duras y puras, aguarda en sus libros! Te vuelves simenonadicto sin remedio.
Enfrentado a una frase como ésta: “Se alejó solo, a pie. Tenía tiempo: ni siquiera sabía dónde iba”, sabes que estás en medio de un libro de Simenon. Y si acaso tuvieses alguna duda es porque se te ocurre que a no ser de Simenon sería de Knut Hamsun o de Albert Camus, dos de los muy pocos Premios Nobel que siguen valiendo la pena leer. Y es justo eso, el poder identificarse por una sola frase como autor, con una levísima variación en el espectro, lo que permite reconocer al genio.
Cuando viajaba a París y me encontraba por la noche cerca del boulevard Saint Michel, siempre encaminé mis pasos hacia el río y miré a la otra orilla, a la île de la Cité, donde se alza la mole del edificio de la policía judicial, en el 26 del Quai des Orfèvres, a la izquierda de Notre Dame. Tras una de las ventanas del tercer piso, escalera A, la luz permanece encendida toda la noche. La leyenda y la policía parisina nos dicen al unísono que es la ventana del despacho de Maigret. Creo que no existe en la ecúmene ningún monumento más sencillo ni más luminoso.
En homenaje y a la memoria de un escritor luminoso y sencillo como pocos: Georges Simenon.
Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.