En el mes de julio, la editorial Era sacó a la venta la edición conmemorativa de una de las novelas mexicanas más brillantes de los últimos años: Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, publicada por primera vez en 1981.
Para celebrar treinta años (y contando) del lanzamiento de esta gran crónica de la infancia en la ciudad y su posterior deterioro, el libro – inteligente colaboración entre Era y la Fonoteca del INAH – viene ilustrado con fotografías de Nacho López, posiblemente el mayor cronista gráfico del siglo XX mexicano. El fotógrafo que retrató, exactamente, la época de los cincuenta en la que transcurre la historia de un amor imposible y la conciencia de un mundo que va borrando, inexorable, el tiempo. Son los años en que empiezan dos vidas adolescentes: la de Carlos – el personaje principal – y la de José Emilio Pacheco, que recorrería este espejo años más tarde.
En la portada aparece el eterno organillero citadino mirando el flujo de la avenida Juárez, o tal vez el vacío de las horas de una repetitiva melodía. El Harmoni Pan – que aún vemos en esquinas y semáforos – se lee en esta foto como el símbolo del pasado mexicano luchando contra su propio olvido. Sobre una perspectiva que levanta la acera, algunos caminantes nos dan la espalda, y, al fondo, el hemiciclo coronando la luz moribunda de la avenida. La fotografía de portada, que es un preciso espejo de la novela, ya nos habla de tradición y modernidad, del fin del mundo rural a costa del urbano, pero sobre todo – y el blanco sobre negro como la tinta – de un ritual de la memoria para recobrar lo perdido.
¿Qué implica entonces haber decidido acoplar fotografías de época a un texto de ficción, a una escritura que se duele y que a la vez celebra la destrucción provocada por el tiempo? ¿De qué manera las fotografías ilustran al lector, modifican su mirada, la completan o la empobrecen? Solemos decir, por regla general (y si están de acuerdo), que las adaptaciones de cine son peores que sus originales. O bien, que las imágenes recibidas desde la pantalla nos impedirán recrear o imaginar nosotros mismos la narración. Por esto la consigna suele ser: “no veas tal o tal película antes de leer el libro”. En este sentido, fotografías e imágenes fijas serían, de alguna manera, una traba para la libertad imaginativa.
En las conferencias magistrales de sus Lecciones americanas (1985), Italo Calvino distinguía dos modos de funcionar de la imaginación del lector: “uno parte de la palabra y recae en la imagen visual, el segundo nace de la imagen para llegar a la expresión verbal”. Explicaba Calvino cómo, al leer, las palabras, según su eficacia, nos conducen a observar escenas con mayor o menor claridad. La imaginación, en este caso, se asemeja a un proceso cinematográfico, pantalla interior (acaso muro de la caverna) donde se proyectan sin cesar imágenes. El escritor italiano se preguntaba entonces por la primacía de la imaginación visual ante la articulación verbal, ordenada, del lenguaje, y por tanto de la literatura. Descubría así, en su propio proceso creador, que la imagen siempre llega primero. Aprovechando de la metáfora, que desde hace siglos, ha encarnado a la poesía, el autor de Las ciudades invisibles llega a la siguiente conclusión: la imaginación es un lugar donde se presiente lluvia, llueve a mares, y llueven imágenes. Vuelvo a notar el acierto de este libro: si escuchamos a Calvino, la combinación texto-imagen no solo amplía la lectura, es un modus operandi de la conciencia. En este caso, las fotografías de Nacho López no pueden más que enriquecer la narración de la vida temprana de Carlitos y de la sociedad que lo atormenta.
