La obsesión con Simone de Beauvoir y sus amantes

La reciente subasta de la correspondencia entre Simone de Beauvoir y Claude Lanzmann, uno de sus amantes, ha vuelto a colocar a la filósofa francesa en el centro del debate. Sin embargo, parece que la noticia se está abordando más desde el púlpito de la prensa rosa que desde la arena del diálogo intelectual. Aquí, un recuento de las polémicas alrededor de los amantes de Beauvoir.

Cada determinado tiempo Simone de Beauvoir vuelve a ser noticia, aunque no queda claro si es para bien o para mal. Recientemente fue retomada por sus compatriotas Catherine Denueve y Agnès Poirier en la polémica suscitada por la carta que la primera firmó junto con otras mujeres para describir los “excesos” que identificaba en el movimiento #MeToo. Para defenderse de las acusaciones de antifeminista, Deneuve recordó que en 1971 firmó el manifiesto “Je me suis fait aborter”, conocido en español como el “Manifiesto de las 343” a favor del aborto, escrito por Beauvoir y publicado en Le Nouvel Observateur. Poirier, por su parte, recuperó a la filósofa en un artículo que tradujo y publicó El País para sumar pruebas del puritanismo estadounidense. Entre otros argumentos, la periodista francesa recoge la siguiente cita de América día a día, publicado por Beauvoir en 1974: “En Estados Unidos, las relaciones entre los hombres y las mujeres son de guerra permanente”.

Hace un par de días, la filósofa volvió a protagonizar los titulares. En esta ocasión, la razón fue la venta de una serie de cartas que le escribió al cineasta Claude Lanzmann, con quien tuvo una relación amorosa durante siete años. No es la primera vez que las relaciones de la francesa son motivo de escrutinio; cada tanto parece haber una competencia para descubrir quién debe ostentar el título del “amor de la vida” de Beauvoir: ¿era Sartre, el estadounidense Nelson Algren, su estudiante Olga Kosakiewicz,  o el joven Lanzmann? Pero quizá el tema de fondo es que toda esta obsesión con tintes de prensa rosa parece motivada por poner a prueba algo más: el feminismo de Beauvoir.

Fotografía: Nia Vasileva bajo licencia de Creative Commons

Cartas para el montón

A través de la agencia de subastas Christie’s, la biblioteca Beinecke de incunables y manuscritos de la universidad de Yale adquirió las 112 cartas que la filósofa le escribió al cineasta desde 1953. Era la pieza que faltaba para completar el codiciado rompecabezas: la correspondencia completa de Beauvoir. Detrás de la salida a la luz de estas cartas hay bastante más que interés académico. Como apuntó el propio Lanzmann en una entrevista con Le Monde el lunes 22 de enero (p.14):

Hubiera preferido publicarlas con mi editor acostumbrado, es decir Gallimard, pero era imposible. De hecho, según la ley francesa, las cartas le pertenecen a los o las que las escriben, y nunca a sus destinatarios. […] Sylvie Le Bon de Beauvoir, la hija adoptiva de Simone, tiene los derechos morales de la obra literaria de su madre. Como se opone a la publicación de estas cartas, obligó a Gallimard a rechazar la publicación. Antes de explicar las razones de este rechazo, quiero apuntar una paradoja: Beauvoir me había pedido ser el padrino cuando adoptó a Sylvie Le Bon. Sartre me pidió lo mismo cuando adoptaron a Arlette Elkaïm en 1964. […] Aunque yo le he profesado muy buena voluntad, Sylvie acabó odiándome. […] Ella misma publicó las Cartas a Sartre en 1990 y yo me opuse rotundamente. Como escribí en mi libro [La liebre de la Patagonia]: “[…] sé muy bien que el ‘Castor’ nunca hubiera querido hacer públicas estas cartas, nunca lo hubiera permitido. Lo sé porque me lo dijo, porque lo escribió en su introducción de otras cartas a Sartre publicadas en 1983. […] La idea de herir a sus cercanos le parecía insoportable [son cartas de juventud entre Sartre y Beauvoir, en las que se decían absolutamente todo y hablaban de los demás sin escrúpulo alguno, pero nunca para ofenderlos abiertamente]”.

