Los límites entre uno y el mundo: Peces de pelea de Moriana Delgado

En esta reseña de la primera colección de una joven poeta mexicana, Caroline Tracey reflexiona sobre las posibilidades estéticas que surgen del estudio de lenguas extranjeras y sobre la difusa frontera que separa a nuestro ser más íntimo del mundo exterior.


Peces de pelea, la primera colección de la poeta Moriana Delgado (Ciudad de México, 1993), explora las líneas indistintas entre el cuerpo y el hogar, entre uno mismo y alguien más. “Pasé tanto tiempo en Mongolia que me convertí en yurta / Yurta portátil-plegable-rompevientos de bolsillo”, escribe Delgado en la primera estrofa del libro. Continúa: “Y la leche que te doy está tan caliente / una yurta para beber mantequilla tibia con dulce sorgo dulce”. La narradora abre su colección dedicándose a hospedar a los demás.

¿Qué más puede ser ella? A lo largo de Yurtas, la primera de las tres secciones de Peces de pelea, la narradora se va transformando en diversos objetos, o imaginando que lo hace. En “Matrimonio”, por ejemplo: “Todos éramos un pescado / afuera de sus entrañas / nadando en el tragaluz opaco"; y su "manos no eran manos / eran un tiempo de tu tiempo”. De ser pescado, la narradora —que está en un cuarto oscuro escuchando a la lluvia afuera— brinca a soñar “con ser árbol dislocado / un bisonte”. Parece que se está consolando con ficciones; que la posibilidad del árbol refleja su desconexión del mundo, tanto el de cerca como el de lejos.

 Páginas más tarde, en “Itaewon’”, los árboles se convierten en objetos de su afecto:

Estoy tratando de entender el frío
el mismo que quiebra los dedos de los árboles y no sé
si podemos llamar árboles
 a las cosas que amamos
como el calor del metro una tarde.

Ella ya no es un árbol; los árboles son foráneos y queridos, como otras cosas en el mundo, incluso, puede ser, los invitados de la yurta que beben leche tibia. (Más tarde, en “Kabukicho”, Delgado regresa a la idea de que las manos y los árboles tienen una relación estrecha.)

A través de estos poemas, llenos de imágenes evocadoras pero confusas, surge un contorno de la narradora. Al parecer pasa por el mundo —un mundo frío, rico y extraño— observándolo a distancia para investigar cómo relacionarse mejor con él: intercambiando su ser por un hogar o deslizándose en una superposición afectuosa con uno u otro ser.

Las metáforas fantásticas aterrizan en el último poema de la sección Yurtas, “媽馬.” “Digo madre para decir caballo / mamá en los trazos a cuatro patas / Digo māma para decir madre / digo madre y me sale caballo”, dice el poema corto. Según Google Translate, en chino el primer carácter del título significa “madre” y el segundo “caballo”. Ambas palabras, sin embargo, se pronuncian de forma parecida: dos variaciones tonales de la sílaba ma.

Los experimentos de la narradora en torno a los límites borrosos entre sí misma y otros seres se conjugan en el proceso de aprender un nuevo idioma, una experiencia lúdica y vertiginosa cuyos juegos y confusiones ofrecen al alumno nuevas perspectivas sobre su lengua materna, rompiéndola en patrones sonoros e imágenes curiosas. Uno de mis personajes favoritos del libro, la polilla cuyo corazón tiene diecinueve compuertas, parece venir precisamente de este tipo de asociaciones. “Tengo diecinueve compuertas”, narra la polilla, “y no puedo abrir ninguna —cuerpo minúsculo sobre la alfombra, tiro polvo cuando tengo hambre, cuelgo en un huego un ciprés, como un abrir de tantas puertas, llamar a otra estancia y ver algo de mí en esas flores”. Además del interés evidente que encierra leer una descripción de cómo se siente ser una polilla con un sistema circulatorio tan complicado, parece que los caracteres chinos para “corazón” y “compuerta” son parecidos, un juego (o error) de caracteres detrás de la cortina del libro. Sospecho que los poemas de Delgado están llenos de este tipo de juegos, muchos de los cuales  no alcancé a notar, dado que no sé nada de chino.

