El actual gobierno se ha mostrado sordo y ciego ante las estruendosas alarmas del sector cultural. Los planes publicados en el Programa Sectorial de Cultura no contemplan la emergencia de la crisis económica actual. Es inaudito, como apunta el autor de este ensayo, que a estas alturas no exista una política pública cultural descentralizada y renuente a folclorizar e instrumentalizar la “diversidad”.
A inicios de julio, leí con interés el Programa Sectorial de Cultura 2020-2024 (publicado el jueves 3 en el Diario Oficial de la Federación) porque supuse que un gobierno preocupado por el “bienestar del alma”, como ha dicho tanto el presidente López Obrador, tendría un diagnóstico y propuestas precisas para el fomento, la promoción y difusión de la cultura en nuestro país. Nada de eso. Lo que encontré fue un “documento rector” más, una formalidad más a la que obliga la Ley Nacional de Planeación. Apenas antier en Culiacán, respondiendo a la pregunta de un reportero, AMLO repitió uno de sus mantras: “No se puede enfrentar la violencia con violencia, el fuego con fuego”. Ese mantra, por lo que se ve, no aplica para la cultura, una dimensión desconocida para el presidente, como no sea para anunciar algún proyecto insignia de impacto político inmediato.
En ese nivel de olvido interesado cayó el Programa Sectorial de Cultura. Se presentó con pulimentada discreción burocrática. Una declaración, un boletín y se acabó. Es cierto que en tiempos de emergencia sanitaria hay cosas más importantes que un programa de cultura. Pero el hecho mismo de haberlo publicado en estas fechas pandémicas obligaba a considerar las graves consecuencias de la crisis sanitaria y económica en el sector cultural. La pandemia no aparece mencionada. Ni una sola vez. Parecería que es una contingencia como cualquier otra, sin repercusiones dignas de consideración.
En este sentido, el Programa Sectorial es una muestra más de la ceguera ideológica del actual gobierno con respecto a la crisis ya preexistente y acentuada por el covid, y en particular, su escaso aprecio por la participación de los creadores, agentes y empresas culturales en la vida social y económica, en la cual, según las cifras del INEGI, el sector aportó un significativo 3.16 % del PIB (712 mil millones de pesos) en 2018, sin proporción con el 0.3 % que le destina el Presupuesto de Egresos de la Federación.
La situación de alarma en la cultura es palpable. Para nadie es un secreto que las editoriales independientes, los productores artísticos, actores, técnicos, libreros, pintores, escultores, galeristas y demás agentes culturales, están pasando por una situación muy difícil. No todos sobrevivirán y los que lo hagan saldrán inevitablemente mal librados.
Pues bien: nada de esto mereció un apartado específico en el Programa Sectorial de Cultura que, por lo menos hipotéticamente, se aplicará en los aciagos años covidianos y poscovidianos. Desde abajo, las propias comunidades artísticas se han tenido que organizar para demandar el apoyo público. Fue por eso que la Secretaría de Cultura acordó con ellas, con improvisada y reactiva casuística, la creación de una especie de fondo para dar créditos hasta por 25 mil pesos y apoyos de 15 mil a productores escénicos como anticipo de un programa de presentaciones. Medidas ambas que están apenas anunciadas y que serían, si se aterrizan, débiles paliativos a un pequeño sector de creadores y ejecutantes, además de que, como han señalado algunos promotores, no queda claro si se optará por ellos mediante convocatoria pública o será la dependencia la que determinará con su propia información quienes resultarán beneficiados.
Otro es el caso de las editoriales. Más allá de las iniciativas emprendidas por ellas mismas, como el de la fondeadora constituida por Era, Sexto Piso y Almadía, no se conoce anuncio alguno de la Secretaría de Cultura. Por ahí flota un acuerdo del Fondo de Cultura Económica con algunas editoriales independientes para distribución de libros.
¿Teatros, galerías, cinematografía, investigación artística y cultural, promotores independientes? Nada, ni siquiera aspirinas para el coronavirus en la economía de la cultura.
