Hoy se presenta en la FIL de Guadalajara la nueva novela de Jorge Comensal, un enfoque ecologista que rehuye las reprimendas solemnes y maneja los asuntos del desastre más bien desde el buen humor y el asombro, como indica esta reseña.
Como lo demostró con su primera novela, Jorge Comensal tiene una capacidad envidiable para hacer literatura con temas difíciles. Si Las mutaciones evidenciaba que se puede narrar el cáncer con humor y empatía, Este vacío que hierve (Alfaguara, 2022) da cuenta de que las preocupaciones ambientalistas pueden enfocarse desde la imaginación y no desde el regaño que propicia, más bien, el rechazo. Ésta, su segunda novela, se centra en la historia de Karina: una estudiante de física que, tras un incendio en el Panteón de Dolores, hurga insaciablemente en todos los rincones de su vida con tal de desentrañar un misterio familiar acompañada de Silverio, guardián del camposanto y conocedor autodidacta de esa historia de México sepultada tanto en los grandes mausoleos como en la fosa común.

El incendio originado entre las tumbas se propaga por el bosque y alcanza incluso al Zoológico de Chapultepec. Esta catástrofe propicia que la novela sea también un rico e interesante muestrario de la fauna del planeta. Comensal celebra la biodiversidad no con una actitud solemne, sino repleta de una aguda curiosidad que hermana la fascinación de la infancia con la investigación madura. Intercala la trama de suspenso con el repaso de los datos más insólitos del mundo animal: nos cuenta de la guerra del emú en la que se enfrentaron algunos soldados australianos contra un ejército de veinte mil aves; comparte el interesantísimo proceder de los escarabajos peloteros que se orientan de noche “gracias a la luz de la Vía Láctea” y que, con ese singular proceder, logran conciliar el terrenal mundo excrementicio con la belleza cósmica de las estrellas.
El zoológico humano que muestra Comensal no es menos extenso: terratenientes ególatras que farfullan imbecilidades en televisión, adolescentes preocupadas por crear conciencia al respecto de los temas más urgentes, abuelas alcohólicas que perturban el ya delicado equilibrio de las cenas navideñas, bailarinas exóticas cuya fe está depositada en las supersticiones e historias de fantasmas. El afortunado oído de Jorge Comensal lograr captar la viveza del lenguaje en diferentes contextos y estratos sociales sin perder la elegancia narrativa que hace converger todas las voces en un mismo universo. Resulta irresistible encontrar una reminiscencia de los jocosos sepultureros de Hamlet en las palabras floridas de Silverio y sus colegas que, entre las tumbas de Melchor Ocampo y Nabor Carrillo, bromean y resisten a la dura vida de los menos afortunados.
Ambientada en el 2030, Este vacío que hierve realiza una apuesta riesgosa: escribir sobre un futuro cercano que resulte imaginable. Sin poderse resguardar en los artificios de la ciencia ficción, el autor se atreve a proyectar cómo podría verse esa realidad no tan ajena a la nuestra. Una Ciudad de México donde se extraña la lluvia cada vez más exigua, altas temperaturas infernales que hacen casi imposible estar al sol, desabasto de agua y cortes en el servicio, especies naturales amenazadas. Si estos temas ya resultan preocupantes en la actualidad, en la novela se vuelven cruciales para comprender el día a día de los personajes que viven en lo que hoy proyectamos como el día cero, la fecha en la que ya no habrá vuelta atrás según lo marcan iniciativas como la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de la ONU.
¿Por qué cuesta tanto trabajo comenzar a tomar acciones? Quizá el futuro no nos consterna porque ni siquiera podemos imaginarlo: poco ilustran de él las distopías tan distantes que no trazan ningún nexo con nuestra cotidianidad. Al leer la novela de Jorge Comensal es imposible no sentir terror, pues el porvenir perturba por ser tan factible e inmediato. En una entrevista, el autor afirmó que la decisión de situarse en el 2030 le permitió hablar, no del futuro, sino del presente: temas que, aunque urgentes, se encuentran soterrados entre otros asuntos de coyuntura.
La viveza del mundo imaginado en las páginas de Este vacío que hierve se logra gracias esa capacidad que el autor tiene para descubrir patrones en el comportamiento humano. Comensal fragua los años venideros atendiendo a las carencias y también al absurdo presente en todos los tiempos, pero lo hace con una sutileza extraordinaria; narra sin exabruptos y sin exageraciones. Su perspicaz mirada de la cotidianidad nos da la sensación de que observa un mundo que ya existe.
Los capítulos de la novela son, por lo general, breves. Por ello, la lectura resulta fluida y adictiva en varios momentos del libro. Este vacío que hierve es una novela plural en donde se conjuga una trama de misterio, casi detectivesca, con los pasajes ensayísticos sobre ciencia e historia; dos disciplinas que causan sopor en los salones de las escuelas secundarias, pero que narradas con la habilidad de Comensal se vuelven tan atractivas (si no es que, incluso, más) como los secretos familiares que trata de dilucidar Karina. El libro es un buen ejemplo de que la agudeza y el ingenio literario nos hacen querer saber más de todo lo que nos rodea.
Laura Sofía Rivero
Ensayista. Ganadora del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2020 por el libro Dios tiene tripas: meditaciones sobre nuestros desechos.