Isaac Disraeli: la inagotable curiosidad y las fake news

El apellido Disraeli suele traer a la memoria, en primer lugar, a Benjamin Disraeli, célebre primer ministro inglés, una de las figuras centrales y emblemáticas del periodo victoriano y del conservadurismo de su tiempo. Además de su papel en la política, a Benjamin Disraeli también se le conoce por su actividad literaria. Escribió mucho, demasiado: diecisiete novelas, un poema épico ilegible, una obra de teatro aun peor y, por supuesto, numerosos escritos políticos. Entre ellos, de su época temprana como especulador financiero, con intereses específicos en la minería mexicana, un curioso texto sobre el estado de las cosas en la joven República de México en 1825, que sirve como prefacio a la traducción de un informe de don Lucas Alamán al Congreso. Sin embargo, antes de que Benjamin Disraeli hiciera carrera en la vida, la política y la literatura del Imperio británico, otro Disraeli había destacado ya en el campo de la erudición y las letras inglesas de su tiempo.

Isaac Disraeli (con la grafía original de D’ Israeli) padre de Benjamin, nació en Middlesex en 1766, hijo de un comerciante sefardita proveniente de Venecia, pero cuya familia había sido originalmente expulsada de España en el gran exilio de 1492. De carácter meditabundo y retraído, amante de la soledad, el niño fue educado en un principio para dedicarse al comercio y las finanzas. Así, se produjo un pequeño escándalo familiar cuando mostró un poema escrito por su propia mano. Ante tan alarmante signo, su padre decidió mandarlo de inmediato a Holanda, con un asociado comercial, para que completara su educación y enderezara sus pasos. A su regreso, un par de años después, ya discípulo de Rousseau, el muchacho mostró en primer lugar a la familia un largo poema que había escrito, dirigido contra el comercio y su influencia corruptora en el género humano. Se hizo otro escándalo, comprensiblemente mayor. Entre las tempestades domésticas y las del alma, el adolescente envió su poema a Samuel Johnson, con una apasionada carta, en la que lamentaba la falta de diálogo con espíritus afines a las letras y las humanidades. El Dr. Johnson, gravemente indispuesto, no logró ver el manuscrito y murió un par de semanas después. El incidente sólo sirvió para confirmar al joven Isaac en su vocación literaria, erudita y bibliófila. Se calmarían las aguas finalmente y se le dejaría en paz para proseguir su fructífera carrera en las letras y el estudio, la que siguió de manera ininterrumpida —incluso desde la ceguera— hasta su muerte por influenza en 1848.

La obra por la que más se le conoce es Curiosities of Literature, una colección de ensayos cuyo primer tomo se editó en 1791. Se trata de una gran y fascinante colección de temas de todo tipo, agrupados por el gusto del autor, en algo que refleja el impulso de Aulo Gelio en las Noches Áticas. “(El libro) ofrece una diversificada miscelánea de historia literaria, artística y política, de disquisición crítica y anécdota biográfica, la cual no podrá encontrarse reunida en ningún otro sitio de una manera tan agradable y accesible”, reza la presentación en el primer tomo.Pero más allá del registro y la acumulación de datos, fechas y anécdotas, el conjunto está escrito y unido con un espíritu amable, una suave ironía y un aliento de ligereza y vitalidad. Así, puede verse a esta obra como una pequeña biblioteca y, en ese sentido, como el reflejo de un gran, y un poco pedante, conversador. Veamos algunos de los títulos de los ensayos incluidos: “Historia secreta de los autores que han arruinado a sus libreros”, “Costumbres del beber en Inglaterra”, “De anagramas y versos de eco”, “Historia secreta de sir Walter Raleigh”, “Bibliomanía”, “Poesía Española”, “Historia crítica de la pobreza”, “Profesores del plagio y la oscuridad”, “Sobre las figuras de cera”, “Del fuego y los fuegos artificiales”, “Historia de los guantes”, “El Talmud”, “De la costumbre de saludar después de estornudar”, “Hombres de genio deficientes en la conversación” y, por supuesto, “De una historia de los sucesos que no acontecieron”.

