Guillermo del Toro y el estado del cine mexicano

Así como el Festival Internacional de Cine en Guadalajara no siempre fue el FICG que conocemos hoy, Guillermo del Toro no siempre fue Guillermo del Toro: el multipremiado director de talla internacional con éxitos innegables tanto en taquilla comercial como en festivales.  Hace treinta años era un aspirante a cineasta rodeado de personas deseosas de mejorar el panorama del cine nacional. Su presencia en la edición número 30 de esta enorme plataforma de exhibición e industria cinematográfica no sólo es un éxito asegurado (una de las muchas personalidades que atraen a la prensa y dejan a los asistentes ansiosos por conseguir una selfie), es absolutamente simbólica. Oriundo de Guadalajara, del Toro es uno de los pioneros del festival. “Hace treinta años nos chingábamos haciéndole de cácaro, boletero y chofer. Hoy seguimos chingándole produciendo a gente que hace su primera película”, dijo Guillermo del Toro. “Ahora a la gente joven le toca chingarle más”.

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La historia del cine mexicano en las últimas tres décadas ha sido turbulenta, por decir lo menos. La supervivencia de un festival que promueve la exhibición y distribución del cine nacional es reflejo de un trabajo continuo por sacar esta industria adelante, “después de pasar por un momento que para el cine mexicano fue de sofocación, el margaritazo portilla, y haberlo sobrevivido a pesar de una escuela de crítica que casi parecía celebrar la muerte del cine mexicano”, explica del Toro.

Este año el Premio Mezcal contó con veinte títulos, la mayoría estrenos, de cine mexicano en competencia, además de varios largometrajes y cortometrajes en la sección iberoamericana. Uno de ellos es La delgada línea amarilla, ópera prima de Celso García coproducida por Berta Navarro, Alejandro Springall y Guillermo del Toro. “¿Por qué produzco primeras películas?”, responde Guillermo a una pregunta tácita, “porque hubo mucha gente que no me ayudó cuando era chavo, pero hubo gente que sí. Ser parte de la historia de una persona como alguien que le dio la mano en algún momento es clave”.

Hoy en día el cine mexicano (o los mexicanos dedicados al cine) gozan una nueva época de oro. Por supuesto, es inevitable referir a la trinidad del santísimo Óscar de la cual del Toro forma parte, pero, como él mismo menciona, no son los únicos premios y no son los únicos cineastas que han alcanzado el reconocimiento internacional. Güeros de Alonso Ruizpalacios recibió el premio a mejor ópera prima en la Berlinale en 2014; en 2015 este reconocimiento regresó a manos mexicanas con 600 millas de Gabriel Ripstein. En 2012, Carlos Reygadas fue galardonado como mejor director en Cannes un año antes que su colega Amat Escalante, por Heli. Estos son algunos de los ejemplos recientes conocidos, pero la lista es cada vez más larga y las estatuillas más frecuentes. La creciente presencia del cine mexicano en los festivales internacionales (tanto en secciones de largometraje y cortometraje) es evidencia de una industria renovada. “El cine mexicano hecho con medios y sin medios provoca reacciones en el extranjero. Existimos. Seguimos teniendo una voz”, dijo del Toro y mencionó a cineastas como Iván Ávila y Gerardo Naranjo. “Parte de la riqueza de un país, fundamental para no perderse, es la posibilidad de tener un espejo en el que te puedas reconocer culturalmente” dice del Toro para concluir lo que él llama cantinfleo postpriista.

Sin embargo, el reconocimiento en festivales es limitado, pues alcanza—casi exclusivamente—al público específico de la endogámica industria cinematográfica. Las películas que no reciben este tipo de galardones difícilmente alcanzan pantallas comerciales. Llegar a un público más amplio implica la consolidación de una industria viable, una que no dependa por completo de los fondos y apoyos del gobierno. La producción, desafortunadamente, aún supera la distribución y exhibición. “Lo que falta son oportunidades. Lo que tenemos es un talento y unas ganas de chingarle enorme. No siempre garantiza el éxito, pero es curioso: hacer narrativa audiovisual, películas, videojuegos, video, es una actividad absolutamente darwiniana. No puedes rendirte”.

“Cuando llegamos la primera vez al Óscar estábamos todos haciendo lo que hacíamos. No me puse a hacer una película específicamente para llegar ahí. Hice una pinche mariguanada de un fauno en la guerra civil. No dije ay, esto me va a hacer. Alfonso, porque estuvimos juntos todo el proceso, jamás dijo: con esta de la astronauta la libro. Eso pasa o no pasa. Desde el exterior puede verse cierta estructura pero desde dentro no la hay. Si ves a alguien que se está ahogando o está nadando a doscientos metros se ve igual. Así es la carrera de un cineasta”, dijo del Toro.