El Diagnóstico cultural de la UNAM y el desfase docrinario de la 4T
De acuerdo con el estudio de opinión —realizado del 11 al 22 de mayo— del Diagnóstico cultural de la UNAM, un 38 % de los creadores y agentes culturales del país habían dejado de percibir ingresos hasta esas tempranas fechas. De la totalidad de ellos, además, se reportaba un promedio de 56.38 % de pérdida en sus ingresos. La situación ha sido tan difícil, imprevista e impactante, que un 72.9 % afirmaba no tener un plan de recuperación financiera tras la crisis sanitaria.
En relación con la cadena del libro y el lector, el mismo Diagnóstico de la UNAM asienta que “hasta la primera semana de marzo de 2020, la industria editorial mostraba un crecimiento de 2.4 % en facturación y 5.1 % en venta de unidades. Al sobrevenir la crisis por la pandemia, vino una caída que en la semana del 13 al 19 de abril acumuló 15 % en el año. La caída de la venta de libros impresos para las editoriales es de 80 % en comparación con 2019, aunque la Asociación de Librerías de México (Almac) calcula el desplome en las ventas en 85 %, un panorama que se agrava porque los gastos operativos como nómina, alquileres y servicios no se han suspendido”. El diagnóstico no es más alentador en el caso de las artes escénicas y visuales, áreas que no han podido paliar siquiera el cierre de foros y espacios de educación artística con los siempre insuficientes recursos en línea.
Ante la despreocupación del gobierno federal hay propuestas concretas para enfrentar las consecuencias, ya visibles, de la crisis. Entre otras, están las 29 sugerencias para reactivar la industria editorial contenidas en el bloque “Para salir de terapia intensiva. Líneas estratégicas a corto, mediano y largo plazo” del mismo Diagnóstico de la UNAM, que van desde la asesoría en “reingeniería empresarial”, subsidios temporales a librerías para gasto operativo, adquisición de ejemplares para bibliotecas públicas, recuperación del programa Bibliotecas de aula y Bibliotecas escolares con compras a librerías, “cupones culturales” para el consumo de libros y otros bienes simbólicos, eliminación temporal del impuesto sobre nómina de imprentas, librerías y editoriales, hasta aprobar la tasa cero del IVA a libros y publicaciones en el régimen fiscal de las librerías, la ayuda a editoriales independientes para reforzar la presencia digital de los acervos y desarrollar plataformas de comercio electrónico, entre otras muchas.
No obstante, nada de esto se aprecia en el horizonte de acción del gobierno federal. Porque en la lógica de López Obrador son vanos esfuerzos elitistas de creadores que defienden la doctrina del arte por el arte. Así es como se despacha un venerable debate que a estas alturas no está, de ningún modo, zanjado.1
La reivindicación de otra cultura, la auténtica cultura del pueblo, en el actual gobierno, descalifica a ese arte “inútil” por no responder a las “necesidades populares”, al “bienestar de las mayorías”, además de que, en la medida en que una buena parte del fomento y difusión cultural que se despliega desde la literatura, las artes visuales y escénicas, es cultura universal, percibida como “extranjera”, también en este ámbito se revive la vieja polémica entre cultura nacional y cosmopolitismo, protagonizada en México, hay que recordarlo, por personajes como Ermilo Abreu Gómez y Alfonso Reyes hace noventa años.
Un ejemplo reciente de lo que se mueve al fondo de las farragosas pretensiones culturales del actual régimen, es el Manifiesto dado a conocer por Marx Arriaga, Director General de Bibliotecas de la Secretaría de Cultura, el 20 de julio pasado. Después de reclamar por el descuido en que se tiene a estos espacios, Marx dice estar “convencido de que las bibliotecas públicas mexicanas estarán destinadas a fungir como faro de conocimiento y trincheras revolucionarias”. A mayor abundancia, en el punto 10 lanza la exaltada prédica:
Un bibliotecario público mexicano asume con nobleza el enseñar con el ejemplo a los hombres y las mujeres con escasas nociones morales cómo deben ser humanos y clementes, caritativos con el huérfano y con el desvalido, fieles a la amistad, gratos a los favores recibidos, enemigos de la holgazanería y el vicio, conformes con los cambios de fortuna, amantes de la libertad, tolerantes, justos y prudentes siempre.
