De nada nada sale: Shakespeare y la Pandemia

A estas alturas todos conocemos la extraña mezcla de culpa y aburrimiento de la cuarentena. Nos proponemos proyectos ambiciosos, intentando aprovechar el tiempo, pero una y otra vez nos descubrimos incapaces de llevarlos a cabo. Para muchos, una de las fuentes de esta angustia es saber —¿pero de verdad lo sabemos?— que Shakespeare escribió El Rey Lear en medio de una epidemia de plaga. Aquí se recoge lo que sabemos —y lo que no sabemos— sobre la concepción de esa magnífica tragedia, todo para invitarnos a ser un poco más amables con nosotros mismos y a buscar consuelo en la obra del Bardo, ese santo secular.

¿No sienten que aunque el tiempo no pasa y un día es igual al anterior, de repente tenemos épocas? ¿Y que esas épocas no se miden ni en semanas ni en meses, sino en cómo nos sentíamos con respecto a la pandemia? Hace como cinco pandemias Shakespeare se puso de moda. A diferencia de la primera persona en comer el primer murciélago que mordió al primer pangolín portador de ese virus coronado que ahora nos asola, este caso cero es más fácil de identificar: Twitter nos quiso recordar a todos que Shakespeare escribió El Rey Lear en medio de una pandemia. Pero, ¿es cierto?

Hay que aceptar que sabemos muy poco del tal William Shakespeare. Sabemos que su bautizo quedó registrado en la iglesia de la Santa Trinidad en el pueblo de Stratford sobre el río Avon el 26 de abril de 1564. Sabemos que era hijo del guantero John Shakespeare, que emigró a Londres, donde fungió como teatrero en un quehacer colectivo y menos especializado que lo llevó a actuar y escribir las obras, pero que también seguramente lo hizo colaborar como director, publicista, vestuarista, escenógrafo, y quizá tramoyero. Sabemos que publicó dos poemas largos (precisamente en años de plaga) y un libro de sonetos, además de 18 obras de teatro (las otras 18 obras que nos llegan de él se publicaron en una especie de antología después de su muerte). Sabemos, por registros administrativos, que sus obras llenaban los aforos. Sabemos que representó ciertas obras en la corte tanto de Isabel I como de Jaime I. Sabemos que se casó con Anne Hathaway, que tuvieron a Susanna y a los gemelos Judith y Hamnet (que murió a los once años). Sabemos que volvió a Stratford y que cuando murió era uno de los hombres más ricos del pueblo. También sabemos, aunque nadie entiende por qué, que en su testamento le dejó a su esposa “la segunda mejor cama”.

Ilustración: David Peón

Sabemos tan pocas cosas de William Shakespeare que mucha gente se dedica a inventarle biografía: ¿acaso “William Shakespeare” era tan solo el pseudónimo del filósofo William Blake, de un colectivo de dramaturgos, de la propia reina Isabel? ¿Se casó con Anne Hathaway, mayor de edad y de mejor posición socioeconómica, porque la embarazó cuando mozalbete? ¿Sabía leer griego o latín, o acaso era un noble que hasta estudió en Oxford? ¿Viajó más allá de Inglaterra y vio la Italia que tanto describe? ¿Era católico a escondidas? ¿Tuvo un amante gay? ¿Se enamoró de Gwyneth Paltrow en Londres?

Lo que en realidad sabemos de Shakespeare nos llega a través de documentos desperdigados: los registros de su parroquia, algunos registros administrativos de los teatros, documentos legales. No tenemos nada de Shakespeare que no esté en las voces múltiples de sus personajes. No tenemos diarios ni cartas ni ensayos. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta cuántas obras escribió ni sabemos si las obras que nos llegan por él firmadas realmente eran suyas (gracias a las nuevas estrategias de análisis textual sabemos, por ejemplo, que hay fragmentos enormes dentro de las obras de Shakespeare que escribió algún colaborador suyo, así como hemos descubierto textos shakespearianos metidos en obras de otros). Paradójicamente, sabemos mucho más de sus personajes que del propio autor, y hasta podríamos predecir cómo reaccionarían, por ejemplo, al Brexit. 

