Un día como hoy de 1928 nacía la escritora mexicana Amparo Dávila. Su aniversario y las conmemoraciones contempladas son la ocasión de este texto, que emplea la prosa poética y la experiencia más íntima de la lectura para hacer el recuento de la vida y la obra de la escritora y de sus aspectos más notables: el surrealismo, su relación con la poesía o su condición ajena a reflectores.

Aún faltan muchas horas para que el exhibicionista que te asalta todas las mañanas acaricie el horizonte con sus áureos cabellos. Los grillos adormecen al vulgo y a los reyes por igual; los marean y los envuelven con sus cantos subversivos entre los que palpita un rocío estremecedor.
Todo es propicio para hacer sangrar a la noche con el filo de tu pluma. La página en blanco es una marmita que aguarda mansamente el momento en que habrás de aderezarla con la pócima de tus palabras, la misma que, como en Ramón López Velarde, es a un tiempo tósigo y cauterio para un puñado de locos insomnes que divagamos en este mundo nocturno y que, sobresaltados ante el abismo que acecha en cada cuento tuyo, renunciamos a la tibieza del sueño, con tal de llegar hasta el final de la travesía que prescribe tu brebaje, ansiosos por encontrar acaso un espejo que nos devuelva la imagen de algo nuestro que dejamos olvidado hace siglos.
Hoy cumples 90 años, Amparo, y no dejan de reunirse en torno tuyo más personas ávidas de tus sortilegios. Cada vez más numerosas, cada vez más jóvenes, estas muchedumbres redescubren tu prosa y se dejan seducir por monstruos y oscuras soledades que aguardan en la arquitectura de tus relatos.
Tu primer amor, el Cantar de los Cantares, sembró en ti una semilla de poesía que te hizo alumbrar a tus 22 años los Salmos bajo la luna, en los que la desesperanza y la angustia se funden con un paisaje frío y seco, el de tu natal Pinos, Zacatecas, yermo escenario de tus primeras soledades, interrumpidas por mujeres silenciosas que cargaban colorados cántaros de agua zarca. Un segundo poemario, y un tercero, verían la luz cuatro años más tarde: Perfil de soledades y Meditaciones a la orilla del sueño. Es hasta 2011 que el Fondo de Cultura Económica publica la compilación de tu Poesía completa, en la que nos regalas un cuarto poemario que había permanecido inédito: El cuerpo y la noche. Dos años atrás, el FCE había editado tus Cuentos reunidos. Más vale tarde que nunca.
Fue la poesía el primer vehículo de tus emociones, mas en la narrativa encontraste tu consagración como escritora. Tiempo destrozado (1959) y Música concreta (1964) son los libros con los que diste a conocer tus primeros cuentos. La madurez de tu prosa en tu quinto libro, Árboles petrificados, fue coronada con el premio Xavier Villaurrutia en 1977, el cual llegó 11 años después de publicada dicha obra. Con Muerte en el bosque (1985) mostraste una consolidación de tu literatura que, sigilosa como tu espíritu gatuno, camina en la cuerda floja entre la fantasía y la realidad, provocando con ello sabrosas discusiones respecto a esa difusa frontera en torno a la cual has colgado una neblina de incertidumbres que espero nunca logre disipar la crítica literaria.
Relato tras relato, esta madrugada me llevaste de nuevo por los vericuetos de un laberinto que tal vez ni tú misma conozcas en toda su extensión. Me mostraste el horror y la ansiedad que habitan en bestias de forma irreconocible, en seres intranquilos y perturbados por una locura naciente, todos ellos huyendo y regresando siempre al asedio de las sombras.
Anoche, en cada cuento, Amparo, me mostraste el desamparo. Pretendí —¡oh, pobre ilusa!— mitigar el insomnio con un largo paseo de mis ojos sobre las blancas laderas que colindan con tus árboles petrificados. Craso error. Sólo me encontré una vez más de frente con temores tan prístinos como indescifrables que no venían solos. Con ellos me mostraste que una casona que resguarda un amor tormentoso, bien puede albergar a un inquilino más, un ser antropomorfo que se suma al inventario de los engendros tuyos, que fungen ya como verdugos, ya como víctimas, de la locura que has fraguado para tormento de quienes tengan la osadía de entornar la cubierta de algún libro tuyo, cual si de una puerta vetusta se tratara. No hay chirrido que anuncie el horror que aguarda adentro, y eso es acaso lo que ahora más me perturba: la aparente inocencia de tus páginas, el silencioso peligro hasta el cual he sido atraída como un corderillo, sin camino de regreso.
Un cuento tuyo es para mí como una pintura de Remedios Varo. Hay siempre un poco de abismo (¡un poco de abismo!), otro tanto de alquimia, y el tránsito casi fantasmal de personajes lánguidos a quienes les mereces una descripción lo suficientemente precisa como para ser ambigua. Tal es su maestría. Así en Amparo como en Remedios.
A pesar de tu premio Xavier Villaurrutia, de la medalla Bellas Artes, de tus libros y del surrealismo intimista de tu narrativa —rara avis de la literatura mexicana—, tu nombre ha sido, al menos en anteriores décadas, escasamente conocido si lo comparamos con tu grandeza, tal vez porque la calidad y el prestigio no siempre van de la mano. Tal vez porque tu condición de mujer hizo más tardío tu arribo al cuadro de honor de la literatura nacional. Tal vez porque te tomaste la osadía de no frecuentar los círculos intelectuales y académicos. Tal vez porque la élite de los locos insomnes será siempre secreta. Como sea, bien conoces tú la valía de tus palabras. Nadie mejor que tú sabe que ha valido la pena haber construido todos esos mundos que habitan este mundo, como trampas que hoy aguardan la segura aparición de un nuevo corderillo.
Kutzi Hernández Galván
Escritora.