La infelicidad como habitación cotidiana.
Entrevista con Guillermo Fadanelli

En esta charla sobre Meditaciones desde el subsuelo, Guillermo Fadanelli habla de la “distribución del sufrimiento” a través de la literatura, de la experimentación de un sueño como tortura y de la muerte voluntaria.

Guillermo Fadanelli
Meditaciones desde el subsuelo
Almadía
México, 2017
214 páginas.


Un atributo de la conversación de Guillermo Fadanelli es que siempre produce frases contundentes, a veces aforísticas. Platicamos en un edificio de la colonia Escandón en la Ciudad de México, urbe a la que recurre en su narrativa. La noción de subsuelo es aplicable tanto a la metrópoli como a la literatura. “Es del subsuelo de donde se hace venir a la literatura para que nos cuente qué sucede en la vida de los hombres, las cosas y las excusas”, plantea Fadanelli en su más reciente libro, Meditaciones desde el subsuelo (Almadía, 2017). También asevera: “apenas escucho un ladrido humano en lugar de una voz, corro a encerrarme de nuevo en mis libros. Hasta que un día no vuel­va a salir jamás”. Fadanelli propone aprender desde la distracción y desconfiar de la tradición impuesta hasta donde sea posible. Plantea que es bueno mantener un pie dentro de la literatura, “puesto que en las novelas, e incluso en los ensayos mundanos, uno no aprende más que a estar allí dentro, como quien mira hacia la calle en espera de que algo fuera de lo normal acontezca”. El escritor habla de la “distribución del sufrimiento” a través de la literatura, de la experimentación de un sueño como tortura y de la muerte voluntaria.

Fadanelli sospecha que existe un dolor o sufrimiento no transmisible, singular, mudo, que se incuba en el individuo y se mantiene cautivo: “luz oscura”, le llama. Es probable que se trate de una luz solo importante y perceptible para el individuo, no para la comunidad. La cárcel de la subjetividad nos sugiere la posibilidad de que nuestros sentimientos más íntimos, nuestra locura y desasosiego pasen inadvertidos o sean ajenos a la sensibilidad de los otros. Y no obstante esa expresión muda, críptica e inabordable enciende la luz de una soledad que nos guía como individuos y seres solitarios hacia algún rumbo desconocido. El ser humano es esencialmente una enfermedad incurable y todo diagnóstico acerca de él es una aproximación. El sujeto no puede ser conociendo, pues si lo fuera entonces la literatura no tendría ningún sentido: el misterio habría terminado y la literatura llegaría a su fin”.

Recurre a E. L. Doctorow y a Dostoievski y confía en que “distribuir el sufrimiento por medio de la literatura” representa en sí un bien. Doctorow lo dijo con estas palabras: “Los relatos nos enseñan las leyes de la comunidad y distribuyen el sufrimiento. A través de las historias, el individuo siente que su sufrimiento puede ser compartido por los demás. El relato trae consigo lo que la comunidad debe saber para sobrevivir. El escritor de ficción siente que no tiene obligación moral ninguna hacia las instituciones que rigen nuestra vida, trátese del Gobierno, la Iglesia o la familia, y este tipo de testigo es muy valioso para la sociedad”. Y Fadanelli continúa: “Cuando yo estoy de acuerdo en que la literatura distribuye el sufrimiento —no esperemos que los ricos o los banqueros compartan lo que han acumulado—, me refiero a que los escritores tienen la posibilidad de extender el conocimiento a través de sus historias y de mostrarnos que el sufrimiento humano no le concierne solo a unos cuantos, sino que se encuentra allí latente, acechante y extenso. Compartirlo es asumir una carga común y, de alguna manera, aligerar esa carga. El sufrimiento es nuestro campo de cultivo. El crítico Nicolás Berdiaev afirmaba que el sufrimiento era precisamente el medio de conocimiento vital para Dostoievski, por ejemplo. Y como resulta evidente, el título de mi ensayo es una alusión a una obra del escritor ruso: Memorias del subsuelo”.

Para el escritor es posible que “lo que denominamos yo sea la marioneta con que juega un desconocido. Hablar acerca de uno mismo es un sueño recurrente: el sueño de soñar”. “¿Cómo experimentas ese ‘sueño de soñar’?”, le pregunto. Espeta: “Yo experimento este sueño como una tortura a la que tal parece me estoy acostumbrando, quizás por desgracia. Tengo la impresión de que cuando hablo de mí mismo solo estoy ensayando la descripción de un mito, una falacia histórica, un fraude. Prefiero creer que lo que soy en este momento no es consecuencia de lo que he sido, puesto que además no logro realizar una suma satisfactoria de todos los yoes que me precedieron. ¿Quién puede arrogarse el derecho a la legitimidad? ¿Qué historia se impondrá a las otras para inventarnos un derrotero y chacharear sobre lo que somos y lo que hemos sido? Es imposible saberlo, sin embargo podría decir que quien piense que posee un yo continuo y sin fisuras ha creado a un personaje asesino y mentiroso. Nos gusta alardear de que el yo tiene una finalidad. Falso, es solo temor a la desintegración, a la existencia vacua y en movimiento. Por ello, a mí no me causa problema que todos mis libros sean tan distintos entre sí. ¿Quién sabe quién y por qué los escribió? Son fragmentos de un todo imposible”.

