Recién estrenada en el Teatro de los Insurgentes y con un elenco encabezado por Diego Luna y Luis Gerardo Méndez, Privacidad ahonda en los peligros que supone el potencial uso indiscriminado de nuestro datos personales.

La sensación de que alguien nos vigila a través de nuestro teléfono celular vive con nosotros y cada vez de manera más presente. Sabemos que nuestras búsquedas de Google, el uso que hacemos de nuestro correo electrónico, nuestra “ubicación” y lo que compartimos abiertamente en nuestras redes sociales, es información disponible para alguien que, “allá afuera”, la puede usar en cualquier momento. Nuestro consuelo, que no acaba del todo con la paranoia, es pensarnos como seres citadinos, con trabajos comunes, que para divertirse como mucho van al cine, a cenar, al teatro.

“No soy nadie; no importo. ¿De qué les puede servir mi información”.

Eso dice en algún momento el personaje principal de Privacidad, la obra que se acaba de estrenar en el Teatro Insurgentes. Se trata de un escritor medio misántropo, —interpretado por Diego Luna y Luis Gerardo Méndez en funciones alternadas— al que no le gusta “abrirse ni compartir sus sentimientos”. Estos hábitos ya le costaron una relación y le están costando la capacidad de escribir, por lo cual decide, en una atropellada sesión de psicoanálisis, que quizás la respuesta a sus problemas sea participar más del mundo circundante. En el siglo XXI, eso significa inevitablemente ser parte de las redes sociales, esas comunidades extendidas que han suplantado la plática dominical después de la iglesia o la conversación de café, en donde contamos qué leemos, qué comimos, cómo nos hizo sentir el sismo y cuáles son las novedades de nuestras mascotas; pero que también son fuentes de información detalladísimas a las que pueden acceder las corporaciones y los gobiernos, según va descubriendo el escritor en su debut virtual.

Por primera vez en el teatro, el público es invitado a dejar prendido su celular. La obra empieza por relatar el dilema en el que se encuentra el personaje principal y, para complejizarlo, poco a poco se integran a la escena estudiosos de la tecnología, de las redes sociales y de las leyes asociadas a su uso. Al público se le pide que participe en distintos momentos a través de sus celulares. Con estas participaciones, y sin verlo venir, los espectadores ejemplifican varios de los puntos críticos que quiere probar la obra.

La idea de Privacidad surgió cuando el dramaturgo inglés James Graham y Josie Rourke, directora artística del Donmar Warehouse de Londres, se preguntaron si habría manera de convertir la obsesión contemporánea con las redes sociales en una experiencia escénica. Lo que lograron es una obra que sigue los parámetros del teatro documental, que aborda temas políticos o de trascendencia cultural innegable y los denuncia en escena críticamente, pero con un esfuerzo didáctico claro. El resultado es una obra a la que puede asistir hasta esa tía ingenua que se sigue emocionada porque los muebles Gaia le aparecen anunciados cuando está leyendo el periódico en línea, que se ofende si le hablan de “algoritmos” y a la que Snowden le parece un criminal de quinta, sin saber bien por qué. Pues bien, esa tía que todos tenemos saldrá de la función con absoluta conciencia política de lo que significa tener un smartphone y usar Waze obsesivamente.

“También es una obra documental en el sentido textual: los temas contemporáneos se presentan como históricos y se explican gracias a las dinámicas que emprendemos con el público”, cuenta María Penella, quien aparece en la obra con el papel de la historiadora Jill Lepore (y también el de una taxista rusa). Buena parte de la obra se explica con las selfies y otros elementos que nutren a la metadata, que el público comparte con los actores que están en el escenario. Muy pronto la sensación es que el espectador efectivamente está compartiendo demasiado… Dentro y fuera del teatro.

