Patriotismo karateca

A caballo entre la crónica y el ensayo, el siguiente texto de Jorge Comensal propone una reflexión en torno a la idea de Patria y los peligros que cualquier tipo de nacionalismo entrañan para el mundo contemporáneo.

Diré con una épica sordina:
la Patria es impecable y diamantina.
—Ramón López Velarde

Hace tiempo viví en el extranjero con un karateca nacionalista. Aunque decía ser orgulloso mexicano, su verdadera patria no era México sino el fraccionamiento Ciudad Satélite, un suburbio de minivans cuyo volante solo gira a la Derecha. Mi compañero había emigrado a Nueva York para estudiar una maestría; se quejaba, indignadísimo, de que el gobierno mexicano no le había concedido una beca, a pesar de que él había ganado dos medallas en torneos regionales de karate. A cada rato clamaba: “Yo le he hecho dos favores a México, pero México no puede hacerme uno a mí.” Para él, pegarle a un par de karatecas centroamericanos era un hazaña equivalente a la toma de la Alhóndiga de Granaditas en 1810.

El Pípila millennial venía desde Satélite con una loza de prejuicios clasistas y xenófobos a cuestas: los chinos eran sucios, los pakistaníes holgazanes, los judíos malévolos (al igual que los poblanos) y los tapatíos homosexuales. Era racista hasta en su gramática; una vez dijo, refiriéndose a la empleada doméstica de su abuela: “es de Oaxaca, pero habla bien y todo”.

Fui testigo de su radicalización patriótica a lo largo de un tortuoso semestre de convivencia. Conforme se acercaban las fiestas decembrinas, aumentaba su nostalgia por México (o sea: por Satélite y sus sucursales en Acapulco y Valle de Bravo). Extrañaba particularmente las pop-tarts de no sé qué sabor que no se conseguía en Estados Unidos; no el quesillo, la barbacoa ni el cuitlacoche: las pop-tarts. Cada vez se ponía más seguido (y lavaba menos) la playera de la selección mexicana de futbol. Llegado el invierno, harto de la vida frugal de estudiante sin beca y del desorden cosmopolita de nuestro barrio, el karateca volvió a Satélite.

He vuelto a pensar en él debido al sentimentalismo patriótico que a muchos nos embargó tras el sismo del 19 de septiembre. Alguien decía “México está de pie” y los demás nos levantábamos, otro tuiteaba “#FuerzaMéxico” y daban ganas de alzar el puño con todo y celular. Se suspendió el desprecio cínico hacia la patria mientras salíamos a buscarla en los escombros. La gente cooperó sin distinciones: obreros, oficinistas, cocineros, estudiantes y desempleados profesionales trabajamos lado a lado, atentos al ejemplo de los albañiles, que fueron los sabios del derrumbe.

Pasaron las semanas y la zozobra se fue disipando junto con la solidaridad. A la sombra de noticias sobre la persecución de los rohingya en Myanmar, los multitudinarios desplantes antisemitas en estadios italianos y el auge de los partidos de ultraderecha por toda Europa, pensé que el sano patriotismo que nos había unido tras el temblor quizá esté emparentado con el que experimentan los movimientos etnocentristas que proliferan por doquier. Parece lógico apelar a lo conocido en la incertidumbre: la cultura natal, los símbolos nacionales, las tradiciones… Por eso López Velarde dice “Patria, te doy de tu dicha la clave: / sé siempre igual, fiel a tu espejo diario”. Pero ese bálsamo conservador puede volverse corrosivo cuando nos vincula no para enfrentar una catástrofe tectónica sino una crisis política, ambiental o financiera; cuando la amenaza no viene del subsuelo sino de la inflación, la falta de trabajo o la ingobernabilidad, el patriotismo puede orientarnos contra lo diferente, contra aquellos que ayer no figuraban en el espejo diario de la Patria, como los dreamers en EUA.

