Jesús Silva-Herzog Márquez presentará hoy en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara Por la tangente. De ensayos y ensayistas. En esta conversación, el escritor discute sobre la imposibilidad de definir al ensayo, la evolución del género y la ética que se esconde detrás de la forma literaria.

Nicolás Medina Mora: Mi primera pregunta emerge de la diversidad de los autores que tratas. Por las páginas de tu texto desfilan desde filósofos hasta místicos, desde poetas hasta periodistas. Semejante selección heterogénea es, sin duda, producto de tu gusto y de tu subjetividad: los escritores que discutes son escritores que disfrutas. Al mismo tiempo, me pregunto si tu currículum de lecturas no responde, también, a una suerte de método. ¿Qué tienen en común los escritores que abordas? ¿Qué comparten literatos tan distintos como Anne Carson y Denis Diderot?
Dentro de estas preguntas, por supuesto, se esconde otra: ¿qué es para ti el ensayo? Me queda claro que hacerte semejante pregunta es coquetear con la banalidad: el ensayo es a todas luces indefinible. Me viene a la mente la respuesta de Louis Amstrong cuando un periodista le preguntó qué era el jazz: "Si tienes que preguntarlo, nunca lo sabrás". Y, sin embargo, muchos momentos de tu libro parecen acercarse, si no a una definición, al menos a una descripción: el ensayo es un género literario que rehuye las respuestas definitivas, que parte de la lectura y de la experiencia, que prefiere la subjetividad a la objetividad y la parcialidad a la totalidad. ¿Qué es, entonces, lo que separa al ensayo de la crónica o del periodismo? ¿Puede haber poemas que sean también ensayos? ¿Puede haber ficciones que lo sean?
Me queda claro que dar una respuesta concreta a tales preguntas sería traicionar al espíritu de la empresa, pero de igual modo me encantaría leer tus respuestas, incluso, o especialmente, si no pretenden ser definitivas.
Jesús Silva-Herzog Márquez: Te confieso que me incomoda un poco buscarle hilo a los caprichos que forman el libro. Lo detectas bien: lo que une a los autores que comento es que disfruto leerlos, que me sugieren un ángulo nuevo para ver las cosas, que me cuestionan. La reverencia inicial del libro es el azar. No pretende ser una galería de los clásicos del ensayo, no es siquiera una galería de mis clásicos. Aparecen en el libro aceptando las sugerencias de la casualidad. Detrás de los textos que se recogen en el libro hay algún brinco en internet, la pista que aparece en alguna clase, el descubrimiento en una mesa de novedades, algún aniversario, la muerte que pide una estampa necrológica, el anuncio de algún premio. Dudo que a ese capricho pueda llamársele método.
Los autores con los que converso en el libro pueden ser, en efecto, muy distintos. Hay por ahí tímidos y pendencieros, aristócratas y jacobinos, pesimistas y entusiastas. Poetas, historiadores, novelistas, filósofos. Pensando la afinidad que pudiera haber entre ellos, te diría que hay tres cuerdas que los conectan: en primer lugar tienen algo que decir. Tienen una idea del arte, del placer, del conocimiento, del tiempo. Todos los ensayos son pensamiento que fluye. En segundo lugar, cada uno de estos ensayistas afirma su autoría. No son textos escritos desde la impersonalidad de la ciencia. No pretenden imponerse como objetividad. Por el contrario, son perspectivas y por ello reconocen su carácter tentativo, su parcialidad, su incompletud. Y finalmente, en todos hay una búsqueda literaria, una vocación de estilo, alguna gracia expresiva.
Estas tres vocaciones pueden estar en la crónica periodística, en los pasajes de una novela, en un poema. Me gusta la comparación que hace Chesterton del ensayo con la víbora. Una criatura escurridiza que se infiltra en cualquier espacio.
NMM: Cuando estudiaba en el Taller de No-ficción de la Universidad de Iowa, mis compañeros y yo pasábamos noches enteras discutiendo la definición del ensayo. Nunca llegamos a nada, pero una de las veces que más nos acercamos decidimos que el ensayo es un arte de yuxtaposiciones de elementos dispares: un par de versos de Virigilio y la indignidad de la vejez en Montaigne, la Ilíada y el nacional-socialismo en Weil, la muerte de un padre y una revuelta en Harlem en Baldwin. Así, la suma de los “caprichos” de tu libro podrían leerse como un ensayo en sí mismos: al poner a estos autores dispares uno junto al otro, tú también propones una idea del arte que afirma tu autoría y tu subjetividad, y que demuestra una vocación de estilo. La víbora de Chesterton, entonces, se muerde la cola.
