Sobre el Monumento a Colón: memoria histórica y democracia

Hoy que se celebra el infelizmente llamado Día de la Raza, presentamos esta reflexión filosófica sobre la decisión del gobierno de la Ciudad de México de retirar la estatua de Colón que adornaba el Paseo de la Reforma. José Ahumada Castillo encuentra méritos en los argumentos de Claudia Sheinbaum, pero concluye que esas mismas premisas deberían llevarnos a cuestionar las acciones de la ciudad.

Ilustración: Jonathan Rosas

 

¿Será posible que el antónimo de “olvido” no sea “recuerdo” sino “justicia”? 
— Yosef Hayim Yerushalmi

La decisión del gobierno de la Ciudad de México de remover el monumento a Colón del Paseo de la Reforma nos ha dejado en una situación incómoda. Pareciera que cuestionar la decisión implicaría una posición colonialista dispuesta a disculpar las atrocidades de la conquista; por otro lado,  aceptarla implicaría deshacerse de una pieza fundamental de nuestra historia. Hoy que se celebra el mal-llamado “Día de la Raza” en honor al “descubridor”, quisiera argumentar que la justificación que la Jefa de Gobierno Claudia Shienbaum ha dado sobre la remoción de la estatua de Colón tendría que llevarnos, bajo su misma lógica, a compartir su diagnóstico, pero al mismo tiempo a ser críticos de la solución ofrecida. Y es que hay una pieza faltante en el debate, sin la cual es imposible salir de esta aporía de posturas irreconciliables.

La decisión de la Ciudad de México forma parte de un movimiento global. Por mencionar el caso más visible, en el último año en Estados Unidos fueron retirados 33 monumentos a Colón y doscientos a confederados. ¿Puede decirse que esto sea una coincidencia temporal, o más bien será el producto de un contexto político?Reportes recientes relacionan esta oleada de retiros de monumentos con la matanza de Charleston y el asesinato de George Floyd. Tras estos eventos, muchas protestas tuvieron lugar al pie de este tipo de monumentos y resultaron en su eliminación, ya sea de manera directa por la protesta o  a raíz de una deliberación pública.

Este movimiento, valiéndose de herramientas como los estudios decoloniales, feministas y la teoría crítica de la raza, ha puesto de manifiesto que las concepciones históricas sobre lo que sucedió hace quinientos, doscientos o dos mil años siguen teniendo efectos concretos en la vida de las personas hasta el día de hoy. Tomemos en cuenta, por ejemplo, las implicaciones que pudieran tener el color de piel o los órganos reproductivos con los que se nace. Para estas interpretaciones el género y la raza son elementos a través de los cuales las personas viven en carne propia el peso de la historia.  Es decir: la historia está viva y permanece inscrita en cada persona a través de elementos tan inocultables como nuestra fisionomía. El mecanismo por medio del cual estas nociones sobre el pasado, quienes sí y quienes no pertenecen  y con qué rol,  se traducen en efectos concretos en la vida cotidiana y en la justicia, es a través de la manera en la que reproducimos y replicamos nuestra historia, como son los monumentos.

Pero, ¿qué es, en todo caso, un monumento? Un monumento hace concretos y públicos los valores que seleccionamos en el pasado y decidimos proyectar hacia el futuro. Los monumentos son los lugares de la memoria, de la protesta y de la celebración. Tienen siempre un pie en el pasado y uno en el futuro. Un monumento es la versión más pública de los archivos históricos de una ciudad.

Esta idea del monumento  es consistente con la justificación de las razones para retirar la estatua de Colón que la Jefa de Gobierno presentó en un artículo en La Jornada. En ese texto, Sheinbaum plantea preguntas relevantes sobre las implicaciones políticas de los monumentos. Primero, la relación entre la memoria histórica y el futuro: “Los monumentos, estatuas y nombres de las calles de nuestra ciudad son legados que dejamos para futuras generaciones.” Segundo, la relación entre la memoria histórica y el silencio: “¿Qué se silencia cuando heroisamos a la figura de Colón? […]Se silencia el exterminio y el esclavismo de pueblos originarios.”Tercero, el intrincado vínculo entre la memoria histórica y la justicia: “Es una responsabilidad ética replantearnos el pasado para transformar las injusticias del presente. Sólo así podemos combatir el racismo y el clasismo que se viven en la actualidad.”

El texto de la Jefa de Gobierno, entonces, tiene sus méritos. Los argumentos que ofrece provienen de una robusta tradición filosófica, aunque quizá la versión que mejor los condensa es el análisis de Jacques Derrida sobre la memoria histórica. En una conferencia de 1994 que lleva por título Mal de Archivo, Derridacomienza por recordarnos el doble significado de la palabra “archivo,” que en griego significa, al mismo tiempo, origen histórico —arkheia— pero también gobierno —arkhē—. Así, el funcionario público arkhon  tenía la doble función de resguardar el archivo y de interpretarlo en forma de ley o de norma. Podemos entonces entender que la memoria histórica constituye también una normativa para el presente y el futuro.  

