Annie Ernaux: tránsfuga del olvido

La ganadora del Nobel de Literatura 2022 se describe a sí misma cómo “tránsfuga de clase”. La elección sobre quién y qué merece ser contado y recordado es uno de los trasfondos de su proyecto. Los márgenes, como muestra este ensayo, se vuelven cruciales en un ejercicio memorioso total.


Annie Ernaux nunca llegó hasta Paris.

Lo deseó, en su adolescencia: mudarse a la ciudad luz capital, al escenario de incontables bildungsroman de escritores en ciernes. Llegar a la meca donde se fraguan las reputaciones literarias. Se quedó a las puertas, por decisión propia. “París, el gran sueño, del que ahora estoy a treinta kilómetros a vuelo de pájaro pero siempre fuera. Y ya no tengo ganas de entrar”, escribe en Le vrai lieu (El lugar verdadero, 2014).

Prefirió el margen, desde 1977. Ese año se mudó a la “ciudad nueva” de Cergy, una comuna suburbana recién creada. Aún reside en ese sitio efímero, de centros comerciales, de población diversa y desarraigada. Un lugar sin historia, sin la “potencia ancestral de un orden social”.

[Cergy] es una ciudad en permanente cambio, nunca definitiva. Debido a estos rápidos cambios, me parece que tiendo más a anotar lo que va a desaparecer, estos rostros, estos momentos. Porque, en el fondo, hasta que no escribo sobre algo, no existe. [El lugar verdadero]

Cergy es una elección que refleja la obra de Ernaux, escrita como quien mira por el retrovisor, para atisbar el momento que queda atrás; para capturar la esencia de su literatura: el instante en que ocurre el pasado. Aunque para ella nada es tan simple como un antes y después. Un pasado suplanta a otro, pero los ayeres se burlan de la cronología y se reacomodan a una distancia movediza.

Igual o más importante resulta para Ernaux lo que termina por ser sepultado, entre tanta capa sucesiva de tiempo. Se sitúa ahí donde inicia la pérdida, donde el ancla lanzada para sujetar lo que fue ya no encuentra dónde afirmarse. La fisura por donde se escurre lo que fuimos, hace poco o mucho, es el punto de partida de sus reconstrucciones literarias.

En Cergy empezó la escritura que ha definido a Ernaux desde fines de los años 1970. ¿Qué mejor punto de partida que esa página en blanco en el mapa urbano? Sin jerarquías rígidas, como no las hay en el material que conforma su obra memoriosa, donde lo íntimo es universal y lo universal ya fue íntimo. El discurso televisivo memorable cohabita con el anuncio en la televisión que lo precedió, con el insulto proferido al verlo, con el grafiti entrevisto antes de entrar y encender el televisor.

Porque Ernaux tiene predilección por el sedimento que dejó en nosotros lo fugaz, lo compartido alguna vez por todos sin darnos cuenta —el horario del noticiero, el envase de refresco, el tipo de cambio—, lo que un día cayó en desuso junto con todo lo que conllevaba —rituales, gestos, dichos. El “yo” se desliza en el “nosotros”, por la vía de la capa en apariencia más superficial del día a día. A todos estos fragmentos les atañe el peso de la emoción que suscitaron, no su valor histórico abstracto.

“He escrito que ‘la memoria es material’, quizás no lo sea para todos, pero para mí lo es hasta el extremo, devolviendo cosas vistas, escuchadas (el papel de las frases, a menudo aisladas, punzantes), gestos, escenas, con la mayor precisión. Estas constantes ‘epifanías’ son el material de mis libros, la ‘prueba’ también de la realidad”, apunta en L’écriture comme un couteau (La escritura como cuchillo, 2003).

Una realidad que concibe sin elipsis poéticas que filtren lo que la página retiene de la vida cotidiana. Así, Regarde les lumières mon amour (Mira las luces, amor mío, 2014), es el diario de sus visitas al supermercado, espacios invisibles poblados por mujeres que también lo son: “Me había preguntado por qué los supermercados nunca estaban presentes en las novelas que se publicaban. Cuánto tiempo requería una realidad para acceder a la dignidad literaria”.

