
Con motivo de la entrega del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances y del coloquio Mil jóvenes con Emmanuel Carrère, la Editorial Universitaria de la Universidad de Guadalajara publicó un breve volumen con textos de la ensayista barcelonesa Mercedes Monmany y del propio escritor parisino. Se incluyó una parte de Calais —tercer libro de la colección Nuevos Cuadernos Anagrama—, que presentamos a continuación.
El puerto de Calais es el primero de Francia y el segundo de Europa, después del de Dover, en cuanto a transporte de pasajeros, y ha sido durante mucho tiempo el principal creador de empleo de la ciudad. Carrère —cazador de distintas realidades— constata que hasta finales de 2016, Calais fue famoso a causa de la Jungla, un campamento de emigrantes. Carrère llegó al lugar para escribir un reportaje. Se preguntaba: ¿cómo vive la ciudad del norte del país galo el fenómeno de la emigración? La gente en realidad vive completamente parapetada. “En la oscuridad”, afirmó una calesiense enfadada. El reportaje se realizó en enero de 2016. A lo largo de los nueve meses siguientes, las cosas no cambiaron. Luego, a finales de octubre de 2016, tuvo lugar el desmantelamiento de la Jungla. Carrère no estuvo allí, pero se lo contó una amiga por correspondencia. Dos meses más tarde volvieron algunas decenas de migrantes. Y el periódico La Voix du Nord comenzó a hacer una pregunta: “¿El regreso?”.

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Por sorprendente que parezca, el hotel Meurice de Calais es la empresa matriz del célebre palacio homónimo parisino, y no al revés. Esta antigua casa de postas es incluso el ancestro de la hotelería de lujo en Europa (un lujo hoy algo decadente, pero que durante mucho tiempo sedujo a los turistas ingleses por un precio razonable). El problema es que los turistas ingleses, como les dirá cualquier comerciante calesiense, han puesto pies en polvorosa por miedo a los migrantes y, en general, al caos que se ha apoderado de la ciudad. Al señor Cossard, el propietario, le gustaría vender el negocio; pero, por desgracia, en Calais no se vende nada. Tampoco le importaría hacerse con la clientela de la Compañía Republicana de Seguridad, fuerzas especiales de la policía, que ha desplegado a al menos mil ochocientos agentes por los alrededores del túnel y del puerto; es un chollo para los encargados del Ibis, del Novotel o del Formule 1, pero la gente que tenía que decidir la cuestión en el ministerio debió de considerar que la decrepitud burguesa del Meurice, su papel pintado descolorido, sus divanes chirriantes y sus oropeles polvorientos no casaban bien con la ruda misión de las fuerzas del orden. Pese a todo, han aparecido nuevos clientes desde hace unos meses: la mitad son periodistas, la otra mitad cineastas y artistas llegados de toda Europa para dar testimonio del infortunio de los migrantes. A ratos, parece que uno estuviera en el legendario Holiday Inn de Sarajevo, donde en lo más duro del asedio se alojaban todos los corresponsales de guerra. Cada uno, después de desayunar, se planta un anorak cálido encima del chaleco con bolsillos, coge la cámara y se monta en el coche alquilado en el Avis de la plaza de Armes para ir a la Jungla como quien marcha al frente.
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Yo, por mi parte, no voy a la Jungla; todavía no. Me quedo en la ciudad. Y esta mañana, antes de salir, me han dejado en recepción una carta cuyas primeras líneas rezan:
No, ¡usted no!
Esta tarde era Laurent Cantet, la semana pasada Michael Haneke, también se ha visto por aquí a Charlie Winston, así que no, señor Carrère, ¡usted no! Es lo que decimos aquí: estamos hartos de los famosillos, perdone la expresión, que vienen a hacer el agosto a Calais y nos toman a los que estamos encerrados entre sus murallas por ratas de laboratorio. ¿Qué viene a hacer aquí usted? ¿Quince días entre El Reino y su próxima obra para dormir en el Meurice, escribir unas cuantas páginas en la revista XXI y contar su versión sobre nuestra ciudad? Ya ve usted que digo “nuestra ciudad” como si me sintiera ya calesiense. ¿Sabe usted, señor Carrère, que en los tres años que llevo en este agujero no he recibido menos de una petición por semana por parte de gente del exterior que, como usted, quería escribir, grabar, contar desde un micrófono lo que habían visto, creyendo que lo haría mejor que los demás, quizá queriendo saciar seguramente la imperiosa necesidad del Comentario Personal? Calais se ha convertido en un zoo y yo en una de sus guardianas. Ya me conozco el circuito, así que me pregunto: ¿en qué trampas caerá usted? ¿Qué aire irá a olisquear? ¿El del Channel (lo he visto por allí)? ¿El de La Betterave (también lo he visto por allí)? ¿El del Minck (donde, por supuesto, lo han llevado a estrechar unas cuantas manos)? No lo sé, no consigo aclararme las ideas, pero de lo que estoy segura es de que su empresa será un fracaso de cualquier modo.
