Los rótulos de la ira: Tres anuncios por un crimen

La premisa de Tres anuncios por un crimen es simple pero eficaz: de cómo unos cuantos anuncios publicitarios, ubicados en medio de una carretera perdida y marcados con un mensaje incendiario pero legal, pueden generar una controversia social y revivir los conflictos emocionales de toda una comunidad.

Tres anuncios por un crimen
(Three Billboards Outside Ebbing, Missouri)
Dirección: Martin McDonagh.
Guión: Martin McDonagh.
País: Estados Unidos.
Elenco: Frances McDormand, Woody Harrelson, Sam Rockwell, John Hawkes, Peter Dinklage.
Productora: Film4 Productions.
Distribuidora: Fox.
Duración: 115 minutos.
Año: 2018.

¿Qué se puede y qué no se puede incluir en una valla publicitaria? Esta pregunta, que da comienzo a la nominada a los premios Oscar y ganadora de cuatro globos de oro Tres anuncios por un crimen, toca ciertos puntos neurálgicos de una sociedad como la estadunidense, modelo ejemplar de neoliberalismo: respeto de la tradición y la moral vs. la libertad de expresión, el poder económico de lo privadovs. el poder político de lo Estatal, y el escarnio público como provocación social vs. la censura policial como mecanismo político. La premisa es simple pero eficaz: de cómo unos cuantos anuncios publicitarios, ubicados en medio de una carretera perdida y marcados con un mensaje incendiario pero legal, pueden generar una controversia social y revivir los conflictos emocionales de toda una comunidad.

El espectador asiste a lo que parece ser una apacible cotidianidad de un pequeño pueblo en Missouri. Un paisaje lacustre rodeado de montañas, pequeñas tiendas de adornos, bares y comisarías de policía bajo los aires campiranos del sur estadunidense. Con la dirección de Martin McDonagh —conocido por Siete psicópatas (2012) y En Brujas (2008)— la cinta tiene el gran mérito de profundizar con sutileza, ingenio y en poco tiempo el drama personal de varios personajes sin limitarse al conflicto central de la trama. El realizador, que se quiere uno de los hijos del “teatro de la crueldad” —vertiente dramatúrgica impulsada por el poeta francés Antonin Artaud donde prima la agresividad de la imagen para provocar un efecto sobre el público—, le debe mucho a la cinematografía de Quentin Tarantino, de los hermanos Coen y del más reciente Clint Eastwood, como él mismo suele reconocer. Asimismo se percibe la influencia de la temática irlandesa (soledad, violencia, la fe católica, la blasfemia) de sus anteriores producciones.

Catalogada como una película de crimen, Tres anuncios por un crimen se ubica más bien entre el humor negro, la violencia y la desolación. En una cultura como la estadunidense, cuestiones como el racismo, la xenofobia, el absurdo amor por las armas y el insulto como forma privilegiada de la comunicación, salen a flote y son ineludibles para cualquier auditorio latinoamericano —y más aún mexicano, pues las únicas alusiones a México se refieren al inmigrante que realiza un oficio secundario y al país como un lugar inhóspito que sólo podría servir de refugio a un criminal.

Los personajes son sutiles caricaturas del estereotípico redneck del sur estadunidense —acaso posibles electores del presidente Donald Trump—que saltan de la rabia a la tristeza en cuestión de segundos y despliegan su excentricidad como parte vital de su esencia, aquello que los hace únicos en la trama de la película. Así tenemos el típico sacerdote moralizador, el publicista inescrupuloso, el enano del pueblo, víctima de todo tipo de escarnios e increpaciones, y, sobre todo, el agente de policía irreflexivo, corroído por la ira y el alcohol, pero de intenciones profundas que representa con mucha habilidad el actor Sam Rockwell. Sin embargo, de todos ellos resaltan dos figuras que vale la pena acotar aparte: el jefe de policía Bill Willoughby, interpretado por Woody Harrelson, y la energúmena Mildred Hayes, una madre desolada que Frances McDormand encarna con una genialidad sin igual. Irreductible en su idea de encontrar al asesino de su hija, podemos advertir su inmenso dolor detrás de una apariencia férrea e inquebrantable. No sería extraño que esta actuación le merezca el premio Oscar como mejor actriz.

La lucha entre estos personajes, que fungen como las dos caras de una misma moneda, pone en evidencia el espectro de una impotencia muy profunda y una imperturbable serenidad para la agresión que contrasta con la dificultad en la aceptación de la muerte. De hecho, la tenacidad de Mildred en su lucha, de antemano perdida, y su impresionante voluntad, recuerdan mucho a aquella boxeadora feroz, acaso demasiado vieja para su oficio, que de cualquier manera busca ganar el campeonato nacional en Million Dollar Baby (2004).

El final abierto es un punto importante en Tres anuncios por un crimen. En mi opinión va más allá de una provocación del director hacia la imaginación o el afán justiciero que el público profesa por la resolución de los conflictos. Bien decía con aguda ironía el escritor estadunidense David Foster Wallace que una película es excepcional cuando no ofrece una conclusión, cuando no juzga la actitud de sus personajes, cuando hace sentir incómodo al espectador: “Me tengo que quedar sentado y sentirme incómodo. Y si algo tengo claro es que no quiero sentirme incómodo cuando voy a ver una película. Me gusta que mis héroes sean virtuosos, mis víctimas patéticas y mis villanos claramente establecidos como villanos y escrupulosamente desaprobados por la cámara”.1

Así pues, el final de Tres anuncios por un crimen, muy al estilo de Ernest Hemingway, es una invitación a reflexionar acerca de la venganza como un propósito en la existencia, sin ánimo de moralizar sobre las motivaciones humanas sino más bien de revelarlas para su mejor comprensión, y la consciencia de sus efectos.

 

Camilo Rodríguez
Consejero editorial en Éditions Maison des Langues.
Twitter: @Cajme.


1 David Foster Wallace, “David Lynch conserva la cabeza”, Revista Premiere, 1996.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Permanencia voluntaria