“Cuando vemos los efectos de la sobreexposición, es difícil no coincidir con la frase de ‘ignorance is bliss’ (la ignorancia es la felicidad)”, dice Penella. Pero en medio de las voces que alertan sobre los horrores de la tecnología tan cerca de la intimidad cotidiana, su personaje tiene el papel de contextualizar nuestras idea de privacidad, que no ha cambiado en lo fundamental a través del tiempo: “Siempre hemos querido conservar información que podamos sentir solo nuestra; lo íntimo ha sido una obsesión de la humanidad”. Mientras, aparecen los personajes de Daniel Solove, abogado y académico especialista en el tema de la privacidad;  Siva Vaidhyanathan, experto en medios; y Sherry Turkle, que estudia la relación humana con la tecnología (a propósito, tiene una TEDTalk aquí), entre otros que se dedican a alertar al público de los riesgos que corremos cada vez que subimos una foto a Instagram, “Lepore juega un poco como abogado del diablo, y es la única que defiende a la tecnología y la posibilidad de crear redes comunitarias con ella”, dice Penella.

Según explica Lepore en la vida real, y la actriz en la obra, nuestro concepto actual de lo privado responde a la secularización de la idea cristiana del misterio: eso que Dios sabe y que el hombre solo puede limitarse a creer. Una vez que se cuenta con las herramientas o la tecnología para acceder a ese conocimiento, este muta a ser un secreto potencial. “No es hasta que deja de ser misterio, no es hasta que deja de ser secreto, no es hasta que deja de ser invisible, que [la cuestión] es privada”. Y Penella ahonda en por qué esto es importante para nosotros: “Seguir tratando de tener el poder sobre la información es una forma del ser humano de acercarse a lo divino”.

Sin embargo, en la historia, la defensa de eso secreto/privado “se puede describir como un axioma: la defensa de la privacidad sigue, nunca antecede, a la llegada de las nuevas tecnologías que permiten la revelación de secretos. En otras palabras, el caso legal por la privacidad siempre llega tarde”, sigue Lepore. Y eso es exactamente lo que le pasa al personaje principal en Privacidad. No es hasta que ve las consecuencias emocionales e incluso legales de haber compartido sus datos en todo lo ancho de la red, que se da cuenta de que quizás fue un poco irresponsable y en una de esas hasta nutrió la obsesión vigilante del gobierno. El espectador comparte la sensación y la lleva a lo vergonzoso: “¿Cómo no le dio pudor a esa chica instragramear una foto en su baño con una mascarilla? Todo el teatro la vio”. Pues toda la red, de hecho.

La puesta en escena está inspirada en la historia de las revelaciones de Snowden sobre el espionaje de los gobiernos estadunidense y británico a través de internet. Mientras su adaptación era trabajada en México, se denunció el uso que hacía el gobierno mexicano del programa Pegasus, que se descarga en los celulares y puede acceder a la cámara y al micrófono para vigilar a su dueño. En ese momento, Animal Político incluso publicó una guía de protección para evitar que Pegasus logre infiltrarse en nuestros dispositivos.

En entrevista con The Guardian, los creadores de la versión original de Privacidad cuentan que les gustaría restablecer en nuestras complejas existencias modernas un poco de la simplicidad de la era predigital. A la pregunta de si cree que hay algo útil en el uso de las tecnologías de comunicación que hoy todo lo abarcan, María Penella contó que la obra estaba en sus últimas semanas de ensayos cuando tembló el 19 de septiembre: “Las comunidades de ayuda que se crearon me hicieron pensar en la importancia del acceso a estas cosas”.

Quizás el uso de las redes sociales no se aleje demasiado de la lógica que está detrás de cualquier arma de doble filo: es útil para unas cosas, pero puede ser destructiva en otras. “Hay que usarlas con responsabilidad”, dice Penella. Sin embargo, después de ver la obra, la reflexión no se parece tanto a la del sabio refrán de “unas por otras” y recuerda más bien a un distorsionado: “te cuento si me cuentas”. Porque lo cierto es que todos estamos contando siempre de más y sin que nos lo pida nadie.

 

Privacidad
Creación: James Graham y Josie Rourke
Adaptación: María Reneé Prudencio
Dirección: Francisco Franco
Actuaciones: Diego Luna*, Luis Gerardo Méndez*, Alejandro Calva, Ana Karina Guevara, Luis Miguel Lombana, María Penella, Antonio Vega, Amanda Farah, Antón Araiza y Bernardo Benítez.
*Alternando funciones

Todos los jueves, viernes, sábado y domingo hasta febrero de 2018
Teatro de los Insurgentes. Av. Insurgentes sur 1587, Col. San José Insurgentes.

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.