Por temperamento e inclinación, Disraeli dedicó mucho de su esfuerzo en documentar esa parte íntima de la literatura que dan las anécdotas, los recuerdos y la literatura epistolar. Eso se reflejaría en otras de las obras que saldrían de su pluma como Amenities of Literature, A Disertation on Anecdotes, Miscellanies or Literary Recreations y la que su hijo Benjamin considera su obra más perfecta, An Essay on the Literary Character. Complementario a este registro, está su trabajo de investigación histórica, campo en el que fue pionero en rastrear exhaustivamente bibliotecas, cartas, conversaciones transcritas, prensa y despachos diplomáticos. Sobre su visión de la historia, son interesantes los párrafos iniciales de sus Commentaries on the Life and Reign of Charles the First, King of England, su biografía de esta figura trágica del siglo XVII inglés, y tal vez la principal obra de Disraeli en este campo: “Por largo tiempo he considerado la era de Carlos I como la más favorable para los propósitos de la investigación histórica y filosófica. Época fue en la que los juicios no resueltos y la impugnación de principios produjeron tal variedad en la conducta humana que todo lo que sucedió o está sucediendo desde entonces no parece ser sino una repetición de intentos de lo que entonces se descubrió ser imposible; una consumación de lo que entonces se dejó inconcluso; o el avance de lo que en aquel entonces permaneció imperfecto”.

Ilustraciones: Estelí Meza

Los bulos, las fake news —como perezosamente les decimos ahora— no son nada nuevo en el mundo, por supuesto. El género humano nació con la mentira en la boca, para no hablar de la miríada de mecanismos de engaño y disimulo que existen en la naturaleza. La mentira como expediente político nos resulta tan natural y parte de la costumbre que lo opuesto, si es que llega a suceder, nos parece sorprendente, insólito y hasta de mal gusto. Baltasar Gracián nos advierte que “quien no disimula no adquiere imperio”. Y don Francisco de Quevedo, en ese tratado político que es Marco Bruto, lo enfatiza: “La hipocresía exterior siendo pecado en lo moral, es grande virtud política. Llámola el viento del que se sustenta el camaleón del Poder”. Hay pues una legitimación de la mentira o la disimulación, dependiendo el caso y la causa. Existen grados en esto y una variedad de matices en los mecanismos de engaño, sin embargo. No es lo mismo un ardid estratégico utilizado en un momento preciso, a la carrera de un demagogo construida a base de fraudes, estafas y simulación de tiempo completo. En el presente ensayo, Sobre los falsos reportes políticos, Disraeli hace un repaso histórico de las mentiras y bulos políticos, selecciona algunos ejemplos curiosos y sobresalientes, retrata sus tragicómicas consecuencias y hace un juicio moral de este procedimiento. Para el ensayista, una de las raíces de este recurso se encuentra en la ferocidad de la política partidista y sectaria, que por su fácil propensión al fanatismo es incapaz de ver más allá de los reducidos intereses de grupo. La mentira, además, no es propiedad exclusiva de ninguno de los partidos. Es utilizada por todos los bandos con igual energía y convicción. Disraeli utiliza los ejemplos de la antigüedad clásica, los siglos recientes y el pasado inmediato para colocarlos como una transparencia a contraluz de la realidad de su tiempo. Una transparencia que se ajustaba a las líneas generales de lo que acontecía en aquel momento. Y una transparencia que se ajusta también, con precisión en varios aspectos, a nuestra circunstancia en el siglo XXI.

El ensayo resulta curiosamente vigente en una era de fake news y en un tiempo de grandes demagogos, como el que vivimos. Con condiciones agravadas y exacerbadas por una pandemia global, además. La norma hoy es la manipulación descarada y la tergiversación impune de la verdad por algunos de los principales actores políticos, en donde la propagación de rumores y falacias por ejércitos de bots se ha vuelto cosa de todos los días. El dictum atribuido a Goebbels —quien estaría encantado con los recursos propagandísticos disponibles hoy— de “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” parece confirmar su utilidad práctica. Llega el momento de pensar que, ante el cansancio extremo que produce la falta de exigencia de rendición de cuentas y el incesante bombardeo de mentiras y manipulaciones, la verdad no importara. Con una leve sonrisa, Isaac Disraeli nos recuerda aquí que la realidad importa y que las consecuencias de creer lo contrario, resultan al final siempre tristes y graves para los pueblos.

Para la presente traducción, me basé directamente en la edición de tres tomos de Curiosities of Literature, publicada por Routledge, Warne and Routledge (Londres, 1863).

