Hilván para una Tierra velardía
(Fragmento)

El siguiente fragmento es parte de un poema más largo, hecho de pasajes, líneas, situaciones (y posibles situaciones) de la obra y vida del poeta mexicano Ramón López Velarde insertados en algunas zonas de La tierra baldía de T. S. Eliot.

Zulema Moraima Gelo, afamada
clarividente, tenía una mano severa para predecir
bregas de príncipes, siegas de reyes viejos,
giros y troques y firmezas pocas
en gente de poder —y daba en ayudar
a otros quejosos
de fortuna en la rueda extraviados.
—Aquí —dijo— está tu carta, arcano VIII,
el León y la Virgen. Buen arcano. Pero Leo
signo es también con los hijos ligado
y Virgo a veces vierte
enfermedad. Tienes miedo a ser padre.
Veo al Emperador, pero sin el Rey de Oros, e
invertido: no un bien sino un mal para la patria.
Veo el oscuro río del arcano Lunar
vaciarse en veneros hacia el arcano del Diablo.
Veo a la dama enlutada y que te enluta,
la dama de la fuente.
(Mira: ya es cónclave perenne de granizos
lo que fueron sus dientes.)
Veo desdibujarse un puño ya huesos
en la luna de un armario,
y veo a su poseedor, al paradójico
esqueleto de la Muerte, arcano XIII,
renovarte. Más adelante veo, en tu daño
un sínodo quíntuple de espadas.
Teme la muerte por asfixia.
                                                Es todo.
Pero antes de irte y tú, que andas en política,
si ves por ahí al secretario
o al segundo o al tercero del secretario
diles que si pueden por favor
no darnos trato de pitonisas arremangadas,
no andarnos persiguiendo y arrestando.
Una sólo es vidente que dice verdad.

NOTAS

~. Zulema Moraima Gelo. Hace muchos años escribí un verso parecido a “… la clarividriosa Sosostris que así te callas”. Era parte de un poema dramático basado en mi experiencia como hijo menor en una familia de padre ausente. En esa familia crecí con la vaga certeza de que mi padre al salir de nuestra casa se había ido con una adivina; de ahí que el personaje de mi poema en algún momento apostrofara a una figura paterna, y al reprocharle su ausencia le reprochara también la posible huída con esa adivina, por la que nunca había regresado a dar siquiera una explicación. El nombre, Sosostris, aludía por supuesto a Madame Sosostris, la adivina que aparece en La tierra baldía de T. S. Eliot y lee el tarot en la primera parte del poema, “El entierro de los muertos”. Antes de ir a “mi” Sosostris me detengo con calma en la Sosostris de Eliot.

Como se sabe, El castillo de los destinos cruzados de Italo Calvino usa las posibilidades de combinación del tarot para contar varias historias que acaban mezclándose. Se divide en dos partes: una, que también da título al libro, El castillo de los destinos cruzados, usa el mazo de tarots que pintó en miniaturas el artista Bonifacio Bembo para los duques de Milán hacia mediados del siglo XV; este mazo, explica Calvino, “se encuentra hoy en parte en la Academia Carrara de Bérgamo y en parte en la Morgan Library de Nueva York”. Son imágenes hermosas y estilizadas. La otra parte del libro es La taberna de los destinos cruzados; para ella Calvino utilizó el mazo de tarots más popular, en efecto más tosco pero el más universal y conocido como El Tarot de Marsella, impreso en 1761, informa Calvino, “por Nicola Conver, maître cartier de Marsella”.

