El viajero y autor de esta crónica narra su purgatorio por los aeropuertos latinoamericanos. La ocasión de quedarse varado entre fronteras abre las puertas a una serie de observaciones sobre la naturaleza de estos muelles aéreos sin identidad, la tipología de ciertos viajeros o la llamada “literatura de aeropuerto”.

Préambulo
A menudo se piensa en los aeropuertos con alegría y entusiasmo. Asociados a la felicidad del viaje, el aeropuerto es, a priori, un enorme complejo fraccionado en salas y portales que recibe personas de todos los orígenes y culturas para transportarlos, como por arte de magia y en tiempo récord, a los lugares más recónditos del planeta. La emoción en el rostro del pasajero; la elegancia de los miembros de la tripulación; la cordialidad del personal de recepción. En los aeropuertos todo evoca confort, voluptuosidad, ilusión.
Sin embargo, no todo es belleza dentro de un aeropuerto. Fenómenos como la globalización de la economía y la democratización del turismo han provocado una fuerte hipertrofia en el transporte aéreo. Como consecuencia, la saturación ha alcanzado un punto crítico: retrasos frecuentes en los vuelos, exceso de tráfico aéreo, explotación de los pilotos y las azafatas, sobreventa y abuso en las tarifas de los vuelos de temporada vacacional. De cierta manera, estos lugares materializan todos los problemas del modelo neoliberal que rige la vida en occidente.
Bien advirtió Sigmund Freud, en el Malestar en la Cultura, un malestar generado por esta consecución instantánea de los deseos —el movimiento es la forma del deseo por excelencia—, pues a fin de cuentas es una solución momentánea y no hace más que desplazar el problema de base: el ser humano siempre tendrá necesidad de algo, siempre tendrá un objeto de deseo. Así pues, de cierta forma, la cura resulta más grave que la enfermedad. La excesiva rapidez en los viajes solo despierta una ambición, una codicia o la gestación de un nuevo “sentimiento de vacío” en la mente. De forma un poco inocente, Freud pone sobre la mesa el argumento del pesimista in extremis: “Si no hubiera ferrocarriles que vencieran las distancias, el hijo jamás habría abandonado la ciudad paterna y no haría falta teléfono alguno para escuchar su voz. De no haberse organizado los viajes transoceánicos mi amigo no habría emprendido ese viaje por mar y yo no necesitaría del telégrafo para calmar mi inquietud por su suerte”.1 Visto bajo este ángulo, el aeropuerto nos proporciona la aspirina del viaje.
No obstante, ese no es un problema exclusivo del siglo XX. El filósofo francés Émile Auguste Chartier, mejor conocido como Alain, se ocupaba un siglo antes, en sus Propósitos sobre la felicidad, de la ansiedad en la vida moderna de las personas y la problemática del viaje fugaz: “(…) el mundo está lleno de gente que corre de un espectáculo a otro con el objetivo de ver muchas cosas en poco tiempo. Si es para hablar de ello, no hay nada mejor, porque es bueno tener muchos nombres de lugares para citar; pero si es para ellos mismos, y para ver algo realmente, no los entiendo. Cuando se mira corriendo, las cosas son iguales. Un torrente es siempre un torrente. Quien recorre el mundo a toda velocidad no es más rico en recuerdos al principio que al final de su recorrido”.2
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Paso 1
Aeropuerto Benito Juárez. Ciudad de México, diciembre de 2016
En diciembre del año pasado estaba en el aeropuerto de Ciudad de México listo para viajar hacia Bogotá y visitar por fin a mi familia. El hecho de pasar las navidades junto a ellos me hacía bastante ilusión, pues ya llevaba cinco años ausente de las habituales reuniones. Aunque no había nada extraordinario en ello, las posibilidades alimentaban mi expectativa: escuchar a mi abuela renegando de sus enfermedades imaginarias, medir la estatura de mis primos e impresionarme con lo grandes que estarían, brindar con mi padre y mis tíos mientras hablamos de futbol o de la buena salsa que se hacía en los años sesenta, bailar chucu-chucu3 o vallenato con mis incansables y animosas tías: todo se me antojaba como un perfecto cuadro idílico que esparcía su rocío de nostalgia en mi imaginación.