Y así ocho páginas, más tristes que crueles, muy bien escritas y firmadas por un nombre que tiene pinta de seudónimo: Marguerite Bonnefille. Tras haberlas leído, me dirijo con paso forzosamente pensativo hacia el café Minck. A pie, lo cual no es demasiado corriente en un departamento tan pobre que sus principales ingresos fiscales provienen de la matriculación de automóviles. Subo por la calle Royale, arteria principal de Calais-Norte (Calais-Norte, que es prácticamente una isla, aunque hasta el s. XIX era simplemente Calais). A la calle Royale la llaman “la calle de la Sed” por la cantidad de bares que la jalonan, bares en los que se forman unas peloteras tremendas los sábados por la noche. Por la mañana, los bares están cerrados y una parte de las tiendas también, aunque estas últimas no tienen perspectiva de volver a abrir, para empezar porque cada vez hay menos gente en Calais para comprar nada, y luego porque las compras, pero también las salidas de ocio, el cine cuando da para ir y todas esas cosas se hacen en la Cité Europe, el gran centro comercial que se halla cerca de la entrada del túnel, en la localidad vecina de Coquelles. La Cité Europe, el túnel: todo parece conspirar para que el Calais de intramuros no sirva ya para nada. Bueno, siempre queda el puerto, en el que desemboca uno tras cruzar la plaza de Armes.
Esta explanada ventosa, igual que el resto de la ciudad, la reconstruyó después de la guerra un arquitecto que, tras hacerse famoso en Toulon y Casablanca, le confirió un toque mediterráneo en bastante poca consonancia con el clima; está adornada con dos estatuas que representan al general De Gaulle y a su mujer Yvonne (que, según me dicen, era de Calais). Sobre estas estatuas, unos días después de mi partida, aparecerá la pintada Nik la France (“Que le den a Francia”), atribuida a los misteriosos No Borders, activistas sin nacionalidad, sin estructura y sin jerarquía, muy presentes en la Jungla, idealistas y entregados a su manera, pero que aquí tienen un poco la reputación de ser unos trolls malvados que aprovechan cualquier oportunidad para liarla. En fin. El puerto de Calais es el primero de Francia y el segundo de Europa, después del de Dover, en cuanto a transporte de pasajeros, y ha sido durante mucho tiempo el principal creador de empleo de la ciudad, junto con la manufactura del encaje. Todavía no ha dicho su última palabra: un ambicioso proyecto que lleva el nombre de “Calais 2015” (no muy avanzado, la verdad sea dicha, para estar a principios de 2016) prevé que se dupliquen su superficie y sus actividades. Pero los competidores del túnel y los incidentes cotidianos con los migrantes le han supuesto un serio revés. Dichos temas salen una y otra vez en las conversaciones de los parroquianos del café Minck, donde, como bien adivinó Marguerite Bonnefille, me llevaron nada más llegar. Mis cicerones eran un periodista de La Voix du Nord, Bruno Mallet, y su mujer, Marie-France Humbert, asalariada de Nord Littoral (lo que equivale a trabajar respectivamente para Capuletos y Montescos, porque ambos diarios, a pesar de pertenecer al mismo grupo, andan siempre a la gresca). Por lo demás, todo el mundo se reconcilia gracias al vino muscadet en el café Minck, uno de los lugares más cálidos de Calais y también del mundo, diría yo. La clientela es en conjunto mayor: jubilados de la Marina, de la pesca, de la Cámara de Comercio, del sindicalismo portuario, y espero que no se me malinterprete si digo que en el café abundan unas jetas que llenarían de alborozo a un director de casting encargado de reclutar gente para una película nostálgica creada con el fin de celebrar la aristocracia proletaria de antaño. Lo más llamativo, no obstante, no es la extraordinaria concentración de caras estupendas, bordeadas de canas, enrojecidas, cándidas, ni el hecho de que esas caras estupendas sean en una proporción que ignoro caras de votantes del Frente Nacional, sino la costumbre que instauraron hace quince años Laurent y Mimi, los dueños, que dicta que todo aquel que cruce la puerta del Minck (por la cual se cuela un gran soplo de viento marino) debe, antes de pedir su consumición, pasar por todas las mesas del bar para darles la mano a todos los clientes presentes, los conozca o no. Aunque mi carácter tiende a reservado, yo mismo he adoptado la costumbre de dar veinte o treinta apretones al entrar, y estaba felicísimo hasta que mi amiga por correspondencia me hizo darme cuenta de que al hacerlo me estaba comportando como el turista que se mueve por París en bateau-mouche y pasa las veladas en el Moulin Rouge.