En la segunda parte del libro mientras Calvino cuenta “La historia del indeciso” aparece la imagen de El Colgado. Al margen del texto vemos al Colgado del tarot de Marsella, que es este:

En un golpe imaginativo, Calvino ve en esta carta que la marea comienza a subir sobre el hombre que pende del árbol, o del travesaño, y de pronto viene este pasaje con una referencia a Eliot en el paréntesis final:

Así es como se cumple la elección del hombre que no elige: ahora sí que tiene el mar, se hunde en él de cabeza, se mece entre los corales de los abismos, Ahorcado por los pies de los sargazos que flotan, bajo la superficie opaca del océano, y arrastra los verdes cabellos de lechuga marina barriendo las anfractuosidades del fondo. (¿Así que esta es la carta en que Madame Sosostris, vidente famosa pero de palabra insegura, al adivinar los destinos privados y generales del emérito funcionario de Lloyds [Eliot, quien trabajó en ese banco] reconoció a un marinero fenicio ahogado?

La intuición literaria de Calvino atina, pero no por el motivo exacto. Lo que yo miré ahí desde mi primera lectura de El castillo de los destinos cruzados fue un pasaje de La tempestad de Shakespeare, y en efecto enriquece o ilustra la alusión de Eliot en el mismo poema La tierra baldía a la canción que Ariel le canta a Ferdinand sobre su padre: el ahogado con los huesos volviéndosele coral y perlas lo que fueron sus ojos. (“Those are pearls that were his eyes. Look!” dice Sosostris.) Incluso pensé que a partir de esta carta en sus historias con tarots Calvino pudo entrecruzar La tempestad —y la carta del Mago del tarot pudo ser Próspero— con las otras historias shakespeareanas que sí cuenta en su libro: Lear, Hamlet, Macbeth. No lo hizo pero para mí fue lo de menos. Calvino había conseguido que una baraja del tarot le diera a Eliot una alusión más para La tierra baldía, involuntaria sin embargo. Porque es otra la carta en la que Madame Sosostris reconoció al marinero ahogado al adivinar el destino del banquero de Lloyds.

En la nota respectiva a The Waste Land Eliot dice que no está muy familiarizado con la baraja del tarot. Juguemos: tal vez Eliot estaría poco familiarizado con el tarot de Marsella o el tarot de Bérgamo, pero cualquiera que hojeara, como yo hace tiempo, el libro Mastering the Tarot de Eden Gray vería con claridad lo que vio Madame Sosostris al tirar las cartas de otro tarot.

Cuando uno piensa en el tarot piensa, propiamente, en lo que se conoce como la Arcana mayor: las 22 claves simbolizadas por El Loco, El Mago, Los Amantes, etcétera. De ellas, Madame Sosostris menciona dos: la Rueda y, en efecto, El Colgado, pero a este último por omisión. Dice claramente: “No encuentro al Colgado”. En la misma nota Eliot completa un poco más y distingue incluso al Marinero Fenicio como una carta aparte del Colgado:

Empleo al Colgado de dos maneras, pues lo asocio mentalmente con el Dios Suspendido de (James) Frazer [en su libro antropológico La Rama Dorada] y con el encapuchado en la marcha de los discípulos hacia Emmaús en la parte V. El Marinero Fenicio y el Mercader de un Solo Ojo aparecen más tarde, al igual que las ‘multitudes’ y Muerte por Agua (parte IV). Asocio, bastante arbitrariamente, al Hombre de los Tres Bastos (naipe auténtico de la baraja del Tarot) con el propio Rey Pescador.

El hecho es que si Eliot no estaba muy familiarizado con el tarot, Madame Sosostris vaya que lo estaba y extendía barajas más literales de lo que su creador hacía pasar como casualidad o simulacro de una lectura de tarot.

Por ejemplo, al leer The Waste Land nunca había entendido por qué en la lectura de Madame Sosostris se hablaba de Belladona —en efecto la misma mujer que aparece con los nervios destrozados en otra parte del poema— como “la Dama de las Rocas, la dama de las situaciones”. Durante un tiempo me conformé con la explicación de Frank Kermode y John Hollander cuando editaron The Waste Land para la Oxford Anthology of English Literature (1973). Pusieron al pie:

Belladona. “Hermosa dama” en italiano; también, la mandrágora y el veneno que se extrae de ella.

