Hoy se cumplen cincuenta años de la muerte de Ezra Pound (1885-1972). En homenaje, el poeta Arturo Dávila nos muestra los vericuetos de sus obras y, sobre todo, sus afinidades electivas y de dos, que no es poco, de sus amistades fundamentales: T. S. Eliot y James Laughlin. De este último, además, nos obsequia cuatro poemas surgidos de la niebla del tiempo, en honor a Old Ez.
En la niebla del tiempo
Fantastic great old men loom in time’s mist;
and we edit and annotate them
—Hugh Kenner
El tiempo es el mayor juez de los artistas. Pocos sobreviven a sus veredictos. Muchos autores caen en el olvido o se vuelven fantasmas. Se desvanecen en silencio. No es crítica: lo mismo sucederá con nosotros. Lo que se leía ayer, no se lee hoy. Las puertas del Parnaso son estrechas y cambian de dirección. Las nuevas generaciones matan a las viejas. El canon se tambalea. No se perdonan los tropiezos.1
Hugh Kenner, sin embargo, en un minucioso libro que denominó The Pound Era (1971), nos devuelve a la vida, a través de 606 páginas, los trabajos y los días de Henry James, Dorothy Shakespear, T. S. Eliot, James Joyce, Ole Bull Williams, H. D., Richard Aldington, Wyndham Lewis, Ford Madox Ford, Uncle Willie Yeats, Olga Rudge, Henri Gaudier Brzeska, y de muchos otros contemporáneos de il miglior fabbro. El estudio se devana como una novela histórico-literaria, protagonizada por sutiles personajes que aparecen entre los bastidores de sus páginas, se vuelven nuestros íntimos interlocutores, y desaparecen. Con ese arriesgado título, Kenner denominó al Modernism de la primera mitad del siglo XX en lengua inglesa. Es un texto admirable, ya que conjunta la sabiduría académica, las citas literarias puntuales, y la curiosa anécdota. Y Ezra Pound irradia en su centro, con sus aciertos y sus errores.

Afinidades electivas
En una de esas anécdotas, Hugh Kenner cuenta que, después de conocerse en Londres …por sugerencia de Conrad Aiken—, Mr. Eliot invitó a Pound a una conferencia organizada por la Asociación Aristótelica. Después de varias eruditas sesiones sobre el Estagirita —Harry Stottle lo apodaba Pound—-, el inquieto Ezra pidió a Eliot salir en busca de aire. Se encontraron con G. R. S. Mead quien le interpeló “‘No esperaba verlo a usted por aquí’. A lo que Eliot, con perfecto decoro y suavidad, dijo: ‘Oh, él no está aquí como fi-ló-so-fo, él está aquí como antro-pó-lo-go’”.
Además de la luminosa amistad que transmite la cita de Kenner, notamos el respeto que Pound siempre tuvo por Eliot, por su talento e inteligencia. Le otorga, a su entrañable compañero de batallas, “el decoro y la suavidad” que muchas veces le faltaron a él, más aguerrido y arrabiato. Como buen filósofo, Eliot sopesaba bien sus palabras. Su comentario es claro. Al definir a Pound como “antropólogo” podemos pensar en Personæ (1909) o Hugh Selwyn Mauberley (1920), observaciones de las mœurs contemporaines que versificó en esos años.
La afinidad electiva entre Eliot y Pound produjo uno de los poemas más memorables del siglo XX, La tierra baldía, que celebra su centenario este año 2022. Eliot pasó algún tiempo en Lausana, Suiza, entre 1921 y 1922, recuperándose de una “postración nerviosa / nervous breakdown”, provocada por sus conflictos matrimoniales. Al pasar por París —donde residía Pound—, le entregó un legajo de poemas para saber su opinión. Quien revise el manuscrito original y la conversación epistolar que sostuvieron los poetas, verá el intercambio que tuvieron —maravillosa lluvia de ideas, diríamos hoy—, sus acuerdos y desacuerdos sobre adjetivos, versos y secciones del escrito, y el esplendoroso resultado final.2
A finales de los años 30, cuando Faber & Faber publicó los Literary Essays de Pound, James Laughlin —director de New Directions— se dirigió a 24 Russell Square, en Londres, para discutir la edición conjunta. “Eliot, conocido por Pound como Old Possum —Viejo Zarigüeya— era la única persona a quien Ezra confiaba sus textos para que los editara”. Eliot pasó largas horas editándolos —para darles coherencia, añade Laughlin— y escribió el prólogo. Estas líneas son reveladoras, ya que siempre se arguye la deuda del poeta de Saint Louis Missouri con el poeta de Hailey, Idaho. Sin embargo, se habla poco de su continua reciprocidad. Había una relación casi fraternal, amistosa, inter pares, sin que uno prevaleciera sobre el otro. Me parece justo aclarar este punto.