Por desgracia, no tenemos ningún documento que diga: 5 de julio de 1606. Querido diario. Desde mi ventana, que tengo cerrada a piedra y lodo contra el miasma de la peste, se oyen las campanadas. Aprovecho la distracción para tomarme un descanso de mi nueva obra sobre ese rey mítico de Inglaterra, el tal Lear que no supo ver cuál de sus hijas realmente lo quería. Va a estar genial: de repente le sacan los ojos a un tipo. A falta de eso, conjeturamos: está registrado que el 26 de diciembre de 1606 la compañía de Shakespeare, The King’s Men, montó esta obra para Jaime I en la corte de Whitehall (a su vez río arriba, alejada del Londres de la época, y por lo tanto con menos riesgo de miasma), lo cual nos hace suponer que la escribió ese año. También sabemos que en el verano de 1606 hubo un brote de plaga en Londres y que en octubre de ese año su casera se murió de la peste. Esta casa estaba en la calle Silver, cerca de una iglesia cuyas campanas probablemente repicaban sin cesar, abrumadas por tantos muertos.

¿Hay algo en el texto que hable de la plaga? No. La palabra aparece dos veces cuando Lear llama a su hija “bubo pestilente en mi sangre corrompida” y le desea a ella y a su esposo “venganza, plaga, muerte, ruina”. Pero esto significa muy poco, ya que la palabra “plaga” apareció en otras obras de Shakespeare. Por ejemplo, cuando Romeo huye a Mantua el cura que debería informarle que Julieta se está haciendo la muerta se queda varado porque al venir de Verona pasó por una casa por donde quizá pasó la peste y ha quedado en cuarentena (lo cual hace que Romeo y Julieta sean los únicos personajes de Shakespeare que se mueren por la plaga).

Si somos sinceros, tampoco sabemos si Shakespeare pasó esa temporada de plaga en Londres. Sí, rentaba aposentos en esa casa de Silver Street, pero quizá se fue, como tantos de nosotros que hemos huido para encuarentenarnos con nuestra familia, a su casa en Stratford-upon-Avon para pasar la temporada con su esposa e hijas. Londres, con sus callecitas enmarañadas y casas encimadas, a orillas de un río pestilente donde corrían aguas que se llevaban al mar los desechos de industrias peleteras, cerveceras, metalúrgicas—por no decir todos los desechos humanos y animales—, aguas que también traían barcos mercantes cargados de gentes extrañas; Londres, con veranos calurosos y encerrados donde no corre brisa alguna; Londres, apenas a 150 kilómetros del bello pueblo de Stratford con su límpido río Avon y sus campos a cielo abierto… ¿por qué quedarse en Londres? El profesor James Shapiro, que escribió un libro titulado 1606: Shakespeare y el año de Lear afirmó en una entrevista que “Shakespeare no huyó de Londres”. No me queda claro a qué se refiere Shapiro: el dramaturgo no huyó para siempre de Londres a pesar de que de 1603 a 1610 la ciudad vio permanentes oleadas de plaga, pero tampoco podemos imaginarnos que desde 1592 hasta 1611 nunca volvió a Stratford. No me parece tan descabellado pensar que Shakespeare, como yo, hubiera preferido irse con su familia. 

Tampoco sabemos si Shakespeare guardó su sana distancia durante ese brote. Lo que sí sabemos es que a Shakespeare no le tocó una pandemia: el término no puede sino referirse a un mundo interconectado, global en serio, y lo que Shakespeare vivió no era más que local. Tan local que la peste de Verona no llegó a Mantua. También hay que recordar que la experiencia de Shakespeare con las infecciones no era la misma que la nuestra: no sabía, por ejemplo, cómo se transmitía una enfermedad. Quemar hierbas de olor o llevar máscaras con picos larguísimos era el acercamiento más científico que les era posible. No se podían lavar las manos porque casi nadie tenía agua corriente ni jabón. Nadie les tomaba la temperatura al entrar al súper porque, obviamente, no se habían inventado los termómetros. De todos modos, nuestra plaga se transmite por gotículas en el aire, la de Shakespeare se transmitía por pulgas, no era un virus sino una bacteria, y no colapsaba los pulmones sino que atacaba el sistema linfático (aunque, si nos sirve de consuelo, podemos pensar que compartimos la fiebre y el malestar generalizado).