Sin embargo, no podemos detenernos en la cápsula de tiempo fijo de las fotos de aquella ciudad rodeada de vistosas montañas (ahora, sólo cuando la lluvia nos lava el cielo defeño las podemos avistar, al fondo, azuladas). Ante el lector de esta nueva edición, las fotos deben, no fijar, sino poner en movimiento su imaginación y recrear en el cine de la mente esos pasajes inolvidables, que inunden cada vez más los libros de texto: “Miré la avenida Álvaro Obregón y me dije: Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual. Un día lo veré como la más remota prehistoria.” Además de ser un gran incentivo de lectura, la fotografía tiene la propiedad de la exactitud, de la certeza histórica. Para Roland Barthes, significa un mensaje sin código, una analogía perfecta, más aún, una total denotación de la realidad. Esto tiene sus virtudes y también su parte de angustia, de asfixia. Sabremos que las calles por donde pasea Carlos son exactamente aquellas que vio y retrató Nacho López tras su lente. Fríamente, tendremos esa certeza -acaso genial- de que las cosas fueron tal y como se ven. Sin embargo, un poema del mismo José Emilio Pacheco, nos recuerda la consecuencia terrible de tener entre manos estos objetos que archivan la realidad de la luz y de las sombras:
Cosa terrible es la fotografía.
Pensar que en estos objetos cuadrangulares
yace un instante de 1959.
Rostros que ya no son,
aire que ya no existe.
Porque el tiempo se venga
de quienes rompen el orden natural deteniéndolo
las fotos se resquebrajan, amarillean.
No son la música del pasado:
son el estruendo
de las ruinas internas que se desploman.
No son el verso sino el crujido
de nuestra irremediable cacofonía.
Esta denuncia “Contra la Kodak” plantea el problema de la memoria humana, sustituida por la implacable verdad que muestran las imágenes. Cuestión similar a la del hilo conductor de Las batallas: “Me acuerdo, no me acuerdo […]”. Ciertamente, el valor histórico -supuestamente objetivo- de la fotografía pierde importancia frente a la angustia existencial del paso del tiempo como fuerza destructora. Ese problema lo resolverá tal vez el lector con más o menos dosis de literatura y fotografía. Habrá que considerar también la advertencia que nos hace aquí la voz poética: la vida humana ahogada por la invasión de las imágenes. Marc Augé, antropólogo de la sobremodernidad (“surmodernité”) y escritor audaz, ha visto en la incesante circulación de la información y de las imágenes, un espectáculo alienante y aterrador. Según el francés, las tecnologías de la comunicación moderna buscan:
[…] abolir cualquier tipo de distancia, eludir los obstáculos del tiempo y del espacio, disolver el misterio de la palabra, las dificultades de la relación, las incertidumbres de la identidad o las dudas del pensamiento. Relegadas en varias pantallas, las evidencias de la imagen como el peso de la ley instauran la tiranía del presente perpetuo. (traducción personal)
En la era del internet y las telecomunicaciones enajenadas, el arma de doble filo de las tecnologías nos queda cada vez más y más presente. Los aportes del foto-reportaje al periodismo o la foto-novela a la literatura no me parecen estar en jaque, aún en los albores del siglo XXI.
Volviendo a la publicación, su antecedente más directo podría ser aquel impactante testimonio urbano que el lente de Pablo Ortiz Monasterio plasmó en La última ciudad, publicado en 1986. Comentado por Pacheco (en una suerte de epilogo), este libro fotográfico daba a ver, con toda la denotación, aquella ciudad sumergida en la crisis de un país entero, allanada por columnas de polvo y hierro, jóvenes armados, suburbios desolados, niños abandonados, y de aquí allá el salto de una juventud alarmada, preocupada por la situación de su ciudad y su identidad en vilo. Era la misma ciudad, la de principios de los ochenta, en la que el autor de Las batallas iba buscando las palabras para su novela y desempolvaba el pasado que quería recrear. En aquel prólogo, Pacheco observaba ya la cercanía de la escritura con la del cliché fotográfico: una escritura de luz y sombra. También celebraba el poder de la cámara de Monasterio para espejear la realidad y declaraba que ese arte fotográfico aseguraba “el triunfo de la luz en medio del corazón de las tinieblas”.
Ahora, treinta años después, otra vez podemos observar el triunfo de las escrituras de luz que han juntado a José Emilio Pacheco y a Nacho López. Bastante luz también a los que le otorgaron al poeta mexicano el Premio Alfonso Reyes del Colmex que recibió este 13 de octubre.