Dama de las Rocas. La referencia a un cuadro de Leonardo da Vinci (Madonna de las Rocas) es irónica; éstas son las rocas de la tierra baldía.

Dama (de las situaciones). Se reduce la palabra en un nuevo contexto vulgar al sustituir la Dama anterior con una d minúscula.

La explicación no era muy satisfactoria. Tampoco lo es una posterior (2009) de Nancy Duvall Hargrove, que dice:

Cuando Eliot compuso The Waste Land en 1921, incluyó una alusión irónica a La Madonna de las Rocas de Leonardo da Vinci. El nombre de la mujer (Belladona) y de los apositivos (la Dama de las Rocas, la dama de las situaciones) conllevan una complejidad de significados, sugiriendo de maneras variadas que, aunque ella es hermosa, es un peligro para el protagonista. Literalmente, Belladona es “mujer hermosa” en italiano, pero de modo irónico evoca también la palabra similar “Madonna”, mientras que la “Dama de las Rocas” es una visión secular de la pintura de Da Vinci evocando las rocas oscuras, escarpadas de ambas pinturas (da Vinci hizo dos) para sugerir la dureza y el peligro en el contexto moderno del poema. Y Belladona es la planta venenosa.

Hace años di con otra explicación. El Tarot de Marsella, como casi todos, se compone de la Arcana Mayor, ya se dijo, y de la Arcana Menor, que no consiste más que en la baraja española con sus palos de bastos, oros, copas, espadas. A diferencia del Tarot de Marsella, en el mazo mencionado e incluído por Eden Gray en Mastering the Tarot todas las cartas estaban ilustradas. Así, el tres de copas tenía la imagen de tres hermosas jóvenes alzando tres copas, el siete de oros era un labrador viendo crecer su viñedo, etcétera. Un día topé con el dos de espadas:

En esta baraja del tarot sentí que entonces y finalmente tenía la nota al pie o al margen incontestable para “la Dama de las Rocas, la dama de las situaciones”. Además de que la imagen habla sola, la interpretación de la carta es una mujer en equilibrio endeble, con los ojos vendados porque no puede ver cuál es su situación actual. Atrás de ella, dice Eden Gray, “está el mar de sus emociones, del que brotan las rocas ásperas de los hechos difíciles. Una luna nueva, ominosa, brilla sobre ella. Las espadas que detiene muestran un balance por el momento, pero su situación es precaria”. Igual que predice a las multitudes que caminan en círculo poco después, Sosostris predice la quiebra de la estabilidad amenazada de esa mujer que luego aparecerá en otras partes de La tierra baldía.

Eden Gray tomó para el suyo las imágenes de otro libro sobre el tarot: The Pictorial Key to the Tarot de Arthur Edward Waite. Él  mismo le pidió a la pintora estadunidense Pamela Smith que ilustrara un tarot, incluyendo la Arcana Menor: las barajas que más salen en la lectura de Madame Sosostris. Este tarot circuló ampliamente en Estados Unidos e Inglaterra a principios del siglo XX, de modo que no podía escapar ni a Madame Sosostris ni a Eliot, quien leyó en el libro From Ritual to Romance de Miss Jessie L. Weston sobre la antigüedad del tarot relacionado incluso con ritos agrícolas antes de que se popularizara para la adivinación. La prueba de que Eliot lo tomaba seriamente vendría tiempo después, cuando él mismo condenó “la adivinación por cartas” en un pasaje de los Cuatro cuartetos.

