En esta ocasión, atendemos el debate de la Academia Francesa de la lengua sobre el lenguaje incluyente y la manera en que el asunto ha sido abordado en el ámbito de la lengua española. Los intentos por resolverlo parecen un callejón sin salida. También, hallamos un curioso proyecto editorial que responde únicamente al llamado del fuego.

Feminizar la lengua
El debate sobre lenguaje “inclusivo”, “incluyente” o “no sexista” incendió la esfera pública francesa durante la última semana. La Academia del país galo decreta el apocalipsis lingüístico y culpa a sus siete jinetes (¿jinetas? ¿jinetxs?) feministas. Un manual escolar de primaria para la materia de Historia —titulado Cuestionar el mundo (Hatier, 2017)— ha tenido el atrevimiento de añadir sufijos a cada sustantivo masculino. “¡Palabrillas hirientes de cada día!”, exclamaron los/las/lxs/l@s/lOAs redactores/ras/rxs/r@s/rEAs de esta columna. También concluyeron, luego de una ardua controversia, que de tener que escribir así por los siglos de los siglos acabarían muy cansados/das/dxs/d@s/etc.
Ahora, veámoslo en claro. En español no es tan bochornoso agregar ese guion o esa barra diagonal que sirve a los intereses incluyentes. El género suele implicar un cambio de vocal, como decía nuestro clásico: chiquillos/as, mexicanos/as. Esta simpleza no podía gustarle al otro primo del latín vulgarizado; en francés, los sustantivos masculinos a los que se agrega un sufijo femenino llegan a alargarse más: citoyen/ne/s, o según las preferencias citoyen·ne·s. La Academia francesa considera este manual una verdadera “aberración”. Los miembros de la Academia, lingüistas por lo demás inmortales, creen que el francés está en “peligro mortal” y que se “tambalea” —energúmenos europeos indolentes ante las sorpresas de la placa de Cocos— la unidad nacional.
En 2012, el pleno de la Real Academia de la Lengua Española había suscrito un informe en el que se condenaba (inquisidora palabra) tanto el uso sexista del lenguaje como la pretendida obligación de agregarle automáticamente su doble femenino a un sustantivo masculino. Es decir, escribir “los directivos acudirán a la cena con sus mujeres” es absolutamente sexista. No lo es, en cambio, referirse a “los trabajadores de la empresa”, ya que el masculino genérico incluye a las mujeres. En otras palabras, según la RAE, la morfología, la sintaxis y la gramática no hacen explícita la relación entre sexo y género: el sintagma “los trabajadores” no involucra el sexo de las personas mencionadas. Insistir en el desdoblamiento “los trabajadores y las trabajadoras de la empresa” es una necedad tan inútil como los zapatos para perro o ponerle nombre a sus plantas. El estudio de la RAE se mostraba renuente a una nueva forma de “despotismo ético”, defendiendo el uso del masculino genérico, puesto que no discrimina.
Orígenes del masculino genérico
Contra las dos academias europeas, el diario L’Humanité puso sobre la mesa una sentencia de Nicolas Beauzée, que ocupó el asiento 19 de la Academia francesa y es autor de una Gramática general (1767): “Lo masculino [en gramática] goza de una reputación más noble que lo femenino; la causa es la superioridad del macho sobre la hembra”. Es decir, el uso del masculino genérico no es tan incluyente. Su origen expone un argumento algo nocivo para la igualdad y la paridad lingüísticas. Pero entonces, ¿cómo deberíamos hablar? ¿Son más absurdos los que dicen “el juez está de baja por maternidad” o los que cuentan que “Don Pedro fue la matrona en el parto de Julia”? Libertad de cada quien, digo yo (anónimo.a andrógino.a redactor.a plural de esta columna), de adoptar y formar su neolengua mientras la siga enriqueciendo, no la abarate ni la imponga como credo supremo a sus semejantes y semejantas. En cuanto a la Academia Mexicana de la Lengua, esta prometió solemnemente posicionarse en el debate en cuanto sus miembros acaben de comer palomitas.
El libro en llamas
A pesar de que Robert Plant declaró hace unos días que “la vida es mucho más que atender tuiteos de humanos dementes”, hemos seguido dando clics y “escroleando” con efusiva obsesión. Así, dimos con uno de los rasgos más esperanzadores del nuevo siglo: la inventiva. Crea una startup o muere pobre y desgraciado. Crea una idea original o muere en el intento. Crea una nueva edición “sensitiva” de Fahrenheit 451 —que le está provocando, desde ya, insoportables retortijones a Ray Bradbury en su tumba—, o muere de una vez por todas. Como ustedes saben, 451 grados Fahrenheit (unos 233 grados Celsius) es la temperatura en que arden los libros; es también el título de la distópica novela de Bradbury donde el Estado y sus firemen persiguen a los poseedores de estas armas de papel para incendiarlas con saña. La editorial francesa Super Terrain empezará en 2018 la venta de una versión por completo ennegrecida del bestseller de Bradbury. Solo el calor de las llamas levanta el velo que oscurece las páginas. El fuego milagroso hace que surja la tinta negra sobre el blanco.
Semejante proceso de revelado remite a la fascinación entrañable que se apoderó de su autor al escribir el libro, a la sensación de estar habitado por sus personajes mientras aguijoneaba frenético las máquinas de escribir que se alquilaban, a 10 centavos la media hora, en un sótano de la UCLA. Era 1950. “Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema nervioso antes de salirme por las manos”. Sobra decir que otro creador de páginas inflamables, Hugh Hefner, fue su primer editor, quien compró el manuscrito original con sus magros ahorros: 450 dólares. El resto es historia y nada que las llamas no puedan consumir.
Fuentes: El Universal, L’Humanité, Le Point, El País, Super Terrain Editions, @JorgeLanda
Señores ¿o señoras? de la redacción (mi duda nada que ver tiene con lo inclusivo): Un artículo como el que ustedes firman merecería una autoría conocida; ¿será por evitarse reconocer las referencias? Yo veo trazas en el suyo, de éste: https://www.actualitte.com/article/monde-edition/pour-l-academie-francaise-l-ecriture-inclusive-est-un-peril-mortel/85547 . Por otro lado, llevar “al extremo” el lenguaje inclusivo, esto es, con diagonales, puntos, arrobas o paréntesis, parece que a nadie gusta, los primeros, nuestros llorosos y enrojecidos ojos. Pero bueno, como dice la calle, nada que valga la pena en este mundo es fácil. Y si no, que se lo pregunten a la perra Frida, que si pudiera hablar no creo que considerara como una “necedad inútil” el que tenga que llevar zapatos para chambear.