Uno de sus antecesores sería el Georges Perec de Les choses (Las cosas, 1965), novela que cuenta la historia de una pareja a través de sus posesiones materiales, un retrato de la sociedad de consumo que también interpela a Ernaux. Somos la suma de lo que deseamos a plazos, a crédito, nuestras aspiraciones de cada quincena. En Ernaux, sin embargo, está en juego mucho más que un ejercicio de sociología literaria. Y no entra en juego, de hecho, la ficción.

Porque Ernaux, desde la mudanza a Cergy, ha circunscrito su escritura al material que le proporciona su vida. No sólo la elegida, sino la que dejó atrás. Y aquí ese suburbio vuelve a cobrar una importancia vital:

A mediados de los años 1970, Cergy estaba en construcción, se levantaban edificios por todas partes, era una gigantesca obra llena de grúas que me recordaba a la posguerra en Normandía, a la ciudad de Yvetot, donde pasé toda mi juventud y cuyo centro había sido destruido. Debajo de esta ciudad que se estaba construyendo, era como si hubiera otra ciudad, la Yvetot devastada de 1945, las dos se deslizaban una sobre otra. [El lugar verdadero]

Annie Ernaux nació en 1940, en el norte de Francia, en una familia humilde, de obreros convertidos en dueños de una tienda de abarrotes. La asiduidad en los estudios la llevó a ser profesora, distanciándola no sólo de aquella geografía sino de esa clase social, de su cultura popular, del habla misma de su origen. “Tránsfuga de clase” es un término que emplea para describirse.

Es otro elemento determinante en su escritura: la elección sobre quién y qué merece ser recordado y contado, los “nosotros” que ella se niega a reducir solamente al “yo”. Ese es el trasfondo de todo su proyecto. Y también por eso Cergy es fundamental. El espacio intermedio, entre lo que dejó atrás y la fuga, nunca culminada, hacia el futuro de la capital, hacia París. 

Le es deudora toda una franja de la literatura francesa actual, la de otros tránsfugas del margen que vivieron y aprendieron para contar su “traición”, y escribir las historias de quienes nunca figuran en la Historia. Desde Didier Eribon con Retour à Reims (Regreso a Reims, 2010), regreso al hogar de un sociólogo homosexual para el funeral de su padre obrero; Édouard Louis con En finir avec Eddy Bellegueule (Para acabar con Eddy Bellegueule, 2014), autobiografía del suplicio de ser diferente en un medio machista y marginal; Nicolas Mathieu en Leurs enfants après eux (Sus hijos después de ellos, 2018), novela de adolescencia en una zona postindustrial. Este último escribe sobre su descubrimiento de Ernaux a los veinte años:

Sus libros eran políticos, en la medida en que articulaban, de una manera inédita para mí, la intimidad y la historia, la economía y el cuerpo, lo social y lo sexual, lo personal y lo colectivo, la memoria y el orden mundial, los sentimientos de la infancia y la guerra de clases.

A la obra de Ernaux se le ha llamado epistemología personal.

Cuenta libro a libro la pérdida de su virginidad, un aborto, la historia del padre, de la madre, un amor tóxico. Temas tabú, vivencias de mujeres que son secretos a voces convenientes. A todos los une un tono común, cuya razón de ser es la verdad.

“No quería hacer algo que primero fuera bello, sino real, y la escritura era ese trabajo de sacar a la luz la realidad: la del ambiente obrero de la infancia, la de la aculturación que es también una ruptura con el mundo de origen, la de la sexualidad femenina.” [La escritura como cuchillo]

Ella misma ha calificado su obra de “autosociobiográfica”.

