Este sábado inicia la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, de manera virtual. Por la tarde se llevará a cabo la presentación de la más reciente novela de Guadalupe Nettel, La hija única. A continuación presentamos una entrevista con la autora.
En La hija única (Anagrama, México, 2020), Guadalupe Nettel muestra que no existe una sola manera de describir la maternidad sino diversas formas. Podría decirse que es como un caleidoscopio que exhibe varios ángulos: los cristales de cierto color coinciden a veces y otras no, mas siempre se tejen vínculos que no necesariamente concuerdan con los lazos de sangre. Son tres historias sobre la maternidad en donde se respira angustia, dolor, desasosiego y, algo esencial, se comparten aprendizajes.

Fotografía de Mely Ávila. Cortesía de Anagrama.
Mary Carmen Sánchez Ambriz: En la literatura mexicana hay cierta tendencia a abordar el tema de la paternidad, el padre ausente. Lo tenemos en Rulfo y en otros autores del canon. ¿Qué podrías decir de las autoras que han explorado la maternidad en el siglo XX? ¿Las recordamos porque lo hacen de manera magistral y porque son pocas?
Guadalupe Nettel: Creo que las autoras del pasado que hablaron de maternidad son más de las que recordamos en un primer momento, pero o bien fueron invisibilizadas en su época, como tantas otras escritoras, o tanto el medio editorial como la crítica le daban muy poca importancia a ese tema, incluso lo despreciaban. Una madre que se quejaba de su carga doméstica era vista como algo inocuo o hasta como una aberración. Hay que recordar que Rosario Castellanos y Elena Garro fueron consideradas “locas” o por lo menos “mujeres trastornadas”. Ahora, gracias a las luchas feministas, sus demandas y quejas nos parecen mucho más legítimas.
MCSA: ¿Consideras que la mujer, vista como madre de familia, ha sido relegada a lo tradicional y por eso dejó de ser interesante escribir sobre la maternidad?
GN: A mí me parece interesante (además de necesario) escribir y leer sobre la maternidad y sus diferentes facetas. Es un tema que siempre ha resultado importante para el feminismo. No se puede concebir la emancipación de la mujer si no alcanzamos la igualdad de género también en el ámbito doméstico y en particular en el de la crianza.
MCSA: El siglo XXI trajo consigo diferentes maneras de ver la maternidad y es lo que exploras en tu novela. Además de Vivian Gornick, ¿qué otras autoras influyeron en tu concepción de esta historia?
GN: Annie Ernaux con La Mujer Helada; Lina Meruane con Contra los hijos; Leila Slimani con Chançon Douce, en la que hace un retrato espléndido de una niñera macabra; Jane Lazarre con El nudo materno, un clásico sobre la maternidad, que como el de Annie Ernaux ahora se está rescatando; Samanta Schweblin con Distancia de rescate, y Mariana Enriquez con el primer cuento de Las cosas que perdimos en el fuego, donde una mujer solitaria acaba cuidando a un niño por un tiempo. También leí en esos años a Jazmina Barrera en su hermoso libro sobre el embarazo llamado Linea Nigra.
MCSA: La hija única es una novela no convencional porque aborda la maternidad y la no maternidad, la vida y la muerte, el gozo y el desasosiego. ¿Estos contrastes crees que terminaron por darle fuerza a la narración?
GN: Espero que sí. A mí siempre me han llamado la atención los tabús, y la maternidad (o la no maternidad) está rodeada de ellos. También me ha atraído desde siempre el tema del dolor humano. No tanto el físico sino como el espiritual o psicológico, el sufrimiento tan ligado a nuestra condición, a nuestra mente. Me interesan las formas en las que los seres humanos logramos atravesarlo, aprender de él y sobre todo sobreponernos. La historia de Alina es una historia de mucho dolor que trae consigo grandes interrogantes, pero también es una historia de resiliencia, de cómo incluso en circunstancias inimaginables podemos encontrar un equilibrio y también alegría, incluso momentos de profunda felicidad.
MCSA: De nuevo aparece lo no convencional, lo distinto. Aquí no está tan marcado como en otros de tus cuentos; sin embargo, la microcefalia de Inés puede ubicarse en algo no usual. Lo que describes recuerda, en cierto modo, a Kenzaburo Oé en Una cuestión personal. ¿Estás de acuerdo? ¿Te consideras lectora de Oé? ¿Has asimilado cosas de él?