“Me encantaría sentarme a hablar con la clase política y prenderles el fuego de que tuvieran voluntad histórica. No nomás voluntad de robar o llevar para su jícara. Que entiendan que su voluntad es histórica. A muchos de nosotros nos van a olvidar, pero a ellos la historia los va a recordar por las chingaderas que hacen”. El estado tuvo un papel fundamental en el declive de la producción cinematográfica nacional, el cual se ha revertido poco a poco gracias a la restitución de fondos, la apertura a nuevos realizadores y las escuelas de cine. “Lo que no podemos olvidar es que somos todos mexicanos. Cuando ayudas a alguien te ayudas tú. Es una realidad espiritual absoluta. La otra realidad espiritual absoluta es que al que obra mal se le pudre el culo.”

En enero el gobierno anunció un recorte al presupuesto público, entre ellos el de educación, salud y cultura. “Es imposible decir que somos más importantes que la educación. Es soberbio decirlo. Pero no es soberbio pelear por lo que nos toca”. Lo importante, planteó del Toro, es encontrar los medios, continuar la educación de cine e impulsar a cineastas nuevos a pesar de estos recortes.

En este momento quizá resulte difícil pensar en el cine como una prioridad nacional. Desde hace varios años México ha vivido en luto constante. Esto, por supuesto, es parte de lo que el cine ha reflejado, un espejo fragmentado y empañado de violencia, impunidad e impotencia. Heli y 600 millas son buenos ejemplos de este tipo de cine cuyo reconocimiento artístico va de la mano con su impacto social. El cine no puede reducirse a un mero panfleto, o a una denuncia carente de visión artística a través de un lenguaje audiovisual. Sin embargo no podemos negar que existe una preocupación por parte de los realizadores nacionales por aproximarse a estos temas. A finales de 2014 presenciamos uno de los actos más atroces de nuestra historia reciente, no sólo por la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, sino por todo lo que la tierra removida nos ha dejado ver.

Del Toro dijo: “Estamos viviendo como se vive un duelo”. “El duelo se vive por etapas. Estamos absolutamente tristes y encabronados con las pérdidas. No exigimos nada que no esté escrito en las funciones de a quien se lo exigimos”. Cuando una figura tan importante para el cine mundial expresa la necesidad de hablar en público y no permitir que la discusión se desvanezca, como tantas veces ha sucedido, muchos oídos están atentos. “Me preocupa que la gente hable y a veces los medios no lo digan”, explica. “Cuando Alfonso y yo hablamos en el MoMA lo hicimos estratégicamente pensando que era el momento de hacerlo”. En esa ocasión, en el mes de noviembre, los dos directores hablaron de lleno del tema, “no hablamos de nada más”, dice, “pero lo hicimos muchas veces antes y después. Hay gente que dice que no protestamos, pero miles de veces los medios se callan la protesta”.

Este último punto es crucial en este momento. Los micrófonos y las pantallas se abren a muy pocas personas. Los cineastas gozan un privilegio raro: la gente los escucha. Aprovechar los foros para discutir temas de interés nacional es una desición personal pero, a mi parecer, muy válida. El pasado 12 de marzo, por ejemplo, Alonso Ruizpalacios y Tenoch Huerta acudieron al programa “Charros vs Gángsters” de MVS para promocionar su película Güeros. Al final de su intervención, Tenoch Huerta pidió se discutiera de manera pública el despido de la periodista Carmen Aristegui. Más tarde Ruizpalacios denunció censura por parte de los conductores del programa en su cuenta de Facebook. Las reacciones que siguieron al comentario fueron divididas. Hay quienes opinan que los artistas no deberían hablar de este tipo de temas; quienes creen que cuestionar algo en un contexto como ese está fuera de lugar. Hay quienes celebran la libertad de expresión y se oponen a cualquier tipo de censura, sea por la razón que sea. El hecho es que vivimos una realidad frágil y debemos reconocer que las voces de figuras públicas pueden generar, si no un cambio, al menos un debate.

Como asegura del Toro: “Tenemos todavía parte de la red social para no callarnos. Eso por el momento y hasta que se empiece a reprimir es un medio que se puede usar como una vía abierta. Hay que hablar”. El cine, los festivales, los encuentros y los eventos cinematográficos también representan una vía abierta, no sólo por los temas que permean muchas de las películas de alcance internacional, sino por la voz misma de las personas que trabajan en la industria.

 

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Publicado en: Cine