La vida, la muerte y los libros

Reunir lecturas acerca de la muerte es un buen camino para reconocer sus distintas máscaras. Para ello, el autor de este texto nos comparte una cuidada selección de libros. Y así, perfila un horizonte de literatura íntima para enfrentar la estación trágica de la pandemia.

La literatura es abundante en relatos, cuentos, diarios, novelas o poemas que tratan las historias de familia, pero, por razones seguramente anidadas en las complejidades misteriosas del alma, la química del cerebro o la fragilidad ante lo inevitable, los seres humanos se han ido enfrentando —sobre todo ahora en medio de la incertidumbre que ha dejado la pandemia— a una especial meditación sobre la muerte. Sucede que, cuando se acerca la propia por algún lado, se miran en retrospectiva los proyectos inconclusos, las vidas que se dejaron de vivir, el proustiano tiempo perdido, los resentimientos acumulados, los fracasos y decepciones y, en fin, esa extraña sensación de empezar a tener más pasado que futuro al empezar a intuir que, como quiere Borges, “ya somos el olvido que seremos”.

Cuando se trata de la muerte de alguien con quien nos ha unido la intimidad, la genética, el amor, la convivencia o la complicidad, la experiencia se vuelve tanto desgarradora por un efecto de mutilación, de pérdida, de soledad y abandono como quizá, también, de liberación.  Sobre todo si ésta ocurre, por ejemplo, tras las miserias de la vejez, de ese invierno que inevitablemente se vuelve, diría Philip Roth, “una masacre”. Es entonces cuando aprovechamos la muerte de los cercanos para imaginar la propia, para ver nuestras vidas en el espejo  de la desaparición de los demás, y tratamos desde las posibilidades de la literatura  de  entenderla, acomodarla, reescribirla e incluso contarla como quisiéramos que hubiera sido. Como la literatura no es, por definición, ciencia exacta, recurrimos a ella para hablar tal vez menos con el lector que con uno mismo.

De muchos modos este es el tejido emocional y psicológico que comparten algunos de los libros que he leído o releído durante esta estación trágica. Además de su fuerza narrativa, en algunos casos muy poderosa, hay en ellos una alegoría, una reflexión intensa, un diálogo con la muerte desde la vida. Algunos ejemplos.

En El olvido que seremos (2005), Héctor Abad Faciolince relata una saga familiar condensada en su propio padre, un personaje cuya vida recorre los años más duros de la violencia en Colombia. Aunque no es ésta la trama de la narración, sino la de un hijo que no rompe con él, que no necesita matar al padre para ser como él,  que recuerda y escribe su historia como para sacarse un tumor. El narrador colombiano se confiesa: “Amaba a mi padre por sobre todas las cosas…  con un amor animal. Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor… Me gustaba su voz, me gustaban sus manos, la pulcritud de su ropa y la meticulosa limpieza de su cuerpo”.

En otro, El año del pensamiento mágico (2007), Joan Didion se enfrenta a la grave enfermedad de su única hija y, pocos días después, al infarto que acaba con la vida de su marido. Elige conectar ambos acontecimientos para descifrar cómo cambia tan rápidamente la vida, en el instante en que “te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba”. Didion escribe esta crónica para “encontrar sentido al tiempo que siguió, a las semanas y meses que desbarataron cualquier idea previa que yo tuviera sobre la muerte, la enfermedad, la probabilidad y la suerte […] sobre el dolor y los modos en que la gente se plantea o no el hecho de que la vida se acaba; sobre la precariedad de la cordura y sobre la vida misma”.

David Rieff, por su parte, hace un retrato muy complejo —clínico, literario, personal, filial— de su madre, la legendaria escritora Susan Sontag, durante la agonía y la muerte a raíz de un cáncer terminal. Un mar de muerte. Recuerdos de un hijo (2008) transmite sin concesiones el alegato de la madre contra la muerte, la elección de la “avidez” y la pasión por la vida para no resignarse a la muerte: “era mejor fallecer esperanzada que arredrarse con terror”. Si suele decirse que contamos historias para poder vivir, Rieff cree otra cosa:

al considerar la vida de mi madre, me he preguntado últimamente si no nos contamos historias también para morir… Mi madre, que temía la muerte más que nada, vivió angustiada por su inminencia… Sin embargo, aunque su enfermedad fue inclemente con ella, su muerte fue misericordiosa. Simplemente se fue. Primero, inhaló con fuerza; hubo una pausa de cuarenta segundos, un tiempo de agonía, infinito, cuando se está mirando el fin de un ser humano; luego, otra inhalación profunda. Esto duró no más que unos pocos minutos. Después, la pausa se convirtió en permanencia, la persona dejó de ser, y [su médico] Stephen Nimer dijo: “Se ha ido”.

Ilustración: Patricio Betteo

El siguiente libro que quiero citar,Un hombre de palabra (2006), de la catalana Imma Monsó, empieza por reconocer la rarísima posibilidad de que “el amor no sea deglutido en pocos años por la convivencia, por la rutina, por la repetición, por el tedio”. Por ello, la escritora hilvana en este texto autobiográfico una historia de duelo, con la que homenajea a su pareja; después de su muerte acaba por rendirse:

tres años han pasado, que parecen muchos más. Qué raro. Yo imaginaba un dolor de veinte años, de cuarenta. Un dolor eterno. Yo no imaginaba más que el infierno después de él. Y sin embargo […] tengo una pesadilla: [que] el dolor aún no ha comenzado.