Las otras barajas de Madame Sosostris, el Hombre de los Tres Bastos y el Mercader de un Solo Ojo vienen también —y sólo ahí y de esa manera— en el tarot que ilustró Pamela Smith: son el tres y el dos de bastos, respectivamente. En el dos de bastos se ve a un mercader, un hombre de empresa —los bastos lo simbolizan, junto con la energía creadora— de quien en efecto sólo alcanzamos a ver el ojo izquierdo, mientras sostiene un mundo entre las manos y mira al mar, a la espera de que sus barcos regresen:

En el tres de bastos, dice Eden Gray, tenemos al mismo mercader que aparece en el dos de bastos: “ahora ve que sus barcos regresan a él a través de las aguas del subconsciente”. De ahí que Eliot lo haya asociado con el Rey Pescador que aparece en otra parte de The Waste Land. El Rey Pescador: el rey herido y a la espera del retorno de la fertilidad, conectado con los ritos de vegetación, y con los bastos como símbolo de la energía de la naturaleza y la energía sexual:

¿Qué barco debía regresar para el Rey Pescador, para el Hombre de Tres Bastos? El barco sin regreso: el barco en que se ahogó durante un combate marítimo, en el estrecho de los Dardanelos, un amigo de Eliot, Jean Verdenal, en la Gran guerra y, por asociación de Eliot (“Stetson!: tú que estuviste conmigo en los barcos de Miles…”), la Primera guerra púnica: el Marinero Fenicio que se ahogó.

Podemos entonces imaginar a Madame Sosostris cuando dice “Aquí… está tu carta: el Marinero Fenicio que se ahogó” y ver que la carta es parte también del mazo de tarots que creó Pamela Smith a petición de Arthur Edward Waite:

Es el diez de espadas, una carta fuertísima, aunque tanto Edward Waite como Eden Gray recomiendan, exigen incluso, nunca mencionar a la muerte, y menos violenta, en ninguna lectura de tarot. Lo importante es que al ver esta carta Eliot debió apropiársela como una alusión más para el tejido de citas en The Waste Land alrededor del marinero fenicio Phlebas y la muerte por agua. La carta, más aún, incide sin querer en otra parte de la obra de Eliot: el encuentro con el fantasma en “Little Gidding”, último de los Cuatro cuartetos. Es prácticamente la descripción de otro —¿del mismo?— “ahogado” que dice:

       … dejé mi cuerpo en una costa remota…

El diez de espadas de Pamela Smith no podía ilustrarlo mejor: un hombre muerto a la orilla del mar, en abandono, arrojado a la costa, con el flujo de la marea cubriéndolo. Ante esta imagen del tarot es por lo menos posible repetir la pregunta de Calvino: “¿Así que esta es la carta en que Madame Sosostris, vidente famosa pero de palabra insegura, al adivinar los destinos privados y generales del emérito funcionario de Lloyds, reconoció a un marinero fenicio ahogado?”.

Ahora bien: Eden Gray advierte en su libro que una lectura de tarot nunca es definitiva; la esencia misma del tarot es la Rueda. No sé dónde leí, o lo imagino, que tarot es incluso un anagrama que da ROTA al hacer rodar la palabra. En ese sentido no difiere, ni en misterio ni en multiplicidad, de cualquier lectura. Tal vez leer es intentar un destino momentáneo, que se mezclará con otros y cambiará al siguiente intento de lectura. A fin de cuentas, ¿qué es un libro o, mejor y también para el caso, un poema sino el castillo o la taberna de las lecturas cruzadas?

Puedo volver ya a “mi” Sosostris. Al contacto inicial con Ramón López Velarde es inevitable reparar en la anécdota de que una adivina le leyó la suerte. Al paso de los años resultó que era, por su nombre de clairvoyant, Zulema Moraima Gelo. Su nombre real: María Ciriaca Reséndiz Martínez. Fue famosa por “haber predicho” la muerte de Venustiano Carranza, con cuyo secretario de Gobernación Manuel Aguirre Berlanga tuvo gran cercanía López Velarde. María Ciriaca le heredó sus dotes de clarividencia a su hermana menor, María Trinidad Reséndiz Martínez, cuyo futuro nombre de clairvoyant habría de ser Nelly Mulley. Quién iba a decirme que esta mujer sería la “Sosostris” con la que se fue mi padre.