Además de las tres secciones que organizan Peces de pelea, la estructura del libro también gira en torno a una serie de parejas de palabras. Parvada, caballo, aleta, ranura, polilla, compuerta, escaparate, destace y escarlata —todas palabras sonoras, tanto en su profusión de sílabas como en la concretez de su significado— aparecen precisamente dos veces en el libro. No puedo decir si esto tiene algo que ver con sus equivalentes en chino, pero para mí el despliegue de estos gemelos-palabras es uno de los aspectos más placenteros del libro. En mis clases de redacción, tanto en inglés como en español, aprendí que uno debe evitar la repetición de palabras por cuestiones estéticas; ahora, como editora, casi siempre tacho la segunda aparición de un término. Delgado, en cambio, hace de la repetición una herramienta poderosa. El proceso de adquirir un nuevo idioma suele inducir en el estudiante una tendencia a escudriñar el emparejamiento imperfecto de palabras equivalentes; Delgado consigue dirigir esta curiosidad des-familiarizada hacia su lengua materna, abriendo la posibilidad de investigar las vicisitudes y aporías que emergen entre las dos apariciones de las ranuras, las aletas, los escaparates.

En sus juegos de palabras bilingües, Peces de pelea me recuerda a The Verging Cities, de Natalie Scenters-Zapico, una poeta español-estadunidense que creció en la conurbación fronteriza de El Paso-Ciudad Juárez: ese libro también usa las metáforas fantásticas que surgen del bilingüismo como punto de partida:

Mouth was split roja—my wound que no
curaba. Era mi boca, pero mi boca ya no hablaba.
Acaricié sus labios, esta boca opened itself,
two branches cut into a sky.

Del mismo modo, Peces de pela también me recuerda a Meteoric Flowers de la poeta Elizabeth Willis —quien es profesora en el Taller de Escritores de Iowa, donde Delgado estudia actualmente— por su verso "cautivador, desafiante y . . . sorprendentemente opaco," en las palabras de una reseña de Publishers Weekly.

Si tengo una crítica a Peces de Pelea, es que la colección a veces se siente demasiado dispersa en términos estilísticos, más una suma de ejercicios que un esfuerzo sostenido de responder a una pregunta. Con tanta variedad de estilos —el erasure poem “Lonely Planet”, el poema en prosa “Kabukicho”, los poemas expositivos sobre lugares “Going Home” y “Entrañas”— a veces resulta difícil seguir las imágenes que parecen el verdadero hilo conductor de la colección.

Aún así, como una escritora que trabaja en su segunda lengua, tuve vislumbres de reconocimiento que me orientaron a lo largo del libro. Pienso, por ejemplo, en los poemas colindantes que usan metáforas acuáticas para meditar sobre la vacilación entre el placer de nadar y la confusión de ahogarse: una dialéctica que también describe la experiencia de aprender un idioma. Además, dudo que el objetivo del libro sea que el lector reconozca una experiencia concreta. Si ese fuera el caso, Delgado no necesitaría valerse de un acercamiento tan oblicuo a sus temas.

Y, en efecto, el epígrafe delata que el libro no sólo se trata de un viaje a China, menos aún sólo de estudiar una lengua extranjera:

Will this trip appease a longing?
Q. [stalling for time] The longing to go to China, you mean?
A. Any longing.
—Susan Sontag

En la cita Sontag transforma “anhelo de China” en “anhelo de cualquier cosa”. El lector puede sustituir su propia China —su propia experiencia de la difusión de los límites que lo separan del mundo— sin la necesidad de entender detalladamente la experiencia que describe Delgado. Peces de pelea es un cuaderno de viaje, sí, pero su autora entiende que “viaje” es cualquier experiencia de ser moldeada por el mundo exterior.

 

Delgado, Moriana. Peces de pelea. Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2022.

 

Caroline Tracey
Doctora en geografía por la Universidad de California, Berkeley. Editora asociada de Zócalo Public Square.

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Publicado en: Ciudad de libros