“La familia reproduce el nacionalismo, la violencia”:
Entrevista con Dante Liano

Entre las novedades de la FIL Guadalajara 2019 aparece la novela de Dante Liano, Réquiem por Teresa, que retrata a una familia en plena etapa de la guerra civil. Un testimonio desgarrador que profundiza en la oralidad y el coloquialismo.

El escritor guatemalteco Dante Liano (Chimaltenango, 1948) —Premio Nacional de Literatura 1991 y dos veces finalista del Premio de novela Herralde, 1987 y 2002— presentó su novela Réquiem por Teresa en la FIL de Guadalajara 2019, que hasta ahora ha despertado elogios desde varios sectores de la crítica literaria. Escrita hace 20 años y ahora publicada por el FCE, la novela es un testimonio desgarrador de la violencia política, del machismo y del dolor de una familia guatemalteca durante los años ochenta, es decir, en plena guerra civil.

Camilo Rodríguez: Eres un escritor maduro que conoce las ferias de literatura más importantes en el mundo. ¿Qué opinión tienes de la Feria de Guadalajara?

Dante Liano: Lo que más me fascina de esta feria es la dinámica del público. Hay lectores de todos los perfiles y para todos los temas. Es muy difícil encontrar un stand vacío, a diferencia de lo que sucede en otros lugares. En la feria de Madrid, por ejemplo, están muy centralizados y jerarquizados los intereses del lector. Lo usual es que los eventos con escritores famosos estén absurdamente llenos mientras las editoriales independientes tienen poquísimos visitantes. Es algo lamentable porque la masificación de la lectura aliena a la gente. Como en el caso de una graciosa anécdota que al parecer sufrió Mario Vargas Llosa cuando estaba atendiendo una firma de libros y alguien le pidió que le autografiara Cien años de soledad [risas].

CR: Se establece una jerarquización que perjudica el acercamiento sincero a los libros.

DL: Es una jerarquización que obedece a las ventas y es muy absurda. Me hace pensar en esos escritores que se comparan con otros y presumen de sus ventas. Quizás digo esto porque soy todo lo contrario a un bestseller y no me pesa. Creo que los grandes números de las ventas son un fenómeno efímero, un hecho condenado al olvido.

CR: La mercadotecnia ha cambiado mucho la forma de leer. A veces se tiene la impresión de que ya no se lee sino que “se consumen libros”. Pero eso no sucede al leer Réquiem por Teresa. De hecho, el lector siente la franqueza, la emoción y el virtuosismo del lenguaje.

DL: Eso es algo que yo no puedo asegurar. Soy también un lector de mi obra. De hecho, con el tiempo, me he vuelto “un lector más”. Cuando un escritor relee sus obras, se confronta a veces al arrepentimiento o al orgullo. En este caso, es una novela que escribí hace veinte años y la mantenía guardada sin la intención de publicarla. Tal vez porque era mi obra más personal e íntima. El punto es que otro lector la desempolvó y decidió editarla. Creo que lo fundamental en Réquiem por Teresa es el uso del lenguaje coloquial de Guatemala para construir un relato desde la oralidad, desde la conversación de dos personas en una cantina de mala muerte mientras escuchan a un falso Elvis, uno muy ridículo y pintoresco. Sin embargo, es un lenguaje elaborado, un “falso lenguaje coloquial” si se quiere, pero desde mi perspectiva fue el más acorde para andar a medio camino entre lo oral y lo nacional. Recuerdo que siempre quise desmarcarme del sentimiento de orgullo nacionalista y de cualquier marca de eso en la novela.

CR: Eso es claro. Podría decirse que es un libro de denuncia que critica estructuras sociales como la familia, el matrimonio, la fraternidad.

DL: Fíjate por ejemplo en el mito de la infancia feliz. Es una idea que todos nos hacemos a posteriori. Tratamos de romantizar nuestras vivencias pasadas y les ponemos diferentes filtros. Pero si uno hace un balance honesto, ninguna infancia es feliz por un simple hecho: a los niños todo el mundo se siente con el derecho de darles órdenes, de decirles lo que tienen que hacer. Los niños siempre esperan con impaciencia el momento en que van a dejar de ser niños, la emancipación. Siempre he creído que el mayor trauma de una persona se produce cuando entra a la escuela. Antes de eso, los niños viven su tiempo como les place, de forma anárquica. Cuando los llevan a formar parte de las instituciones del Estado, los despojan del tiempo que era de ellos y se convierte en el tiempo de la escuela. Es lo que Erving Goffman llamaba las “instituciones totales” o “totalizantes”, que son los nichos sociales donde se anula la individualidad. En la escuela el sujeto deja de serlo y se vuelve “alumno”.