Los dos poetas se identificaron desde el principio y siempre se protegieron. “Casi soy otra persona cuando se trata de defender los poemas de Eliot” , escribió Pound al poco tiempo de conocerlo. Después de su muerte, en enero de 1965, lamentó que ya no tendría con quién compartir una broma. Y en la colaboración que le pidió Allen Tate para conmemorar su partida, expresó: “¿Tengo que escribir ‘sobre’ el poeta Thomas Stearns Eliot? ¿O sobre mi amigo el Zarigüeya? Que descanse en paz. Yo sólo puedo repetir, con la misma urgencia que hace 50 años; ¡LÉANLO!”.3
El acerero de Pittsburgh
Si Hugh Kenner retrata con exactitud la constelación Pound y la atmósfera de la época, James Laughlin, en sus deliciosos libros de ensayos sobre el viejo Ezra —The Master of Those Who Know (1986) y Pound as Wuz (1988), entre otros—, lo recupera desde adentro, con humor y una cercanía casi familiar. Laughlin nació en Pittsburgh en 1914. Perteneció a una prestigiosa familia de origen irlandés, que amasó su fortuna en la industria del acero en esa ciudad cervecera. En la colección de sus memorias The Way It Wasn’t, publicada de manera póstuma en 2006, recuerda a sus ancestros: “Temerosos de Dios, presbiterianos astutos en los negocios, ahorraban su dinero para hacer más con él. La suerte les llegó con la Guerra Civil, al venderles rieles de tren a los ejércitos del norte mientras marchaban hacia el sur”.
La bondad de su padre le permitió seguir la carrera literaria y no ingresar en el negocio de la familia. De sus estudios en la preparatoria Choate School, de Willingford, Connecticut, Laughlin recuerda a un maestro en especial, Dudley Fitts, traductor de la Antología griega y profesor de literatura. Él fue quien lo introdujo a la obra de Eliot, de Gertrude Stein y de Pound, con el que sostenía correspondencia. Fitts lo contactó con el poeta de Idaho, que ya se había instalado en Rapallo. Cuando en 1933, Laughlin ingresó a Harvard, su experiencia fue menos deleitable. Robert Hillyer, poeta y profesor de letras inglesas, abandonaba literalmente el salón de clase si se mencionaban los nombres de Pound o de Eliot.4
Hillyer es recordado por sus sonetos sobra la naturaleza, el tiempo y el amor, ejecutados con destreza métrica y rima. Sin embargo, para un lector contemporáneo, sus poemas parecen provenir del siglo XIX. La distancia que hay entre Hillyer y Pound sería comparable, mutatis mutandi, a la de un Enrique González Martínez y Vicente Huidobro. Aunque ambos conviven en los mismos años y poseen cualidades líricas, se mueven en direcciones contrarias. A favor y en contra del Zeitgeist, del espíritu de su época.
Laughlin dejó sus estudios de Harvard por un año y viajó a Europa. En 1934, fue recibido en la Ezuversity, como Pound bautizó su apartamento, donde llegaban artistas de todo el mundo a visitarlo. Laughlin fue, sin duda, uno de los más distinguidos y fervientes alumnos. La confluencia de ambos personajes fue trascendente y estelar. Entre burlas y veras, Laughlin relata en Pound as Wuz, una de las conversaciones finales de ese ciclo ezcolar:
—No, Jaz, es inútil. Nunca vas a ser escritor. No importa cuánto lo intentes, no lo vas a lograr. Quiero que regreses a Amurrica y hagas algo útil.
—Bueno, Boss, y ¿qué sería algo útil?— Pensó por un momento y dijo:
—Bueno, puedes asesinar a Henry Seidel Canby—. Estuvimos de acuerdo en que no tenía el talento suficiente para ejecutar esa acción con éxito. Como segunda opción sugirió:
—Regresa y conviértete en editor. Vuelve a Haavud para terminar tus estudios. Si eres un buen muchacho, tus padres te darán algún dinero y podrás sacar libros. Le voy a escribir a mis amigos para que te provean de manuscritos.
