El Día del Niño nos vende una imagen acartonada de la infancia, un blanco perfecto de la más vetusta mercadotecnia: juguetes, magia, paseos y aventuras, como si los niños fueran por ley seres que deben vivir en una burbuja de cristal. La infancia también es el periodo de formación de la conciencia, de desarrollo del lenguaje articulado y de las primeras muestras de una inteligencia capaz de abstracción. Es además un territorio a veces inhóspito, traumático, definitorio, como lo muestran los siguientes títulos que la retratan sin ingenuidades.
El profesor republicano
La lengua de las mariposas (dir: José Luis Cuerda, España, 1999)
Entre la filmografía sobre la guerra civil española (como El espíritu de la colmena o El laberinto del fauno), no hay como esta película. Quien la haya visto la llevará en la memoria con una huella entrañable y conmovedora. A partir de un cuento homónimo del volumen ¿Qué me quieres, amor? de Manuel Rivas y la conjunción de otros dos relatos del mismo libro como tramas secundarias, José Luis Cuerda y Rafael Azcona adaptaron un guion que les mereció un Premio Goya en el 2000.
Con el dejo agridulce de un drama cuya cúspide son sus imborrables escenas finales, la película recrea la vida en un pueblo de Galicia en plena represión franquista en 1936. La relación entre un niño de primaria, Moncho, y su maestro, Don Gregorio, interpretado por un excelente Fernando Fernán Gómez, excede por mucho los métodos de enseñanza de la época. Don Gregorio le acerca a Moncho grandes nociones filosóficas simplificadas y embellecidas a través de la observación de la naturaleza (en este caso, la que rodea a la comunidad rural): la libertad, la muerte, la existencia de Dios, el lenguaje, la razón. Cuando la guerra finalmente irrumpe y desbarata las referencias del niño —Don Gregorio es republicano y las redadas falangistas son el pan de cada día—, la película cobra un giro estremecedor, como siempre que un menor está en el ojo del huracán del drama. Como afirmó su director, el dilema de la película estriba en esa espantosa línea decisiva “de tener que elegir entre su propia vida y la vida de sus familiares y amigos” cuando la Guerra Civil agudiza las diferencias, desgarra y separa por convicciones e ideologías. Todo esto excede evidentemente el universo de un niño que no por eso deja de desarrollar herramientas para entender la furia de un conflicto armado.
La infancia de la Nouvelle Vague
Los cuatrocientos golpes (dir: François Truffaut, Francia, 1959)
“Uno nunca se repone de la infancia”. La frase es un lugar común para los biógrafos y resuena con más potencia en la vida de Truffaut, que plasmó su propio sentimiento de niño no deseado y sin esperanzas en la película que significó su impactante debut como director. Al lado de Cría cuervos de Carlos Saura, Los cuatrocientos golpes es una parada imprescindible en los caminos del cine sobre la infancia.
La ópera primade Truffaut traerá una saga sobre el personaje principal, Antoine Doinel (protagonizado por Jean-Pierre Léaud), tan solo un niño en Los cuatrocientos golpes, que luego irá creciendo y aparecerá en Antoine y Colette (1962), Besos robados (1968), Domicilio conyugal (1970) y El amor en fuga (1979). De modo que el debut marca también el inicio de la prometedora carrera actoral de Léaud (aparecerá, por ejemplo, en otras ocho películas de Jean-Luc Godard). Ciertamente autobiográfica, con grandes gestos de improvisación en la actuación del personaje de Doinel, Los cuatrocientos golpes muestra con sorprendente ingenio las escapadas de un niño abandonado que poco a poco se hace a la calle y enfrenta sus traumas, y cuya libertad lo vuelca a cometer fechorías y ganar astucia y malicia. Sus padres están demasiado ocupados peleando o teniendo amantes y él, entre otras cosas, se enajena en las salas de cine y las funciones vacías de matinée. Una referencia precisa a la infancia de Truffaut, quien convierte esta película en la estación inaugural del movimiento cinematográfico francés más importante de la segunda mitad del siglo XX: la Nouvelle Vague.
