Tú también eres, oh palma,
en este suelo extranjera.
—Abd-ar–Rahman
La muerte de una palma frente al balcón de mi casa de infancia desencadenó mi primera metáfora. Miro este evento sobreexpuesto, como imagina el cine que vemos nuestras primeras memorias, como si cada ocasión para el recuerdo vertiera luz y más luz sobre la imagen, sobreexponiéndola. Salí a nuestro balcón para enterarme de que mis padres habían mandado a cortar la vieja palma: ya no se levantaba desde el piso para dar sombra al balcón con sus hojas amplias y verdes. En su lugar, la luz del sol crecía, inversa, desde el cielo, imantada por la tierra. Mis cinco años completos se enfurecieron e hice, sin duda, lo que mi padre tildaba de un basilisco. ¡Todos mis recuerdos con la palma!, decía. Tenía cinco años, cinco años y recuerdos, recuerdos. O eso parece. O eso creía entonces, porque volteé con lágrimas en los ojos y les dije a mis padres: es como si hubieran roto en cien pedazos mi fotografía favorita. Un símil ramplón, sin duda, y sensiblero. Pero no puedo olvidar el placer que sentí al hacer el vínculo. La descarga casi eléctrica al darme cuenta de que podría, como en un juego de memoria cuya finalidad es reunir dos cartas iguales pero lejanas, juntar dos circunstancias diversas. A pesar de su nula calidad literaria, la sentí cierta en mis huesos, como se sienten verdaderas algunas experiencias contundentes en la vida: la primera vez que probamos el chocolate, el primer día de escuela, el primer castigo. Me calaba. En cuanto a los recuerdos que dije tener en torno a la palma: quién sabe o, más bien, una de dos: o no tenía ninguno o, de hecho y, en efecto, tirar ese árbol fue como romperlos en mil pedazos, pues no me queda nada.

Algún filósofo tuvo una vez una epifanía —condición a la que esta especie suele ser vulnerable— y la escribió en una hoja que luego cosió al envés de su abrigo para llevarla consigo a donde fuera. Supe de esto hace años pero olvidé, durante años también, quién era el filósofo, cuál la revelación. Me quedé con la huella de algo cuyo contenido semántico estaba perdido y pensé que sería gracioso apuntar lo poco que recordaba de ese evento ajeno, coserlo al envés de mi suéter favorito y llevarlo siempre conmigo. Parecía un memento atinado: lo único que queda, al final de cuentas, es el registro de la pérdida, el evento original se difiere tanto que ya bien podría pertenecerle a otro. Como diría un monje budista que escribió canciones bajo el nombre de Leonard Cohen: “I can’t forget but I don’t remember what”.
Por fin, decidí hacer una sucinta investigación en línea y recordé quién era el hombre del abrigo epifánico. Era Pascal. Y la nota era apenas rudimentaria: una fecha, un lugar, alguna trivialidad extática. Pensé que, en realidad, incluso en su intento por apuntar un suceso enceguecedor de tan brillante (no es casual que la primera palabra de la nota fuera FUEGO, así, en mayúsculas), la carta hablaba de una pérdida. Quizá la necesidad misma de registrar algo se condiciona por la conciencia de que aquello no permanecerá y está, desde un inicio, perdido de algún modo.
Y a lo más que podemos aspirar es a ese registro de la desaparición. No me queda la imagen de la palma levantándose a un lado junto a mi casa, ni me veo oculta bajo sus frondas tan verdes que son casi sus propias sombras. No puedo recuperar esa alegría; sólo la tristeza de ya no encontrarla una mañana de verano a mis cinco años. La pérdida es quizá poco más que un deíctico. El dedo de un niño que señala un sitio y dice algo —ahí— y ese sitio desaparece.
Elisa Díaz Castelo
Poeta y traductora. Su libro El reino de lo no lineal ganó el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2020.
Metáfora es una palabra que seduce. Analogía lo es menos. Y aunque su cercanía es estrecha las separa un abismo. Ambas son líquidos de revelado y trabajan para el eureka. Pero, mientras “es como” sirve a la didáctica, el “es” de la metáfora hace algo más, al igualar lo disímil, al equivocarse, crea. Sobran los ejemplos, basta imaginar a Pascal destruyendo sus propias líneas: “Dios es como una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna”… Esto lo sabe de sobra Elisa. ¿Entonces qué paso aquí? Mi hipótesis: que la niña en efecto no hizo un símil sino una metáfora, a ella sí le rompieron en cien pedazos un recuerdo, una imagen, un enclave vital. Y que en el futuro, ya escritora, por economía del formato, concesión quizás debida a la falta de sombra, se permite el desliz.