Y así sucedió. Volví a Haavud y empecé a publicar libros. Nunca lamenté obedecer su edicto. Pero es difícil suprimir la poesía. Unos diez años después, motivado por William Carlos Williams, empecé a escribir versos más sencillos, y lo he disfrutado mucho desde entonces.5
Así nació New Directions, en 1936, una de las más prestigiosas editoriales americanas, que hoy sigue editando libros fundamentales desde 80 Eight Avenue en Nueva York. Y es una de las herencias más preciosas que provocó la influencia de Pound.
Cómo leer los Cantos
En los años ochenta del siglo pasado, asistí a una conferencia en Ann Arbor, Michigan. La dictó el mismo Laughlin, quien poseía el don oral y tenía una memoria paquiderma. Contaba con pelos y detalles sus recuerdos, y los salpimentaba con citas exactas y curiosas anécdotas sobre sus amigos y enemigos. Me acuerdo en especial de una de sus respuestas, cuando alguien le preguntó cómo se debían leer los Cantos. Simplemente dijo que se debería abrir el libro antes de dormir, en cualquier página: “Dos cosas pueden suceder, o bien te quedas dormido antes de 5 minutos, o no puedes dormir en toda la noche”. Es el mejor consejo que he escuchado para acercarse a la obra del viejo Ezra. Te salva del insomnio o te hunde en la circunnavegación de la noche y, cuando te das cuenta, ya amaneció.
Para recordar las cincuenta años de la muerte de Ezra Pound (1885-1972), presentamos aquí cuatro poemas de James Laughlin que se inspiran en la memoria y la lectura de su obra. Están llenos de datos, citas y sabrosos comentarios. Son simpáticos y entretenidos. Esconden, también, la sabiduría del discípulo del maestro Ez (y de Ole Bill), a quienes conoció, respetó y admiró. Más importante, aprendió su lección y llegó a ser, también, un excelente poeta.6
—Arturo Dávila
§
Algunos recuerdos de E. P. (Borradores & Fragmentos)
Rapallo (1934)
Así que vine a Rapallo, tenía entonces dieciocho años
y tú me aceptaste en tu Ezuversidad
donde no se pagaba colegiatura, el mejor changarro desde Bologna.
Literachura, dijiste, son noticias que siempre son noticia
y citando a un tipo llamado Rodolphus Agricola,
“ut doceat ut moveat ut delectet”.
Me enseñaste y me emocionaste y me produjiste un gran deleite.
Tu conversación era el mejor espectáculo del pueblo,
cualquier cosa que hubieras oído o leído tan fresca como cuando había entrado en tu cabeza.
Los libros que me prestabas estaban llenos de cáusticas notas al margen.
Para no perderlos, colgabas tus lentes y tus plumas y tus tijeras sobre el escritorio.
Tú leías mis poemas y tachabas la mitad de las palabras, diciendo que no eran necesarias.
Me dijiste que no me molestara en escribir novelas porque Flaubert y Stendhal
y James y Joyce ya habían hecho todo lo que se podía hacer con la ficción.
Dicen que eras un gruñón, tal vez, pero sólo con las personas que lo merecían,
estúpidos profesores ocupados en destruir la poesía y banqueros internacionales
ejerciendo la usura e i mercanti di cannoni vendiendo armas
a ambos lados de la guerra.
Elucidabas los Misterios, todo sobre dromena y epopte, y cómo era el epopte lo que
mandaba ascender el esperma al cerebro del hombre para hacerlo inteligente.
Amabas a los gatos y los gatos te amaban.
Algunos días escalábamos la rocosa subida a la montaña detrás del pueblo
a través de los campos de olivos y las pequeñas parcelas de los campesinos
en cuyas paredes de piedra se encaramaban los gatos.
Te estaban esperando, sabían que les traerías un paquete con las sobras
de la mesa del almuerzo.
Tú llamabas a los gatos: “Micci, micci, micci, vieni qua, c’è da mangiare”.
Y un día mientras le dábamos de comer a los gatos cerca de San Pantaleone
platicamos sobre lo que ibas a hacer con el dinero del Premio Nobel
cuando finalmente lo ganaras
y tú dijiste que lo mejor sería que te hicieras un chef porque ya estabas cansado
de la comida del Albuggero Rapallo.