Esa tarde llegué al aeropuerto tres horas antes y al muelle de embarque una hora antes del despegue. Cuando anunciaron el vuelo, me dirigí hacia el mostrador de la aerolínea como la mayoría de pasajeros. La azafata estaba acompañada de un agente de migración, cosa que me pareció extraña y que no había visto antes. En seguida, sentí una leve angustia en el pecho y una tensión en el cuello. La noche anterior había pasado varias horas buscando mi tarjeta de residencia mexicana en mi departamento. Entonces comprendí que la había perdido y resolví hacer una impresión a color de la tarjeta, sacar copia de mis certificados migratorios, laborales y de mi permiso de conducir. Todos esos documentos probaban sin duda que mi situación en el país era normal y que tenía derecho de ir a ver a mi familia durante unos días.
Al pasar delante de la azafata, le mostré mi tarjeta de embarque y mi pasaporte. Al ver que era colombiano, el agente migratorio frunció el entrecejo y me pidió mi documento de identidad mexicano. Yo le largué la impresión a color y la fotocopia, pero el hombre me dijo que no tenían ninguna validez. Entonces le mostré mi permiso de conducir, mi contrato laboral, mi RFC y mi CURP, pero según él ninguno de esos documentos me servía para abordar el avión. Entre nervioso, enojado y asustado, le pregunté al agente migratorio qué podía hacer para solucionar el problema.
—No puede dejar el país sin su tarjeta de residencia original.
—Pero señor, todos estos documentos prueban que estoy en regla. Mire que el avión sale en veinte minutos y voy a visitar a mi familia. No los veo desde hace cinco años— dije, echando toda la carne en el asador.
Los agentes migratorios mexicanos tienen fama de severos y abusivos. Desde la frontera que colinda con Guatemala, de donde se saben múltiples casos de discriminación, injusticia y todo tipo de atropellos, hasta el límite que separa México y Estados Unidos, del cual hay incluso películas taquilleras al respecto. De hecho, casi todos mis amigos o conocidos extranjeros que viven en México se han visto envueltos en algún lío con la migración. Por supuesto, el susodicho agente no iba a ser la excepción a la regla:
—Lo único que puede hacer para abordar el avión es firmar un documento y renunciar a su residencia mexicana.
—¿Cómo? ¿No hay otra manera? —pregunté, horrorizado.
—Ya le dije. Es la única forma. Y decídase rápido porque en cinco minutos se cierra el abordaje.
Trastornado por la tensión, traté de calmarme y pensar con cabeza fría. Sin embargo, todo me daba vueltas y solo pude concentrarme en un único pensamiento: el contenido de mi maleta que, en esos mismos instantes, descansaba dentro de la bodega del avión. Los juguetes de mis primos amontonados junto a las botellas de tequila, las cadenitas con la medalla de la virgen de Guadalupe y los demás recuerdos que había pasado varios días seleccionando para mis amigos y familiares.
—Si le firmo eso y regreso, ¿podré recuperar mi residencia después?
—Sí, pero su residencia es de trabajo, entonces tiene que pedir el apoyo de la empresa y hacer todo el papeleo otra vez.
—De acuerdo. Muéstreme el documento —resolví.
El agente migratorio llamó a uno de sus colegas, quien me condujo a una pequeña habitación mal iluminada en donde me entregaron tres ejemplares del documento y una pluma. Apurado, apenas tuve tiempo de leerlos y estampé la firma más horrible que se haya visto jamás en migración. Sin pensarlo, salí a toda carrera hacia la sala de embarque y subí al avión.
Ya sentado, abrochando el cinturón de seguridad, traté de relajarme mirando por la ventanilla ovalada. La imagen del el aeropuerto que se perdía al fondo despertó un profundo y sutil temor que solo me abandonaría un par de meses más tarde.
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Paso 2
Aeropuerto Jorge Chávez. Lima, enero de 2017
El viaje de vuelta a Ciudad de México se prometía menos accidentado que el trayecto de ida, pues había tomado altas medidas de prevención. Desde Bogotá, conté con la asesoría de un abogado asignado por la empresa y llevé conmigo todos los documentos que este me había recomendado. Así fue que abordé sin problemas el primer avión con destino a la ciudad de Lima, donde tenía escala, y me despedí de mis padres entre lágrimas y abrazos.
Al llegar al aeropuerto Jorge Chávez seguí el mismo protocolo que cualquier pasajero en transición para abordar un vuelo en el muelle internacional. Después de una hora de espera, me enteré de que viajaría a México por Aeroméxico Perú. En la fila de abordaje, preparé toda la carpeta de documentos que había juntado mientras estuve en Colombia. La azafata observó meticulosamente los papeles, y luego me preguntó si tenía un vuelo de regreso a Colombia. Yo le respondí que no porque vivía y trabajaba en México, como certificaban la carta y los demás documentos. Entonces la azafata me pidió que me hiciera a un lado de la fila, tomó su radio teléfono, llamó a su supervisora y siguió atendiendo al resto de pasajeros.