La plaga de Shakespeare no era nuestra plaga, su cuarentena no era nuestra cuarentena. Para él la cuarentena no implicaba ir a comprar de uno en uno ni quedarse en casa haciendo llamadas de Zoom. Cuando llegaba la peste las ciudades cerraban las puertas para resguardarse y que ningún infectado entrara, pero no había tantas restricciones de movilidad y la gente que podía huía de la ciudad. Para los que no podían irse la vida seguía más o menos igual. Si había noticias de algún infectado, todos los habitantes de la casa quedaban en cuarentena y nadie podía salir ni entrar por algún tiempo, pero esta prohibición no se extendía al resto de la población. La vida seguía más o menos igual porque, igual que hoy, a mucha gente no le quedaba de otra, aunque el gobierno cerraba ciertos negocios, sobre todo los de entretenimiento masivo (es decir, los teatros de los que vivía Shakespeare). Pero aunque compartamos la renuncia de actividades con Shakespeare, nunca podremos compartir la sensación de que las epidemias paralizadoras son algo nuevo: Shakespeare vivió toda su vida a la sombra de la plaga. También escribió Macbeth y Antonio y Cleopatra durante esa epidemia, y Romeo y Julieta apareció un año después de la plaga de 1593-1594 (misma plaga donde los teatros estuvieron cerrados catorce meses y que lo orillaron a escribir sus dos poemas épicos). Vivió siete años de oleadas constantes de plaga entre 1603 y 1610, donde los teatros permanecieron cerrados por lo menos cinco meses de cada año (lo cual me hace pensar, de nuevo, que para 1606 el dramaturgo ya se había acostumbrado a pasar los veranos en Stratford). Y, sobre todo, en 1564, tres meses después de que naciera William, la plaga asoló aquel idílico pueblito por donde pasa el río Avon, y el señor guantero John Shakespeare y su esposa Mary Arden pasaron días interminables rezándole a todos los santos (probablemente tanto protestantes como católicos), pidiendo por su vida y la de sus hijos. De todos modos, de los tres que tenían dos murieron en esa plaga, y el único que sobrevivió (milagrosamente) fue su recién nacido William, cuyo único hijo varón, Hamnet, murió en 1594, posiblemente también de peste bubónica.

Hace cinco pandemias todos se apuraron para escribir algo sobre Shakespeare, y la plaga, sobre El rey Lear y su ambiente desamparado. Esto es una actitud de hace cinco pandemias, de la primera ola de este nuevo y valiente mundo en el que estamos. Me gusta más la actitud más revisionista de la segunda pandemia, cuando aparecieron los memes menos exigentes, más apapachadores, que nos recordaban que no es un concurso de productividad, y que es difícil ponerse a escribir en la situación de crisis en la que vivimos, y que es muy fácil crear si delegamos todos quehaceres domésticos. Aparecieron textos que reconocían, por ejemplo, que Shakespeare podía escribir en cualquier momento, con o sin peste, porque no hacía labores de cuidado: no tenía que reaprender matemáticas para ayudar a sus hijas con la tarea. No se encargaba de hacer las compras ni hacer de comer ni lavar su ropa ni trapear sus aposentos. No tenía que ponerse de acuerdo por WhatsApp para ver a sus amigos por Zoom en una operación al mismo tiempo grata y agotadora. Sobre todo, Shakespeare era un profesional que ya había escrito varias cosas antes de la plaga, y nadie le sugirió que aprovechara el encierro para hacer lo que no había logrado antes.