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¡Pues sí! Por la mañana voy al Minck a tomar el café, y por la noche me soplo unas cuantas cervezas en La Betterave, que es una especie de bar de moda de Calais-Norte: una filial del Channel, del que hablaré pronto. En la barra de uno y otro he podido comprobar la verdad del cliché que dice que la gente del norte es tan cálida y hospitalaria como opresivo es su clima. Es como lo de los rusos: dicen que son borrachos, sentimentales, exagerados… y es verdad. Desde que recibí la carta, sin embargo, miro todas las caras sospechando que puedan ser la de mi misteriosa amiga por correspondencia, que, escondida, alerta, me escucha declamar la pequeña cancioncilla sobre lo que he venido a hacer aquí con una sonrisa amarga.
“En cuanto al Comentario Personal”, escribe, “el ángulo que elige usted es original, eso se lo admito. Hablar de Calais sin sus migrantes, hablar del resto —si lo he entendido bien—, para variar. Juega usted a sorprender, ¡felicidades!”. Es usted injusta, Marguerite Bonnefille. No digo que quiera hablar de Calais “sin sus migrantes” (¿por qué no de Varsovia en 1942 sin el gueto?), solo que quiero volver la vista a la ciudad y sus habitantes. Todos mis interlocutores aprueban calurosamente tal intención: “Es verdad”, me repiten. “Estamos hartos de que hablen de nosotros solo por eso. Y además estamos hartos de no hablar más que de eso nosotros también.” Tras lo cual, es inevitable, nos ponemos a hablar de eso. Algunos de modo bien categórico, pero muchos diciendo que lo peor es no poder escapar de verse al final obligado a definirse como “promigrantes” o “antimigrantes”. Es el caso Dreyfus perpetuado: ¿se acuerdan del dibujo de la comida en familia de Caran d’Ache? En la primera imagen, el anfitrión dice: “Por favor, no hablemos de ello”; en la segunda imagen se ve la mesa destrozada, a los comensales matándose entre sí y la leyenda reza: “Han hablado”.
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“Promigrantes” y “antimigrantes” son expresiones extrañas. Promigrantes no hay, en el sentido de que nadie es partidario de tener a las puertas de una ciudad de setenta mil habitantes una población de siete mil infelices desesperados, durmiendo en tiendas de campañas, entre el fango, pasando frío, y que según el carácter inspiran inquietud, compasión o mala conciencia. Y antimigrantes, en el sentido extremo de gente capaz de exclamar “¡Que los ahoguen!” o “¡Que se vuelvan a su casa!” (lo que en muchos casos vendría a ser lo mismo), sí que hay, he conocido a algunos, pero no es algo tan frecuente. Mucha gente dice que la cosa iba bien cuando eran solo “los kosovares”, que llegaron en los años ochenta, al final de las guerras en los Balcanes, de modo que sobre todo los viejos llaman así a todos los extranjeros en situación irregular. Entonces no eran más que unos centenares, a eso se adaptaban. Pero ahora que están también “los siberianos” ya es demasiado. Eso de “los siberianos” me lo soltaron dos veces. Tardé un poco en entender que se referían a los sirios, y en el mismo saco metían a kurdos, afganos, eritreos, sudaneses, y a todos los que llegaban, a millares ya, de un Oriente Próximo o de un África del Este que la televisión muestra cada día envueltos en sangre y fuego, de modo que se comprende que los pobres desgraciados quieran huir, pero sería preferible que se detuviesen en otro lugar que no fuesen nuestros jardines. Que haya que acogerlos, vale, pero ¿por qué aquí? ¿Por qué en Calais, donde ya cuesta salir adelante sin eso? Nadie está encantado con la engorrosa presencia de los migrantes; los propios migrantes están desesperados de estar aquí; solo los antimigrantes la toman con ellos directamente —con una buena dosis de racismo, para ser sinceros—, mientras que para los promigrantes el problema es del Estado, de Europa, y sobre todo de Inglaterra, adonde todos quieren ir, y que no quiere saber nada de ellos, y que nos ha hecho la jugarreta de poner la frontera en nuestro territorio y encargarnos que la vigilemos. Esta estafa recibe el nombre de Acuerdos de Touquet, e incluso a la gente que llama a los sirios “siberianos” le suena de algo lo de los Acuerdos de Touquet.