Recuerdo muy bien que mientras los pasajeros abordaban poco a poco, mi corazón empezó a palpitar de forma tan acelerada que lo único que oí fue mi propio latido. Un sudor helado me empapaba el cuello y las sienes. No podía creer que la asesoría legal no hubiera servido de nada, no podía creer este déjà vu burocrático.
Cuando llegó la supervisora, yo ya adivinaba lo que me iba a decir: antes de embarcar en cualquier vuelo hacia la Ciudad de México tenía que comprar un vuelo de regreso a Bogotá, porque había perdido mi derecho para residir en México y era nuevamente un turista como cualquier otro. Entonces pregunté por mi equipaje y me respondieron que las maletas me estarían esperando cuando yo llegara a la Ciudad de México, después de resolver mi situación.
Ese fue, sin duda, el punto más álgido de mi angustia: debía comprar inmediatamente un boleto de avión que no iba a usar con un dinero que no tenía. Lo peor de todo es que todos los vuelos con destino a México estaban llenos (incluso sobrevendidos) y el próximo trayecto con espacio disponible salía DOS DÍAS después. En consecuencia, tenía que esperar allí (¡sin salir del muelle internacional!) por más de 48 horas.
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Paso 3
Los aeropuertos y el purgatorio
En tiempos en que el viaje está al alcance de la mano —incluso para alguien que cuenta con el infortunio de llevar un pasaporte colombiano— nos resulta inaudito que este tipo de inconvenientes sigan existiendo. Quizás una de las mitologías de nuestra generación, heredada de la generación de nuestros padres, se encuentra expresada en Imagine, esa famosa tonada de John Lennon, tan celebrada por la contracultura, el movimiento hippie y casi cualquier entusiasta de tintes anarquistas:
Imagine there’s no countries
It isn’t hard to do
Nothing to kill or die for
And no religion too
Después de rumiar esta idea en mi mente durante varios minutos tuve que tragarme la impotencia y frustración y decidí pasar a la acción. Cinco horas y media más tarde, había logrado obtener el requerido trayecto de regreso a Colombia (con dinero que, dicho sea de paso, pedí prestado a un amigo al que llamé a las 3 am y que, por fortuna, estaba borracho de alegría y generosidad) y tenía fecha para mi nuevo y definitivo vuelo a Ciudad de México: el martes a las 4:30 pm por la misma aerolínea. A pesar de las horas de insomnio que pasé enviando mensajes de ayuda a toda mi libreta telefónica —exceptuando a mis padres, quienes, naturalmente, no se podían enterar— estaba satisfecho. A fin de cuentas, solo me quedaba un día y medio de espera.
Durante la primera noche en el aeropuerto comencé a advertir su cara oculta. El iluminado diáfano y resplandeciente se fue tornando pálido y desabrido. Esa máscara de elegancia, confort y dinamismo adquirió un ritmo monótono y cansino. Descubrí las ojeras, los ojos cansados en los empleados de limpieza, el personal aéreo y los vendedores que atienden las boutiques sin descanso. El afán, el miedo de las personas que rondan allí fue cada vez más evidente para mí. Confieso que mi percepción estaba ligeramente alterada por el exceso de café, el insomnio y una continua intranquilidad, pero realmente me sentí como el espectador que se acerca al escenario y levanta las cortinas para descubrir con decepción lo que se esconde tras bambalinas. Perdido en este análisis estéril, me quedé dormido sobre uno de los bancos que abundan en las salas de espera. Aunque me despertaba cada tanto, pues los avisos de “última llamada” para abordar eran fuertes, logré descansar varias horas en una relativa tranquilidad.
Cuando me levanté ya era mediodía. Los restaurantes y las tiendas habían recobrado su brillo habitual. Los turistas iban y venían con sus animosas caras. La multitud me provocó una leve claustrofobia, y me metí al baño. Al mirar mis ojos sucios, sentir el olor de la saliva acumulado en mi barba y el sudor hediondo bajo mi cuello y axilas, sentí un poco de repulsión. Con ayuda de un par de botellas de agua — ¡las más caras que he pagado en mi vida! —y una toalla que me prestó un empleado de limpieza, logré lavar mi cuerpo parcialmente. Luego fui a buscar un lugar para comer, pero desistí rápidamente al darme cuenta de que la mínima comida me costaría 20 dólares y ese era todo mi presupuesto. Resolví comprar una manzana por 4 dólares— ¡la más cara otra vez! —y beber agua del baño mientras trataba de evadirme con la lectura de una novela de aeropuerto4 que había traído conmigo.
