Abcedario de Fernando Savater

Hoy el gran filósofo Fernando Savater será homenajeado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Desde estas páginas nos sumamos al más que merecido agasajo al autor de Ética para Amador con un abecedario que repasa algunas de sus querencias y obsesiones.


Amador. Tengo un hijo de 42 años. Yo creo que la relación padre-hijo debería tener fecha de caducidad, como los yogures. Yo fui padre cuando mi hijo tenía 9 años, ahora, cuando lo veo, es un señor que me parece mayor que yo.

Barba. Una vez pensé en cortarme la barba, lo consulté con Amador y me dijo: “Si te la quitas, no podré conocerte”. Sigo barbudo.

Cioran. Era un conversador estupendo, divertido, carente de pedantería y sobrado de agudeza. Su malicia, que siempre mitigaba al final de sus dichos con una seca carcajada, era casi siempre genérica, incluso abstracta: muy pocas veces le oí hablar mal de nadie y sus discretos cotilleos me parecieron siempre bastantes inocentes.

Despeñarse. La vida es como un despeñarse, algo que no se puede parar: se va uno agarrando a cosas, a personas, resbalando y resbalando hasta que no haya nada de dónde agarrarse, y cada vez, con los años, la carrera hacia abajo es mucho más rápida. Procuro vivir todas las cosas como experiencias interesantes. Me digo: “Caramba, esto no me ha ocurrido nunca, envejecer, morir, qué se siente, qué pasa”.

Eduardo Arroyo. Me hizo una espléndida caricatura, soy de esos que mejoran en caricatura y empeoran en retrato.

Franquismo. El franquismo era como ese momento en La bella durmiente en que todo mundo se queda paralizado en el castillo por el hechizo, hasta que llega el príncipe y le da el beso a la dama y todo se empieza a mover, el agua corre, los gatitos juegan… La muerte de Franco fue así, como el beso del príncipe en versión algo lúgubre. Gracias a eso todo volvió a moverse, a funcionar, y quienes nos vimos bloqueados por mucho tiempo en la dictadura creímos que nos llegaba el momento para vivir como protagonistas y no como simples resistentes.

Gafas. Mi madre se empeñaba en comprarme gafas graduadas oscuras, que según ella eran mejores para la vista, y que me dieron durante años un aire de torturador pinochetista.

Harry Potter. Por el interés que despiertan mis libros, he llegado a pesar que soy como el Harry Potter de la filosofía. Eso pienso cuando veo a mis alumnos de la Universidad Complutense y no dejo de pensar que me miran con resignación.

Infancia. Fue la etapa más feliz, esencial de mi vida: los gustos y los disgustos, lo que me ha formado me ocurrió en esos primeros años. Luego me fui a Madrid y crecí, pero las cosas no crecieron conmigo. Esa etapa de mi vida termina con mi adolescencia, a los veinte años, con la muerte de Francisco Franco.

James Joyce. En las calles de Dublin uno siempre puede retratarse bien acompañado por amigos ilustres, entre ellos, James Joyce.

Kafka. Ni Agatha Christie es baja literatura ni Franz Kafka es alta. Hay días Kafka y hay días Agatha… Y ahora que lo pienso yo he tenido más días Agatha.

Leer. Antes de los 20 años leía a filósofos como Bertrand Russell, Schopenhauer, Nietzsche, entre otros pesos pesados que nunca representaron mi abandono de los vicios literarios predilectos en mi interminable adolescencia: alternaba y acompañaba a los sabios maestros con mis usuales Lovecraft, Bradbury, Karl May y John Dickson Carr. Pasaba de W. B. Yeats a M. R. James, de Kafka o Borges a Arthur Machen, sin dejar nunca de lado a Kipling, Joseph Conrad o Chesterton. Siempre con las mismas gafas, siempre buscando la misma salvación de lo mortecino cotidiano y con el mismo deleite.

Música. La música mexicana es en España casi una de las tradiciones principales. Cuando era joven y me reunía con amigos, terminaba cantando más canciones mexicanas que de Juanita Reyna. Y lo que cuentan Los Tigres del Norte en sus canciones, por ejemplo, son cosas que ya me son familiares: el mundo de la inmigración, la frontera, que aparecen hasta en películas. Ahí está Alex de la Iglesia y su Perdita Durango.

Nostalgia. El milagro de los milagros ocurría para mí cada Día de Reyes. ¡Qué pena me da los que blasfeman sistemáticamente en contra de las fiestas navideñas, salvo que sea por nostalgia contrariada! Saben de la felicidad lo que yo del ballet.

Otaegi. Nombre de la pastelería donde mi madre compraba unos pasteles hojaldrados y natosos llamados “rusos” que rubricaban en la mesa familiar las grandes ocasiones. “Hoy tenemos de postre rusos de Otaegi”.

Precaución. El terrorismo te hace vivir con precaución. Por fortuna no se deja atemorizar todo el mundo, si no este hubiera triunfado. Es verdad, claro, que la presión terrorista hace que uno tenga que vivir una vida mucho más limitada, con más restricciones de las que quisiera.

Quevedo. El sarcástico y fundamentalmente adusto Quevedo reconoció un día, quizá a regañadientes: “Nada me desengaña; el mundo me ha hechizado”. También a mí, pero yo además sé cuándo ocurrió, dónde y casi —solo casi— por qué.