Por si fuera poco, pidiendo a los bibliotecarios del país suscribirlo, remata el Manifiesto convocando a la unidad: “acompañados de la misma lira: pidamos fuego, no al mentido dios de los paganos, sí al ángel tutelar de la patria”. He aquí, con todas sus letras, un ejemplo más de la confusión ideológica, el culto a la personalidad y la rasa moralina revolucionaria características de un buen número de profesionales de la cultura en este gobierno.

Ilustración: Víctor Solís
La fallída razón eminente de la 4T en cultura
Frente a la fatídica realidad de la pandemia, es contrastante el carácter burocrático y tedioso del Programa Sectorial de Cultura presentado hace un mes. En la segunda mitad del siglo XIX, inspirado en la experiencia francesa, abogando por un liberalismo que le diera al Estado un papel más activo como agente igualador, no de los espíritus sino de las oportunidades, Matthew Arnold, en La educación y el Estado, apuntaba que una nación requiere cultura y carácter:
Es frecuente oír observaciones sobre el divorcio de la cultura y el carácter, e inferir de ello que la cultura es mero barniz, y que sólo el carácter merece seria atención. No puede haber error más fatal. Cultura sin carácter es, sin duda, algo frívolo, vano y débil, pero carácter sin cultura es, por otra parte, cosa brutal, ciega y peligrosa.
Por aquí parece deslizarse cierto voluntarismo en el Programa Sectorial de Cultura recién presentado. Mucho carácter, muchos propósitos y objetivos morales, muchas ganas de hacer el bien sin definiciones estratégicas, muchas metas simplemente inalcanzables, mientras que el sector sufre la amenaza de muerte súbita por golpe de calor epidémico. Una vez más, como sucede demasiado con la autodenominada 4T, pareciera darse por sentado que para que las cosas ocurran basta con nombrarlas. Pues no, así no se logra nada; si acaso frustrar intentos futuros, anticipar un desaliento: de eso sabemos mucho en la promoción cultural. El propio Arnold decía que para que la energía social florezca, se requiere una “razón eminente”, esto es, ideas claras y compartidas que orienten la acción del Estado.
¿Dónde podríamos hallar una “razón eminente” como tal? Hagamos a un lado los enunciados de rigor: propiciar que la gente vaya a los museos, a las bibliotecas, fomentar la lectura, dar estímulos a creadoras y creadores (asunto que aún no está claro en este gobierno después de la desaparición de fideicomisos como el Fonca y Fidecine y su sustitución por una figura todavía difusa), vincular a la cultura con el sistema educativo, relacionarse con el mundo, preservar el patrimonio histórico y artístico, propósitos todos que no pueden faltar en el listado de cualquier plan de cultura convencional. Ocupémonos mejor, entonces, del objetivo que más se acerca a lo que podía esperarse de este gobierno, esto es, el primer “objetivo prioritario” que a la letra dice: “Reducir la desigualdad en el ejercicio de los derechos culturales de personas y comunidades, prioritariamente en contextos de vulnerabilidad, con su participación en procesos que fortalezcan los ciclos, prácticas e identidades culturales”. He aquí lo que podría ser esa “razón eminente”, el énfasis que podría dar cuerpo a una idea clara de la gestión lopezobradorista en materia cultural.
Redistribuir la riqueza cultural: centralismo, continuidad y pocos resultados
Así pues, el propósito de “redistribución de la riqueza cultural” ha sido varias veces planteado por la Secretaria de Cultura Federal, Alejandra Frausto, y de nuevo literalmente asentado en el Programa Sectorial. La crítica al eterno problema de la centralización —se dice en el “Análisis del estado actual”— tendrá que acompañar al fomento de “la cohesión social y la cultura de paz partiendo de los principios de inclusión, no discriminación, interculturalidad y la equidad”. Tengo la impresión de que pasa aquí algo similar a aquello que hace años comentaba Fernando Escalante a propósito de la seguridad pública:
El problema del crimen organizado existe como tal para una lectura federal. Allá abajo, en los municipios, en cualquier lugar, se experimenta de una manera distinta. Hay una mirada federal que no solamente desconoce la infinita variedad de realidades municipales, sino que desprecia a las instituciones municipales.