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El objetivo de los Acuerdos, firmados en febrero de 2003, es armonizar la política migratoria de Francia e Inglaterra, y, de hecho, asigna la vigilancia de las fronteras francesas a los ingleses y la de las fronteras inglesas a los franceses. Sobre el papel, tal simetría ofrece un aspecto armonioso, en efecto. El problema es que ningún migrante intenta pasar de Gran Bretaña a Francia (uno de los países de Europa considerados menos deseables), mientras que cada año millares de ellos intentan, por todos los medios y a menudo arriesgando la vida, pasar de Francia a Gran Bretaña, donde la legislación laboral es más flexible, los controles de identidad menos frecuentes, las comunidades extranjeras están más unidas, y cuya lengua hablan mejor o peor muchos de los migrantes, además. El resultado concreto de los Acuerdos de Touquet se observa cuando se sale de la autopista 16 para tomar, al este de la ciudad, la circunvalación que conduce al puerto y a la terminal de los ferris. Nos hallamos en una película de guerra o en un videojuego posapocalíptico. Hay decenas de furgones de las fuerzas especiales de policía aparcados en el corredor de emergencia vigilando, desde abajo, el mayor barrio de chabolas de Europa. Cuando cae la noche, jóvenes con anoraks y gorros de lana que sobreviven en ese barrio de chabolas asaltan la circunvalación probando todo tipo de maniobras (lanzamiento de ramas de árbol o de carritos de supermercado) para distraer a los policías y frenar el tráfico a la vez, con la esperanza de trepar a bordo de un camión. Hay numerosos accidentes, en ocasiones mortales; incluso quien consigue subirse a uno tiene escasísimas posibilidades, porque los controles en el puerto son de lo más sofisticado: perros, infrarrojos, detectores de calor y de latidos del corazón. Es una pesadilla para todo el mundo: para los migrantes, para los policías, para los camioneros y para los conductores, que tienen miedo, bien de que los agreda un migrante, bien de atropellar a alguno: otra versión, más básica, de la oposición entre anti y pro. Los coches avanzan entre dos murallas de verjas blancas de una altura de cuatro metros coronadas con alambre de espino y cuchillas incrustadas (el modelo conocido como “concertina”). Las verjas le han costado quince millones de euros al gobierno británico (es su contribución, Francia por su lado provee la fuerza humana), y se extienden también por el lado oeste de la ciudad, junto al túnel, que es la otra vía de acceso posible a Inglaterra. Todo el paisaje, antes surcado por valles, cuajado de árboles, frondoso, se ha transformado en un foso gigantesco. El otoño pasado, la empresa Eurotunnel hizo talar cien hectáreas de árboles para impedir que los migrantes avanzaran a cubierto y facilitar así la labor de las cámaras de vigilancia: allí ya no se esconde ni un conejo. Unos meses más tarde, por miedo a quedarse corta, inundó toda la zona. Como dice Bruno Mallet: si pudieran poner también cocodrilos, los pondrían. El cielo, el cielo suntuoso y cambiante de la costa de Ópalo, reina sobre todo aquello, surcado de helicópteros. Los girofaros giran sin tregua, las sirenas mugen, los hombres persiguen a otros hombres. No quiero echarle la culpa a Eurotunnel, que debe proteger su tráfico, no sería capaz de decir quién es el principal responsable de esta situación: el Estado francés, que no hace lo que debería hacer, Inglaterra, que coge de Europa lo que le conviene y nos deja que nos las arreglemos con el resto, o el presidente Bush, que al invadir Irak prendió fuego a un Oriente complicado; no me olvido de que mi objetivo son los calesienses, no los migrantes (si se me olvidara, Marguerite Bonnefille se encargaría de recordármelo), pero era necesario pintar el decorado para comprender que en Calais cuesta un poco pensar en otra cosa.