Empezó a serlo a partir de Cergy. Ahí escribió todos sus libros salvo los dos primeros. Un parteaguas. Si antes de Cergy escribió novelas, con su tercer libro inicia el giro hacia la autobiografía. El punto de inflexión definitivo es, en 1983, La place (El lugar), su cuarto libro. El primero “autosociobiográfico”:

Luego viene otra forma, que apareció con El lugar, que podría calificarse de “relato autobiográfico” porque se descarta toda ficcionalización de los hechos y, salvo error de memoria, estos son verídicos en todos sus detalles. Al fin el ‘yo’ del texto y el nombre en la portada del libro se refieren a la misma persona. […]

Pero no me satisface el término ‘relato autobiográfico’ porque es insuficiente. Subraya un aspecto ciertamente fundamental, una postura de escritura y de lectura radicalmente opuesta a la del novelista, pero no dice nada sobre el objetivo del texto, su construcción. Y lo más grave aún, es que impone una imagen reductora: “el autor habla de sí mismo”. Sin embargo [mis obras] son menos autobiográficas que autosociobiográficas. [La escritura como cuchillo]

Tras mudarse a Cergy abandona la ficción. A partir de ahí empieza por esbozar su infancia, a sus padres, abriendo paso a esa otra obra que escribe hasta la fecha: la que reconstruye minuciosamente y sin miramientos, sin cultura alta ni baja, sin rehuir lo supuestamente pedestre o lo indecible.

En El lugar cuenta la historia de su padre:

Recientemente, he sabido que la novela es imposible. Para dar cuenta de una vida sometida a la necesidad, no tengo derecho a ponerme primero del lado del arte, ni a intentar hacer algo emocionante o conmovedor. Recogeré las palabras, los gestos, los gustos de mi padre, los hechos significativos de su vida, todos los signos objetivos de una existencia que yo también compartí. Ninguna poesía de la memoria, ninguna burla jubilosa.

Más tarde, en La escritura como cuchillo, agrega:

Al término de esa reflexión, llegué a esto: la única manera justa de evocar una vida, aparentemente insignificante, como la de mi padre, de no traicionar (a él, y al mundo del que vengo, que sigue existiendo, el de los dominados), era reconstituir la realidad de esta vida a través de hechos precisos, de las palabras escuchadas.

A partir de ahí Ernaux escribe como sólo sabe hacerle Ernaux, en fondo y forma. Como lo ha hecho durante 45 años.

“En comparación con la forma de la novela de mis inicios, tengo la impresión de una inmensa y, naturalmente, terrible libertad. Un horizonte se despejó al tiempo que rechazaba la ficción, todas las posibilidades de la forma se abrieron.” [La escritura como cuchillo]

En 2008 llega la que quizás es la culminación de ese proyecto: Les années (Los años). Es el libro de una vida, de lo que describe como el deseo de una vida entera de escribir la vida de una mujer. “Incluso cuando estaba escribiendo otros libros, ese estaba ahí, alrededor. A su manera, los ha irrigado a todos”.

El tiempo permite la búsqueda de la forma. En 1985, escribe la primera línea del prólogo: “Desaparecerán todas las imágenes…”.

La novela se publica 23 años después. Es revelador el título que alguna vez pensó darle: Novela total.

Ella quisiera reunir esas múltiples imágenes de sí misma, separadas y desordenadas, e hilarlas con un relato, el de su existencia, desde su nacimiento durante la segunda guerra mundial hasta el día de hoy. Una existencia singular, pero fundida en el movimiento de una generación. […] Cómo representar a la vez el paso del tiempo histórico, el cambio de las cosas, de las ideas, de las costumbres y la vez la intimidad de esta mujer, hacer coincidir ese fresco de 45 años de historia y la búsqueda de un ‘yo’ fuera de la Historia, el de esos momentos como suspendidos, en los que hacía poesía a los veinte años. [Los años]

La impresión que debería dejar ese libro al leerse: “un flujo de luz y sombra sobre rostros”.

Así ocurre al leerlo. La página actúa como un proyector apuntado hacía el rostro del lector, en el que el tiempo descrito parpadea en blanco y negro, luego accede al tecnicolor, pasa de la película en 8mm a la precisión digital.