Y cuando Henghes el escultor (id est Heinz Winterfeld Klusmann)
se vino caminando desde Hamburgo para verte,
porque había escuchado que tú conociste a Gaudier, y llegó medio hambriento,
le diste de comer y lo dejaste dormir en la terraza para el perro
(porque no había más camas en el ático del apartamento)
y lo llevaste al patio del hombre que hacía las tumbas
le conseguiste crédito para un bloque de mármol
con el cual esculpió un centauro sentado,
y tú se lo vendiste a la Señora Agnelli, la dama de la Fiat, en Torino.
Y ese fue el principio de la buena fortuna y la fama de Henghes
(y el dibujo del centauro se convirtió en el colofón de New Directions).
Tú decías que yo era un poeta tan malo que mejor debería dedicarme a ser editor,
una profesión que pensabas que no requería talento y sólo una
inteligencia limitada.
Y después del almuerzo te recostabas en tu cama con tu sombrero de cowboy
defendiéndote de los rayos de luz del mar que entraban por la ventana
con tu enorme diccionario de chino en una almohada sobre el estómago,
y te quedabas mirando los ideogramas, buscando el glifo del significado
en la caligrafía.
(Y años después un profesor le preguntó a tu hija que definiera
tu método ideogramático
y ella se quedó pensando un momento y le dijo que tú mirabas profundamente
los caracteres para encontrar la verdad,
la que era una perfecta respuesta confuciana).
Y Kung dijo: “Cualquiera puede cometer excesos, es fácil disparar más allá del
blanco, es difícil mantenerse firme en el centro”.
Y como al “Querido Bull” (“al Querido Vejo-Abrazos-y-Apretones”) le encantaba decir en su
Paterson
QUE ASÍ SEA!
Some memories of E. P. (Drafts and fragments)
Rapallo (1934)
So I came to Rapallo, I was eighteen then
and you accepted me into your Ezuversity
where there was no tuition, the best beanery since Bologna.
Literachoor, you said, is news that stay news
And quoting from some bloke named Rodolphus Agricola,
“ut doceat ut moveat ut delecter”.
You taught me and you moved me and you gave me great delight.
Your conversation was the best show in town,
Whatever you’d ever heard or read as fresh as when it first got in your head.
The books you loaned me were filled with caustic marginalia.
To keep from losing them you hung your glasses and your pens and
scissors from strings over your desk.
You read my poems and crossed out half the words, saying I didn’t
need them.
You told me not to bother writing stories because Flaubert and
Stendhal and James and Joyce had done all that could be done
with fiction.
The say you were cranky, maybe so, but only with people who
deserved it,
stupid professors busy killing poetry and international bankers making
usury and i mercanti di cannoni selling arms to both sides of a war.
You elucidated the Mysteries, all about dromena and epopte, and how it
was epopte that sent the sperm up into a man’s brain to make him
smart.
You loved cats and cats loved you.
Some days we would walk up the stoney salite on the mountainside
behind town
through the olive groves and the little peasant farms where the cats
were perched on the stone walls.
They were waiting for you, they knew you would bring them
a packet of scraps from the lunch table.
You would call to the cats, “Micci, micci, micci vieni qua c’è da
mangiare.
And one day when we were feeding the cats near San Pantaleone we
discussed what you would do with your Nobel Prize money when
you finally got it.
And you thought that a chef would be the best thing since you were
tired of the food at the Albuggero Rapallo.
And when Henghes the sculptor (id est Heinz Winterfelf Klusmann)
walked all the way down from Hamburg to see you
because he had heard you had known Gaudier, and he arrived
half-starved,
you fed him and let him sleep in the big dog kernel on the terrace
(since there were no extra beds in the penthouse apartment)
and you took him to the yard of the man who made gravestones and
got him credit for a block of marble
from which he carved his sitting-down centaur, and you sold it for
him to Signora Agnelli, the Fiat Lady, in Torino.
And that was the beginning of Henges’ good fortune and fame
(and the drawing for the centaur became the colophon of New Directions).
You said I was such a terrible poet I had better become a publisher, a
profession which you inferred required no talent and only limited
intelligence.
And after lunch you would stretch out on your bed with your cowboy
hat shielding the sea light from the window
with the big Chinese dictionary on a pillow on your stomach
and you stared at the characters, searching for the glyph of meaning
in the calligraphy.
