Voraz (Francia, 2016)
(Grave)
Director: Julia Ducournau
Género: Horror
Guionistas: Julia Ducournau
Elenco: Garance Marillier, Ella Rumpf y Rabah Nait Oufella

Hay eventos inevitables, significativos, que en apariencia son pequeños y sin importancia, pero definen nuestra identidad. ¿Qué le podría suceder a alguien que prueba por primera vez un sabor? Justine (Garance Marillier), una adolescente vegana, es obligada a ingerir un pedazo de carne de conejo en una despiadada iniciación escolar y, en un efecto dominó, lo pequeño atraerá lo ineludible: su verdadera naturaleza.
Voraz (2016), la ópera prima de la directora francesa Julia Ducournau, abraza este detalle, este rito obligado de iniciación, para abrirse camino hacia lo descomunal: con ese primer contacto Justine desarrollará un gusto singular por la carne humana, un impulso que sobrepasa el raciocinio y trastoca, al mismo tiempo, el complejo proceso hacia la madurez.
Con una publicidad incorrecta desde su estreno en la Semana de la Crítica de Cannes en 2016 (Premio FIPRESCI), el trabajo de Ducournau se transformó en el mejor ejemplo de las etiquetas en el cine y fue vista como una película sangrienta, sujeta a la artificiosidad y, por ende, sometida a las “exigencias” que reclama el género de horror; sin embargo nada pudo ser más incorrecto: una de las bondades de esta ópera prima es que desdibuja estos límites para trascender lo impuesto por el género y los espectadores.
Cuando escuchamos temas profanos como el canibalismo urgimos, exigimos imágenes así en la pantalla, una “transgresión” que, al final de todo, se convierte en cliché: mutilación, sangre, vísceras y, de nuestro desencanto, pasamos a reclamar (también) las referencias a otros cines, (Marina de Van, Claire Denis, Catherine Breillat, Cronenberg, Alexandre Aja) como si las imágenes en movimiento no surgieran, a pesar de todo, de otras ya instaladas en la historia: sí, los temas en Voraz provienen de un amplio y explorado universo previo y si nos asumimos puristas, probablemente no haya nada nuevo en la cinta, pero, más allá de las recetas, el verdadero placer está en ver cómo Ducournau agrega temas simples y cotidianos al género.
A estos, que bien podrían ser parte de algún drama adolescente francés (las fiestas, los excesos, el enamoramiento fallido), Ducournau le añade un punto de vista radical y obtiene un tono pop (probablemente lo que molesta a muchos) que se traduce, desde lo formal, a escenas que parecen ser sacadas de un videoclip, que no olvidan en absoluto el llamado Nuevo extremismo francés. En esta mezcolanza, el canibalismo es el escenario y no el eje primordial.
En ese sentido, la directora francesa realiza un trabajo puntual en dirección y guión: en el primero sabe cómo construir escenas con imágenes potentes y simbólicas: el caballo que corre atado a un camino, manso, tal y como Justine lo está a su vida escolar; consigue traducir el background de sus personajes a imágenes y fragmentar, con sutileza, las situaciones que terminarán de formar el carácter de la protagonista. En el guión el arco narrativo de los personajes se conjuga en los momentos más álgidos respecto a la configuración de la identidad y la puesta en escena es dinamita pura cuando Justine y su hermana Alexia (Ella Rumpf) están a cuadro.
Desde el cortometraje Junior (2011) ya es posible notar los intereses del cine de Ducournau: el cuerpo como conducto de transformación, el deseo sexual como pieza importante en el ritual de identidad y la complicidad de lo femenino, lo consanguíneo, una cuestión que alcanza dimensiones biológicas como definición de la personalidad.
En su primer audiovisual, como una suerte de precuela, vemos a Justine (la misma Garance Marillier), una preadolescente a la que cambia su cuerpo cuando una extraña reacción provoca que se desprenda su piel. Aunque de una manera más cómica, la Justine de Junior es la Justine de Voraz, un personaje que debe enfrentarse a un sino inevitable, una lucha que rebasa lo emocional para enfrentar al espectador con las necesidades físicas de la protagonista.
Aunque el canibalismo aquí es el tema más transgresor, con una mirada innegablemente femenina, estos dos trabajos de la directora francesa ya despiertan el interés por explorar de nuevas maneras tópicos como la sexualidad que, sin necesidad de sacudidas frontales, son tan cuestionados que parecen ser el tabú de la no ficción. Si hay algo que también incomoda en Voraz es observar lo animal y primigenio del ser humano en una mujer.
Gracias al personaje de Justine, la ferocidad de Voraz resulta desconcertante: por un lado tenemos el arquetipo del bien desde su nombre (clara referencia al Marqués de Sade), su fisonomía (pequeña, delgada), en plena transición de la adolescente a la mujer, de la ingenuidad hogareña al violento entorno escolar, pero es justo en esta cercanía con su humanidad donde se encuentra lo perverso.
En el cine, cuando entramos en contacto con personajes que quebrantan lo permitido, asimilamos e incluso esperamos que sus acciones sean así: descarnadas, terribles; en Voraz lo atemorizante es saber que la maldad proviene y es parte de lo afable, de lo humano pues. ¿A cuántas personas así conocemos?
Arantxa Luna
Twitter: @mentecata_