En la nueva cinta de James Franco, el director recrea la filmación de The Room, considerada la peor película jamás hecha en Estados Unidos. La cinta tiene más de un acierto, pero corre un riego mayúsculo: al tratar de domesticar una obra absolutamente marginal mediante su traducción al lenguaje de Hollywood, el actor/director puede acabar siendo objeto de su propia burla.
The Disaster Artist: obra maestra, 2017
Director: James Franco.
Guionistas: Scott Neustadter y Michael H. Weber.
Elenco: James Franco, Dave Franco, Seth Rogen, Alison Brie.
The Disaster Artist, la nueva película de James Franco, es realidad tres cintas en una, así que hay que corresponder y hacer lo propio: tres reseñas en las siguientes líneas.
La película convencional
(Para quien no conoce la historia detrás de The Room, considerada como la peor película del siglo XXI y probablemente la peor película jamás rodada en Estados Unidos.)
Greg Sestero (Dave Franco, hermano de James) es un adolescente de San Francisco cuyo único sueño es trascender en Hollywood. Quiere ser famoso y llegar al estrellato a como dé lugar, salvo por un problema elemental: le da miedo pararse en un escenario, y como dice el cliché, “desnudarse frente al espectador”. Un día, en clase de actuación, después de una interpretación particularmente mala de Esperando a Godot —su compañero de escena no puede ni pronunciar bien “Godot”—, aparece Tommy Wiseau (James Franco), un hombre mayor de pelo largo, con gruesos lentes oscuros (que utiliza tanto en el interior de lugares como en plena noche) y acento de Europa del Este. Una especie de vampiro, como se menciona a lo largo de la película.
Wiseau, después del desastre de Sestero, dice que es su turno, y procede a interpretar el famoso grito de “¡Stella!” de Un tranvía llamado deseo. Wiseau rinde la peor interpretación jamás dada por alguien de la escena —salvo la de Ned Flanders en Los Simpson—, pero es tan intenso y lo hace con tan poco miedo al ridículo que flecha a Sestero de inmediato. Ahí se sella una amistad que cinco años más tarde desencadenará en The Room, la ópera prima de Wiseau.
El núcleo de la película es la filmación de The Room, la cual Franco cuenta de una manera lineal y a la par metarreferencial, como han acostumbrado él y sus amigos —entre ellos Seth Rogen, quien también aparece aquí— en películas anteriores (Este es el fin o Piña Express, por ejemplo). El chiste se extiende al grado de que algunos actores que Sestero conoció en ese tiempo aparecen como ellos mismos, a nada de parpadearle a la cámara para obligarnos a entender el chiste si no lo captamos.
En ese sentido, The Disaster Artist es una película desigual: la historia de Wiseau y The Room no se amoldan al estilo Hollywood, por más que Franco y Wiseau, cuando dirigió su propia película, así lo quieran. Pero el juego es interesante; se busca compactar la realidad en 90 minutos, pintarla con la fórmula de Hollywood y obtener un producto raro, pero no escandaloso, y lo suficientemente “normal” como para obtener público y premios.
La oda y burla a The Room
(Para quien vio la película original y/o leyó el libro de Sestero en el que se basa The Disaster Artist.)
“Oh, hi Mark!”; futbol americano en ropa de gala; Chris R. Los momentos clásicos de The Room. Lo que uno conoce de la película aparece aquí, pues The Disaster Artist es fiel al libro de Sestero. Algunas cosas faltan, algunas sobran, pero el mapa es básicamente el mismo.
El problema radica en que al tratar de normalizar la obra de Wiseau, The Disaster Artist le quita lo interesante. No solo son las apariciones de los actores como ellos mismos y su metarreferencialidad (como se comentó en párrafos anteriores), sino la masificación del asunto. Parte de lo que hace a The Room algo llamativo —mas no valioso— es que es una experiencia compartida entre pocos. Es el secreto mejor guardado del kitsch: aquí hay algo muy mal hecho, cuyo único logro es generar un repudio común, pero exclusivo, hacia la peor expresión de la creatividad humana.
En el momento en el que ese kitsch se convierte en producto de fábrica pierde lo único que tiene. The Room, a través de The Disaster Artist, se vuelve otra mala cinta y nada más. El chiste muere cuando uno lo explica. Aquí no solo sucede eso, sino que se hace una disección capa por capa de todos sus elementos. Por qué nos tenemos que reír de Sestero y de Wiseau aunque ellos entiendan el propósito de nuestra risa. Por qué The Room no funciona. Un poco más de metarreferencias y Franco hubiera metido risas enlatadas a la cinta.
He ahí el gran riesgo de hacer una película que se basa en algo que tiene como objetivo dos públicos distintos: agradarle a quien no lo conoce y satisfacer a quien lo aprecia. Lo más probable es que termine por defraudar a los dos.

El proyecto de James Franco sobre James Franco
(Para quien ubica el performance conocido como James Franco.)
Franco se ha de haber enterado del chiste que es The Room en algún punto y, como todo lo que hace, intentó apropiarse de él. Como cuando inició estudios de doctorado en Yale y el foco no eran las clases sino el hecho de que un actor tuviera lo necesario para cursar un programa tan demandante. O como cuando fue anfitrión de los premios Óscar y se burló del público: el consenso dice que ha sido de los peores anfitriones, pero Franco sabe, o quiere que sepamos, que fue a propósito. Que él está por encima de Hollywood y sus convenciones.
The Disaster Artist puede entenderse, o incluso debe entenderse, como la historia de la absorción de Tommy Wiseau por James Franco. Su imitación es perfecta, desde el maquillaje y el pelo hasta el acento. Franco es Wiseau, y está tan fascinado con su juego y su ego que al final se lo restriega al espectador en la cara. Después de que los créditos nos recuerdan que él dirigió el proyecto, hay un reel de escenas en pantalla dividida. Del lado izquierdo las originales, interpretadas por Wiseau, del derecho las calcas de Franco. Idénticas punto por punto.
Franco no puede evitar presumirse. Mírenme, puedo hacer lo que quiera; me puedo burlar de algo que nadie conoce y hacerlo entretenido para todos. Tengo el control sobre mi obra y sobre ustedes. Puedo hacer que vengan a ver lo que yo haga, y ganar premios por ello, mientras me río de todo el establishment en su cara.
Quizás esta sea la faceta interesante de The Disaster Artist: Franco, que ya encarnó al Mago de Oz en una versión fallida hace un lustro, no es más que un showman cuyo objetivo es mostrarse más listo que el público.
Solo que en esta ocasión la broma es a costillas de él, pues Franco se convierte en su propio Wiseau sin saberlo: The Disaster Artist es una película que lo muestra como alguien dispuesto a hacer lo que sea con tal de que aquellos a quien dice despreciar no se olviden de él o de su nombre, y a fin de cuentas le den lo que busca aunque no lo pida: aceptación dentro del grupo.
Esteban Illades
Editor y escritor. Su libro más reciente es Fake news, la nueva realidad.