Shakespeare vivió plagas, o quizá varias oleadas de la misma plaga, y en esas épocas escribió algunas obras. Pero sus cuarentenas fueron distintas. Para él, que creció sabiendo de sus dos hermanos muertos por la peste, que vio morir a uno de cada cinco o siete conocidos con cada nueva oleada, que saldría a la calle a ver pasar carros de cadáveres apilados, la muerte era algo mucho más cotidiano, tan cotidiano que los fantasmas se pasean tranquilos por sus obras y nadie cuestiona que Julieta, sana y rozagante, se muera de repente. Pero la muerte también era un nuevo terreno de incertidumbre. Shakespeare vivió la época de la reforma religiosa inglesa, de reyes que se coronaban y se derrocaban por sus afinidades católicas o protestantes, donde un día era criminal tener una biblia en inglés y al día siguiente el crimen era no tenerla. Shakespeare vivió un mundo mucho más ambiguo del que queremos imaginar, un mundo menos renacido, con más supersticiones y brujerías. El famoso “Ser o no ser” de Hamlet es una discusión sobre la incertidumbre de la muerte, una incertidumbre que sólo se puede concebir ante la crisis de las instituciones religiosas donde ya no existe una verdad hegemónica ni un paraíso hegemónico ni un camino hegemónico para alcanzarlo. En las obras de Shakespeare la muerte nunca deja de ser trágica, pero también es difusa: la gente se puede morir de repente, o, al revés, aquellos que estaban al borde de la muerte pueden recuperarse de súbito. Los muertos pueden volver y los vivos pueden desaparecer sin más. Los seres malignos pueden lanzar maldiciones y matar sin ser vistos, y los asesinatos disfrazarse de esas muertes repentinas.

En época de plagas las iglesias sacaban a sus íconos y  reliquias y las hacían desfilar por las calles. Podemos imaginar cómo se hubiera sentido al estar ahí agonizando o cuidando, con tristeza y con miedo a infectarse, a algún ser querido. Vivir en el desamparo y la impotencia absoluta, sospechando de todos, con cada uno de nuestros sentidos vejados por la muerte y la putrefacción y las ratas pululantes. Y en eso, verse abrir camino entre la multitud a un cura blandiendo sus íconos, y sentirnos de repente menos solos, más esperanzados, sentir que blandir ese ícono nos va a proteger —cómo, no sabemos—, va a lograr que no nos contagiemos, que si nos contagiamos no muramos, y que si morimos no nos alejemos de Dios.

Yo no creo que Shakespeare nos pueda enseñar a sobrellevar esta nueva y valiente plaga, pero quizá recordarlo es nuestra propia manera de blandir un ícono y, en medio de la tempestad que atravesamos, refugiarnos bajo su halo quizá inútil pero siempre esperanzador. Lear le pregunta a Cordelia con qué puede superar el amor que le han profesado al padre las otras dos hermanas, y la menor contesta: “Con nada”. El rey, furioso, le advierte: “De nada nada sale”. Quizá éste Shakespeare, Nuestro Señor de Poder Crear Aunque Todo Esté Raro, ha salido a pasearse por las calles para recordarnos que no todo está perdido, que no podemos quedarnos en a nada,  aunque lo único que puede hacer es acompañarnos en esta tempestad, hasta que pasada la tormenta lleguemos a un nuevo y valiente mundo, un mundo feliz.

 

Ana Laura Magis Weinberg
Fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas y realizó una residencia en el Centro Banff para las artes. Actualmente hace un doctorado en Literatura y Cine.

 

Fuentes

Todas las traducciones son mías. Además de gráficas por época para descubrir si el nombre del río en español de Shakespeare se escribe con acento o no, se consultaron varios textos sobre Shakespeare en la pandemia, entre ellos:

https://bit.ly/2ZwQXeE

https://nyti.ms/31y0apO

https://wbur.fm/3dRn3Hp

https://bit.ly/2YNtYgh

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Publicado en: Crónica