Hans Magnus Enzensberger (1929-2022), in memóriam

El poeta y ensayista alemán, colaborador de esta casa, falleció el pasado 24 de noviembre. En homenaje a él, Ricardo Bada recupera de su archivo un poema de Enzensberger dedicado al Che.

1976. Feria del libro de Fráncfort del Meno, ese año por primera vez dedicada a un tema concreto bajo el lema “Latinoamérica, un continente por descubrir”. Una noche, los editores alemanes se reunieron en uno de los lugares más nobles de la ciudad con sus autores del otro lado español y portugués del charco. Y el encargado de saludar en nombre de los editores a sus autores hispano– y lusoparlantes fue nadie menos que Hans Magnus Enzensberger, el autor alemán que, además de Heinrich Böll (mi querido don Enrique), más sabía de nuestro mundo. Siempre se alude a él como el autor de El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Buenaventura Durruti, el carismático anarquista que murió en circunstancias no aclaradas durante la guerra incivil de España. Pero…

Pero hay un libro de Enzensberger publicado en 1960 y que nunca se tradujo a ningún idioma, una antología de la poesía universal que se titula Museum der modernen Poesie [Museo de la poesía moderna], en la cual recoge una selección de la obra de 96 líricos, de los cuales 16 son de lengua española (a saber: seis andaluces, cuatro del resto de España y seis latinoamericanos, entre ellos Octavio Paz) mientras que sólo hay nueve del idioma alemán; y de los 96 fueron 14 galardonados con el Premio Nobel, entre ellos dos andaluces (Juan Ramón Jiménez y Vicente Aleixandre, y dos chilenos, Gabriela Mistral y Neruda). En la antología están representadas todas las lenguas europeas, incluidas la rusa y la griega, con alfabetos distintos a las del resto: sólo faltan poetas del árabe y las lenguas asiáticas, por la dificultad tipográfica que ello entrañaría. Es decir, este Museo de la poesía moderna es una joya que Hans Magnus Enzensberger nos regaló a la temprana edad de 31 años y que demuestra su inmenso conocimiento de la lírica escrita en nuestra lengua, parte de la cual tradujo él mismo, y razón por la cual los editores alemanes lo eligieron para saludar a la embajada latinoamericana en aquella feria mítica de 1976.

1975, quince años después del Museo…, Enzensberger publica el quinto de sus doce poemarios, Mausoleum. 37 Balladen aus der Geschichte des Fortschritts [Mausoleo. 37 baladas de la historia del progreso], traducida al español con el simple sustantivo Mausoleo. Y uno de esas baladas la dedicó al Che Guevara.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Pienso que en 1975 Hans Magnus desconocía lo que el personaje de un cuento mío le encara a una revolucionaria alemana amante de Cuba:

Hasta donde yo sé, Malinche, el Che era autoritario, enemigo de la libertad de prensa y partidario de la pena de muerte. Son tres cosas que para alguien como yo, nacido bajo el régimen de Franco, un general autoritario; para alguien como yo, amante y defensor a ultranza de la libertad de prensa, que Franco usaba como papel higiénico; y en fin, para alguien como yo, enemigo irreductible de la pena de muerte, que Franco estuvo firmando hasta dos meses antes de morirse, pues bueno, no son precisamente una recomendación. Además era machista y yo pienso que el machismo es una metástasis del fascismo. Y para terminar de empatarla, tengo la suerte de no ser homosexual, porque si no, ayayay, estaría todavía en uno de los campos de reeducación a los que el Che quería mandar a los maricones.

Mucho menos podía conocer, porque su autor nació un año antes de la publicación de Mausoleo, el libro Método práctico de la guerrilla (2002) del brasileño Marcelo Ferroni, que el sociólogo nicaragüense José Luis Rocha reseña en corto y por derecho, refiriéndose para rematar la faena al poema que Enzensberger le dedicara al Che:

El libro es demoledor: usa los datos y a ellos se ciñe, y muestra que ponerlos sin los oropeles de la retórica revolucionaria y sacándolos del contexto o del género de la épica, bastan para dejar al Che como un loco, matón irresponsable y el peor estratega que cualquier grupo armado haya tenido. La novela cubre los últimos días del Che en Bolivia. El poema de Enzensberger abarca mucho más.