 

Gaspar Orozco


Sobre los falsos reportes políticos

Isaac Disraeli

“Un falso reporte, si se le cree por espacio de tres días puede rendir un gran servicio al gobierno”. Esta máxima política se le ha atribuido a Catalina de Médici, una adepta al coup d’etat, ¡el arcana imperii! Entre la mentira pura y la verdad disfrazada hay una diferencia conocida a aquellos escritores hábiles en “el arte de gobernar a la humanidad por medio del engaño”, como la política, mal entendida, ha sido definida y como es, ciertamente, toda política partidista. Estos falsificadores prefieren utilizar la verdad disfrazada a la áspera ficción. Cuando la verdad no se puede ocultar por más tiempo, entonces, con toda libertad se refieren a ella; porque aún así pueden explicar y oscurecer, al tiempo que aseguran el apoyo del partido cuya causa han tomado. Un lector curioso de la historia puede descubrir las ventajas temporales y algunas veces duraderas de esparcir rumores destinados a encubrir o contrarrestar el verdadero estado de las cosas. Tales reportes, puestos en marcha, sirven para quebrantar la punta afilada y fatal del pánico, el cual se puede producir de manera instantánea; de esta forma se salva al público de los horrores de la consternación y el estupor de la desesperación. Estos rumores proporcionan un espacio de respiro para prepararse al desastre, el cual se dosifica con precaución; y como puede mostrarse, estos primeros reportes han dejado algún suceso en un estado tan ambiguo, que aún podría albergarse la duda de si esta información en efecto fue despojada de toda verdad. Tales reportes, una vez impresos, entran en la historia y dejan tristemente perplejo al historiador honesto. De una batalla librada en un punto remoto, ambas partes por mucho tiempo, en casa, podrán disputar la victoria después del hecho y la pluma puede prolongar lo que la espada decidió hace mucho. Esta no ha sido una circunstancia inhabitual; de varias de las más importantes batallas de las cuales el destino de Europa ha dependido y en las que hemos precisado reportes de la época, aun podríamos dudar de la forma que en realidad tuvo la acción. Con frecuencia una escaramuza se elevó al rango de una batalla concertada y una derrota ha sido ocultada en el recuento de muertos y heridos, mientras ambos bandos reclaman la victoria. Villeroy,1 en todos sus encuentros con Marlborough, siempre envió a casa reportes a través de los cuales nadie podría sospechar que estuviese a disgusto. Pompeyo, tras su batalla fatal con César, envió cartas a todas las ciudades y provincias de los romanos describiéndose con un valor mayor con el que había combatido, así que generalmente se extendió el reporte de que César había perdido la batalla: Plutarco nos informa que trescientos escritores describieron la batalla de Maratón. Muchos sin duda copiaron a sus predecesores, pero nos sorprendería tal vez el observar cómo diferían palpablemente en sus narrativas varios de ellos.

Al explorar una colección de cartas manuscritas del tiempo de Jaime I, me llamaron la atención los reportes contradictorios del resultado de la famosa batalla de Lutzen,2 tan gloriosa y tan fatal para Gustavo Adolfo. La victoria algunas veces se reportó como obtenida por los suecos; pero una incertidumbre general, una especie de misterio, agitó a la mayoría de la nación, férreos partidarios de la causa protestante. Tal estado de ansioso suspenso duró un tiempo considerable. La verdad fatal se filtró en reportes que cambiaron durante el progreso de los hechos; si se permitía la victoria, la muerte del héroe protestante cancelaba toda esperanza. El historiador de Gustavo Adolfo observó en esta ocasión que “pocos mensajeros eran tan bien recibidos como aquellos que portaban los recuentos de la muerte del rey a sus enemigos declarados o a los que secretamente le deseaban mal; tampoco el reporte desagradó grandemente a la corte en Whitehall, donde el Ministerio, como es usual en casos de timidez, mantenía su grado de aprehensión por temor a que el hecho no resultase cierto; y como he sabido de buena autoridad, impuso silencio a los escritores de noticias e insinuó a hacer lo mismo al púlpito, en caso de que cualquier encomio funerario proviniera de aquellas partes”. Aunque el motivo asignado por el escritor —la secreta indisposición del gabinete de Jaime I hacia la buena fortuna de Gustavo— de ninguna forma resulta cierto para mí el hecho incuestionable de que el conocimiento de este desastroso evento fuera mantenido en secreto por un “tímido ministerio” y los fluctuantes reportes probablemente regulados por su decisión.