GN: Durante años leí muchísimo a Oé. Ahora confieso que le he perdido la pista. Me parece un gran escritor. La condición de Inés se llama microlisencefalia y es realmente muy inusual, al punto que pocos neurólogos la conocen. Esta historia me abrió las puertas de un universo resguardado por otro gran tabú: el universo de las discapacidades neuronales, de las personas que viven con ellas y de sus familias. Como la maternidad durante muchas décadas, la discapacidad es un tema que nos cuesta mucho trabajo abordar, como si nos diera miedo o como si no hubiera nada qué decir al respecto. ¡En realidad ocurre todo lo contrario! Hay muchas familias que han vivido esto y suelen estar muy aisladas, sin obtener diagnósticos certeros o sin acceso a las terapias adecuadas. Me interesaba explorar lo que siente una familia en circunstancias semejantes y contribuir a la visibilización de estos temas. Además de Oé hay otros escritores que han abordado el tema como el catalán Mariùs Serra en Quieto, un libro que recomiendo muchísimo.
MCSA: ¿El reto de La hija única es que el lector no suelte el libro una vez que se entera de lo que le sucede a Inés?
GN: Crear tensión era sin duda uno de mis propósitos, pero realidad el reto era contar una historia real y hacerlo muy apegada a los hechos como en las novelas de no-ficción y, a la vez, desarrollar otra historia paralela, totalmente inventada, haciendo que las dos tuvieran el mismo efecto de verosimilitud para el lector. Quería además que esa histora tan dolorosa fuera contada con un estilo muy claro, suave y delicado.
MCSA: Christopher Domínguez Michael describió así tu novela: “Desde el inmóvil y desgraciado Macario faulkneriano que abre El llano en llamas, la literatura mexicana no alumbraba un personaje tan memorable, por imberbe, como Inés, la niña condenada a morir tan pronto nazca, en La hija única, de Guadalupe Nettel. Ha habido nonatos alegóricos que devoran historia futura, como el de Carlos Fuentes, en Cristóbal Nonato (1987), pero ningún otro niño, desde Juan Rulfo, tan poderoso como el de Nettel. ¿Qué opinas que tu novela sea situada en este sitio de la literatura mexicana? ¿Te sorprendió, estás de acuerdo?
GN: Me sorprendió y me parece muy generoso de la parte de Christopher Domínguez.
MCSA: Antes, en los años noventa e inicios del siglo XXI, no era bien visto hablar de feminismo en la literatura. ¿Cómo consideras que ha cambiado esto?
GN: A diferencia del siglo XX que se interesaba muy poco por la intimidad, por el cuerpo o por los asuntos domésticos, el siglo XXI se ha enfocado en las minorías oprimidas. Las escritoras mujeres que antes eran vistas como una anomalía han cobrado mayor visibilidad y sus temas tradicionales se han convertido en temas interesantes también para los hombres. No es que antes no haya habido hombres interesados en lo doméstico, lo autobiográfico o lo corporal, pero no eran bien vistos por la ideología y por la estética dominante, en ese entonces eran profundamente patriarcales. Piensa un poco en los escritores del boom latinoamericano. Tenían un proyecto narrativo grandilocuente y como monolítico, muy diferente a los pequeños proyectos excéntricos y personales de los escritores y las escritoras de hoy en día.
MCSA: El feminismo después del #MeToo adquirió más fuerza, acaso puede ser visto como una marea que ya no se puede detener. ¿Qué crees que sucederá en el caso de México?
GN: Creo que el feminismo pasa por un buen momento, pues por fin se están poniendo sobre la mesa temas tan urgentes como la violencia y la desiguadad de género. Hay muchos hombres que se han dado cuenta de que, aunque tienen muchos privilegios, los mandatos de masculinidad también los afectan a ellos y sobre todo los privan de su sensibilidad. Desgraciadamente hablar no es suficiente para que cambien las cosas: debemos obtener leyes que nos amparen y una protección real del Estado para que en este país dejen de matarnos. También hace falta que esos cambios que empiezan a darse en las conciencias permeen en las actitudes cotidianas, y en los miembros más renuentes de toda la sociedad.
MCSA: El budismo se enfatiza en la novela, como un estilo de vida. ¿Te representa? ¿El mundo sería un mejor lugar si todos fuéramos budistas?
GN: La filosofía y las culturas budistas me parecen muy interesantes. Creo que Occidente puede aprender muchísimo de ellas y ya lo está haciendo. Los budistas no han mandado a nadie a la hoguera ni hecho cruzadas de ningún tipo, de modo que cuando nos acercamos a ellos podemos hacerlo sin prejuicios y sin una memoria colectiva de represesión y juicio. En lo personal me han dado grandes herramientas para saber qué hacer con mi mente y mis estados de ánimo. En la novela introduzco frases o citas relacionadas con el budismo porque la historia de Alina tiene muchas facetas que me remiten a lo que ellos enseñan: la conciencia de la impermanencia, los beneficios de habitar el presente, la compasión ilimitada y sobre todo esa curiosidad insaciable que despierta la consciencia, las ganas de explorar la mente humana y todas sus posibilidades. No creo en absoluto que todos deban volverse budistas. Me conformaría con que todos intentáramos ser buenas personas, solidarias, justas, compasivas con nosotras mismas y con los demás. Eso es lo más importante.
Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, editora y periodista.