Además, es una etapa de la que es imposible recuperarse porque dura prácticamente veinte años. Una vez que entras ya no te puedes salir, estás jodido. Sé que no debería hablar de esta forma [risas], pero pienso que cuando te quitan el tiempo, en realidad te están quitando la creatividad, porque para ser creativo es necesario vivir el ocio, procrastinar, ser dueño de su propio tiempo. Y los mitos como el de la infancia idílica ocultan situaciones como esas.

CR: ¿Y en obras tuyas, como Réquiem por Teresa, te propusiste abiertamente desmantelar esos mitos?

DL: Así es. En Réquiem por Teresa quise poner en cuestión el mito de la familia feliz. La familia es la primera célula social que reproduce los traumas del patriarcado. El nacionalismo, la violencia. Es triste pensar que alguien tiene suerte por ser el único varón de la familia, y es más triste aun lo que le puede pasar a una mujer cuando termina eclipsada por un hombre dentro de un matrimonio. Eso sucede con la protagonista de la novela: Teresa es una mujer extraordinaria y capaz pero comete el error de casarse con un idiota. En una sociedad como la guatemalteca eso es algo que se paga caro. El desperdicio de su talento es una de las cosas que más me ha dolido en la vida. Cada vez que lo recuerdo llego a la conclusión de que todo matrimonio implica un estado de ceguera y que el “matrimonio feliz” es otro de esos mitos.

CR: Claro, porque los antagonistas también llevan una carga de sufrimiento. “El pirata”, ese militar alcohólico y patán que maltrata a Teresa en la novela, tampoco lleva una vida feliz.

DL: Así es, incluso el gran villano, el personaje del que todos hablan mal, es un tipo que sufre y hace sufrir a los demás. No se trata de una víctima, por supuesto, pero hay que reconocer su dolor. El deber-ser de un macho cabrío como “El pirata” es muy pesado y su existencia es triste. Por lo mismo, compruebo que las instituciones sociales suelen producir gente infeliz.

CR: Eso nos lleva a una óptica pesimista de la realidad.

DL: Si algo nos enseña la filosofía y la historia es que la vida es una experiencia dolorosa. En El mundo como voluntad y representación Schopenhauer decía que si quieres ver a un amigo feliz, lo primero que debes hacer es contarle una desgracia [risas], pues si le cuentas un éxito tuyo, el amigo fingirá alegría pero sentirá envidia; en cambio, si le cuentas una tragedia, se sentirá superior y te compadecerá. Por eso la felicidad es algo bastante problemático. Es algo que existe solamente desde hace un par de siglos. La noción de felicidad es una invención de la modernidad que está vinculada al progreso y al consumo material. Antes del siglo XIX, la única felicidad posible era el ideal ascético que llegaba después de la muerte: la vida eterna.

Sin embargo, si analizamos la definición de felicidad que nos brinda el laicismo de la modernidad, vamos a encontrar que se construye desde lo negativo: la ausencia de dolor, la ausencia de enfermedad, la ausencia de necesidad material. Incluso en sociedades que han alcanzado un cierto grado de abundancia material como Estados Unidos y algunos países nórdicos se dan cuenta de que el verdadero bienestar pasa por lo social, por la comunión entre las gentes, por el sentimiento de solidaridad que nos acerca a los demás.

CR: La buena fe, que es indispensable para la coyuntura social.

DL: Sí, el ser capaz de despojarte de los privilegios del patriarcado y el machismo, lo cual es una liberación de ese peso social. El surgimiento de valores como la convivencia, la compasión y el perdón. Y no es que quiera vender una filosofía de autoayuda sino una filosofía anti-progresista. El único modo de vivir luchando es desarrollar la generosidad aunque eso vaya en contra del progreso. Eso es lo que trato de hacer desde la escritura, trato de encontrar una comunión con el mundo, de ponerme en los zapatos de los demás.

 

Camilo Rodríguez

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