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Y sin embargo se intenta pensar en otra cosa: el trabajo, los niños, los amigos. Se intenta llevar una vida normal. Me pregunto cómo sería esa vida normal para mí si en lugar de pasar dos semanas como periodista me tocase vivir en Calais durante unos cuantos meses o unos cuantos años. “¡Quince días, señor Carrère, quince días! ¿De veras cree que va a conocer Calais en quince días? Pues yo le digo que haría mejor en quedarse a vivir un tiempo y escribir un libro.” Le presto atención al consejo, quizás encuentre su camino. Mientras tanto, me pregunto cómo me haría un hueco aquí si viviese en Calais, qué lugares y qué gente frecuentaría. La respuesta es fácil, mi amiga por correspondencia tenía pocas oportunidades de equivocarse: al principio, al menos, frecuentaría el Channel. Este inmenso local, creado por un animador cultural calesiense, Francis Peduzzi, e instalado en el antiguo matadero de la ciudad, al borde de la autopista, cuenta con un prestigioso estatus a nivel nacional, con las subvenciones que acompañan a dicho estatus, y con la pretensión, justificada, de ser un “lugar de vida”. Vastos edificios de ladrillo rojo, parquet industrial, salas de espectáculo, librería, restaurante, sillones y sofás cómodos… El Channel, dentro del cual uno podría creer fácilmente que está en Nueva York o Berlín, es una comunidad. Todo el mundo se conoce y se da besos: el equipo, los habituales, pero también, hay que destacarlo, los alumnos del instituto de al lado, que van allí a hacer los deberes. Es el pulmón arty y bien preparado de una ciudad desheredada y dividida. También es, cabe suponer, el bastión más sólido del partido promigrantes de Calais. Allí se reúnen de manera informal las asociaciones de ayuda a los migrantes los miércoles (al mismo tiempo que los vendedores de productos biológicos); hay jóvenes cool y desenvueltos siempre listos para guiar a los artistas parisinos por la Djeungueule, porque en el Channel no se habla de la Jungla (Jungle),sino que lo pronuncian Djeungueule, que es más guay: pronto me di cuenta de que decir “la Jungla” es un poco como decir “israelita” en vez de “judío”, o como eso que hacía la gente de derechas de llamar “Mittran” a Mitterrand.
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En el Channel hay una excelente librería perteneciente a la editorial Actes-Sud y que dirige Marie-Claire Pleros. Marie-Claire es una mujer guapa, seria y dulce, con una voz muy bonita: todo el mundo le tiene cariño. Me ayudó mucho al principio de mi estancia, me presentó a alguna gente que me abrió su casa y cuyos nombres tengo ganas de escribir: Dominik y Marie-Claire Richard-Multeau, Jean-Louis y Annie Bougas, Pierre-Yves y Mimi Chatelin. A la escala de Calais y de su 13 % de paro, son privilegiados y tienen conciencia de ello, pero estamos lejos de las “doscientas familias” (expresión acuñada por Édouard Daladier, presidente del Consejo de Francia y miembro del Partido Radical, en cuyo congreso de 1934 la empleó para referirse a los doscientos accionistas principales del Banco de Francia como dueños de la economía francesa). Auditor de cuentas, maestra, director del complejo vacacional VVF de Sangatte (una ciudad costera que desde el punto de vista turístico ha sufrido mucho con la publicidad, pero ahora todo Calais se enfrenta al mismo problema), profesor de educación física jubilado desde hace poco que, tras hacer varias veces la Ruta del Ron, prepara la vuelta al mundo en velero (él prevé cuatro o cinco años, y su mujer se ríe con ternura: con uno o dos bastará…). Lectores de la revista Télérama, habituales del Channel, votantes impenitentes de izquierdas, inculcan esos principios a unos hijos extraordinariamente abiertos y cordiales, que cursan estudios de calidad en Lille o París y que, aunque quisieran, saben muy bien que no podrán vivir donde nacieron porque no hay trabajo y posiblemente nunca lo habrá. Viven en el barrio de Saint-Pierre, la antigua localidad de Saint-Pierre-lès-Calais, que se desarrolló en el s. XIX gracias a la industria del encaje. Las fábricas y las casas de los obreros se instalaron allí porque los burgueses de Calais (que aún no se llamaba Calais-Norte) no querían que los molestase el jaleo de los telares Jacquard o Leaver, que funcionaban veinticuatro horas al día. La gente de la edad de mis anfitriones, que es la mía también, la cincuentena larga, recuerdan con todo el cuerpo aquel ruido tan agotador que sin embargo les produce nostalgia. Se ha apagado. El encaje, que antes de la guerra empleaba a alrededor de veinte mil personas, y aún a cinco mil hace veinte años, ya no da trabajo más que a cuatrocientas. Del centenar de fábricas solo siguen funcionando cuatro. De los edificios de las demás no quedan más que armazones de ladrillo deshuesados y ennegrecidos con patios invadidos de óxido y malas hierbas ideales para ser ocupados: ahí se guarecían los migrantes hasta que los expulsó el Ayuntamiento el año pasado para apiñarlos en la Jungla, donde molestaban menos a los calesienses, o eso creían. Para que no se vieran tentados de volver, cegaron todas las puertas y las ventanas. En las calles de este barrio antaño alborotador e industrioso, se venden dos de cada tres casas. Las que no están vacías, las dividen los propietarios (que a su vez se han mudado a los pueblos vecinos y más plácidos de Marck o de Coulogne) en