El verdadero baile de los 41: ficción y realidad

La película El baile de los 41, estrenada hace unas semanas en nuestro país, merece una reflexión aparte entre las producciones de cine. ¿Por qué? Porque su recreación histórica señala un momento crucial de la revolución LGBTQ+, un episodio que merece ser relatado y contrastado con los acontecimientos reales. Y, sobre todo, porque es momento de atender la historia y la cultura de una población que la sociedad ha vuelto invisible.

Es momento de hablar de la población olvidada. No sólo por la tan sonada revelación de la identidad de género del actor Elliot Page —antes Ellen Page—; o la reciente novela merecidamente galardonada con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2020, Las malas, escrita por la escritora trans Camila Sosa; o el reciente incidente en la ciudad de Puebla por bajar del transporte público exclusivo para mujeres, a una mujer cisgénero tras ser confundida con una mujer trans; cuestiones de las que es necesario hablar en todo momento, para generar un cambio de conciencia social y frenar a toda costa la predominante y deleznable transfobia, de la que poco se habla.

Las voces que han quedado en el olvido a lo largo de la historia, hoy se están erigiendo. El cine, la televisión y ahora el internet son los medios calientes de comunicación, con un impacto desmesurado, por lo que resulta importante hablar no sólo de la reciente película que ha hecho temblar a los conservadores, por las imágenes “indecorosas” e “inmorales” de dos o más hombres en la intimidad. Me refiero a la exitosa película El baile de los 41, que si bien, está basada en hechos reales, no es una película documental que pretenda mostrar los hechos tal y como ocurrieron. Sin embargo, se parece en gran medida a los registros referentes a este icónico suceso para la Comunidad LGBTQ+, en el cual me adentraré a través de los acontecimientos según diferentes fuentes.

Esta película es un verdadero prodigio en su producción; sorprende por la calidad empeñada en el vestuario, la musicalización y la escenografía. Además de la fotografía e iluminación a cargo de Carolina Costa, quien hizo la fotografía en Las elegidas (2015), dirigida también por David Pablos. Costa desempeñó un papel crucial en El baile de los 41, utilizando métodos que favorecieron notablemente la esquematización y la recreación histórica que nos traslada a los inicios del siglo XX.

Antes de adentrarme a los hechos reales, me parece inevitable hacer referencia a El lugar sin límites (1978), de Arturo Ripstein, protagonizada por Alberto Cobo “La Manuela”, un personaje transgénero —uno de los personajes más emblemáticos del cine mexicano del siglo pasado—, al que asedia un pueblo machista e infernal hasta la muerte. Esta película contó con las colaboraciones —no mencionadas en los créditos— de la periodista y escritora Cristina Pacheco, además de José Emilio Pacheco, Manuel Puig, Carlos Castañón y del mismo José Donoso, el autor de la novela homónima.1 Y digo que es inevitable referirme a El lugar sin límites, porque a la población trans y travesti la han invisibilizado durante demasiadas décadas los medios de comunicación masiva y la sociedad. Se confunde fácilmente con la población gay, pero son poblaciones completamente distintas, que es necesario diferenciar.

Y El baile de los 41, al igual que El lugar sin límites, no tienen como eje central la homosexualidad, sino las poblaciones Travesti, Transgénero y Transexual; poblaciones aún más violentadas social, jurídica y psicológicamente en comparación con la población gay.

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Se conoce como El baile de los 41 un hecho que aconteció durante una madrugada —se desconoce la fecha exacta, pero se sabe que ocurrió entre el 17 y 20— de noviembre de 1901.  La concurrencia era predominantemente masculina: 19 ataviados con elegantes vestidos y 22 con frac.2 Uno de los atractivos de aquella fiesta, además de los trasvestis, era la rifa de un efebo de 14 años,3 transacción carnal muy acostumbrada en la época porfiriana, en el underground de los entendidos.4 Por supuesto, para las autoridades todo esto era eminentemente “inmoral”. Además, uno de los integrantes de la fiesta era Ignacio de la Torre y Mier, esposo de Amada Díaz y yerno de Porfirio Díaz, lo cual levantó polémicas y sembró rumores en las altas esferas de la sociedad.