(And years later the professor asked your daughter to define your
ideogrammic method
and she thought for a moment and replied that you looked deep into
the characters to find the truth,
which was a properly Confucian answer.)
And Kun said: “Anyone can run to excesses, it is easy to shoot past
the mark, it is hard to stand fast in the middle.”
And as “Dear Bull” (“Dear Old Hugger-scrunch”) loved to say in his
Paterson,
SO BE IT!
§

Austria (1936)
Y un año dejamos a los Sieneses hervir en los Pantanos
(porque el precio que ofrecía Bartolomeo no era suficientemente alto para que
valiera la pena aporrearlos)
Y llamamos a la Princesa María en Gais, para checar el progreso
de su educación
(y tú mencionaste que Herr Marker era una persona de principios firmes
porque colgaba sus pantalones de un crucifijo).
Y después sobre el Brenner, dentro del Tirol, tú y yo y la Dama,
llamamos a Herr Unterguggenberger, el alcalde de Woergel, para aprender
los hechos de cómo Viena había
logrado suprimir la circulación de Schwungeld
Y en Salzburgo nos hospedamos en el Goldene Rose, del lado equivocado
del río para economizar, donde encontramos chinches,
y estuviste a punto a agarrarte a golpes con el Profesor X de Haavud,
quien estaba desesperado por convertirse en el presidente de esa universidad,
pero se lo impedía un pequeño problema de concubinato, lo que está mal vu
en el pueblo donde H. James está enterrado.
Él estaba molesto por tus comentarios sobre el curriculum de la mejor universidad
del mundo
y no estaban de acuerdo sobre la literachura.
Te encantaron el Mozart y el Vivaldi en el festival,
pero cuando fuimos al Festspielhaus a escuchar Fidelio (dirigido por
Toscanini)
te empezaste a retorcer en tu asiento a los quince minutos y te paraste
para gritar:
“Bueno. ¿qué se puede esperar, ese hombre tenía sífilis?”
Y todo eso era parte de la enseñanza.
Austria (1936)
And one year we left the Sienese to stew in the Marshes
(since the price offered by Bartolomeo was not high enough to make it worthwhile lo slug them)
and we called the Princess Maria at Gais to check on the progress
of her education
(and you remarked that Herr Marker was a mand of sound principles
because he hung his pants on the crucifix).
Then up over the Brenner into the Tyrol, you and I and the Lady,
to call on Herr Unterguggenberger, the mayor of Woergel, to learn
the facts of how Vienna had
clamped down on the circulation of Schwungeld.
And in Salzburg we put up at the Goldene Rose, on the wrong side
of the river for economy, where there were bedbugs,
and you came close to blows with Professor X of Haavud
who was frantic to become president of that institution
but was hindered by a little problem of concubinage, which is mal vu
in the town where H. James is interred.
He resented your comments on the curriculum of the world’s greates
university,
and you didn’t see eye to eye on literachoor.
You loved the Mozart and the Vivaldi at the festival
but when we went to the Festspielhaus to hear Fidelio (Toscanini
conducting)
you began to squirm in fifteen minutes and rose up from your seat to sing out:
“Well, what can you expect, the man had syphilis?”
And all this was part of my instruction.

§
El hermoso murmullo
El joven que se vuelve un hombre viejo
mientras leemos sus Cantos nos está contando
todo lo que sabe acerca de todo lo que
ha hecho o visto o escuchado o leído
su narración es como los latidos inter-
minables de las olas a la orilla del mar
el poluphloisboio thalasses de
Homero es la voz del rapsoda ciego
y la voz del viejo en la plaza del
pueblo cerca de Chindambaram
que está entonando el Ramayana
una y otra y otra vez es casi un
murmullo interminable pero de tal
gracia las frases de tal sabiduría
que nos perdemos en su encanto y
queremos vivir nosotros mismos to-
do lo que el poeta ha hecho o visto
o escuchado o leído sic scriptum est.
The Beautiful Muttering
The young man who becomes an old man
as we read his Cantos is telling us
all he knows about everything he has
ever done or seen or heard or read
his discourse is like the endless
beating of the surf on the shore
the poluphloisboio thalasses of
Homer it is the voice of the blind
singer and the voice of the old man
in the village sqauere near Chindam-
baram who is intoning the baram who is intoning the Ramayana
again and again and again it is an al-
most interminable muttering but of
such grace of phrase of such wisdom
that we are lost in its spell we
want lo live four ourselves every-
thing the poet has done or seen
or heard or read sic scriptum est.
