Xavier Vealsco, Puedo explicarlo todo, Alfaguara, 2010, 740pp**
“Uno quisiera no ser un canalla, pero no siempre queda tan noble opción”, lamenta uno de los protagonistas de Puedo explicarlo todo, la última novela de Xavier Velasco. En ella, el autor da oportunidad a que víctimas y victimarios, incapaces de sobreponerse a su pasado, justifiquen su inusual comportamiento ante la vida. Convencido de que “uno escribe lo que los personajes quieren que escribas”, Velasco presta su pluma a estafadores, cretinos, timoratos y enamorados anónimos para que expliquen todo y den propia cuenta de sus ajetreadas existencias. El resultado de este ejercicio expiativo es una divertida novela en la que Velasco expone de nuevo su fino ingenio y buen humor.
La trama gira en torno al retraído treintañero Joaquín Medina, versión chilanga de Edmond Dantès, quien recién liberado de prisión recurre al aislamiento y a la creación de personalidades múltiples para evadir sus compromisos con la mafia y recuperar su vida sentimental. En esta coyuntura, emergen los personajes más inverosímiles, desde los interpretados por el propio Joaquín para mantener su anonimato, hasta los que van apareciendo (y reapareciendo) para dificultar su reincorporación a un mundo que lo aterra.
Del entramado de personajes que emergen dentro de la obra –podemos identificar hasta nueve actores medulares-, son dos los que ponen en jaque al temeroso Joaquín. Ambos provienen de su desdichado y patético pasado. El primero es Imelda, quien fuera mucama y ahora se presenta como una consolidada cazafortunas, prototipo de la belle dame sans merci que tanto atrae a Velasco. Alguna vez amor platónico de Joaquín, Imelda regresa para ayudarlo, sí, pero también para hacerlo sufrir desde su posición de diva: “gente como yo tendría que nacer con abogado”, confiesa.
El segundo personaje que amedrenta a Joaquín es el más interesante de la novela: Isaías Balboa. Estafador cínico y pedante, este hombre es maestro en usufructuar las virtudes ajenas. Pisotea y exprime a todo individuo que conoce. Años atrás Balboa fue mentor de Joaquín, a quien mostró, entre otras tretas, una estrategia infalible para conquistar viudas durante las ceremonias fúnebres de sus maridos. Maestro y verdugo a la vez, Balboa persigue ahora a Joaquín para saldar antiguas deudas. Este Don Juan de funeral es el personaje mejor logrado de la historia, cuya inteligencia y frialdad nos evoca al célebre Vautrin y bien podría competir en fuerza y carisma (¿antipatía?) con la entrañable Violetta de Diablo Guardián.
La vía de escape para Joaquín surgirá a partir de la convivencia con la persona menos pensada: una niña de nueve años llamada Dalila, quien descubre su escondite. Gracias a ella (y a un simpático conejo) encontrará los arrestos suficientes para salir de su auto-impuesta reclusión y aglutinar valor para rehacer su vida. Velasco, como pocos escritores, nos habla aquí de ese amor tierno, inocente y desinteresado que transmiten los niños y del cual puede aprenderse tanto. Como ya lo había hecho en Este que ves, Velasco nos devela el mundo olvidado de la sabiduría infantil, en el que los problemas complejos tienen soluciones sencillas. En el que se muestra la facilidad con la que los niños se ahogan en un vaso de agua, pero también de la capacidad que tienen para olvidar el vaso y el agua de la noche a la mañana. El mundo de la franqueza y sencillez con la que Dalila, a pesar de su corta edad, consigue que Joaquín confronte a sus fantasmas. En este sentido, Puedo explicarlo todo es una novela sobre la complicidad. Joaquín y Dalila comparten una clave de lectura (“lo que no puede haber entre aliados secretos es una mala comunicación”) que les permite estar en contacto de manera permanente y furtiva. En poco tiempo construyen una relación sólida, basada en la confianza y el sigilo, que se convertirá en la única ruta que Joaquín tendrá a su alcance para vencer sus miedos y escapar de su pasado.
A pesar de su longitud (740 páginas), la novela es ágil. Están presentes los juegos de palabras, las frases geniales, las traducciones tramposas y los oxímoron de Velasco, así como las culturas pop y alternativa que envuelven sus relatos. Por los senderos de Puedo explicarlo todo nos topamos con el Conde Pátula, Javier Solís, el fraude detrás de los libros de autoayuda, y hasta una celestina del siglo XXI que organiza cenas en su casa para que insípidos solterones encuentren pareja “entre gente como uno”. Con la maestría que lo caracteriza para fusionar personaje y voz, Velasco explota al máximo su creatividad retórica. Hace hablar a Imelda: “te preguntas cómo me las arreglo para ser tan perra. O tan fría, o tan dura, pero prefiero ser eso a ser mentirosa”; a Balboa: “ni la vanidad ni el amor me apendejan”, y subsecuentemente a todos los personajes que aparecen en diálogos y monólogos hilarantes a lo largo de la historia.
Durante ciertos episodios de la novela brota la sensación de que la trama puede salirse de control por la cantidad de eventos y personajes. Sin embargo, el argumento central es coherente a pesar de enredos y coincidencias. Si se pretende explicar todo -hay que decirlo- es inevitable recurrir a casualidades y discursos prolongados. Hacia el final, Velasco logra que todos los recuerdos, sucesos y pormenores de la historia confluyan en Joaquín, quien aspira al sueño de todo protagonista infortunado: “el fin de la aventura y el inicio de la vida”.
** Una reseña que contrasta con ésta fue publicada por Roberto Pliego en la revista nexos (marzo 2011) con el título “Triunfo y derrota de la verbosidad”. Puede consultarse aquí.
