Gabinete de lectura.
“De eso se trata”: joyas de la traducción en México (I)

Es imposible establecer una lista instantánea de las mejores traducciones mexicanas. Como país de constante asimilación de las literaturas extranjeras, las traducciones son abundantes y de una calidad tan evidente como nuestra literatura misma. La presente selección, en un intento de rescate más amplio, quisiera solamente ser un primer muestrario de aquellos escritores que nos permitieron leer a otros clásicos gracias a su afán cosmopolita y su quehacer infatigable. En el transcurso de esas apropiaciones, nuestros traductores también se fueron convirtiendo en clásicos imprescindibles mexicanos y elevaron sus versiones al rango más alto de la lengua española.

El periodista más elocuente

Tanto Borges como Eliot, entre muchos más, sabían y defendían a capa y espada que Chesterton era un escritor genial y necesario. No solo como poeta, ensayista o periodista, el ingenio y el humor de Chesterton son incomparables sino, además, sus incursiones en la novela policiaca nos dejaron clásicos de la mano del Padre Brown. Dentro del género de detectives se inscribe El hombre que fue jueves, donde Syme, el protagonista, debe revelar los misterios de siete asesinos que se ocultan tras los nombres de los siete días de la semana. Todo esto envuelto en una prosa vivificante, divertida, llena de paradojas de apariencia fácil y de filosofía portátil en el mejor sentido de la palabra, el de la capacidad de divulgación y el contacto con los asuntos de la calle.

Todo esto sedujo a Alfonso Reyes para crear, en 1919, y publicar en 1922, sin duda la mejor traducción en lengua española de cualquier libro del escritor inglés. “Chesterton padece de abundancia calificativa, se llena de adjetivos y adverbios. Y como no desiste de convertir la vida cotidiana en una explosión continua de milagros, todo, para él, resulta ‘imposible’, ‘gigantesco’, ‘absurdo’, ‘salvaje’, ‘extravagante’. Pone en aprietos al traductor”, escribe Reyes no sin maravillarse por el desarrollo de la trama, sus discusiones filosóficas y ese “fondo de crepúsculos encendidos” en el que se desarrolla. No por nada lleva el subtítulo entre paréntesis de “Pesadilla”, con el humor y la inteligencia que implica para Chesterton esa palabra.

• G. K. Chesterton, El hombre que fue Jueves, traducción y prólogo de Alfonso Reyes, México, FCE, 1985 (segunda edición, 2009), 242 p.


That is the question

Ya lo dijo Harold Bloom: el autor más leído y estudiado, además de aquel que se fundió en una voz colectiva en la Biblia, es Shakespeare. Así empieza Tomás Segovia al anotar su traducción de Hamlet, quizá una de las más valiosas en lengua española, porque ha sido calibrada y pensada por un poeta aun si éste prescinde de las notas al pie explicativas, académicas. La fortuna de Segovia, como traductor, es su sensibilidad ante la música del bardo, su oído español —perfectamente consciente de serlo— que encuentra la equivalencia métrica correcta. La equivalencia, que Segovia encuentra en un ritmo endecasílabo dominante y en los acentos de la “silva modernista”, tiene un resultado grandioso. A esto hay que sumar el hallazgo tan potente como el lugar común de esos versos que vale transcribir aquí:

Ser o no ser, de eso se trata:
Si para nuestro espíritu es más noble sufrir
Las pedradas y dardos de la atroz Fortuna
O levantarse en armas contra un mar de aflicciones
Y oponiéndose a ellas darles fin.

“De eso se trata” es una impecable manera de resolver el “that is the question”, que tantas veces había sido traducido como “ésa es la cuestión” o “he ahí el dilema”. Pero la formulación de Segovia es tan natural que parece inherente al castellano mismo o, en palabras de Juan Villoro, “el resultado es la ilusión de un idioma: las palabras que le convienen a un clásico que no existió en nuestra lengua”. Por eso, el poeta echa mano de sus conocimientos métricos y lingüísticos para entrar en una obra de la talla de Hamlet, pero lo hace con un pleno conocimiento de la función misma de una traducción moderna. “Hay cosas que una traducción no puede dar, sino solo sugerir. Yo quería sugerir a mi lector que esa tragedia no sucede en sus días ni en su barrio citadino, pero a la vez no quería hacer una reconstrucción de cartón-piedra de la lengua y el mundo en que sucede”. El arte de traducir, pues, como un equilibrio muy preciso entre la lengua y su propio tiempo. La traducción del Hamlet de Tomás Segovia es una de esas joyas que debemos rescatar definitivamente para los lectores.

• William Shakespeare, Hamlet, edición bilingüe, traducción y prólogo de Tomás Segovia, epílogo de Juan Villoro, Ediciones Sin Nombre y Universidad Autónoma Metropolitana, 2009, 350 p.