Algo que no se menciona casi en ningún medio, es que en aquel grupo hubo una mujer cisgénero cuya identidad sigue siendo desconocida. Sin embargo, en el prodigioso libro México se escribe con J, coordinado por Michael K. Schuessler y Miguel Capistrán, éste último comenta que la mujer se encargaba de cuidar la casa.5 De hecho, no fueron 42, ni se hacían llamar “El club de los 42”. No se sabe si tenían un nombre, y el número rebasaba los 42; eran más, y no solamente de familias prestigiosas y adineradas, también hubo muchos de clases económicas menos favorecidas. Entre ellos, los famosos lagartijos, quienes eran populares en la calle de Plateros —hoy Madero— por ofrecer sus servicios sexuales a otros hombres.

Un vecino —no un guardia de Ignacio de la Torre— dio aviso a los gendarmes, argumentando que de un carruaje bajaban personas sospechosas, aduciendo que las mujeres se veían extrañas dados los rasgos faciales de tan excéntricos invitados, y, tras hacer una averiguación, los gendarmes se asomaron por las ventanas de la casa en la calle de la Paz —hoy Ezequiel Montes. Para su asombro, se encontraron con una reunión de “invertidos” —término acuñado en aquel entonces para catalogar a las minorías sexuales: hombres vestidos de mujer. Por esta razón irrumpieron en el lugar.

Según los registros periodísticos, no se les rodeó a los invitados como sucede en la película —con gran maestría fotográfica, durante el baile de esta escena; fue, más bien, una redada de la que muchos invitados escaparon, incluyendo a la única mujer. Se dice que algunos escaparon por la azotea, y muchos otros corrieron por la entrada principal. De la liberación de los apresados, hay versiones que indican un soborno a la gendarmería por parte de los asistentes privilegiados y adinerados, incluyendo a Ignacio de la Torre —quien también fue candidato a la gubernatura municipal del Estado de México, candidatura que posteriormente él mismo declinó, dada la afluencia de rumores a nivel nacional; otras versiones afirman que fue Porfirio Díaz quien dio la orden de retirarlo de la cuenta total de asistentes. Por cierto, no se tiene registro del atuendo que usaba Ignacio de la Torre durante la redada. Lo que sí se sabe es que Amada Díaz se enteró de la orientación sexual de su esposo Ignacio directamente de boca del propio Porfirio Díaz. No obstante, el juego epistolar recreado en la película le da una chispa extra a la historia que aquí filma David Pablos.

Entre las personas que escaparon y las que fueron liberadas con sobornos, sólo sobraron 41 integrantes, que acabaron presos. De hecho, se cree que los 41 apresados fueron sólo gente de bajos recursos. La lista de los 41 integrantes jamás se hizo pública; sólo se saben rumores al respecto. Se tiene certeza sólo de un integrante. El personaje Evaristo Rivas de la película, es una excelente figura ficticia, realmente no existió en la vida real. No obstante se asemeja a Antonio Adalid, perteneciente a la “aristocracia pulquera” —término que acuñó Vasconcelos:6 era el hijo de un caballerango del emperador Maximiliano, y ahijado de bautizo de Carlota y Maximiliano, famoso por las fiestas a finales del siglo XIX y principios del XX, mejor conocido como Toña la Mamonera.7 Además de él, se rumora que el hacendado sinaloense Alejandro Redo era otro posible involucrado dentro de los 41.8 Los demás aristócratas muy probablemente emigraron fuera del país.

Los detenidos fueron inicialmente vilipendiados, obligados a barrer en las inmediaciones de la comisaría, castigo aplicado a quienes incurrían en la vagancia o embriaguez. Posteriormente fueron encerrados en la cárcel de Belén. Hacia 1910, los homosexuales eran encerrados en el pabellón J. Es de aquí de donde proviene la palabra peyorativa joto. Los 22 detenidos vestidos de frac fueron enrolados en el servicio militar. Después, se eligió a 19 de los 41, a los menos favorecidos, que fueron trasladados al batallón de Yucatán con la finalidad de combatir a los mayas9 —cifra oculta por el periódico El Imparcial, tras declarar que los trasladados habían sido 41.