La misma circunstancia ocurrió en otro importante suceso de la historia moderna, en el que podemos observar el artificio de escritores partidistas para disfrazar o suprimir el hecho real. Este fue la famosa batalla del Boyne.3 El partido católico francés reportó de tiempo atrás que el Conde Lauzun había ganado la batalla y que Guillermo III había sido muerto. En algunas memorias, Bussy Rabutin,4 quien al parecer registró eventos públicos sin hacer escrutinio de la verdad, dice: “realicé la crónica de esto según los primeros reportes que se dieron; cuando en su momento las noticias del hecho real se hicieron de su conocimiento, al partido no le agradó perder su inicial victoria”. Pére Rondel, quien publicó un registro de aquellos tiempos, con una noticia favorable en Nouvelles de la Republique des Lettres de 1699, registró el evento de esta engañosa manera: “La Batalla de Boyne en Irlanda: Schomberg muere ahí a la cabeza de los ingleses”. Tenemos aquí a un mistificador. Este escritor resolvió ocultar la derrota del partido de Jaime I y con hábil cautela suprimir cualquier mención de una victoria, pero proporciona con cuidado un hecho real, por el cual sus lectores difícilmente pondrían en duda la derrota de los ingleses. Estamos tan acostumbrados a este tráfico de reportes falsos, que apenas nos percatamos que muchos acontecimientos importantes registrados en la historia estuvieron en su día extrañamente disfrazados por estos recuentos mistificadores. Podemos descubrir esto tan sólo por la lectura de correspondencia privada escrita en el momento. Bayle5 ha reunido varias muestras sobresalientes de esta clase de absurdos, esparcidos en el extranjero para responder a un propósito temporal, pero que jamás conoceríamos si esas cartas contemporáneas no se hubiesen publicado. Un bulo muy extendido en Holanda en 1580 aseguraba que los reyes de Francia y España y el duque de Alba habían muerto; una alegría que por un tiempo sostuvo el espíritu exhausto de los revolucionarios. Con la invasión de la armada española, Burleigh6 esparció rumores de los quebranta-pulgares y otros instrumentos de tortura que los españoles habrían traído consigo, inflamando el odio de la nación. La horrenda historia del sangriento capitán Kirk se considera como una de estas falsificaciones políticas que servían el cometido de ensombrecer a un celoso partisano.

Los falsos reportes son, en ocasiones, estratagemas de guerra. Cuando los jefes de la Liga Católica perdieron la batalla en Ivry en 1590, con un ejército deshecho y en estado de confusión, pudieron mantener la posición de París imponiéndole la población de todo tipo de reportes falsos, como la muerte del rey de Navarra en el afortunado momento en que la victoria, sin determinar aún a qué lado se inclinaría, favoreció a los integrantes de la liga; y dieron así falsas noticias de un número de victorias que habían obtenido en otros sitios. Tales historias, distribuidas en panfletos y canciones a un pueblo agitado por las dudas y el miedo, se creyeron con alegría, halagando sus deseos o calmando sus temores, contribuyendo así a la causa, pues resultaban tan agradables que no daban cabida al tiempo necesario para reflexionar sobre ellas.

La historia de un reporte que generó pánico puede rastrearse en la insurrección irlandesa, a través de las curiosas memorias de Jaime II. Un tal Speke puso a circular una proclama falsificada del príncipe de Orange y se difundió el rumor de que las tropas irlandesas estaban matando e incendiando en todos los puntos del reino. Mágicamente, el pánico corrió entre la gente, tanto así que un área del poblado de Drogheda imaginaba que la otra estaba inundada de sangre y ruina. Durante el pánico, hubo mujeres encintas que perdieron a sus hijos y personas de edad avanzada que murieron presas del terror, cuando la única verdad era que los insurrectos irlandeses habían sido desarmados y disgregados, en urgente necesidad de techo y comida.