Ya en la tarde, fui a la oficina de la aerolínea para imprimir mi nuevo boleto de avión y confirmar que mi equipaje me esperaba en México. Había una fila de espera considerable, así que tomé un turno de la máquina dispensadora y me senté en un banco, justo delante de la puerta de entrada. A mi lado se encontraba el dispositivo detector de metales y los cubículos de inmigración para los vuelos que venían de Latinoamérica.
Luego de unos minutos, llegó un pequeño grupo de pasajeros que andaban más rápido de lo que sus pies y su equipaje de mano les permitían. Dentro del grupo, me llamó la atención un hombre maduro y barrigón de unos 45 años que venía corriendo a mero trote por el pasillo, seguido de una señora rubia que lo igualaba en edad y una joven esbelta que parecía ser su hija y los seguía con un poco de indolencia.
Unos empleados del aeropuerto indicaban a los pasajeros, mediante gestos, que se apuraran a cruzar el detector de metal. Supuse que debían trasladarse a otro muelle para tomar un vuelo de conexión. El caso es que atravesaron toda la sala en menos de un minuto. Mientras tanto, mi fila no avanzaba. Un pasajero bastante alterado alegaba a la recepcionista. Traté de volver a mi lectura, pero luego de unos minutos me di cuenta de que mi esfuerzo era inútil, entonces me puse a revisar las redes sociales en mi Smartphone y a imaginar las vidas de mis amigos más cercanos quienes, a juzgar por las fotos que compartían, la estaban pasando bastante bien.
Un rato más tarde, vi llegar intempestivamente a la familia de pasajeros que había cruzado la sala hacía unos minutos. Se dirigieron hacia uno de los empleados que vigilaba el detector de metales. El hombre cambió un par de palabras con este, quien a su vez llamó con su radioteléfono. Tras unos segundos de espera, le comunicó al hombre y su familia algo que los dejó en la perplejidad absoluta. Supuse, de nuevo, que habían perdido su vuelo, como yo. Padre, madre e hija se miraron las caras con un notable desconcierto. Resignado, el hombre se tomó la cabeza, que casi no tenía cabellos que agarrar. Unos segundos después, la mujer —según entendí, llamada Teresa— dejó caer su bolso en el suelo y comenzó a hablarle a su marido, casi a los gritos.
—¡Nos arruinaron las vacaciones, Carlos! ¡Después de todo un año de trabajo!
—¡Esperá un poco, Teresa!
—¿Cómo que “esperá”, Carlos? ¿Vos sos pelotudo o qué?
—¡Aguanta un poco, che!
—¿No te das cuenta que estos hijos de puta nos jodieron las vacaciones? —dijo la mujer, señalando al grupo de empleados. Mientras tanto, la hija miraba con indiferencia a sus padres.
—¡Calmate, che, por favor! Vamos a ver cómo nos pueden solucionar…
—No me vengás con eso. ¡Los vamos a demandar a estos pelotudos de mierda!
Para completar, uno de los empleados sonrió al escuchar las amenazas y Teresa se dio cuenta. En un estado de cólera frenética, la señora comenzó a vociferar todo tipo de insultos hacia el empleado y de un impulso salió corriendo hacia él. Por fortuna, Carlos adivinó la acción de su mujer y logró atajarla antes de que se acercara mucho. En la cima del enojo y la impotencia, Teresa le quitó a su esposo una botella de agua que tenía en su mano y la arrojó para golpear al empleado de la aerolínea. El hombre, un joven de unos treinta años, apenas tuvo que inclinar su cabeza para esquivar el objeto, que se estrelló contra el detector de metales.
***
Esa tarde fue productiva para mí: avancé notablemente en mi lectura, vi seis episodios de una serie de televisión y tuve una charla con uno de los vendedores de un minimercado. El joven era un limeño muy amable que me llamaba “causa” y no se cansaba de repetir “¡A su mare!” cada vez que le contaba una parte de mi historia. Me habló un poco del aeropuerto, me dijo que se llamaba Jorge Chávez en honor a un piloto peruano que nació en París y fue el primer aviador en cruzar los Alpes en aeroplano. Por desgracia, se quedó sin gasolina y la gran hazaña le costó la vida. Cuando el joven tuvo que regresar a su casa, me fui a echar una siesta sobre los incómodos asientos de la sala de espera, que era el único lugar en donde apagaban las luces al cabo de unos minutos de inactividad.
