Harlots: Cortesanas y el poder del cuerpo femenino

Desde el principio la serie deja en claro que en el juego de poder, cuando todos tratan de sobrevivir a la ley del más fuerte, el cuerpo femenino se debe imponer como el vehículo más efectivo para que una mujer pueda alcanzar estabilidad en una sociedad patriarcal con una división de clases profundamente marcada.

Título original: Harlots
Año: 2017
País: Reino Unido
Dirección: Coky Giedroyc, China Moo-Young, Jill Robertson
Guion: Alison Newman, Moira Buffini, Cat Jones, Jane English, Debbie O’Malley
Música: Rael Jones
Fotografía: Simon Archer, Hubert Taczanowski, Ollie Downey
Reparto: Samantha Morton, Lesley Manville, Bronwyn James, Alexa Davies, Dorothy Atkinson, Jessica Brown Findlay, Rory Fleck Byrne, Poppy Corby-Tuech, Holli Dempsey, Rosalind Eleazar, Kate Fleetwood, Ellie Heydon, Richard McCabe, Jordan A. Nash, Steven Robertson, Eloise Smyth.

“No escondamos lo que le hizo la vida”, dice Lucy (Eloise Smyth) mientras un grupo de chicas rodea el cadáver de Mary Cooper (Amy Dawson), una famosa prostituta que terminó sus días de gloria sola y enferma de sífilis. Cuando Lucy ordena no maquillar a Mary, todas las chicas están de acuerdo: la prostitución, el oficio que las hermana, es una existencia cruel e injusta, y morir con dignidad es probablemente lo único que pueden reclamar como suyo.

Este ritual de orgullo y despedida es una pequeña representación de Harlots: Cortesanas (2017), una coproducción televisiva entre Hulu e ITV, creada por Allison Newman (actriz con una larga trayectoria en Inglaterra) y Moira Buffini (guionista de Jane Eyre, película dirigida por otro consentido de la TV, Cary Joji Fukunaga), que narra la vida de un grupo de prostitutas que están bajo la protección de dos poderosas comadronas: la dura Margaret Wells (Samantha Morton) y la camaleónica Lydia Quigley (Lesley Manville).

Divididas por viejas rencillas que surgen cuando el aprendiz (Margaret) trata de superar al maestro (Lydia), los burdeles que cada una dirige hablan de la Inglaterra del siglo XVIII —un país impregnado de corrupción, racismo y juegos de poder clasistas— que divide a la sociedad en dos partes: una cimentada en el trabajo de los barrios pobres (el burdel de Margaret) y otra disfrutada por la opulencia y la vanidad de las grandes familias adineradas (el burdel de Lydia).

Desde el principio la serie deja en claro que en el juego de poder, cuando todos tratan de sobrevivir a la ley del más fuerte, el cuerpo femenino se debe imponer como el vehículo más efectivo para que una mujer pueda alcanzar estabilidad en una sociedad patriarcal con una división de clases profundamente marcada.

Con ambos lados de la moneda, Harlots: Cortesanas sortea las trampas del melodrama y construye un arco dramático que da peso a diversas miradas protagónicas. No solo es la historia de dos comadronas que se odian a muerte, también es lo que perciben las personas que están a su alrededor. De esta manera, la serie se convierte en un campo fértil para abordar temas e historias de vida. Muestra la riqueza necesaria para dar vida a personajes sugestivos como Charlotte (Jessica Brown Findlay) y Lucy, las dos hijas de Margaret, criadas y destinadas a encontrar a un “protector” que las provea y las haga escalar en su posición social.

Representaciones de la ambición de su madre, las vidas de Charlotte y Lucy parecieran ser solo contenedores de carne listos para ser consumidos, sin embargo, la bidimensionalidad de sus personajes es avivada cuando cada una, a su modo, transgrede las reglas del deber ser femenino: Charlotte, vendida a Sir George Howard (Hugh Skinner), no quiere ser tratada como mercancía y se niega a firmar un acuerdo de propiedad que la hace quedar bajo posesión absoluta de su benefactor y, por ende, a sus arranques violentos de celos. Lucy, por el contrario, debe aceptarse como una mujer que no tiene al sexo como su principal interés, un pensamiento radical en una época en donde la aspiración era la procreación y la familia.

Incomprendidas para su época, estas dos mujeres están rodeadas por las dolorosas historias de sus compañeras de oficio: niñas violadas y repudiadas por su familia, otras que tuvieron que huir para ponerse a salvo de la violencia, mujeres marcadas por el color de su piel, la orfandad y los embarazos fuera del matrimonio. Todas estas mujeres, además de cargar con el repudio por su origen, viven el doble estigma de disfrutar la venta de su cuerpo. El placer y el dinero es una combinación peligrosa y es casi mortal cuando es experimentada por los parias sociales.