Trabajar un texto durante 40 años

No hay, en lengua española, otro trabajo de traducción como éste, por su dedicación obsesiva y su búsqueda de un camino a la perfección digno de Sísifo. En 1989, el FCE publicó una primera versión de José Emilio Pacheco de los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot. Recibió los elogios de Paz: una de las mejores traducciones de Eliot en lengua española y, seguramente, en cualquier lengua. Semejantes aplausos no fueron suficientes ni llevaron a Pacheco a dormirse en sus laureles. Para inicios de los dos miles había publicado otras versiones, o “aproximaciones” como él solía llamarlas, en la revista Letras Libres, con un agregado de notas nutridas y eruditas. No fue sino hasta 2017 en que la editorial Era se propuso recomponer los fragmentos desparramados y las más recientes reescrituras para sacar a la luz esta cumbre de la traducción mexicana. Ni siquiera el parteaguas de las Versiones y diversiones de Paz podrían compararse en términos de dedicación, libertad creativa sin descrédito del original —incluyendo sistema métrico y rimas— y búsqueda continua en la precisión de ciertas palabras. Cabe decir que para un poema largo tan hermético como Cuatro cuartetos,las notas de Pacheco son la luz más certera arrojada sobre los versos de Eliot, para entreabrirlos y comprender sus distintos significados. Ninguna versión, ni siquiera la original, tiene esta generosa virtud.

• T. S Eliot, Cuatro cuartetos, edición bilingüe, traducción y notas de José Emilio Pacheco, Ediciones Era y El Colegio Nacional, 2017, 194 p.


Devolvernos a Conrad

Conocemos de sobra la trama y el tema de este clásico de inicios del siglo XX, entre otras cosas porque pasó al ámbito pop gracias a la adaptación de Coppola en Apocalypse Now, aun si el contexto original era el Congo de finales del siglo XIX y no el Vietnam de la Guerra Fría. El corazón de las tinieblas es el relato de la propia experiencia de Conrad en el Congo, a través del viaje en barco de Marlow, el narrador. Constituye una crítica acérrima al colonialismo europeo y a todo intento de proyecto civilizatorio. La brutalidad del rey Leopoldo I, fallecido en 1909, acabó con la vida de entre tres y cinco millones de congoleses, por lo que, como apunta Mario Vargas Llosa, su nombre debería figurar al lado del de Hitler y Stalin.

Existen muchas traducciones de esta novela. Sin duda, la que culminó Sergio Pitol en los años setenta es imprescindible. Editada inicialmente por Lumen y luego integrada a la excelente colección “Sergio Pitol. Traductor” de la Universidad Veracruzana, es un ejemplo claro, aunque opere de forma indirecta, de la llamada conexión mexicana: el intento por acercarnos a la literatura universal. Para Pitol, la lectura de El corazón de las tinieblas es decisiva: “Significa poner los pies, una vez más, sobre una infirme tierra de portentos, perderse en las infinitas capas de significación que esas páginas proponen, postrarse ante un lenguaje construido por una retórica soberbia, agitada, cuando al autor le parece conveniente, por ráfagas de ironía corrosiva”. El reto de esta traducción era mayor y Pitol supo enfrentarlo agregando un escalón más a su altísima carrera de traductor literario.

• Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, introducción y traducción de Sergio Pitol, Universidad Veracruzana y Instituto Nacional de Bellas Artes, 2011, 142 p. (1ª edición de la Universidad Veracruzana de 1998).


La estafeta generacional

Más de treinta años después de que apareciera, en 1974, El surco y la brasa. Traductores mexicanos, una compilación de poesía universal traducida por poetas nacionales y reunida por Marco Antonio Montes de Oca y Ana Luisa Vega, la poeta Tedi López Mills decidió calar ese mismo modelo. Si el primer libro partía de poetas como Alfonso Reyes (1889) a Carlos Montemayor (1947), en esta ocasión se trataba de empezar casi donde terminaba la anterior. Traslaciones reúne entonces, a partir de José Emilio Pacheco (1939) y hasta Alfonso d’Aquino (1959), a 33 traductores de primera línea que encarnan sin duda lo mejor de la tradición mexicana de traducción poética. Poetas y reconocidos traductores como el mismo Pacheco, Mónica Mansour, Homero Aridjis, José Luis Rivas, Carlos Montemayor, Marco Antonio Campos, David Huerta, Coral Bracho, Fabio Morábito, Myriam Moscona, Luis Miguel Aguilar o Elsa Cross, por citar unos cuántos, ofrecen un panorama asombroso de la poesía universal. Aunque el idioma de partida sea mayoritariamente el inglés, hay versiones de Cavafis, Petrarca, Dante, Mallarmé, Ovidio, Li Po, Yves Bonnefoy, entre cientos de más. Como toda antología de traducciones, tiene el doble atractivo de ofrecer un compendio curado por los propios poetas de aquellos textos que escogen traducir y sus versiones verdaderamente personales, apegadas a su poética particular.

• Teddi López Mills (comp.), Traslaciones. Poetas traductores 1939-1959, FCE, 2011, 876 p.

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