minúsculos apartamentos que alquilan a través de los servicios municipales a los beneficiarios de prestaciones sociales. Tras las contraventanas cerradas o las persianas metálicas echadas no se ve ninguna luz. Avanzamos por calles desiertas, cenicientas, en una mezcolanza entre toque de queda y estado de sitio. Todo eso hace aún más dulce la sensación de calor y alivio cuando se abre una puerta amiga. Esas casas, de las que con seguridad sería un habitual si viviese en Calais, dan la impresión de cabinas a bordo del Titanic: llenas de libros y discos, con cocinas rutilantes y citas enmarcadas en los baños de Edgar Morin, Stéphane Hessel y Pierre Rabhi, gran figura del altermundialismo, apóstol de la disminución del crecimiento cuya teoría del colibrí me explicaron en torno a una bandeja de quesos suntuosamente malolientes: maroilles, boulette d’Avesnes, grandes clásicos del norte. Se declara un incendio en el bosque; todos los animales emprenden la fuga, pero el colibrí vuela solo hasta el río, llena de agua el pico minúsculo y se vuelve a marchar a aletadas rápidas para verter el contenido sobre el fuego. Se pasa todo el día yendo y viniendo, y cuando un hipopótamo le hace ver que es irrisorio echar unas gotitas de agua sobre las llamaradas, el colibrí responde: “Quizá, pero yo hago mi parte.” La parte del colibrí, para mis amigos calesienses, consistía en llevar comida, mantas y ropa a los migrantes cuando aún vivían en casas ocupadas del centro, en hablar con ellos, y ahora que los han evacuado a la Djeungueule, en hacer más o menos lo mismo pero con menos frecuencia. Además se hacen reproches, se preguntan con angustia si habrían tenido valor durante la Ocupación, querrían comprometerse más (exactamente igual que yo, que en mi barrio parisino tengo a todos los afganos y kurdos que harían falta si me diera la gana de ser un colibrí más enérgico).
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¿Sabe usted, señor Carrère, qué es lo más difícil aquí? La inercia de las cosas. Se cae uno rápido de las nubes. Se estrella uno al comprobar que esta ciudad no funciona. Que está todo paralizado: los progres en su burbuja, los ingenuos en sus torres, los políticos en sus poses de político y los profesionales de las alambradas a lo largo de la circunvalación y del túnel. Creo que me va a entrar una depresión aquí, señor Carrère. Por la noche, volvemos a nuestra casa calentita entre ráfagas de noventa y cuatro kilómetros por hora mientras que… Ah, es verdad, que hemos dicho que no íbamos a hablar del tema.
Mire, Marguerite, yo hago lo que puedo. Conozco a gente, mucha gente, no solo a los progres en su burbuja, como dice usted, aunque sí encuentro reconfortante que haya progres con burbuja en Calais. Se ha invitado usted a mi reportaje, así que ya está, me va a ayudar usted, permítame que la cite de nuevo: “Cuando nos enteramos de cuál iba a ser su punto de vista, mi amigo y yo sonreímos. Nos dijimos que así podría usted hablar con toda tranquilidad de los parados, los alcohólicos y los hermanos por parte de padre que ocupan la ciudad. Los bomberos que votan al Frente Nacional y las parejas que terminan en el banquillo por iniciar a sus hijos adolescentes en la sexualidad incestuosa, cuando no están haciéndole felaciones a su pastor alemán. De las peleas que llueven a principios de mes porque acaban de ingresar la subvención solidaria y la gente hace cola en los cajeros, se va a hacer la compra a Auchan y se emborracha para luego enzarzarse en los bares de Calais-Norte”.
Ahí, Marguerite, está hablando usted de la zona de urbanización prioritaria Beau Marais y del barrio de Fort-Nieulay, que son en Calais el equivalente de Outreau en Boulogne-sur-Mer: los sitios que dan miedo, y cuya violencia asusta mucho más que la delincuencia de los migrantes a alguien como mi amiga Marie-Claire. Lo que se llama barrios “prioritarios”, solo que ahora, como dice con una sonrisa cansada Kader Haddouche, prioritaria es la ciudad entera. Kader tiene treinta y nueve años, es nieto de un soldado francés musulmán, hijo de argelinos analfabetos (su padre está jubilado, trabajaba en el amianto, su madre es limpiadora), origen no tan frecuente en una ciudad que, a diferencia de la cuenca hullera, no ha recibido prácticamente inmigración. No hacía falta mano de obra suplementaria: había la necesaria, allí mismo, para el encaje. Y esa fue, paradójicamente, la suerte de Kader: el encaje no cogía, como dice él, más que a “calesienses de rancio abolengo”; como, al ser árabe, no tenía ninguna oportunidad, tuvo que estudiar, mientras que sus amigos de la infancia, que contaban con un trabajo en el encaje, no. Así pues, Kader se hizo profesor de biología en un instituto de formación profesional mientras que sus amigos “calesienses de rancio abolengo” figuran todos más o menos en el cuadro que me ha pintado usted, Marguerite: paro, alcoholismo, desesperación y racismo. Los distritos 20 y 21 del área metropolitana de Calais, que en las últimas elecciones regionales otorgaron más del 50 % de votos al Frente Nacional, se encuentran en el Beau Marais, donde se vomita encima de los migrantes aunque nunca se vea a ninguno, porque ellos tampoco tienen ninguna razón para acudir a ese barrio. Kader milita, se presentó (como Marie-Claire) por la lista de la oposición que encabezaba el diputado socialista de Pas-de-Calais. Obtuvieron un 20 %, un resultado