Hoy se cumple el aniversario del natalicio de García Márquez. Para celebrar al autor más querido de Hispanoamérica, este abecedario es un espejo fiel de su vida y su obra que refleja algunos momentos y pasiones poco sabidas.

Abuelo. En medio de aquella tropa de mujeres evangélicas con las que crecí, el abuelo era para mí la seguridad completa. Sólo con él desaparecía la zozobra y me sentía con los pies sobre la tierra y bien establecido en la vida real. Lo raro, pensándolo ahora, es que yo quería ser como él, realista, valiente, seguro, pero nunca pude resistir la tentación constante de asomarme al mundo de la abuela.
Bogotá. Era la ciudad donde vivían los poetas. No sólo creíamos en la poesía, y nos moríamos por ella, sino que sabíamos con certeza —como lo escribió Luis Cardoza y Aragón— que “la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre.”
Cuento. Las personas se dividen entre las que saben contar un cuento y las que no.
Diccionario. El abuelo no era un hombre culto ni pretendía serlo, pues se había fugado de la escuela pública de Riohacha para irse a tirar tiros en una de las incontables guerras civiles del Caribe. Una tarde consultó el diccionario, con una atención infantil. Entonces supo él y supe yo para siempre la diferencia entre un dromedario y un camello. Al final del día me puso el glorioso tumbaburros en el regazo y me dijo: “Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”.
Ellas. Creo que la esencia de mi modo de ser y de pensar se la debo en realidad a las mujeres de mi familia y a muchas de la servidumbre que pastorearon mi infancia. Eran de carácter fuerte y corazón tierno, y me trataban con la naturalidad del paraíso terrenal.
Futbol. Mi primer paso en la vida real fue el descubrimiento del futbol en medio de la calle o en algunas huertas vecinas. Mi maestro era Luis Carmelo Correa, que nació con un instinto propio para los deportes y un talento congénito para las matemáticas. Yo era cinco meses mayor, pero él se burlaba de mí porque crecía más y más rápido que yo. Empezamos a jugar con pelotas de trapo y alcancé a ser un buen portero, pero cuando pasamos al balón de reglamento sufrí un golpe en el estómago con un tiro suyo tan potente, que hasta allí me llegaron las ínfulas.
Gardel, Carlos. Hasta donde recuerdo, mi vocación por la música se reveló en mi adolescencia por la fascinación que me causaban los acordeoneros, con sus canciones de caminantes. Algunas las sabía de memoria, como las que cantaban a escondidas las mujeres de la cocina de mi abuela. Sin embargo, mi urgencia de cantar para sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel. Me hacía vestir como él, con sombrero de fieltro y bufanda de seda, y no necesitaba súplicas para que soltara un tango a todo pecho. Hasta la mala mañana en que la tía Mama me despertó con la noticia de que Gardel había muerto en el choque de dos aviones en Medellín.
Hojarasca, La. La escribí y la mandé a la Editorial Losada de Buenos Aires. Ese mismo año, también Caballero Calderón envió su novela El Cristo de espaldas. Seleccionaron la novela de Caballero Calderón y los originales de La hojarasca me los regresaron con una nota, en donde se me comunicaba que mi obra exigía un gran esfuerzo a los lectores para comprenderla.
Jirafa. Era el nombre de la columna diaria que publicaba en El Heraldo de Barranquilla. En realidad era el sobrenombre confidencial con el que sólo yo conocía a una novia secreta, esbelta y de cuello largo, que entonces vivía en Barranquilla. La columna la firmaba con el seudónimo de Septimus, tomado de Septimus Warren Smith, personaje de Virginia Woolf en La señora Dalloway.
Lorenzo, el Magnífico. El loro de cien años, heredado de los bisabuelos, que gritaba consignas contra España y cantaba canciones de la guerra de Independencia. Tan cegato estaba que un día se cayó dentro de la olla del sancocho y se salvó de milagro porque apenas empezaba a calentarse el agua.
Macondo. Camino a Aracataca, el tren hizo una parada en la estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera qué significaba. Lo había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyka existe la etnia errante de los makondos y pensé que aquél podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí al árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca.
Nostalgia. Como siempre, la nostalgia había logrado borrar los malos recuerdos y magnificar lo buenos. Nadie se salva de sus estragos.
Ortografía. La ortografía fue mi calvario a lo largo de mis estudios y sigue asustando a los correctores de mis originales. Los más benévolos me consuelan con creer que son torpezas de mecanógrafo.
Premio Nobel. La única ventaja de haberme ganado el Nobel es que ya no hago cola en ninguna parte, me dejan pasar.
Que. El principal problema de los escritores latinoamericanos es que son escritores de domingo. No se dedican de lleno a la creación. Por eso cuando me preguntan qué les recomiendo, les digo: Que escriban mucho.
Rulfo, Juan. Para mí es un narrador muy importante. Pedro Páramo es una de las novelas que más aprecio.
Sonidos. Me costó mucho trabajo aprender a leer. No me parecía lógico que la letra m se llame eme, y sin embargo con la vocal siguiente no se dijera emea sino ma. Me era imposible leer así. Por fin, cuando llegué al Montessori la maestra no me enseñó los nombres sino los sonidos de las consonantes. Así pude leer el primer libro que encontré en un arcón polvoriento del depósito de la casa. Estaba descosido e incompleto, pero me absorbió de un modo tan intenso que el novio de Sara soltó al pasar una premonición aterradora: “¡Carajo!, este niño va a ser escritor”.
Tenis. Practico tenis en mi casa. Un maestro viene a darme clases, para que no vuelve todas las pelotas que me lanzan.
Única mujer que pertenecía al grupo Barranquilla o La Cueva era la poeta Meira Delmar. El grupo estaba integrado también por Álvaro Cepeda Samudio (narrador), Germán Vargas (periodista), Alfonso Fuenmayor (periodista), Alejandro Obregón (artista plástico); todos influenciados por la prosa de José Félix Fuenmayor (narrador) y de las inagotables conversaciones con el sabio catalán, Ramón Vinyes.
Vargas Llosa, Mario. El pleito que tuvimos entre nosotros fue hace mucho tiempo. Claro que podemos publicar una entrevista con él. Sin problema.
William Faulkner. Releí varias veces Luz de agosto, de William Faulkner, el más fiel de mis demonios tutelares.
Yiyo. Gabriel Eligio García Márquez, Yiyo, mi hermano menor, en los años más difíciles de la pobreza, se hizo periodista a puro pulso, sin haber fumado nunca ni haberse tomado un trago de más en su vida. Su vocación literaria fue arrasadora y su creatividad sigilosa se impusieron contra la adversidad. Murió a los 54 años, con tiempo apenas para publicar un libro de más de 700 páginas con una investigación magistral sobre la vida secreta de Cien años de soledad, que había trabajado durante años sin que yo lo supiera, y sin solicitarme nunca una información directa.
Zipaquirá. Las fiestas sociales en Zipaquirá correspondían en general a la vocación y el modo de ser de cada quien. Las minas de sal, que los españoles encontraron vivas, eran una atracción turística en los fines de semana, que se completaba con la sobrebarriga al horno y las papas nevadas en grandes pailas de sal. Los estudiantes costeños, con nuestro prestigio merecido de gritones y malcriados, teníamos la buena educación de bailar como artistas la música de moda y el buen gusto de enamorarnos a muerte.
*Con información de Vivir para contarla y conversaciones con el autor.
Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, periodista y editora.