La escuela bajo la ocupación nazi
Adiós, muchachos (dir: Louis Malle, Francia, 1987)
A partir de la marca indeleble que dejó Truffaut, Louis Malle escribe y dirige un drama histórico extraordinario. Estamos en 1944, en las aulas y patios de un internado católico —claramente jesuita— de la comarca francesa. El régimen de Pétain ha negociado la ocupación nazi de Francia. Los días se interrumpen por las alarmas de bombardeos que conducen a niños, curas y profesores de matemáticas o lengua a los refugios bajo tierra que asemejan catacumbas. El invierno arrecia y la penuria alimentaria se deja sentir entre los niños y adolescentes, que hacen trueque con patés y mermeladas enviados por sus familias pudientes, las únicas que sobreviven sin mayores penas a la guerra. La persecución judía no se detiene.
En ese clima de tensión, los niños llevan una vida en aparente calma. Quentin, el personaje principal, es un devorador de novelas que soporta mal la separación con sus padres. A su clase llega Jean Bonnet, un niño nuevo que demuestra increíbles dotes en la clase de piano. Poco a poco, entre riñas y una amistad de amor y odio como la de muchos niños, Quentin caerá en cuenta de que Bonnet no es un apellido real: su amigo es un judío, como otros, protegido y escondido por los curas del colegio. Con esta cinta, el aclamado Louis Malle logra consolidar un drama sobre la psicología preadolescente y las condiciones humanas y cotidianas de un país asediado por el terror de los nazis y del gobierno colaboracionista. La conjugación entre la intimidad de los alumnos, sus preocupaciones y su descubrimiento del mundo, y el peso atroz de la Historia, es uno de los grandes aciertos de esta película en la que tantos aspectos del aprendizaje están retratados en precisas escenas: el amor, el cuerpo, la literatura, el cine, la música y la lengua.
El teatro en los ojos niños
Fanny y Alexander (dir: Ingmar Bergman, Suecia, 1982)
Esta película merecedora de cuatro premios Óscar nos reveló otro aspecto de Bergman, algo alejado de los insondables dramas psicológicos a los que comúnmente se le asocia. Aunque sus grandes temas estén siempre presentes y abordados de una manera más reflexiva y llevadera, es decir menos áspera y desgarradora: la muerte, la pasión, los celos, Dios. Acaso más accesible, ésta se considera como una de las obras maestras del director sueco.
Fanny y Alexander son dos hermanos de 8 y 10 años pertenecientes a una familia burguesa sueca del medio teatral, los Eckdahls. La película empieza en la navidad de 1907 con los primeros rasgos de la tensión que vendrá: Helena, la matriarca, abuela de Alexander, y sus roces con una amplia servidumbre uniformada y la posterior llegada del padrastro de los niños, con el que Alexander tendrá conflictos a lo largo de las 3 horas que dura el filme. Pero las caracterizaciones son asombrosas y el lente fotográfico de Bergman también: basta ver las fastuosas decoraciones y los interiores coloridos y sobrecargados de la casa familiar para saber que estamos ante las pinceladas de un gran cineasta. Además, el director no escatima recursos oníricos para adentrarnos en las vivencias, los pensamientos y en los mecanismos introspectivos de los niños.
Dibujos para cualquier edad
Nausicaä del Valle del Viento (dir: Hayao Miyazaki, Japón, 1984)
Un fuerte prejuicio nos advierte que cualquier caricatura o dibujo animado es exclusivamente material infantil. Gracias a las obras del japonés Miyazaki y de los estudios Ghibli, que él mismo fundó en los ochenta, sabemos que esto es una falsedad. Con una filmografía vastísima y un lenguaje propio, clásicos de Miyasaki como El viaje de Chihiro o La princesa Mononoke,nos mostraron que el universo del manga puede transferirse exitosamente al cine y convivir en una delgada línea entre los temas adultos y el desbordante imaginario infantil.
Nausicaä del Valle del Viento se inscribe en esa búsqueda y es una de sus precursoras, basada en una serie de cómics escritos por el mismo director. Ambientada un milenio después de la caída de la civilización industrial, la princesa Nausicaä debe evitar una nueva guerra entre dos ambiciosas naciones. Aunque la historia y la caracterización de esta guerrera menor de edad puedan pertenecer al ámbito de las películas infantiles de héroes y superhéroes, la temática postapocalíptica, la conciencia y el peligro de la devastación ecológica del planeta pintan un mundo cínico y depredador absolutamente realista. Por supuesto, este adjetivo tiene poco que ver con las recreaciones fantásticas de monstruos y paisajes con su propia fauna y flora inventados por completo por Miyazaki.