Respecto al silencio del archivo y la justicia, Derrida señala que todo ejercicio de memoria conlleva una violencia que se ejerce cuando se determina lo que queda adentro y lo que permanece afuera de la historia. Dado que el filósofo presentó su conferencia en el Museo Freud, la represión en la memoria histórica es un tema obligado. Lo que se reprime permanece en un silencio latente en la historia y tiene la posibilidad de regresar, como el síntoma de un trauma. De ahí que las protestas contra el racismo en Estados Unidos  se dirijan, de entre todos los lugares posibles, al lugar mismo del crimen del que son víctimas: al monumento que los relega y los expulsa de la historia.

Pero volvamos a México y a Colón. El argumento que acompaña a la posición de la Jefa de Gobierno es  convincente porque consiste en una crítica a la violencia que se ejerce cuando se establece una visión única de la historia que silencia a los más vulnerables. Nadie puede estar a favor de eso. Y, sin embargo, la Jefa de Gobierno ha hablado de silencio, de justicia y de futuro, pero ha dejado de fuera el elemento más importante: no ha mencionado ni una sola vez la palabra democracia y su función en el establecimiento de la memoria histórica. La omisión es llamativa porque la familia de argumentos que critican la exclusión histórica coincide en que la democracia es la mejor herramienta y el requisito sine qua non para la construcción de una memoria histórica plural e inclusiva.

Aún si fuera accidental, la omisión no deja de ser significativa, pues  la Jefa de Gobierno estaría incurriendo en el mismo error del  que señala si pretendiera cambiar una visión de la historia por otra desde su posición de poder, sin la mediación de un proceso público. El monumento es solo la representación final y más pública de la memoria histórica:de nada sirve derribarlo si no se derriba también la visión que lo sostiene. Por loable que esta sea, cualquier restitución de justicia histórica está condenada a fallar si no está sostenida por  la contestación democrática. Por eso la remoción de la estatua de Colón no puede ser el producto de un anuncio del gobierno en turno: tiene que ser el resultado de una decisión colectiva de la sociedad.

El proceder de otras ciudades también apoya la idea de que en los procesos de memoria histórica la democracia debe ir por delante. En muchas ciudades donde las estatuas han sido removidas no se ha establecido una figura que las sustituya. Un caso similar, que como el caso de Colón se desarrolla actualmente, es una estatua de confederado Robert E. Lee en Richmond, Virginia erigida en 1890 fue removida el 8 de septiembre de este año. Un testimonio elocuente del retiro de esta estatua confederada dice: “Hoy la ciudad está repleta de pedestales vacíos a manera del símbolo de la tarea racial pendiente en nuestro país”. Lo mismo pudiera decirse sobre la anti-monumenta feminista que hoy ocupa el pedestal vacío que perteneció a Colón: es un testimonio de la tarea pendiente hacia las mujeres en nuestro país. Resulta curioso, entonces, que el mismo gobierno que esgrime argumentos posmodernos para defender la remoción de una estatua colonialista no se haya pronunciado sobre el destino, la permanencia o reubicación de esta vailente intervención feminista en el espacio público.

La imagen del pedestal vacío no pudiera ser más elocuente y remite de inmediato a otro clásico de la filosofía de la historia: Claude Lefort. Este pensador establece que la característica fundamental de una democracia es la ausencia de una figura que abarque por completo el espacio del poder, el cual permanece simbólicamente vacío.1 Es decir,  en una sociedad verdaderamente democrática no puede existir una sóla idea que unifica a la totalidad de la sociedad, sino una pluralidad de ideas que ocupan simultáneamente el espacio público. Derrida, por su parte, también considera que la democracia es el centro de la idea plural de la memoria histórica:. “No hay poder político sin control del archivo y de la memoria”, escribe el francés. “La democratización efectiva siempre puede ser medida como el acceso al archivo, a su constitución e interpretación”.

Quizá estas reflexiones puedan ayudar a destrabar la incomodidad y hacernos ver que  es posible  oponerse al proceder del gobierno y al mismo tiempo estar a favor de derribar  la memoria histórica de los opresores, esa que ha silenciado a millones. El punto central a entender es que el gobierno no puede ocupar el espacio público de la memoria histórica. Este no es uno de los monopolios que legítimamente le corresponden al Estado. La contestación democrática debe ser el centro de cualquier intento por acabar con las ideas únicas de la memoria histórica. Por bien intencionada que sea la decisión de la autoridad de traer al centro a los marginados de la historia, esta decisión puede ser endeble y parecer falsa si no se hace democráticamente. Para acabar con el silencio desde el poder, lo importante no es tomarla palabra, sino dar la voz. 

 

José Ahumada Castillo
Analista político


1 Flynn, B. The Philosophy of Claude Lefort, 2005, p. 38.

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Publicado en: Noticias de Cipango

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