El número 41 terminó por convertirse supersticiosamente en el número indeseado por antonomasia, al ser relacionado inmediatamente con la “indecorosa” imagen del hombre feminoide. Removieron el número 41 de los hoteles y sanatorios, de los batallones y la numeración de placas. De pronto el año 41 de vida se volvió inexistente para todo caballero y se brincaba del 40 al 42 por el ignominioso significado. El 41 dejó de existir por muchos años. El último remedio era el 40 B.10

Es cierto que —dice el clásico— los tiempos han cambiado, pero no han cambiado mucho para la población TTT (Travesti, Transgénero, Transexual); en particular, aquellos nombrados hombres desde el nacimiento sufrimos una constante violencia de género. Para que se pueda crear una comunidad más justa, más equitativa, es necesario hablar de la población machista, la cual gravemente no se asume como tal, puesto que nadie acepta un machismo que vive por sus actos,  más allá de las declaraciones. Es importante que la población heterosexual reconozca que la población travesti, transgénero y transexual fue despojada de muchos privilegios por no pertenecer a la heteronormatividad, por ejercer la libertad. Es por eso que la evolución social y jurídica nos ha beneficiado muy poco. Los transfeminicidios, por ejemplo, siguen al alta —y al escribir “transfeminicidio” se subraya como palabra inexistente, tan inexistente como los derechos humanos para este sector de la población.

La película El baile de los 41 abre el espacio para un diálogo, un espacio ausente e invisibilizado durante décadas. La transformación se hace con la persistencia, pero también con el entendimiento del Otro, la empatía y el respeto. Qué mejor que aprovechar esta película para proseguir el diálogo XX y, como hago en este artículo, esclarecer datos históricos del siglo XX mexicano, complementar una versión cinematográfica —si bien ficticia, bastante disfrutable— del suceso que marcó el inicio de una revolución entera.

 

Ever Aceves
Licenciado en Psicología por la UAEM. Ha publicado en las revistas Replicante, Praxis, La Lengua de Sor Juana y La libreta de Irma. Es, también, fotográfo con varias exposiciones inidivuales (México seductor y Anacronismo de la Cotidianidad). Twitter: @aceves_ever.


1 Casasola, M., “Arturo Ripstein. El cine narrado desde el rencor”.

2 Schuessler, M. y Capistrán, M., México se escribe con J, Penguin Random House, México, 2018, p. 42-43.

3 Ibid., p. 42.

4 Se llamaba “entendidos” a la población gay finisecular y de inicios del siglo XX, a manera de estrategia o código para frecuentar lugares de esparcimiento, así como para mantener cierta discreción y poder pasar desapercibidos entre la población heteronormada.

5 Ibid., p. 42.

5 Ibid., p. 49.

7 Monsiváis, C. Que se abra esa puerta. Crónicas y ensayos sobre la diversidad sexual, Paidós, México, 2010, p. 82.

8 Ibid., p. 85.

9 Op. Cit. Schuessler, M. y Capistrán, M., p. 43-44.

10 Op. Cit. Cita de Francisco L. Urquizo en Símbolos y números, citado por Alejandro Brito en Monsiváis, C., p. 25.

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Publicado en: Cine

Un comentario en “El verdadero baile de los 41: ficción y realidad

  1. Ever Aceves, tienes razón el proceso de aceptación ha sido lento, la diversidad es una realidad y la falta de aceptación crea sufrimiento lo que es muy lamentable. El dato que compartes sobre la rifa del efevo de 14 años, me mueve porque suma a la violencia.
    Tenemos tanto que entender, mejorar , respetar, compartir y enfrentar cada uno de nosotros para poder
    situarnos ante nosotros mismos y ante los demás con dignidad.

    Sensibilizar es una excelente forma de hacerlo!

    Te pido que cuides y apoyes a mi sobrino a quien amo por su gran calidad humana y por su inteligencia.

    Estoy con ustedes y a favor de hacer visible la capacidad de amar que es un poder y potencial humano. Felicidades, recibe mi afecto y respeto.

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