En los tiempos infelices de nuestras guerras civiles bajo Carlos I, los periódicos y las cartas privadas nos proporcionan especímenes del artificio político de los reportes falsos de todas las especies posibles. No había extravagancia inventiva que se juzgase demasiado grosera para esparcir el terror en contra de una facción, y así la ciudad de Londres recibió un día la alarma de que los realistas harían estallar el Támesis por medio de una inmensa cantidad de pólvora almacenada en algún punto de sus márgenes; y que además existía una cofradía organizada, aunque invisible, de varios miles de integrantes armados con cuchillos consagrados; aquellos que vacilaron en dar crédito a tales rumores fueron tachados de malevolentes, que desdeñaban y no tomaban en serio el peligro implícito contra el parlamento. Conspiraciones falsificadas y noticias de grandes pero distantes victorias resultaron invenciones para mantener en alto el espíritu de un partido, pero más a menudo pronosticaban la intención de un cambio en el gobierno. Cuando se deseaba aumentar el ejército o presentar nuevas guarniciones o hacer uso de una medida extrema en la ciudad o con los realistas, siempre se sacaba a flote una conspiración; o cuando cualquier asunto importante habría de tratarse en el parlamento, se publicaban cartas de grandes victorias para desanimar a la oposición e infundir bríos adicionales a su propio partido. Si el reporte duraba unos días, lograba su propósito y confirmaba la observación de Catalina de Médici. Aquellos políticos que levantaban estos bulos lograban su cometido: como el arquitecto que al construir un arco lo sostiene con puntales circulares y piezas de madera, o con cualquier deshecho temporal, hasta que cierra el arco; y cuando se sostiene por sí mismo los elimina. No existe ninguna variedad de la mentira política que carezca de ejemplos ilustrativos si consultamos los registros de nuestras guerras civiles; ahí podemos trazar el arte entero en el grato manejo de sus matices, sus cualidades y sus partes más complejas, de la invectiva a la amenaza, de la insinuación a la tergiversación: de esta forma, podemos admirar la escrupulosa corrección de una mentira que se haya dicho por otra que se está diciendo. Y aún una triple mentira para sobrepasar a los oponentes. Realistas y parlamentaristas eran aquí similares, puesto que, para decir una gran verdad, ¡el padre de la mentira no pertenece a ningún partido!7

Como “no hay nada nuevo bajo el sol”, así este arte de engañar al público incuestionablemente se practicaba ya entre los antiguos. Sifax envió a Escipión noticia de que no habría de unirse a los romanos, al contrario, se declaró a favor de los cartagineses. El ejército romano esperaba entonces con ansias este socorro: Escipión fue muy cuidadoso en mostrar la mayor civilidad a estos embajadores, y con ostentación les obsequió regalos, para que sus soldados creyeran que solo regresaban para apurar al ejército de Sifax a unirse a los romanos. Livio censura al cónsul romano, que tras la derrota en Canaas confesó a los representantes de sus aliados la completa derrota que habían sufrido: “Este cónsul”, dice Livio, “al dar un recuento abierto y fidedigno de su derrota, hizo que tanto él como su ejército aparecieran aún más dignos de desprecio”. El resultado de la ingenuidad de este cónsul fue que los aliados, desesperando de que los romanos jamás se recuperarían de sus pérdidas, consideraron prudente llegar a un acuerdo con Aníbal. Plutarco cuenta una historia divertida, a su manera, del progreso natural que siguió un reporte contrario a los deseos del gobierno; el infeliz portador del informe sufrió castigos mientras el rumor prevaleció, aunque al final se demostró su veracidad. Un extraño proveniente de Sicilia, en una barbería, dio todos los detalles de la derrota de los atenienses; de los cuales, sin embargo, el pueblo aún no estaba al tanto. El barbero no termina de arreglar la barba de aquel que trae la información y corre a difundir la noticia en la ciudad, donde comentó a los arcontes lo que había escuchado. La ciudad entera entró en un frenesí. Los arcontes convocaron a una asamblea popular y trajeron al infortunado barbero, quien no pudo dar ningún recuento satisfactorio de las noticias del primer informante. Fue condenado entonces como un propagador de noticias falsas y un perturbador del orden público, pues los atenienses no podían imaginarse sino invencibles. El barbero fue arrastrado a la rueda y torturado hasta que el desastre estuvo más que confirmado. Bayle, haciendo referencia a esta historia observa que si el barbero hubiera reportado una victoria, aunque al final hubiera sido falsa, no habría recibido castigo alguno; perspicaz observación producida por el recuerdo del destino de Estrátocles. Este personaje persuadió a los atenienses a realizar un sacrificio y un agradecimiento público por una victoria obtenida en el mar, aunque él bien sabía que la flota ateniense había sufrido una completa derrota. Cuando la calamidad no se pudo ocultar por más tiempo, la gente lo acusó de ser un impostor: pero Estrátocles salvó su vida y atemperó el enojo popular por el bonito giro que dio al asunto. “¿Les he hecho algún daño?”, dijo. “¿No es gracias a mí que han pasado tres días en los deleites de la victoria?”. Pienso que este diseminador de buenas, pero falsas noticias, debió haber ocupado el lugar del infortunado barbero que esparció noticias malas, pero verdaderas; pues el barbero no tenía intención alguna de engaño, pero Estrátocles sí; y la cuestión a juzgar, ¿no sería acaso aquí, más que la veracidad o la falsedad misma de los reportes, el hecho de que los informantes tuvieran la intención de engañar a sus conciudadanos? Los periódicos Chronicle y Post deberían ser enfrentados en un jurado así, igual que toda la raza de escribidores de noticias que Guy Patin8 caracteriza como hominum genus audacissimum mandacissimum avidissimum.9 Los superlativos latinos son demasiado ricos para que puedan sufrir una traducción. Pero lo que Patin dice en su carta 356 bien puede aplicarse aquí: “Estos escritores insertan en sus periódicos cosas que no saben y de las cuales deberían no escribir. Ese truco que se hace es el mismo que se hizo anteriormente; la misma farsa, exhibida por nuevos actores. La peor circunstancia en esto, creo yo, es que el truco continuará haciéndose por muchos años y que el público sufrirá mucho a consecuencia de ello”.