La disputa con la heredera de Beauvoir se remonta a una discusión sobre la pertinencia de publicar aquellas cartas, más ofensivas, y estas, más íntimas. Lanzmann ha dicho en su defensa que en las Cartas a Lanzmann Simone no ofende a nadie y que Sylvie, su hija, simplemente quiere eliminarlo de la vida de su madre. “Tengo 92 años. […] El leitmotiv de mi vida ahora es ‘demasiado tarde’ y no quiero que lo sea en este caso”.

Entonces, si bien las cartas claramente aparecen en un contexto que tiene más que ver con el ego de Lanzmann y las razones de Le Bon para no publicarlas, lo que recogen los medios es lo que estas “revelan” de la multicitada feminista. De más de un centenar de cartas, The Guardian (con información de Agence France Presse) subraya el hecho de que Beauvoir le escribiera a Lanzmann cosas como “soy por siempre tu esposa”. The Guardian se escandaliza: eso decía  “la escritora que, en su clásico libro El segundo sexo, condenó el matrimonio como una institución que esclaviza a las mujeres”.

La insinuación de que escribirle eso a su pareja en una carta de amor desacredita décadas de trabajo es peligrosa, pero, además, olvida que Simone de Beauvoir dijo cosas muy similares en otros contextos y a otros personajes: en concreto, al norteamericano Algren en una carta escrita el 18 de mayo de 1947 en la que usó exactamente las mismas palabras. Esto lo sabemos por las cartas que salieron a la luz en 1997 cuando Sylvie Le Bon decidió sí publicarlas. Aquí la prueba.

Justificar los amoríos

Pero la falta de mínimo trabajo periodístico no es el único problema con las notas que relatan la compraventa de esas cartas. Lo que se quiere socializar como “la loca pasión por un amante joven” —expresión que da la cabeza a la noticia y que ha sido reproducida por medios como El País oClarínno es suficiente: encima de todo, el susodicho era 17 años menor que ella, recalcan los medios (porque obviamente esas diferencias de edad son noticia cuando la mujer es más grande pero se asumen como algo común cuando el hombre es el mayor). Y rematan diciéndonos que Beauvoir se había involucrado con él en un momento en el que la filósofa “pensaba que ya no era deseable, pero [con Lanzmann] vivió una segunda juventud”, como declaró la misma Agnès Poirier. Si dejáramos aflorar nuestro lado conspiracionista, diríamos que Poirier está organizando una cruzada para demostrar que la filósofa es un ícono para nuestra época por las razones más cuestionables: sus generalizaciones sobre las relaciones entre hombres y mujeres estadounidenses y por sus formas para lidiar con lo que la periodista no duda en describir como una crisis de autoestima.

Porque claro, ¿qué otra razón puede tener una mujer para enamorarse de alguien más joven que ella, que no sea reconocerse un día en el espejo en un cuerpo viejo y socialmente poco deseable? Aunque sepamos que Simone de Beauvoir tuviera tan solo cuarenta años entonces y no fuera la primera vez que se involucraba amorosamente con alguien más joven que ella. Pero tal vez como en los otros casos se trataba de mujeres, el detalle no tenga el mismo caché.

Esa necesidad de justificar los sentimientos de la escritora –aunque haciéndole un flaco favor en el fondo–, se adivina en la narración que acompaña la publicación de las cartas que Beauvoir le mandaba a Nelson Algren, que en su momento fueron adquiridas por la Universidad de Ohio. Sylvie Le Bon escribió en un texto que publicó The New York Times que el interés de esas cartas es que muestran la relación que Beauvoir mantuvo con alguien “completamente diferente” a ella. Con Algren, expresiones como la de querer ser su esposa; o “me dijiste una vez que yo era más importante para ti de lo que tú eras para mí, pero no creo que sea cierto”; o “te amo tan apasionadamente, tan profundamente que me sorprende. No creí que esto pudiera pasarme ahora”, se deben al exotismo del personaje y no a que Beauvoir tuviera el derecho a expresarse usando estos recursos literarios.  Dice Le Bon que lo que “cautivaba a Simone de Beauvoir cuando empezaba cada carta para Algren debe haber sido la distancia estimulante que creaba entre ella y su ser, la necesidad de empezar de nuevo en territorio virgen. Una aventura peligrosa”.