Ante la hostilidad, todas estas mujeres adoptan una posición orgullosa, desafiante: cuerpos femeninos que son expertos en el placer, la palabra y la astucia, habilidades necesarias para poner en jaque el poder masculino con, por ejemplo, una Margaret retadora, que cuestiona las decisiones de un juez que basa sus sentencias en la moral y el buen comportamiento; o una Lydia que usa con frialdad y determinación los favores que noche tras noche le piden hombres poderosos de la caduca aristocracia inglesa.

Desde su producción, esencialmente conformada por un grupo de trabajo femenino, Harlots: Cortesanas no solo es “la mirada femenina” que últimamente se espera el mundo del audiovisual (no hay que olvidar esos listados políticamente correctos sobre “Mujeres en el cine”), su sensibilidad radica en su capacidad de desmenuzar temas sórdidos de una manera fresca, desfachatada, casi divertida, con toques de comedia aderezados por una banda sonora (creada por Rael Jones, conocido por su trabajo en películas como La chica danesa, Steve Jobs y Bajo la piel) con obvias referencias a la modernidad que pueden descolocar al espectador. La creación de Newman y Buffini es un ejercicio sencillo que recupera la esencia de las producciones inglesas de época: un vestuario que logra hablar de la persona que lo porta, un diseño de producción que no le envidia nada a otras series ambientadas en la misma época como Penny Dreadful, y una fotografía realizada por Hubert Taczanowki, Ollie Downey y Simon Archer, este último con experiencia en otras exitosas series inglesas como Humanos (2014) y Trece (2016).

La disputa entre estos dos burdeles en la Inglaterra del siglo XVIII lanza a la luz una serie de estigmas que, por absurdo que parezca, siguen presentes en pleno 2018. Para muestra, basta pensar en otras series que también hablan sobre la prostitución y el cuerpo femenino como medio de poder: la magistral La experiencia de una compañera (The Girlfriend Experience, 2016) con la hipnótica historia de Christine Reade y su disputa con una sociedad que no comprende los sacrificios de una mujer joven por tener una posición profesional respetada. Además, no olvidemos otras producciones como Diario de una prostituta (2007), Matrioshki (2005), El negocio (2013), e incluso el auge que ha tenido El cuento de la criada (2017) por su posición ante un mundo violento para las mujeres. En todas, sus protagonistas hacen una abierta declaración de guerra, una valentía que es cobrada con el repudio y el señalamiento porque, al parecer, el hombre es el único que puede conformar su identidad a partir del dinero y de participar en el abierto intercambio de bienes en una economía liderada por la masculinidad.

Al final la prostitución es una abierta lucha contra el sistema. ¿Podemos imaginarla en un contexto asfixiante y condenatorio? Además de su destacado trabajo en el diseño de producción, la serie da espacialidad y tiempo al recrear los lugares sórdidos y penosos como los callejones de un Londres en pleno auge industrial o, por el contrario, el perfume chillón y la moda afrancesada de una burguesía que ocultaba su suciedad bajo los polvos blancos y las pelucas escandalosas.

En este arte de la pretensión, Harlots: Cortesanas no descuida las subtramas hasta crear un entramado de conspiraciones y traiciones: el ritmo de los sucesos aumenta capítulo a capítulo hasta alcanzar toques de un suspense al más puro estilo hitchcockiano. Una decisión lleva irremediablemente a otra, un detalle (probablemente ignorado) es fundamental para la resolución algunos episodios más tarde. En Harlots: Cortesanas, el guion es la mayor fortaleza que da vida e identidad a cada uno de los personajes, la columna vertebral que asigna deseos y necesidades.

Cuando Lucy y sus compañeras llevan el cuerpo de Mary Cooper a su última morada (en un funeral festivo, con bebida y risas), su retador recorrido por las calles de su comunidad es un bosquejo de su lucha, su dolor, su orgullo y la fugacidad de sus despedidas, ese tiempo que deben aprovechar con efervescencia antes de morir en el olvido, el más doloroso, el más poderoso que siempre recae en la mujer.

“No escondamos lo que le hizo la vida”, dice Lucy antes de colocar dos peniques sobre los ojos de Mary: “Las primeras monedas que ganaste trabajando”, sentencia, no importa si sobre la piel de Mary hay llagas, hay sangre, hay pus: en vida y muerte el cuerpo femenino jamás perderá su fuerza, su determinación, su dignidad.

 

Arantxa Luna
Crítica de cine.

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Publicado en: La caja ilustrada