Asesinato en el Expreso de Oriente, un clásico renovado

En Asesinato en el Expreso de Oriente, la nueva versión del clásico de Agatha Christie, un elenco estelar encabezado por Kenneth Branagh retrata con maestría las aventuras del detective Hércules Poirot y, de paso, revive un tipo de cine por momentos olvidado.

1841 es un año fundacional en la historia de la literatura. En su número de abril, el Graham’s Magazine de Filadelfia publica “Los crímenes de la calle Morgue”, el primer relato policiaco de la historia. Su autor, Edgar Allan Poe, escribiría después “El misterio de Marie Rogêt ” y “La carta robada”. Con esos tres relatos, el gran cuentista de terror inauguraba, sin saberlo, el género más popular de todos los tiempos.

Las historias de Poe no tardaron en cruzar el Atlántico y desembarcar en Europa. En Inglaterra echaron raíces profundas que dieron como fruto lo que los historiadores llaman la literatura policiaca clásica. De la pluma de sir Arthur Conan Doyle nació Sherlock Holmes, el detective por antonomasia. A partir de ahí, una nueva rama del árbol de las letras creció fuerte y frondosa. Las andanzas de Aguste Dupin, el excéntrico y superdotado detective de Poe (alter ego en positivo del villano gótico), crearían una estirpe liderada por Holmes, pero también por el padre Brown (Chesterton), el comisario Maigret (Simenon) y, por supuesto, por Hércules Poirot, el sabueso belga de la dama del crimen, Agatha Christie.

Desde entonces, este género literario ha cautivado a millones de lectores con una fórmula clara y bien estructurada, un juego que consiste, básicamente, en: a) la introducción de un singular detective; b) la presentación de un crimen y sus pistas; c) la investigación; d) el anuncio de la solución; e) la explicación de la solución y f) la conclusión. Nada más. Con seis elementos, estos autores fabricaron decenas de historias de una alta complejidad que gozaron de buena salud hasta que, otra vez en Estados Unidos, un puñado de tipos duros (léase Hammett, Chandler y compañía), dinamitaron el género para crear el Hard Boiled Detective Fiction, una nueva fórmula policiaca que, según el propio Chandler, “devolvió el asesinato al tipo de gente que lo comete por algún motivo, no simplemente para proporcionar un cadáver; y que usan los medios que tienen a la mano, no pistolas de duelo cinceladas, curare o peces tropicales”. Chandler estaba harto de los mayordomos sospechosos, de los acertijos imposibles en habitaciones cerradas, de las inocentes damas de alcurnia. Pero esa es otra historia.

Desde luego, la literatura policiaca encontró un vehículo idóneo de preservación y renovación en el cine. Son incontables ya las películas y los directores que han trasladado al celuloide estas historias (John Huston, Alexander Mackendrick, Alfred Hitchcock, Orson Welles y un largo etcétera). Las de Christie no han sido la excepción. Muchas de sus obras han sido llevadas a la pantalla grande por cineastas como Billy Wilder (Testigo de cargo, 1957), George Pollock (Los diez condenados, 1965), y, quizá la mejor hasta ahora,  Asesinato en el Expreso de Oriente (1974) de Sidney Lumet. Hasta ahora, tal vez, porque el actor y director sir Kenneth Branagh acaba de firmar un clásico.

Apegado a la novela original, la nueva versión de Asesinato en el Expreso de Oriente nos presenta de entrada, y como debe ser, al detective. Hércules Poirot, protagonizado por el mismo Branagh, es un belga de gustos extravagantes y capacidades deductivas fuera de lo normal, que se encuentra en el Muro de las Lamentaciones resolviendo un misterio que involucra a un cura, un rabino y un imán. Ahí es solicitado con urgencia en Londres para atender un caso urgente. Para llegar a la capital británica debe tomar el Expreso de Oriente, el lujoso tren que atraviesa media Europa, acompañado de un coro de pasajeros a cual más interesante. (Ojo, si en la versión de 1974 el electo estaba compuesto nada menos que por sir Sean Connery, Vanessa Redgrave, Anthony Perkins, Jaqueline Bisset, Ingrid Bergman y Lauren Bacall, Branagh se las arregló para reunir un reparto a la altura que incluye a Johnny Depp, Michelle  Pfeiffer, Penélope Cruz, la dama Judi Dench, Derek Jacobi y Willem Defoe, por mencionar a los más conspicuos.)