Finalmente, Rafael Pérez Gay escribió hace años un recuerdo bellísimo y demoledor de la vejez de sus padres, de la forma en que el “largo río de sus vidas” se convierte en una presencia literalmente sanguínea, un acto no de evocación sino de introspección mediante el cual reconocemos todo lo que han dejado dentro de nosotros. Un poco a la manera de Hermann Broch, Nos acompañan los muertos (2009), construye una especie de mise en scène, dolorosa, amorosa, en la que un padre enfermo se enfrenta a “esa lucha desigual, de arrebatos, que se llama vejez”, y el hijo lo abraza “no sólo para mantenerlo en pie” sino para “retenerlo en el mundo”.

Ese es justamente el espíritu, el ánimo psicológico y el motor literario que guía El cerebro de mi hermano (2013), otro título central en la obra de Pérez Gay. Este libro se aproxima a la muerte en una disolvencia casi cinematográfica, una sucesión paulatina de imágenes, que de pronto terminan como un telón que cae: “he perdido a mi hermano mayor, lo perdí en la casa a oscuras en que se convirtió su cerebro la mañana en que me di cuenta de que olvidaba nombres, decía unas palabras por otras y disminuía su notable capacidad expresiva y facilidad prodigiosa para los idiomas”. Ese hermano era otro escritor, José María Pérez Gay, muerto tras una larga enfermedad crónica, degenerativa. Es decir, terminal.

Este informe —como lo llama Pérez Gay— se construye con  tres historias entrelazadas. La primera relata la fraternidad alcanzable con alguien suficientemente mayor —14 años los separan— como para que se construya  una complicidad en cierta manera modélica y una amistad literaria. Pero no es tanta como para constituir una figura de  autoridad, de orden o  jerarquía, dominios habituales del patriarca. La segunda es la historia del derrumbe; no del arte de envejecer sino de la decadencia de la enfermedad, de la sucesión de momentos en los cuales nos enfrentamos a la catástrofe del deterioro físico y mental, a las desgracias que nos llevan a la aceptación más cruda de la finitud. Y la tercera es la simple constatación de que en la vida, según creía Flaubert, “todo hay que aprenderlo: desde leer hasta morir”.

Para el autor, su hermano fue el asidero de heroísmo y admiración al que desafíaba todo el tiempo, pero se convirtió en un horizonte intelectual. José María sale de casa para viajar muy joven a Alemania en los sesenta, cuando aquello no era para un mexicano otro país sino otro planeta, y regresa a México quince años después, cuando la ebullición de la modernidad asomaba pero en modo alguno era otro lugar. Se vuelve un proveedor fascinante de literatura centroeuropea, pone en español a Musil, a Kraus o a Benjamin, y ambos edifican una amistad basada en el pasado común y en los libros, la cual —cree Rafael— “cubrió el hueso duro de roer de la competencia o la envidia”. Aun cuando la coyuntura política los distanció por unos años, esa amistad “duró toda la vida, varias vidas, y se sobrepuso a todas las tempestades”.

En ese itinerario personal hay un momento de quiebre, una alteración de los papeles: “algo serio pasaba en mi mundo: mi hermano mayor se había convertido en mi hijo”. Ese quiebre fue la aparición de la enfermedad. Narra Rafael:

[en una oficina del hospital] vemos negativos, placas, cortes extraños, acercamiento al bulbo raquídeo, donde ha ocurrido una última desgracia. Los neurólogos nos explican con una claridad de escalofrío lo que ha ocurrido allá adentro…Las noticias, las peores. Mientras veo las imágenes de las múltiples resonancias y tomografías me pregunto… ¿Todo se ha perdido? ¿Así, de un plumazo, empezamos a ser nada, nadie, nunca?

A semejanza del detallado recuento de la enfermedad de Susan Sontag que hace su hijo en el libro ya citado, Pérez Gay enlaza el calvario de tratamientos, cirugías, terapias intensivas y hospitales con su impacto en ese hermano que de varias maneras lo cinceló a sí mismo. Más aún: el texto está ordenado de tal forma que la sucesión de diagnósticos previos y síntomas nuevos son, en el fondo, varias muertes, una tras otra, las cuales se van viviendo entre sombras y oscuridades, hasta que llega la última, el desenlace doliente, y, con ello, el final.  “Pensé —concluye Pérez Gay— que enterraría a mi hermano con este informe y sólo logré mantenerlo con vida”.

Cabe preguntarse, por último, si para un escritor un relato así es en verdad el final. Quizá no. O no es sólo eso. Las historias de familia, las memorias personales, las crónicas entrañables también pueden ser  una manera de cerrar un ciclo. Sin duda pueden ser  también una expiación, una explicación para sí mismo, una purificación, una venganza, un recurso para mantener viva la lámpara votiva de la imaginación y el recuerdo o representar, incluso, el efecto de una liberación, un alivio. Y, tal vez, veremos mucho de ello tras la pandemia. Cualquiera que sea el sentido y el significado, la literatura íntima ayuda a edificar un horizonte existencial con el cual conservar —como decía Simone de Beauvoir— las ilusiones, aun cuando la vida vaya entrando, como en estos tiempos tan raros, en la era del ocaso.

 

Otto Granados Roldán
Académico, diplomático y consultor. Entre otros cargos, fue Secretario de Educación Pública en 2017-2018.

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Publicado en: Ciudad de libros

Un comentario en “La vida, la muerte y los libros

  1. El sentido de la vida es la reproducción, pasada esa etapa, las moléculas, los átomos, ( los principios, que diría Lucrecio), se dispersan, no mueren. Hay que aceptarlo, como el hecho que no hay Dios.

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