digno. (No le descubro América, Marguerite, pero seguramente el lector ignora que la vida política calesiense desde la guerra se resume en treinta años de derecha conservadora y casi cuarenta de un ayuntamiento comunista dogmático y zángano a la vez, que ha desanimado cuidadosamente a todos los inversores explicándoles que no eran necesarios, y al final, desde 2008, la alcaldesa del partido de Sarkozy Natacha Bouchart, a la que se critica al mismo tiempo que se le está agradecido —o no— por ser el último bastión contra el Frente Nacional.) Kader me acompañó al Beau Marais, donde creció, donde sigue viviendo, donde se siente en su casa (no como en el Fort-Nieulay, donde no está en su territorio y se mantiene en guardia). Bajo una lluvia fina y fría, estuvimos dando vueltas entre torres leprosas y toboganes que dan ganas de llorar, charlamos con unos adolescentes que habían hecho pellas para aburrirse fumando porros en un patio destrozado y expuesto a todos los vientos (“¿Qué queréis que hagamos? ¡Si no hay nada que hacer!”) y visitamos el Centro Social, cuya directora nos dice: “Aquí trabajamos la convivencia, el bienestar y la cordialidad”. Dicho esto, esboza una sonrisita afligida, sabe perfectamente que todo eso no son más que palabras; y sin embargo Kader me dice que fue allí donde leyó sus primeros Tintín de pequeño, y donde su madre va cada semana a dar clase de gimnasia: menos da una piedra, y aparte de que menos da una piedra, es que no hay nada más. Las últimas tiendas de la zona, almacenes que vendían desde muebles hasta artículos de jardinería o electrodomésticos, ya no están. Lo único que ha abierto en los últimos años es una agencia de empleo, en la que deben presentarse los parados una vez por semana: así no hay que ir a ningún sitio, ni llegarse al centro, donde no se va nunca, de hecho, si no es para montar una bronca el sábado por la noche. Ese detalle me parece elocuente, pero admito, Marguerite, que no es mucho, y que no he presenciado ninguna felación a pastores alemanes.
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No me decidía, daba vueltas alrededor de la Jungla, posponía el momento de ir. Usted dice en su carta que la Jungla es “algo que aquí nos corroe a todos todo el rato”. Se nota que corroe, que obsesiona, que divide, y no solo entre generosidad y egoísmo, apertura y cerrazón, gente culta y lumpenproletariat que ha dado con otro más miserable para odiarlo, sino también, y de modo muy concreto, entre gente que ha ido, que de vez en cuando vuelve, y gente que nunca ha puesto el pie allí. No acuso de nada a los segundos, quizá yo formaría parte de ellos si viviese en Calais, y siento más aprecio por Marie-Claire, que de momento se ha abstenido por miedo a verse desbordada por la emoción y el sentimiento de impotencia, que por muchos turistas de la desgracia curtidos. Al final fui con una joven, Clémentine, que aunque trabaja en el Channel conoce bien el campamento y acompaña a menudo a los visitantes. No voy a contar la visita. Lo he intentado, pero avasalla. Ocupa de inmediato demasiado espacio, no se la puede contener en los límites de unos cuantos párrafos. Solo querría hacer constar una cosa sobre los calesienses que, como la valiente Clémentine, se internan en el campamento con botas de plástico y mochilas para ayudar, cuidar, informar. Dicen lo que dicen todos los voluntarios, de todas las nacionalidades, y que al principio me molestó por considerarlo un romanticismo de misionero, pero que debe de ser verdad: la Jungla es una pesadilla de miseria e insalubridad, pasan cosas terribles, hay ajustes de cuentas y violaciones; sus habitantes no son todos, ni por asomo, ingenieros tranquilos, esforzados estudiantes y virtuosos perseguidos políticos, pero en ella se observa también algo extraordinariamente admirable: la energía, el ansia de vida que ha empujado a esos hombres y mujeres a un viaje largo, peligroso, heroico, y del que Calais, pese a parecer un callejón sin salida, es solo una etapa. Lo cual expresa el fresco de Banksy en una pared de cemento a la entrada de la Jungla. El Ayuntamiento había pensado en borrarlo antes de darse cuenta de que se trataba de una obra de arte —lo que es más, una obra del artista callejero más famoso y caro del mundo—, y de que ahora forma parte del patrimonio de la ciudad, al igual que los Burgueses de Calais de Rodin. Representa a Steve Jobs con un hatillo y un ordenador vintage, y recuerda que el fundador de Apple entró en Estados Unidos en la piel de un niño llegado de Homs (Siria). La situación no es la misma, está claro, y el paralelismo es aún más forzado puesto que Steve Jobs era solo de origen sirio, nació en San Francisco y fue adoptado, pero no importa: algunos migrantes morirán intentando pasar a Inglaterra, los demás sufrirán en los márgenes europeos un destino de humillación y pobreza, pero aun así un sirio o un afgano que exponiéndose a mil peligros ha llegado hasta Calais y está pasándolas canutas allí, Dios lo sabe, puede pese a todo concebir la Jungla como un momento de su vida, una prueba transitoria, un trampolín hacia el cumplimiento de sus sueños. Un blanquito que vive y siempre ha vivido de subsidios sociales en el Beau Marais se encuentra en una situación menos precaria pero en cierto modo más estancada, más irremediable, y me pregunto si, de modo más o menos consciente, no tendrá eso algo que ver con su resentimiento.