Creo que con esta apreciación, Escalante apunta una cuestión de interés no sólo para las políticas de seguridad, sino en general para la política pública en el país, incluyendo a la cultural.
En sentido estricto, como en el poema de Pellicer, con la política cultural “no suceden cosas / de mayor trascendencia que las rosas”. El mapa programático de la cultura en México es prácticamente el mismo de los últimos mandatos priistas y panistas: Festival Cervantino, ferias nacionales diversas (FIL, Palacio de Minería, etcétera), apoyo casuístico a programas estatales (festivales artísticos, orquestas, cultura étnica o popular), fondos pactados con los estados. ¿Qué más? Ah, de nuevo obras faraónicas: la reconversión de Los Pinos y el Complejo Cultural Bosque Chapultepec, sí, en la Ciudad de México.
La Secretaría de Cultura no ha elaborado una política que dibuje estrategias de desarrollo cultural por regiones a partir de la ubicación de capacidades y tendencias históricas desplegadas por iniciativa social, pública o privada a lo largo y ancho del territorio nacional. Cierto que se ha creado un programa de Cultura Comunitaria para “promover el ejercicio de los derechos culturales de personas, grupos y comunidades; prioritariamente con aquellas que han quedado al margen de las políticas culturales”, traducido en “Misiones por la diversidad cultural”, aunque con un planteamiento tan vago que no permite alentar grandes expectativas. Habría que suscribir, por este rumbo, las críticas de Édgar Alejandro Hernández a la significativa disminución de las asignaciones de Apoyo a las Instituciones Estatales de Cultura (AIEC), uno de los pocos logros en la relación estados-federación, que, por lo que se ve, apenas sobrevivirá en esta gestión.
La idea misma de las “Misiones culturales”, más allá de la intención de construir “laboratorios de cultura comunitaria” y poner en marcha “convites” y “jolgorios”, habla de cierto paternalismo inscrito en la ideología del redivivo nacionalismo revolucionario. Más allá de usarla como carta ideológica, la diversidad de la que se habla un día sí y otro también, sigue sin ser más que una referencia casi folclórica del discurso oficial. Sí, como en los tiempos del viejo PRI. Y fuera de ese folcor no vemos acción redistributiva. Ni siquiera en apoyo a quienes crean, ejecutan y promueven la cultura en los arduos tiempos del coronavirus.
La conclusión es abrumadora: increíble que a estas alturas de nuestra historia moderna y contemporánea, una de las asignaturas pendientes del quehacer cultural sea la definición, diagnóstico y despliegue estratégico de una auténtica política pública federalista y republicana. Increíble que sigamos subordinados a una narrativa conservadora y centralista que se desentiende de los contenidos regionales del texto cultural nacional. Y diré que, en efecto, no se trata de un asunto sencillo, aunque sí —y con eso debería bastar— de algo evidente al tiempo que dramático y ofensivo dadas las condiciones actuales de nuestro(s) tejido(s) social(es). En lo que se lanzan decálogos morales para que cada quien coloque en su corazoncito los valores de la solidaridad y el amor al prójimo y la naturaleza, la violencia y ahora la crisis económica y sanitaria se recrudecen, lesionando las posibilidades de convivencia pacífica y productiva de nuestras sociedades.
Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista, titular de cultura de Sinaloa (1999-2008). Su último libro publicado es Dispersa andadura (Secretaría de Cultura-ISIC, 2018).
1 Como lo comentó hace poco Álvaro Ruiz Rodilla, la doctrina del arte por el arte tenía sentido en aquella Europa de fines del siglo XIX y principios del XX (sobre todo en Inglaterra y Francia, aunque también, en menor medida, en Alemania) porque sus postuladores “asumían una batalla contra la imposición productiva del mercado y los horrores industriales”. Y además, diría yo en la tónica wildeana, porque el realismo amenazaba con hacer de todo arte mera imitación de la vida o la naturaleza. En lugares como México, hoy mismo, se antoja que el asunto tiene una carga más básica, más bien, por así decirlo, ideológica.
Excelente artículo que muestra la difícil realidad nacional de un sector que debería contar con mayor inversión para contribuir a recuperar la normalidad