Aproximé al español dicho poema, el mismo año de su aparición, y la muerte de ese gran humanista que fue Hans Magnus Enzensberger me lleva a transcribirla del soporte papel al virtual para podérsela ofrecer a los lectores de nexos. Hela aquí mi aproximación:

“E. G. de la S. (1928 – 1967)”

Hubo un tiempo en que miles y miles se tocaron con su pequeña boina,
y en que miles de miles enarbolaron de sus retratos
grandes ampliaciones, e invocaron en voz alta su nombre.
Irreales parecen ahora aquellas marchas a través de la City,
casi como el país y la clase en que él había nacido.

Lejos de los mataderos y de las barracas y de los quilombos
se desmoronaba la quinta costanera de su padre. Voló la plata,
si bien fue conservada la alberca. Un niño tímido,
alérgico, a veces al borde de la asfixia, peleó con su cuerpo,
fumó habanos, se convirtió (sea ello lo que fuere) en un hombre.

Debajo de su almohada, Julio Verne. Su primer asalto,
su primera huida hacia la realidad: Trópicos tristes.
Pero los leprosos debajo del podrido porche cabe el Amazonas
no entienden lo que les dice, y se siguen muriendo. Recién entonces
encontró al enemigo que le fue fiel hasta la muerte,

y al enemigo del enemigo. Y a las pocas victorias le pareció
muy nueva la vieja idea del Hombre Nuevo. Pero la Economía
no escuchaba sus discursos. Siempre escaseaban los tallarines.
Tampoco había pasta dentífrica, y ¿cómo hacer pasta dentífrica?
Los billetes de Banco con su firma no valían nada.

El azúcar empegostaba la camisa. Máquinas pagadas con divisas fuertes
se herrumbraban en los muelles. La Rampa vibraba de rumores.
Zalemas a Moscú, créditos nuevos. El pueblo hacía colas,
era inseguro, sacaba chistes corrosivos. Espías por doquier,
intrigas que no entendió nunca. Un eterno extranjero.

Quiso moralizar a los rusos. El altruista predicó
a gritos el odio que debía convertir a los hombres
en una violenta, fría y efectiva máquina de matar. Siendo en verdad
tan tierno que su mejor lectura eran poemas (a Baudelaire
lo sabía de memoria). Un dulce fracasado. Pan comido para los servicios secretos.

De modo que se refugió en las armas y se quedó allí donde todo era claro
y nítido: enemigo el enemigo y traición la traición. En la selva.
Sólo él mismo parecía haberse esfumado. Rechoncho, afeitado, sienes grises,
lentes de vidrios grusos, como un viajante, con sobretodo: así
disfrazado, inició en Ñancahuazú su última tarea.

No hablaba quechua ni guaraní. El silencio de los indios
era absoluto, como si viniéramos de otro mundo. Insectos,
plantas trepadoras, matorrales, Campesinos como piedras. Cólicos,
ataques de tos, edemas, sobredosis de cortisona, adrenalina.
Jadeando, la última inyección: ¡Ave María Purísima!

Ya la leyenda de la guerrilla crece como espuma: ya somos
los superhombres invencibles. (Siempre esa ironía aniquiladora,
inadvertida por sus compañeros). Una piltrafa humana. Un ídolo.
Le habríamos dado un empleo, anunciaron los más progresistas
de sus enemigos mortales. En vez de eso, expusieron su cadáver

con las manos cortadas. Una aventura mística, y una
pasión que irresistiblemente recuerda la figura de Cristo,
escribieron sus partidarios. Y él: Les honneurs, ça m’emmerde.
No hace tanto tiempo, y ya olvidado. Sólo los historiadores
anidan como polillas en el paño de su uniforme.

Agujeros en la guerra popular. Por lo demás, en la metrópoli
sólo habla de él todavía una boutique, que le afanó su nombre.
En la Kensington High Street se consumen varillas de sahumerio;
junto a la Caja se sientan los últimos hippies, taciturnos,
irreales, como fósiles, sin más preguntas que hacer, y casi inmortales.

Se interrumpe el texto, y las respuestas siguen pudriéndose tranquilamente.

 

—de Mausoleo, 37 baladas de la historia del progreso,
de Hans Magnus Enzensberger

Traducción de Ricardo Bada

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

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Publicado en: Resurrectorio