§
Ἐνθάδε τὴν ἱερὴν κεφαλὴν κατὰ γαῖα καλύπτει,
ἀνδρῶν ἡρώων κοσμήτορα, θεῖον Ὅμηρον
[Ahora la tierra cubre al hombre sagrado,
al divino Homero, quien ordenó a los héroes]7
Y el Viejo Ez decía que el
pensamiento de lo que América
sería si los clásicos tuvieran
amplia circulación le qui-
taba el sueño y el Profesor F
eminente clasicista tuvo un
día feliz cuando caminaba a
través del campus y dos lin-
das alumnas lo pasaron en el
camino y oyó que una le decía
a la otra sabes lo que le dije te
acuerdas de esa parte en donde
el tipo ése griego estaba arras-
trando a Héctor alrededor de las
murallas de Troya y embarrándolo
en el polvo y le dije que esperaba
que alguien le hiciera lo mismo a él.
Ἐνθάδετὴνἱερὴνκεφαλὴνκατὰγαῖακαλύπτει,
ἀνδρῶν ἡρώων κοσμήτορα, θεῖον Ὅμηρον
And Ole Ez said that the
thought of what America
would be like if the clas-
sics had a wide circulation
troubled his sleep and Pro-
fessor F the eminent classi-
cist had a happy day when
he was going across the
campus and two comely coeds
passed him on the walk and
he heard one say to the other
you know what I told him I
said you remember the part
where that Greek guy was
dragging Hector around the
walls of Troy and rubbing
him in the dust I told him
I hoped somebody would do
the very same thing to him.

Arturo Dávila
Escritor, hizo el doctorado en Lenguas y Literaturas Romances por la Universidad de Berkeley. Tantos troncos truncos (Casa Vacía, 2020) es su último libro de poemas.
[Nota editorial: Agradecemos a New Directions la generosa cortesía de reproducir aquí sus materiales]
1 Hoy se ataca a Pablo Neruda y no se le perdona le Poema XV ni sus devaneos machistas, relatados en Confieso que he vivido. Su lectura se ha cancelado en las escuelas secundarias de Chile.A T. S. Eliot se le tilda de “antisemita” por el puro de Bleistein o Rachel, née Ravinovitch, o el judío de la ventana, dueño del apartamento donde envejece Gerontion. El canon se ha puesto en duda. Las estatuas caen. El movimiento Me Too no perdona. Habrá que esperar. Las ideologías suben y bajan. ¿Resistirá el talento estético? Mejor no hablar. Leer y releer, nada más. Ya el tiempo dirá y decidirá.
2 Este año se están escribiendo mil y una notas sobre La tierra baldía, cuyo feliz nombre debemos, en castellano, a Ángel Flores. Recomendamos al lector/a visitar el comprehensivo ensayo de Álvaro Ruiz Rodilla en estas páginas, “T. S. Eliot en México”, para conocer el recibimiento y ecos del poema en diferentes generaciones de autores mexicanos.
3 Las dos memorables citas de Pound provienen de “A Few Dont’s” que se puede encontrar en la página de Internet de Poetry Foundation, y del libro editado por Allen Tate, T. S. Eliot. The Man and His Work, Delacorte Press, New York, 1966, p. 89.
4 El rencor de Robert Hillyer (1895-1961) fue duradero. En 1949, se opuso terminantemente a que se concediera el Premio Bollingen a Pound por los Cantos de Pisa, acusándolo a él y a todo el movimiento Modernista de elitista, inaccesible, y antiamericano.
5 Henry Seidel Canvy (1878-1961) fue uno de los fundadores y editores del Saturday Review of Literature. Enseñó en la Universidad de Yale por casi 20 años. Escribió un virulento artículo contra el Ulises de Joyce, argumentando que no había desarrollo de personajes. Vertimos en itálicas algunos de los guiños orales y lingüísticos de Pound, que tanto agradaban a Laughlin.
6 Estamos preparando una antología de los poemas de James Laughlin (1914-1997) que aparecerá, si todo lo permite, en 2023. Ya la compartiremos con los lectores/as de nexos. Agradezco a Emilio Maravillas, clasicista puro y buen conocedor del griego antiguo, quien me ayudó a esclarecer y entender el título que Laughlin le dio al último poema.
7 Antología griega, VII, 3.