¿Zulema Moraima Gelo le leyó la mano a López Velarde? No lo sé. En mi “alucinación dirigida” (Borges) o en la “sintaxis onírica” (como alguna vez se dijo de The Waste Land) en que he escrito este Hilván para una Tierra velardía, ella lee el tarot. El comienzo y centro de todo es el arcano VIII; en mi imaginación no podía ser de otra manera: recuerdo a quien lee los versos de López Velarde que dicen “Me revelas la síntesis de mi propio zodiaco:/ el León y la Virgen”. Otra cosa que muchos nos preguntamos al leer por primera vez estos versos de López Velarde: por qué hablaba de los signos de Leo y Virgo si él había nacido un 15 de junio y por tanto era Géminis. La respuesta: un “Zodiaco” no es lo mismo que un signo zodiacal.

En su libro Astrología el poeta Louis MacNiece dice que el Sol en Leo está en su mayor fuerza; esta fuerza es la esencia constitutiva de este signo, la fuerza del fuego. Y dice de Virgo que “es un signo al que la tradición representa con una gavilla en la mano, y en la Europa occidental, al menos, su época del año es la de la recolección”. Algún día se podrá relacionar esto con cosas de López Velarde como “el sol inexorable” en “El retorno maléfico”; y el signo de Virgo también se conectaría digamos con la escena agrícola y la carreta alegórica de paja en La suave Patria.

Sin embargo, la conjunción o interacción exacta de los signos la encontré por fuera del Zodiaco: en el mismo tarot de la pintora Pamela Smith. Es como digo el arcano VIII, la Fuerza, representada por el León y la Virgen. Una de sus interpretaciones: la capacidad para hacer que entren en armonía nuestro lado espiritual y el otro. El arcano se conoce también como la Encantadora, y ella lo es, puesto que no necesita la fuerza física para domar a nuestras fuertes pasiones. En el mazo de tarots que ilustró Pamela Smith la Encantadora tiene sobre la cabeza un ocho acostado; por el arcano VIII y también por el símbolo de infinito. Es una carta preciosa.

Pero algo más, la mala noticia. Desde los manuales astrológicos de la época de Lope de Vega (la Arcadia) sabemos que el León representa igualmente a los hijos y Virgo a las enfermedades; y en Venus, sobre todo, el Mal de Francia. Zulema Moraima Gelo ve también eso en el arcano.

~. giros y troques… extraviados. V. Juan de Mena, Laberinto de Fortuna.

~. cónclave granizos. Si hemos de ser exactos, el poema “Tus dientes” de López Velarde no estuvo dirigido a “la dama enlutada y que te enluta” que aparece en la lectura, sino a otra dama. Pero Zulema casi le atina.

~. pitonisas arremangadas. V. Quevedo, Sueños. Al paso del tiempo el despectivo “pitonisa arremangada” se interpretó como el hecho de que la adivina en efecto se arremangaba la camisa para decir la suerte “sin truco” o como en decidido empeño por traer el futuro. O más aún, que lo que se arremangaba eran las faldas para otro tipo de servicio más allá o junto con el de la clarividencia. Curioso que el epíteto de Quevedo viene de un pasaje de la Biblia, Samuel 1, 28, en que Saúl va a consultar a una pitonisa de Endor. Luego de la consulta, en que ella convoca al fantasma de Samuel y este le predice a Saúl que Jehová ha de entregarlo junto con Israel en manos de los filisteos, Saúl se desmaya: por la impresión pero también porque “en todo aquel día y aquella noche no había comido pan”. Aunque Saúl no quiere comer la pitonisa dice que le pondrá delante “bocado de pan que comas, para que te corrobores, y vayas tu camino”. La pitonisa mata un ternero; después “tomó harina y amasóla, y coció de ella panes sin levadura”. Se sobreentiende que para amasar harina la pitonisa hubo de arremangarse.

 

Luis Miguel Aguilar

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Publicado en: Florilegio