Esto me lleva a mi segunda pregunta. Los autores dispares que has elegido por capricho o por azar abarcan varios siglos en la historia de la literatura. ¿Cómo, a tus ojos, ha cambiado el ensayo en ese período? ¿Qué tan cerca o tan lejos estamos de Montaigne? ¿Cuáles son las vertientes ensayísticas contemporáneas que más te emocionan? ¿Vivimos acaso un auge del ensayo? ¿O tal vez una crisis?
JSHM: El ensayista se esmera en no dar en el blanco. Mira la diana y desprecia el núcleo. Por eso la idea de la definición me parece absurda. ¿No crees? No hay, imagino, una caja de diccionario que le acomode.
Tienes razón: el ensayo está hecho de parches: una conversación hecha de excursiones e introspecciones que toma la palabra para dársela a otros, que escribe leyendo. Me parece que esa tarea de Montaigne sigue tan fresca como siempre porque quien escribe hoy un ensayo continúa el extravío de quien pasea acompañado de lecturas, receptivo a las insinuaciones del momento, atento a sus simpatías y repulsiones, libre de las exaltaciones del fanático. Te diría por eso que me parece imposible alejarse de Montaigne y vivíamos ahí, dentro de esas páginas sin tapa.
Veo una riquísima variedad de expresiones ensayísticas en las letras de hoy. Expresiones se abren camino entre la jerga de la escritura académica, el lugar común del opinionismo y las interjecciones de las redes sociales. Pienso en el abanico de voces femeninas que no escuchábamos y que hoy ocupan el centro de la conversación. Son rescates históricos, relatos íntimos, cavilaciones que me han abierto los ojos. Veo también interesantísimos juegos ensayísticos que exprimen las posibilidades de la red sin necesidad de llegar al papel o que llegan al libro después de ir goteando en la red. Desde el mundo de la ciencia (o de la medicina, que no es ciencia) también hay también maravillas.
NMM: Tienes razón: es imposible alejarse de Montaigne, quien es uno de esos poquísimos autores —como Cervantes y Shakespeare— que inauguran una literatura completa. Más allá del "contenido" de los ensayos de Montaigne, su obra es una demostración de una manera de estar en el mundo: una que, como bien dices, considera a la escritura y a la lectura —de los libros, sin duda, pero también de la experiencia personal y del momento histórico en el que uno vive— como dos caras inseparables de una moneda. Se trata de una epistemología de lo parcial, de un estilo de pensamiento en el que todo es sujeto de interpretación, pero en el que ninguna interpretación llega a ser jamás definitiva.
Esto me lleva a mi última pregunta. ¿Podríamos considerar al ensayismo como una ética, además de como una estética? Esta manera de leer y escribir que rehuye a las definiciones y que se rehúsa a dar en el blanco, ¿es también una manera de vivir? Y, si hay algo así como una "ética del ensayo," ¿habrá tal cosa como una política ensayística? Vivimos una época en la que buena parte del discurso público, por llamarlo de alguna manera, parece asumirse a sí mismo como definitivo: yo y los míos estamos en lo correcto y quien sea que no esté de acuerdo con nosotros vive en el error. ¿Podría ser que lo que nos hace falta en este momento de falsas certezas es un regreso al escepticismo irónico de Montaigne, ese que responde a toda pregunta con otra interrogante: "¿Qué sé yo?".
JSHM: Estoy de acuerdo con lo que dices. Montaigne es prueba de aquello que veía Calvino en los clásicos: contienen todo el mundo y se convierten, por alguna extraña razón, en el cristal desde el que vemos todo o el telón de fondo que aparece detrás de todo.
Respondería que sí. En el ensayo se insinúa una ética y una política. En el libro hablo del "liberalismo estético" que David Russell encuentra en los ensayos de Charles Lamb. El crítico inglés estaría delineando un liberalismo que busca más el tacto que el pacto social. Me parece muy sugerente esa pista porque brinca de la geometría al tanteo. El ensayo sería, en ese sentido, otra forma de abordar esa política del escepticismo que Michael Oakeshott contraponía a la política de la fe. Mi impresión es que esa ironía de la que hablas sería buena vacuna frente a las vehemencias, simplificaciones y hostilidades de nuestro tiempo; que sus paseos ayudarían a reventar las cápsulas en las que nos encerramos y que su antiacademicismo sería buena cautela frente a la arrogancia tecnocrática. En la duda del ensayo hay una búsqueda de prudencia. En esa pregunta, en el ¿qué sé yo? reside la consciencia de que uno puede equivocarse, que el otro puede tener la razón, que las cosas de hoy pueden no corresponder a lo que aprendimos ayer.
Nicolás Medina Mora Pérez
Ensayista y editor.
—¿Qué es el jazz?
—Es un tipo de música que no me gusta. Soy seguidor del blues, el rhythm and blues, y el rock. 20201206 (domingo).
Y mi comentario que ya se había publicado?