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ÉL: …Nos ponemos de rodillas, los acogemos con los brazos abiertos, nos ocupamos de que no pasen frío, que vale, su país está en guerra y decimos que son pobres, pero cuando uno es pobre no tiene teléfonos de seiscientos euros y zapatillas de deporte más caras que las mías y solo ropa de marca. Se hacen los pobres, no se crea, que luego son más ricos que nosotros, no pagan impuestos, les dan cama, comida y ropa, las asociaciones les dan todo lo que quieren, y con el dinero se van a Bricoman a comprarse destornilladores, martillos y sierras eléctricas, de todo, para cortar las verjas y para romper todo lo que puedan, y al final ¿quién paga? Nosotros, con los impuestos.
ELLA: Y ahora además les pagan el carné, mientras que mi hijo no tiene dinero para sacárselo.
YO: ¿Ah, sí? ¿Les pagan el carné?
ELLA: Sí, lo he visto por internet y he visto a dos saliendo de la autoescuela Gambetta, y no le digo la sonrisa que llevaban. En Auchan, donde hacemos la compra de la semana, vemos sus carritos y los nuestros, y le digo que los suyos van hasta arriba, con bolsas de diez baguettes, lotes de botellas de refrescos, patatas fritas, y todo de marca. Esos carritos a rebosar son terribles, terribles. ¡Pero si hasta tienen tiendas en la Jungla! ¿Eso es legal? Una tienda francesa paga impuestos, paga una licencia, y ¿qué se cree, que ellos pagan? A los franceses nos dejan de lado; nosotros tenemos que sacarnos solos las castañas del fuego y a ellos se lo dan todo.
ÉL: Tiran proyectiles desde los puentes, cruzan la autopista de cualquier manera; si un francés hace eso lo llevan a la cárcel y ellos tienen todos los derechos. Pues yo lo que digo es que como uno cruce la autopista delante de mí, no pienso frenar, sino acelerar.
ELLA: Van en grupos de treinta o de cuarenta, te miran de reojo, buscando cosas para robar. Mis hijos tienen veintiún y diecisiete años, pero a mí me da miedo que los ataquen cuando salen. Se van al centro y ellos son dos, pero los otros son un montón. Y hay ataques todo el rato.
YO: ¿A ustedes los han atacado?
SE MIRAN: No.
YO: ¿Y a sus hijos?
ELLA: No.
YO: ¿Sabe de alguien a quien hayan atacado? ¿Alguien con quien pueda hablar?
ELLA: No, pero hay. Una señora que vivía en el camino de Dunes se va a tener que ir de su casa, porque ahora los migrantes le hacen la vida imposible.
ÉL: Ha hecho un video, lo puede ver en el sitio web de los Calesienses Enfadados, que quisieron organizarse para defenderse pero tuvieron que dejarlo porque se volvió demasiado peligroso para ellos. Son padres y madres de familia, pero a ellos no los protege nadie. La policía les dijo que no podía protegerlos, que no tenían permiso para proteger a los franceses.
ELLA: ¿Sabe usted lo que hay escrito a la entrada del campamento? “Un poli, una bala.”
Emmanuel Carrère
Escritor. Ha publicado El adversario, El bigote, Limónov, Una semana en la nieve, Una novela rusa, El Reino, Bravura y Conviene tener un sitio adonde ir, entre otros libros.
Traducción de Laura Salas.
© Editorial Universitaria de la Universidad de Guadalajara.
© Editorial Anagrama.