Mi sueño fue interrumpido varias veces por el ir y venir de los pasajeros. Cada vez que abría los ojos veía un grupo de personas diferente. No obstante, pude entresacar ciertos rasgos característicos y deducir varias tipologías del viajero. El más frecuente era la pareja de “país primermundista”, por lo general de tez blanca, rubios y de cuerpos envidiables. Venían de Cusco y su destino final era un lugar paradisíaco como las Bahamas, las Antillas o las playas de Quintana Roo. Luego estaba la típica familia latinoamericana que había planeado el viaje desde hace mucho tiempo y por fin cumplía su sueño. Casi siempre se dirigían hacia Cancún, Cuba o Cartagena. Finalmente, estaban los viajeros ocasionales y “ejecutivos de clase media” para quienes el trayecto era cuestión de negocios u obligación. El estrés que vivían estos pasajeros era evidente, pues además de llevar trajes ceñidos al cuerpo e incómodas corbatas, respondían con fastidio a cualquier interacción y miraban su Smartphone cada cinco segundos.
Metido en esos inventos de la mirada, la noche fue cayendo al fin y llegué a esta hipótesis: los aeropuertos son una especie de purgatorio, un limbo en donde las fronteras son menos evidentes pero más latentes, un espacio en que las leyes son más severas pero también más ambiguas, un lugar de paso que favorece el encuentro intercultural pero también el choque de extremos opuestos; la ingenuidad del hippie que recorre el mundo y la tensión del ejecutivo que no puede llegar tarde a su cita, la ilusión de un par de novios que salen del país por primera vez junto a la angustia infinita de un contrabandista o una mula que lleva droga en el interior de su cuerpo o de su equipaje. En últimas, el aeropuerto es una mezcla de oficina burocrática y comisaría de policía; lugar de tedio y de espera, lugar del cual todo el mundo quiere salir lo más pronto posible.
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Paso 4
Todos los caminos conducen a casa
Al despertar a la mañana siguiente lo primero que hice fue mirar mi teléfono para constatar la hora. ¡Las 11:30 am! Ya había pasado casi la mitad del día y estaba a pocas horas de regresar a casa. La sala estaba a reventar, sobre todo por familias con niños adolescentes que me miraban como si fuera un vagabundo. Las punzadas de angustia en mi pecho eran menos fuertes y se había alejado por completo esa febril compulsión de apostador empedernido que me habitaba. No obstante, mi cuerpo olía a sudor acumulado durante tres días y tenía esa insoportable impresión de tener los dientes sucios. Inmediatamente fui a buscar al hombre de servicio para que me prestara una toalla y me “lavé” como pude en el baño de personas discapacitadas. A pesar de ponerme la misma ropa, me sentía un poco más fresco y decidí meditar durante unos minutos para aligerar las tensiones acumuladas durante los últimos días. Todavía me recuerdo allí, en ese baño del muelle internacional del aeropuerto Jorge Chávez, sentado en flor de loto y sumido en la introspección, buscando la tranquilidad que solo me traería mi salida de ese lugar. Después de unos minutos, una parte de mi angustia se había esfumado y me sentí dispuesto a solucionar lo que faltaba. Me dirigí al restaurante más barato a comer mi única comida decente de esos tres días. Ahí preparé mi maleta para el definitivo abordaje.
Cuando anunciaron mi avión, sentí de nuevo la pulsación que me resonaba en el pecho. Me acerqué al mostrador de embarque, mostré mis papeles y mi nuevo tiquete de vuelta a Colombia. La azafata, una mujer de rasgos finos y atléticos, sin duda proveniente de la migración japonesa que se instaló en Perú, me dio el visto bueno y me esbozó la sonrisa más amable que he visto. Al entrar al avión, creí que ya nada podía salir mal y esta vez tuve razón. Entonces me senté en mi asiento, en la ventanilla, y empecé a anotar las primeras líneas que componen esta crónica.
Camilo Rodríguez
Escritor y consejero editorial en Éditions Maison des Langues.
1 Sigmund Freud, El Malestar en la cultura, 1930, p. 17.
2 Alain, Propos sur le bonheur: les voyages., p. 2, traducción personal.
3 Subgénero tropical de la cumbia colombiana, fuertemente acuñado en venezuela por orquestas como los Billo’s Caracas Boys, Pastor Lopez y Guillermo Buitrago.
4 La literatura de aeropuerto es aquella que está ideada y escrita con la finalidad de “pasar el tiempo” de una forma agradable y ligera. En palabras de Kaizar Cantú: “[a la novela de aeropuerto] no la definen las convenciones de un género, sino el espacio en el que se distribuye, rasgo que comparten con los ya míticos pulps. Los estantes (…) son dominados por nombres de entre los cuales puedo mencionar (…): Dan Brown, Stephen King, John Grisham, y Dean Koontz”.