Lady Bird: un coming-of-age sincero y fresco

Lady Bird es una película que de manera única nos permite presenciar el crecimiento de una adolescente, una joven que pasará por situaciones con las que cualquiera puede identificarse.

Lady Bird
2017
Directora y guionista: Greta Gerwig.
Elenco: Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Tracy Letts, Lucas Hedges, Timothée Chalamet.
Género: Drama.


Cuando tienes 17 años, cualquier realidad que no sea la tuya resulta más atractiva: la de las actrices en la televisión, las modelos en las revistas, las ejecutivas de una gran ciudad. Este sentimiento experimenta Christine (Saoirse Ronan), quien se ha apodado a sí misma “Lady Bird” en un intento de tener una vida más interesante de la que tiene.

Después de una brillante secuencia inicial, entendemos que Lady Bird vive en Sacramento, California, donde sabe que nada emocionante va a pasarle, y en donde lo mejor que tuvo para ella el 2002 es que fue un palíndromo.

Lady Bird, como su apodo anticipa, sueña con poder irse lejos y volar hacia una ciudad que tenga emociones, movimiento o cultura; por supuesto, aspira a Nueva York. Algunas escenas después, y en el afán de mejorar sus posibilidades para ingresar a la universidad, la joven audiciona para el club de teatro y elige “Everybody Says Don’t”, de Stephen Sondheim, como tema. No es coincidencia. Y es que es difícil aspirar a más cuando continuamente todos le dicen que no puede hacerlo; sobre todo su madre, quien funge como mentora y antagonista al mismo tiempo.

Este personaje, interpretado por la veterana de Broadway Laurie Metcalf, resulta una suma perfecta de la mayoría de las madres: metiches, controladoras, regañonas, realistas e invasivas. Resulta complicado imaginar a una madre que te permita dejar la ropa tirada, el cuarto desordenado y tardarte horas en el baño. Pero el mayor atributo de Metcalf es que vuelve a Marion McPherson una mujer real, alguien que luego de que su esposo perdiera el empleo, tiene los pies muy puestos en la tierra y está consciente de que aun trabajando dos turnos como enfermera todos los días, no tiene manera de que su hija asista a una universidad privada.

Marion resulta la antítesis de Lady Bird: una mujer realista y seca cuando su hija es idealista y sólo busca atención. Al tener dos personalidades que chocan tanto, continuamente esta joven y su madre entran en conflicto, dando lugar a algunos de los mejores momentos de la película; entre ellos, cuando Lady Bird la confronta: “Me gustaría caerte bien”. Pero la joven aprenderá esa lección más adelante: la sobre atención también es una forma de amor.

Lady Bird es una película que de manera única nos permite presenciar el crecimiento de una adolescente, una joven que pasará por situaciones con las que cualquiera puede identificarse: admirar a una compañera más bonita (interpretada por Odeya Rush), sentir mariposas en el estómago cuando la persona que te gusta te saluda por primera vez, dar un primer beso, decir “te amo”, sentir que nunca habrá nadie más perfecto para ti en este mundo.

Los hombres que hacen palpitar a Lady Bird están muy bien interpretados por Lucas Hedges, conocido por Manchester by the Sea y Timothée Chalamet, ahora nominado al Oscar por Call me By Your Name.

El viaje de esta protagonista está además certeramente acompañado con un soundtrack que recuerda lo que fue crecer en esa década: Alanis Morissete, Dave Matthews Band o Justin Timberlake, un cantante que, descorazonado por Britney Spears, escribió “Cry me a River”, plasmando un himno al desamor que queda como anillo al dedo en esta historia (Gerwig le escribió una carta muy personal a Timberlake para poder usar el tema).

Pero el mayor mérito de la primera cinta en solitario de Gerwig es haber logrado capturar y simplificar todas las experiencias juveniles en un personaje extraordinariamente interpretado por Saoirse Ronan. La película es esa suma de momentos que en separado podrían no ser mucho, pero en conjunto conforman un coming-of-age sincero, fresco y único.

Al final de Lady Bird nos queda claro que sólo hemos presenciado una pequeña parte de una vida que tendrá muchas decepciones, pero nos queda también esa bonita sensación de haber visto a una joven convertirse en mujer frente a nuestros ojos.

Al llevar parte de su propia historia a la pantalla (la cinta es parcialmente autobiográfica) Gerwig regala un trabajo que, como la adolescencia, se quedará en la memoria. Y es que todos fuimos, todos somos Lady Bird.

Mariana Mijares
Crítica de cine.

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Publicado en: Permanencia voluntaria