Es difícil entender por qué una nueva serie sobre el eterno tema de la adolescencia puede seguir siendo interesante e innovadora. Una de las razones que se explican a continuación es acaso el cambio de formatos de las series tradicionales. También lo es una banda sonora excepción, una gran fotografía y esa clara apertura del mundo adolescente a todo tipo de espectador. Pero además, esta serie es una clara apropiación y homenaje de grandes clásicos que no debemos perder de vista.
Título original: The of The Fu***ing World
Dirección: Jonathan Entwistle y Lucy Tcherniak
Guión: Charles S. Forsman y Charlie Covell
Elenco: Jessica Barden, Alex Lawther, Steve Oram, Wunmi Mosaku, Gemma Whelan
País: Inglaterra
Año: 2017
Producción: Channel 4
Distribución: Netflix
https://www.youtube.com/watch?v=vbiiik_T3Bo
La adolescencia es el punto de quiebre. Todo a nuestro alrededor parece más complicado, injusto, ridículo. Algunos, sumidos en una incipiente resignación que dominará el resto de sus vidas, sólo están a la espera de cumplir 20 años y decir que, biológicamente, la pesadilla ya terminó. Otros, al contrario, prefieren cuestionar, rebelarse y decir en voz alta que todo es complicado, injusto y ridículo y que ellos, los menos, no serán parte del juego.
Dentro del segundo grupo tenemos a James (Alex Lawther) y a Alyssa (Jessica Barden), dos chicos de 17 años inconformes con su vida: Alyssa, la extrovertida, sobrelleva la separación de sus padres y un creciente desprecio por su padrastro y su madre que se empeñan en la happy life de la casa perfecta. James, el introvertido que gusta de actitudes sociópatas, no encaja con el entusiasmo de su padre, un hombre común sin muchas ambiciones. Atraídos como dos imanes, su extrañeza se convertirá en el lazo que perdurará más allá de la violencia y el miedo cuando, hartos de su entorno, decidan escapar hacía una aventura sin destino y aparente final.
Este universo, el de Alyssa y James, es imaginado por el artista Charles S. Forsman en su novela gráfica homónima —The End of The Fucking World—, un trabajo que atrajo a Jonathan Entwistle y a Lucy Tcherniak, dos directores que hasta ese momento sólo habían trabajado en pequeñas producciones de Inglaterra. Con un primer acercamiento en 2014 a través del cortometraje TEOTFW (2014), el equipo consiguió que E4 y Netflix se interesaran en el proyecto.

¿Y por qué habría de interesarnos la historia de dos adolescentes que odian al mundo? La premisa de los inadaptados es una de las preferidas en el cine y la televisión. Sin embargo, The End of The Fucking Worldsobresale es, efectivamente, una serie sobre dos adolescentes, pero con un público espectador no sólo para adolescentes. La serie creada por Forsman, Entwistle y Tcherniak tiene una bella capa pop con un trasfondo oscuro. La rebeldía pasa de la bella fotografía y un soundtrack impecable a cargo del legendario Graham Coxon, ex guitarrista de Blur, a una nebulosidad incómoda cuando, por ejemplo, el acoso sexual y el abuso son parte del escenario.
Sí, Alyssa y James roban, golpean, incendian un auto, pero ¿cómo pueden sobrevivir ante un mundo voraz y vertiginoso? Como un acto de madurez, la adrenalina de la huida desaparece cuando descubren que hay actos peores e inimaginables acechándolos a cada instante; una montaña rusa sella en cada capítulo un final que, sabemos, será trágico: al mundo no le interesa el por qué, no escucha motivos, simplemente juzga y condena, una característica humana que añade la dosis dramática adecuada. Es Alyssa y James contra el mundo. No hay más.
The End of The Fucking World es parte de la camada de series de televisión que están apostando por la transformación del formato tradicional de duración en el drama. Si ya habíamos visto algo así en The Girlfriend Experience (2016) con intrigas y tensión sexual distribuidos en 25 minutos, esta serie opta por algo parecido con un formato en donde las aventuras de dos adolescentes no necesitan de vistazos profundos y filosóficos de más de 50 minutos.
Este factor tiempo podría hacernos pensar que estamos ante una producción banal y, sin embargo, sucede todo lo contrario: bajo las incipientes y estúpidas decisiones de estos dos adolescentes se encuentra una historia de vida que define la actitud de los dos protagonistas, una que no conoce más allá del suicidio y el abandono. Alyssa y James son los dos adolescentes prototipo que vagan por el mundo, que no comparten nacionalidad o sexo pero sí mucho dolor y mucha rabia.

La densidad de esta atmósfera es presentada con una frescura vertiginosa y tintes de humor negro y comedia romántica. El arrebato de sus inflexiones hace de los dos protagonistas la representación contemporánea de todo un largo historial de parejas destinadas a la tragedia, y es que The End of The Fucking World ha causado molestia entre la comunidad cinéfila que ve en ellos una versión ligera de Bonnie y Clyde, ¿esto está mal?
Hay que decirlo una y otra vez: no hay nada terrible en la apropiación, y en el caso de The End of Fucking World, lo referencial se vuelve un homenaje, un bello repaso de lo que ha dejado en la cultura cinematográfica desde la cabellera rubia y la playera hawaiana en películas como Asesinos por naturaleza(1994), de Oliver Stone; La Fuga (1993), de Tony Scott; The Sugarland Express (1974) de Steven Spielberg; Malas tierras (1973), de Terrence Malick, e incluso (aunque sea doloroso para los más puristas) la imagen de los dos seres a la deriva que cuestionan todo el tiempo su relación evoca a Marianne Renoir (Anna Karina) y a Ferdinand Griffon (Jean Paul Belmondo) de Pierrot, el loco (1964).
La figura de la pareja es constante. Dos individuos que crecen de la mano, que resuelven sus diferencias y se resguardan en el amor mutuo porque no hay nada más. El horizonte al final de la carretera es la única seguridad que ha podido ofrecerles el mundo: James y Alyssa son dos seres asustados y profundamente solitarios que han encontrado en la transgresión una forma de lenguaje, uno que les ha abierto caminos que jamás pudieron tener como los integrantes marginados de una comunidad.
Es en esta transgresión donde Entwistle juega con la inocencia y la perversión que florecen en los actos de ambos protagonistas. Este campo fértil es alimentado desde lo formal: un guion con diálogos inteligentes, la presencia del narrador omnisciente, además de una fotografía que resulta de la mancuerna entre Justin Brown y Ben Fordesman, conocidos hasta ahora por su participación en cortometrajes independientes, y que siguen la línea expresiva pop, con colores chillones y saturados que identifica a las producciones inglesas que gustan de protagonistas jóvenes: Skins (2007), Utopia (2013), Being Human (2008) o Crashing (2016).
Sean o no los Bonnie y Clyde de la generación Y, Alyssa y James tienen, en esencia, algo atemporal y duradero. Han pasado 59 años desde que Antoine Doinel corrió por la playa en un acto de libertad en Los 400 golpes de Truffaut, y hasta el momento, la fuerza de esa escena sigue presente en la forma y en el fondo para ver un tema que asusta e intimida: ¿algún día seremos capaces de entender a las generaciones que nos preceden? Con seguridad, la misma pregunta se la hicieron mis padres o los padres de Alyssa y James y, con seguridad, yo sólo puedo contestar una cosa: que sí, que la adolescencia es un punto de quiebre y nadie quiere vivirla en soledad.
Arantxa Luna
Crítica de cine.