Los supremacistas blancos se llenan la boca con elogios de la Patria y de sus Padres Fundadores, del espíritu americano y la identidad nacional; así lo hicieron también los nacionalsocialistas en Alemania cuando Hitler hablaba del Lebensraum: el espacio vital que todo pueblo requiere para ser libre y próspero. El conflicto israelí-palestino tiene, entre sus muchas raíces, sentimientos parecidos. Una y otra vez, el patriotismo ha servido como sustrato de narraciones en las que son “ellos” contra “nosotros”, los malos contra los buenos, los bárbaros contra la civilización.

El karateca solía decir que yo leía “por kilo”, y así he estado leyendo últimamente sobre la Paz de Westfalia (1648), con la que se concretó la existencia de estados nacionales en Europa. Desde entonces, el mayor beneficiario del patriotismo ha sido precisamente el Estado-nación: la entidad política que legitima su hegemonía con base en una identidad cultural. Y también desde entonces, las fronteras del Estado-nación se han ido haciendo más porosas en lo que respecta al flujo de dinero y  mercancías. Pero la libertad de comercio es un despropósito sin libertad de movimiento humano; si la globalización crea regiones prósperas y las fronteras nacionales impiden migrar a ellas, no resulta extraño que la desigualdad aumente como lo ha hecho en las últimas décadas (mientras toda clase de mercancías van y vienen entre México y EUA sin obstáculos, drogas y armas incluidas, las personas no pueden hacerlo tan fácilmente, y ese desequilibrio auspicia la violencia).

Nueva York es una ciudad vigorosa gracias a su enorme diversidad cultural (que incluye, para espanto del karateca, a una nutrida comunidad poblana). Nada que ver con Satélite (donde yo, lo confieso a estas alturas con vergüenza, también crecí): ahí prevalece la uniformidad. El único lugar donde prospera el multiculturalismo suburbano es en los iphones (ahí convive el software californiano con metales africanos y manufactura asiática) y en los rollos de sushi: rodeados de arroz y alga, se encuentran felizmente el aguacate con la anguila, el mango con el salmón.

Mi roomie se ufanaba de haberle hecho dos favores a México; no parecía tener problema con que esos favores provinieran del karate, un arte marcial de Okinawa. Al mismo tiempo que manejaba diversos términos japoneses para clasificar madrazos, él era incapaz de distinguir las distintas nacionalidades extremo-orientales: a todas las despreciaba bajo el nombre genérico de “chinos”. Me arrepiento de no haber hecho lo suficiente por llamar su atención hacia esa incongruencia. En pos de una vecindad pacífica, decidí ser “tolerante”, si por “tolerancia” entendemos dejar que cada quien piense —o no piense— lo que quiera sin examen ni confrontación. Me gusta que los demás desafíen mi forma de pensar (aunque a veces, cuando acabo de ingerir dos litros de pozole, prefiero que no lo hagan). No querer que los demás cuestionen nuestra ideología me parece una forma pusilánime de la intolerancia.

“¡Viva México!”, gritó mi roomie la noche del 15 de septiembre que pasamos juntos lejos de nuestro terruño, cenando unas quesadillas infames. Tal vez ya no sea tiempo de vitorear naciones. Nos hace falta una identidad planetaria para enfrentar los retos de un mundo recalentado, deforestado, salpicado de armas nucleares y movimientos etnocentristas. ¿Qué formas podrá adquirir una identidad planetaria? ¿Será que el adhesivo universal de las culturas vendrá siendo el reguetón? Cuando Luis Fonsi y Daddy Yanky cantan “Pasito a pasito, / suave, suavecito, / nos vamos pegando / poquito a poquito” para miles de millones de personas en todo el mundo, acaso enuncian sin querer una profecía geopolítica. Quién sabe si vamos pegándonos despacito para bailar o combatir.

Jorge Comensal
Narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016).

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Publicado en: Crónica