 

Isaac Disraeli


1 Francois de Neufville, Conde de Villeroy (1644-1730). Amigo cercano de Luis XIV, según el juicio general más hábil y diestro como cortesano que como soldado, comandó las fuerzas francesas en los campos de batalla en varias ocasiones. Fue rival del Duque de Marloborough en los Países Bajos, quien lo derrotó definitivamente en 1706 en la batalla de Ramillies.

2 La batalla de Lutzen (16 de noviembre de 1632), fue uno de los encuentros decisivos de la Guerra de los Treinta Años, sostenido entre el Sacro Imperio Romano y la Liga Católica, por un lado, y Suecia y los Estados protestantes alemanes, por el otro. La historia se inclinó hacia el campo protestante, aunque sufrió la importante baja del rey sueco Gustavo Adolfo, carismática cabeza de la causa protestante en toda Europa.

3 La batalla del Boyne, que se realizó en julio de 1690 a las orillas del río del mismo nombre en Irlanda, entre el depuesto rey Jaime II y Guillermo de Orange, quien resultó vencedor.

4 Roger de Rabutin, Conde de Bussy (1618-1693), memorialista francés, más conocido como Bussy-Rabutin. Escribió, además de una importante correspondencia, una célebre Historia amorosa de los galos, que le valió ser enviado a la Bastilla por más de un año y después a un exilio de diecisiete años a sus propiedades en Borgoña.

5 Pierre Bayle, (1646-1706) filósofo francés, hugonote, autor de un monumental y laberíntico Diccionario histórico y crítico, que prefiguró, en amplitud de enfoque y conocimiento, a la Enciclopedia. Vivió en exilio en Holanda la mayor parte de su vida, considerado como uno de los eruditos más notables de su tiempo. Voltaire lo recuerda como “el mayor dialéctico que jamás haya escrito”.

6 William Cecil, primer barón de Burleigh (o Burghley) (1520-1598) consejero central de la reina Elizabeth I, se destacó por sus dotes como diplomático, político y administrador. Supo lidiar con las intrigas de la corte isabelina, sin perder su aura de moderado y su lealtad inquebrantable a la reina. Maestro en el uso de la diplomacia, los ardides y las operaciones encubiertas, que prefería y consideraba más provechosos que la confrontación bélica directa.

7 Uno de los reportes más absurdos que hayan causado temor a la sociedad privada fue aquel que se extendió en París a finales del siglo XVII. Este aseguraba que los jesuitas habían utilizado un polvo de rapé envenenado que daban a sus oponentes, con la cortesía de boga en aquellos días de ofrecer una pizca de tabaco, lo que por un tiempo inhibió tal costumbre. (Nota del autor)

8 Guy Patin (1601-1672), escritor y médico francés. Se le conoce más por su correspondencia que por sus investigaciones en medicina. Gran conversador, formidable escritor epistolar, su vivaz correspondencia se publicó por primera vez veinte años después de su muerte. Apasionado bibliómano, Patin se dedicó también al contrabando de libros clandestinos.

9 La raza de hombres más audaz, más mentirosa, más ávida.