Lo que desfila: la aniquilación de todos los humildes y anodinos detalles cotidianos que damos por sentados, esos componentes que dan densidad a la vida pero irán desapareciendo en la estela del tiempo sin que nadie se percate.

las imágenes reales o imaginarias, aquellas que nos siguen hasta en el sueño
las imágenes de instantes bañados en un luz que pertenece sólo a ellos

Todas se desvanecerán de un solo golpe como lo hicieron los millones de imágenes que estaban tras la frente de los abuelos muertos hace medio siglo, de los padres, muertos también.1 [Los años]

Pasan, cual fantasmas, los refranes populares que el presente ha transformado en arameo; los gestos de oficios que la modernidad volvió caducos; las imágenes de publicidades victimas del vértigo de su origen y la multiplicación del consumo.

las expresiones caídas en desuso, que un día volvemos a escuchar de casualidad, súbitamente valiosas cual objetos perdidos y reencontrados, que nos hacen preguntarnos cómo llegaron hasta ahí. [Los años]

Transcurre el largo compendio de toda la banalidad indisociable de nosotros mismos. Esa que Ernaux nos recuerda, colinda con lo que consideramos esencial, los seres queridos y momentos viscerales, y que son como bordados sobre esa vasta tela cotidiana y colectiva de aparentes naderías, que Ernaux va enhebrando, hasta hacer posible que nos conmueva la pérdida retrospectiva de lo que en su momento pudo parecer banal y vulgar.

Hasta cobrar conciencia de que nada es banal o vulgar, porque nada lo es para Ernaux, la escala es obsoleta, o ella buscar abolirla como quiere abolir esa distancia que existe en ella, entre su pasado y presente, entre su origen y devenir.

Se anularan súbitamente las miles de palabras que sirvieron para nombrar las cosas, los rostros de las personas, los actos y las emociones, que ordenaron el mundo, hicieron latir el corazón y mojar el sexo.

los slogans, los grafitis en los paredes de las calles y de los baños, los poemas y las historias cochinas, los títulos (Los años)

Y entre todo ese flujo incesante aflora la ironía esencial del lenguaje, como un imán que tanto atrae esa memoria, la salva del olvido como no pudieron hacerlo quienes no aprendieron a usar el lenguaje; que tanto la repele, porque el lenguaje está ausente de la memoria, de su clase social, no acepta el corsé de una sintaxis exquisita. Queda la esperanza de esa acumulación sin ornamentos, recitada como una plegaria, por la salvación de una memoria colectiva, y la imposible tarea de no excluir a nada ni nadie.

El tiempo que dura la lectura de Los años —como ocurre con los textos que culminan una visión de la escritura— interiorizamos la forma de su “frase” y de su lógica narrativa: la síntesis:

Todo se borrará en una segundo. Se eliminará el diccionario acumulado de la cuna al lecho final. Será el silencio sin palabras para decirlo. De la boca abierta no saldrá nada […]. En la sobremesa de una fiesta no seremos más que un nombre, cada vez menos un rostro, hasta desaparecer en la masa anónima de una generación lejana. [Los años]

Esa síntesis nos devuelve a dónde estuvimos cuando ocurrió la Historia, con h mayúscula, a su asimetría con la historia personal; a los cuerpos y sueños perdidos en los abismos entre ambas; a los tejidos sociales disueltos, las versiones diluidas de una misma; a los mundos que dejamos atrás.

Terminada la proyección y cerrado el libro, se ha dilatado el sentido de cuánto se perderá cuando nos unamos al cortejo del olvido y por siempre desaparecerán todas las imágenes… salvo si han sido escritas. Salvo si alguien las lee.

Leer Los años, leer a Ernaux, es admirar la simetría recompensada entre la obra y la vida cuando, al cabo de los libros, el camino al premio de Estocolmo no pasó por Paris, sino por Cergy.

 

Diego Courchay
Escritor y periodista. Terminó la maestría en Periodismo por la Universidad de Columbia.


1 En el flujo memorioso de Los años, Ernaux alterna una acumulación “sin amarres”, que obvia la puntuación, con remansos reflexivos, donde el texto recobra sus señas tradicionales.

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Publicado en: Ensayo literario