Nada mejor que recordar a Cervantes gracias a los autores que lo han leído. Y para esto, como nos recomienda la siguiente carta, nada mejor que disponer de una guía confiable, una precisa colección de notas, citas y fragmentos para entender la poesía, la dramaturgia y la gran novela del manco de Lepanto a través de los siglos.
Lo confieso: leí el Quijote después de mis cuarenta. Lo leí, como pasa cuando uno se decide a probar el agua de esos océanos, avergonzado y lleno de un sagrado respeto. Como escribe Francisco Rico: “Irá por los doscientos años que nadie debe de haberse puesto al Quijote con inocencia adánica, sin mediaciones ni pautas. Sin saber, en suma, que va a leer ‘el Quijote’”. Lo leí con perfecto conocimiento de que leía una obra maestra, y lo leí con mala conciencia. Me ocurrió antes con Dante y poco después con Shakespeare. Eso fue algo que, sin embargo, no me sucedió con Montaigne, quizá porque tenía muy claro que éste era otro tipo de clásico: no el narrador, el dramaturgo o el poeta, sino el creador de un género distinto, pensado desde entonces como hermano menor, tal vez “dependiente”, de los grandes géneros literarios o hasta de la filosofía y, en general, de eso que está en extinción, diría George Steiner, y que todavía llamamos humanidades.
Leí al cásico glosándolo, como me pasa tanto por deformación profesional. ¿Y es que no recuerda el trabajo de la glosa el reto aparentemente incomprensible de Pierre Menard cuando intenta escribir una parte del Quijote que coincidiera, letra por letra, con las líneas escritas por Miguel de Cervantes? No transcribir sino ser el autor él mismo, hacerlo en otro contexto histórico, con otra mirada, después de que, como apuntara el propio Borges, “han transcurrido trescientos años cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote”.
Pues bien, todo esto viene a cuento porque a mí me ha servido para cierto desahogo la lectura de En un lugar de Cervantes (2016), una muy disfrutable reunión de fragmentos sobre Cervantes, su poesía y su dramaturgia y, desde luego, el Quijote, escritos por autores de primera línea a lo largo del tiempo.
Y así encontramos, por ejemplo, curiosas —y aparentes— diferencias de opinión entre Borges y Jordi Gracia.
• Borges: “Para los dos, para el soñador y el soñado, toda esa trama fue la oposición de dos mundos: el mundo irreal de los libros de caballerías, el mundo cotidiano y común del siglo XVII” (aunque “los años acabarían por limar la discordia”).
• Jordi Gracia: “No hay dos Cervantes, uno realista y otro fantástico, uno de fe y otro descreído, uno aventurero y otro costumbrista” (lo que hay es un Cervantes con una visión del mundo “fundamentalmente irónica”).
• Claudio Magris, insistiendo con justicia, y muy a la Italo Calvino, en el metasentido que porta y produce el Quijote sin cursivas, el personaje, y el sentido en que nos hace entrar el Quijote con cursivas, la obra clásica: “Maltratado y aun así irreductible, don Quijote tiene fe no en la vida, que no sabe lo que está haciendo, sino más bien en los libros, que no se limitan a explicar la vida sino que también son lo que otorga a ésta un sentido, sus señas”.
• El mismísimo Thomas Mann, en medio del mar, con la certeza de que “el Quijote me aguarda en la otra orilla” o Flaubert, luminoso representante del mejor y más radical realismo literario, encomiando al clásico de la ficción desmesurada: “Lo que hay de prodigioso en Don Quijote es la ausencia de arte, y esa perpetua fusión de la ilusión y de la realidad que hace de él un libro tan cómico, tan poético. A su lado, ¡qué enanos todos los demás! ¡Qué pequeño se siente uno, Dios mío! ¡Qué pequeño!”.
• Y de ahí a las revelaciones de un Nabokov, no se sabe qué tan auténtico, que lo define como “una auténtica enciclopedia de la crueldad (…) uno de los libros más amargos y bárbaros de todos los tiempos”.
Pero hay en este lugar de Cervantes más autores glosando no sólo al Quijote, sino su apenas justipreciada poesía —J. M. Caballero Bonald— o su dramaturgia —el prólogo de José Emilio Pacheco a El cerco de Numancia, citando la admirativa cuanto enigmática cuarteta de Schopenhauer:
El suicidio de todo un pueblo
Aquí ha pintado Cervantes.
¿Se rompe todo? Sólo nos queda
Volver al origen de la naturaleza.
Por mi parte, agrego un tema, el de la metarealidad literaria que ocupa el lugar de la realidad tout court, comentado en alguna presentación del Quijote por Mario Vargas Llosa: “Así, el sueño que convierte a Alonso Quijano en don Quijote de la Mancha no consiste en reactualizar el pasado, sino en algo todavía mucho más ambicioso: realizar el mito, transformar la ficción en historia viva”.
Y no sigo más porque este es el gran mérito de la compilación de Kathya Millares y Luis Miguel Aguilar: estimularnos como conejillos de indias, pincharnos en alguna zona sensible, hacernos entrar en sentido con los que entraron en sentido con Cervantes. No puedo más que agradecer el desahogo que su lectura me ha provocado, esa catarsis que, en su aristotélica acepción, no es nunca la misma para cada espectador (para cada lector). Volveré a Cervantes para confirmar a Calvino en esa primera tentativa de definición: al clásico se le relee. Estoy seguro que, después de esto, no estaré frente a la misma obra, ni estará la obra ante el mismo lector.

• Kathya Millares y Luis Miguel Aguilar (comps.), En un lugar de Cervantes, México, Cal y Arena, 2016, 64 pp.
Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista, titular de cultura de Sinaloa (1999-2008). Su último libro publicado es Dispersa andadura (Secretaría de Cultura-ISIC, 2018).