En el tren se extiende todo el glamour posible de los años treinta: vagones de caoba y acabados de bronce, camarotes de primera, camareros estirados, champagne a cualquier hora: savoir-vivre a todo vapor. Al principio del recorrido, cada personaje despliega su personalidad, que es medida discreta pero acuciosamente por Poirot. Tenemos un doctor negro, un empresario de origen latino, una solterona de cascos ligeros, una institutriz, una misionera, un físico austriaco con inclinaciones al nazismo, un mayordomo, una princesa rusa y un mafioso paranoico (interpretado por Depp), que acude a Poirot para solicitar sus servicios como guardaespaldas. Elegante y rotundo, el detective se niega. Durante la noche, el tren sufre un descarrilamiento producto de una avalancha y la locomotora queda enterrada en la nieve. No queda más que esperar ayuda de la estación más cercana. A la mañana siguiente aparece en su camarote el cadáver de Depp, con doce puñaladas y varias pistas convenientemente dispuestas. El asesino no puede ser otro sino uno de los pasajeros. A partir de ese momento, Poriot comienza su investigación. En una primera ronda de interrogatorios, el detective descubre que todos los sospechosos están ligados de una u otra manera con el muerto. Y hasta aquí.

Fue Borges, un amante del género, quien dijo que el gran mérito de Poe (y de la literatura policiaca) fue el haber engendrado un nuevo tipo de lector. No es poca cosa. Se pregunta el argentino que pasaría si un (nuevo) lector de novelas policiacas se enfrentara por primera vez al Quijote: “‘En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo vivía un hidalgo…’ y ya ese lector está lleno de sospechas, porque el lector de novelas policiales es un lector que lee con incredulidad, con suspicacias, una suspicacia especial”. 

Por ejemplo, si lee: ‘En un lugar de la Mancha…,’ desde luego supone que aquello no sucedió en la Mancha. Luego: ‘…de cuyo nombre no quiero acordarme…,’ ¿por qué no quiso acordarse Cervantes? Porque sin duda Cervantes era el asesino, el culpable. Luego… ‘no hace mucho tiempo…’ posiblemente lo que suceda no será tan aterrador como el futuro”. Así se las gasta Borges, solo para dejar en claro la hondura de este género generalmente despreciado en los cenáculos.

Es cierto que, al paso del tiempo, la fórmula de la literatura policiaca clásica quedó algo anquilosada. De pronto no había muchas más formas de encerrar a un grupo de desconocidos en un espacio, introducir un cadáver, y salir con una solución ingeniosa. Sin embargo, Christie lo supo hacer como pocos y la prueba está en Asesinato en el Expreso de Oriente, uno de los desenlaces más ingeniosos de su carrera,  por mucho que Chandler reniegue.

Branagh, nadie se lo negará, conoce a sus clásicos, llámense Shakespeare, Shelley o Christie. Con una dilatada carrerea a sus espaldas, se notan sus tablas (las del teatro y las del cine). En Asesinato en el Expreso de Oriente conduce de manera espléndida a un elenco que debió ser exigente. La mezcla de humor y drama es la justa, y la historia nunca pierde su ritmo. Está un detective enamorado que salta un poco de lo que el canon prescribe (y aquí, casi podría apostar, hay un sutil pero significativo homenaje a Emma Thompson, la primera esposa de Branagh). Están también los dilemas morales, aunque francamente eso no es lo más importante. El juego, el pulso entre el detective y el criminal, entre el bien y el mal (dicotomía que, dicho sea de paso, quedará cuestionada) es, como se espera, lo que acapara el centro de la historia. No resulta fácil revivir un clásico, más en estos tiempos en que el tratamiento del crimen debe ser oscuro, visceral, socialmente pertinente. A veces el asesinato no tiene por qué destapar las cloacas del mundo; también puede ser, como dijo De Quincey, un arte bello, una hermosa máquina, por ejemplo, cuyos engranes Branagh logra hacer trabajar a la perfección.  

César Blanco.

Editor y traductor.

 

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Permanencia voluntaria