Fadanelli ratifica que Schopenhauer escribió más bella y claramente que ningún otro filósofo. Se encuentra entre sus predilectos, como ha demostrado en libros anteriores. Habla del origen de esa fascinación. “Principalmente encuentro muy seductora la expresión y el sentido de sus ideas. Dice, por ejemplo: ‘En definitiva todo resulta del hecho de que la voluntad ha de alimentarse a sí misma, porque no hay nada al margen de ella y se trata de una voluntad hambrienta. De ahí la caza, la angustia y el sufrimiento’. Y escribió también: ‘Todo querer surge de la necesidad, o sea, de la carencia y, por lo tanto, del sufrimiento’. Y aún más (El mundo como voluntad y representación): ‘Libre de todos los fines del querer, la resignación es la esencia más íntima de toda virtud’. Creo que casi todo lo que se puede decir en filosofía ha sido ya bosquejado o pensado por Schopenhauer, el pesimista por excelencia. Quizá, con David Hume, sea también el gran estilista literario en el arte del pensar. También comparto su pasión por el arte, pues creo que es allí donde podemos vislumbrar la ausencia de lo que somos. Ahora bien, su arrogancia y pedantería fue por todos conocida, su mordacidad y afán crítico y provocador le valió el exilio por parte de los lectores de su época. En fin, yo desconfío de toda inteligencia simpática.”

Plantea que “caminar es destruirse un poco y destruirse es conocer”. Parte de reflexiones de Massimo Cacciari y de la exclamación de Hölderlin: “De la destrucción nacerá la primavera”. Me dice categórico:Es una aseveración romántica, ya que todo romanticismo se nutre de la autodestrucción, de la enfermedad y de la constante presencia de la muerte para expresar y refrendar la contradictoria vitalidad humana. Los románticos, fueran mexicanos, ingleses o alemanes, compartieron la ironía, el juego lúdico y la conciencia de su ser efímero para crear obras. Hölderlin llevó esta actitud y pulsión al paroxismo. Cacciari decía que la ciudad se venga de nuestro afán de movimiento y deseo de ocupación del espacio inmovilizándonos en las ciudades. Es algo que resulta evidente en las urbes contemporáneas. ‘Si uno está en el tráfico, uno es el tráfico’, escribió Morris Berman. Y con ello quería también decir que los habitantes de una gran ciudad son su propia calamidad. El espacio es esencialmente movimiento y nuestra parálisis urbana ha cancelado ese espacio. Y esto será así aunque aumenten veinte carriles al periférico”.

En Meditaciones desde el subsuelo quedó impresionado por la descripción de una persona como “una ofensa a la luz del sol”, incluida por Joseph Conrad en su relato “Los idiotas”. “¿No podría comenzar así la más prudente crítica literaria?”, escribió en la última parte del libro.

¿En quién o qué piensas ahora mismo al repasar la descripción “una ofensa a la luz del sol”?, cuestiono. Inmediatamente responde: “Vienen a mi cabeza la imagen de un hato de políticos haciendo promesas de bienestar común a una población amansada, sumisa y mal educada, la imagen de criminales y asesinos que se asemejan más a una bestia carroñera que al más humilde heredero de Platón; imágenes de muchos hombres poderosos y hombres de negocios especuladores y mezquinos. Todos ellos son una ofensa a esa luz del sol que se nos entrega abierta y generosamente. Representan una oscuridad ordinaria, un apagón carente de metáfora, una plasta en el horizonte. ¿Para qué continúo? Ellos representan la ‘contaminación’ que nos agobia y asfixia”.

Tras cavilar sobre Nietzsche y Kertész, alegó: “En lo que respecta a mí, insisto en que la infelicidad, mientras que no se torne insoportable o nos paralice, puede llegar a ser bienvenida, puesto que la considero uno de los orígenes del cavilar y del sentirse en casa: en una casa donde la felicidad solo es posible a cuentagotas o durante lapsos breves y milagrosos”. En la entrevista sigue: “La felicidad o la dicha no son posibles más que a cuentagotas, pues no se trata de palabras que definan la experiencia de un estado permanente. Proponerse ‘ser feliz’ es un desvarío o una expresión cándida de optimismo vulgar. Uno es feliz durante algunos momentos, horas, días quizás. La felicidad es el fragmento de un concepto que no puede ser experimentado en su totalidad. ‘¿Se es feliz cuando uno duerme?’, se preguntaba Aristóteles. ¿Quién puede saberlo? Por ello prefiero —es mi caso— aprovecharme del espíritu contrario: la infelicidad como habitación cotidiana, como punto de partida y horizonte. De esa forma no se sufre más de lo necesario y cuando los momentos de exaltación o felicidad llegan, entonces son más que bienvenidos, pues además de proveernos de un descanso nos muestran la arbitrariedad y la inconsecuencia de la vida misma”.

Para concluir la charla abordamos el suicidio como una escapatoria extrema: “La muerte voluntaria, si uno ha decidido tomar ese camino, es más que un derecho: es una afirmación, una necesidad y un golpe de voluntad. ¿Qué caso tiene continuar vivos si hemos llegado a la conclusión de que respirar carece de sentido? ¿Para qué ofrecer a quienes queremos —o nos quieren— nuestra deslavada figura apocada y triste? Cuando el sufrimiento se torna insoportable, la abulia crece y el entusiasmo languidece uno puede marcharse. Yo he querido convencerme de que la curiosidad intelectual, literaria o el simple deseo de conocimiento pueden servir como aliciente para continuar en este mundo aberrante e inhóspito para cualquier espíritu humanista. Aún no me he convencido del todo, pero en mi caso administro las últimas migajas de la curiosidad con tal de alargar un poco más los últimos días. La literatura me ayuda a distribuir o dispersar mi propio desvarío e inventarle un sentido”.

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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Publicado en: Entrevista