Rushdie, Salman. En una ocasión Salman Rushdie me pidió que presentara su libro Hijos de la medianoche. Conversando ambos salió el tema de la edad y surgieron las coincidencias, el diálogo pareció sacado de una obra de teatro de Eugéne Ionesco:

—¿De qué año eres? —preguntó uno.
—Del 47, ¿y tú?
—También del 47.
—¿En qué mes naciste?
—Yo en junio, ¿y tú?
—También en junio.
—¿Y qué día?
—Pues el 27, ¿no me digas que tú también naciste el 27?
—Sí te digo.

Y otra cosa que teníamos en común es que nuestra vida corría peligro. Tras la publicación de Los versos satánicos, Rushdie fue amenazado de muerte por el ayatola Khomeini y ETA hizo lo mismo conmigo. Hubo una época de mi vida que transitaba a lo Rushdie y contraje el síndrome de Whitney Houston por aquello de la película El guardaespaldas. Por cierto, uno de los países en donde mayor peligro corrió la vida de Salma Rushdie fue México, cuando un grupo de simpatizantes del nacionalismo vasco ingresó a unos hindúes al hotel en el que se hospedaba el autor. No obstante, para fortuna de Rushdie, el operativo fue descubierto. Desde entonces cada vez que buscamos firmas para un desplegado en contra de ETA tenemos asegurado el nombre de Salman. Jajaja.

Sara Torres.  Dante dice que no hay nada peor que el recuerdo de los tiempos felices cuando uno está mal. Otros piensan otra cosa, que no hay mayor consuelo. Julian Barnes escribió ante la muerte de su mujer, que murió de lo mismo que la mía, que frente al amor hay dos dramas. Me refiero al verdadero amor, no a los fines de semana divertidos. Y esos dramas son: no haberlo conocido nunca o el haberlo conocido y saber que todos los grandes amores, cuando son verdaderos, acaban trágicamente. Porque al final siempre desaparece uno de los dos, salvo que tengan la suerte de ir los dos en el mismo avión cuando se caiga. Julian Barnes se quedaba con que es mejor haber conocido el verdadero amor. Y yo también lo creo. Porque además yo he perdido el objeto del amor, no el amor. Yo sigo enamorado. Desde que murió mi mujer, Sara Torres, si un terrorista de ETA me mata, me hará un favor.

Theodor W. Adorno. Por su crítica cultural y culturalista, por su intransigencia (en aquellos días de mi juventud toda intransigencia me parecía un signo intimidatorio de lucidez), por su altiva proclamación de necesaria oscuridad estilística, mi hombre era Adorno. El estilo sobre todo: enroscado, contrapuntístico, con un barroquismo jalonado aquí y allá por sentencias lapidarias que me infligían latigazos de entusiasmo. Desde luego, no pretendo —ni entonces pretendía— haberle comprendido por completo. Pero eso era lo de menos, porque para disfrutar de él me bastaba con intentar mimetizarle. Lo ha dicho muy bien y maliciosamente Hans Blumenberg: “Nadie ha entendido a Adorno, pero todos han aprendido, tras unas pocas páginas, cómo se hace”. A mí me encantaba “hacer” Adorno en mis primeros ensayos breves, sobre todo cuando trataba alguna cuestión polémica o quería amenazar teóricamente al orden establecido. Un capricho como cualquier otro, que me procuraba mucho trabajo pero también cierto ufano placer al escribir: a mis escasos lectores, en cambio, solo debía de darles trabajo. La persistente influencia de Borges y luego de Cioran, junto a varios ensayistas anglosajones, me fue curando poco a poco de esta escarlatina, pero sobre todo me salvó la obligación pecuniaria de escribir frecuentes artículos periodísticos. Había que elegir entre ser Adorno y ser periodista: afortunadamente preferí el periodismo y me volví hacia la sobriedad y la ironía enérgicamente ligera, hacia Voltaire.

Voltaire. La mayor parte de su obra es ilegible salvo para expertos en el siglo XVIII. Pero perduran sus opúsculos, los cuentecitos, el maravilloso Diccionario filosófico. Y luego está la correspondencia, que era fabulosa. Se encontraron 40,000 cartas en su casa de Ferney. Lo que hubiera hecho este hombre con un WhatsApp.

William Shakespeare. Will, como me gusta decirle, nos hizo ver que éramos unos pobres actorcitos a merced de un mundo cada vez más complejo.

Yo. Yo vivo en el ahora: de lo que estoy haciendo y queriendo. Cada vez descreo más del futuro. Ojalá pudiera contar experiencias místicas o de sabiduría, pero no las tengo. Para mí hay un momento que se sitúa biográficamente, si quieres, en las proximidades de los cincuenta años, en que de pronto la idea de la muerte se convierte en una vivencia: el fin de los amigos del mundo en que has vivido, se convierte en algo real.

Zarzuela. Tengo una foto en el hipódromo de la zarzuela madrileño con Claudio Carudel, mi ídolo hípico, más importante para mí que cualquier premio Nobel.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Editora y ensayista.

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Publicado en: Ciudad de libros
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