¿Y Sartre?

Un dato aparentemente fundamental en cualquier noticia sobre Beauvoir es la  relación que tuvo con Jean-Paul Sartre; y en aquellas que atañen a sus amantes aún más, pues se supone que ésta “explica” la complicada vida amorosa de Beauvoir. Lisa Appignanesi, autora de una biografía de la existencialista francesa (Simone de Beauvoir, 1988), trata de imaginar lo que habrá sido para Beauvoir el “acceder” a tener una relación abierta con el escritor. Se conocieron en 1929, nos recuerda, tiempos en los que era muy poco probable que las mujeres gozaran del permiso social para involucrarse romántica o sexualmente con distintas personas a la vez.

En un artículo publicado en The Guardian en 2005, Appignanesi se pregunta si Beauvoir sería “feliz” en este entendido a pesar de las múltiples “quejas que depositó en su ficción y en sus registros autobiográficos”. Lo que concluye Appignanesi es que si Beauvoir alguna vez dijo que el mayor logro en su vida había sido la relación con Sartre, quizás también se refería a la forma en que “su relación moldeó los escritos filosóficos y de ficción de ambos”, o al hecho liberador de que en “el experimento de su relación con Sartre, de Beauvoir tomara en sus manos el poder de la descripción”.

Por su parte, Louis Menand interpreta el affaire entre los dos pensadores como una primera salida para las expectativas de rebeldía bajo las cuales vivía Beauvoir. Sin embargo, lo que los mantenía juntos según el historiador, era bastante más que el acuerdo: “las relaciones con otras personas eran la base de su relación. El intercambiar y compartir e imitar, los escritos a modo de memoria y novela, hasta las entrevistas y las cartas publicadas y las herencias en disputa, son la sustancia de su ‘matrimonio’” dice en un artículo de The New Yorker. Para él esto es evidente en las relaciones que la pareja mantuvo con varias mujeres jóvenes. Así, Menand concluye que “Sartre era un clásico mujeriego y Beauvoir la típica facilitadora. En un principio, la bisexualidad [de Beauvoir] era su forma de demostrar buena actitud”.

Menand muy probablemente tenga razón cuando dice que Beauvoir era presa del machismo en su relación con Sartre (sabemos que Sartre tenía muy mala opinión de las mujeres en general). Sin embargo, la lógica mediante la cual concluye esto es lo que suena por lo menos raro: como “lo sostenido en El Segundo sexo no cuadra” con la forma en la que Beauvoir manejaba sus relaciones (dado que, según Menand, era cómplice del poder ejercido por Sartre) debe ser que toda su vida amorosa era una farsa: “Aunque sus relaciones eran, en su mayoría, relaciones amorosas, en casi cada una de las páginas que escribió es evidente que hubiera renunciado a ellas de poder tener a Sartre solamente para ella”.

Lo que nos revelan todas estas opoiniones en suma es que, si la autora hizo o dijo algo que no se correspondía con sus teorías, solo puede haber dos explicaciones: o es que sus teorías no eran lo suficientemente sólidas, o sencillamente llevó una vida llena de contradicciones. Este injusto maniqueísmo no es un fenómeno exclusivo de la historia intelectual protagonizada por mujeres —a Marx se le ha denostado por todos y cada uno de sus resabios burgueses—, pero es algo que la trasciende: como siempre, parece que la vara está demasiado alta para las mujeres, y sobre todo para aquellas que se atreven a dar su opinión.

Pero cuando los hombres emiten juicios de valor, incluso sobre relaciones ajenas, lo pueden hacer impunemente. Cuando Lanzmann habla sobre las cartas entre Beauvoir y Algren con Le Monde dice que, si bien son extraordinarias: “la correspondencia entre Simone de Beauvoir y un tal Lanzmann lleva la ventaja”. Porque siempre se trata de ellos.

 

Ana Sofía Rodríguez. 
Editora de nexos en línea.