Como cada año, la angustia. Se vuelve costumbre verificar que el hermetismo sueco es a toda prueba. Se barajan varios nombres de autores aunque pocas veces resultan concluyentes, ya que en realidad expresan el sentir de los lectores. Es una proyección del gusto. Felizmente, en esta edición del Premio Nobel de Literatura, triunfó el reconocimiento a la literatura de altos vuelos y la valoración efectiva a una tarea de años. Es una suerte que la Academia sueca haya decidido hacer oídos sordos al barullo por cierto autor japonés y se haya inclinado por un escritor que ha sembrado sus libros de manera tan discreta como rigurosa. Cada una de sus entregas, que si bien en su momento se publicaron en editoriales de alto impacto, apenas llegaban al comentario de sobremesa, sea por la forma de sus tramas (muy distendidas en el tiempo) o porque Ishiguro se ha manejado casi fuera de los reflectores.

Sería muy arriesgado considerar a Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) como un autor japonés en sentido estricto, ya que abandonó Japón a los cinco años para instalarse de manera permanente en Inglaterra. Y además escribe en inglés. Lo anterior implica referir que llegó al mundo a menos de diez años de que la bomba atómica destruyera su lugar de origen. La sombra nuclear, como no podía ser de otro modo, aún es una presencia que gravita en la sociedad japonesa. La suya es una obra que se recorre como una larga interrogación por un futuro improbable, siempre angustiante, en el cual la violencia es el eje de las relaciones humanas, lo mismo que el cambio sin reglas claras. El espejo que nos refleja durante un segundo, se modifica al siguiente y ya refleja a otra persona. Todo con un marcado acento de pesimismo, lo cual es entendible, porque Ishiguro es un profesional de la nostalgia. Sus referentes, la mayor parte del tiempo, son occidentales y además ingleses.

Las adaptaciones al cine de dos de sus novelas —Lo que queda del día (1993) y Nunca me abandones (2010)—, que han ayudado en su consolidación como narrador a nivel mundial, han sido vistas en su mayoría por lectores antes que por espectadores genéricos, muy al estilo de lo que sucede con las películas de Paul Auster. Llega la ocasión de volver a la obra de este “artista del mundo flotante” para tener frente a los ojos una narrativa del tiempo extendido, que aún se da el lujo de hacer retratos a fondo de cada uno de los personajes, panorámicas detalladas de los sitios en los que transcurre la trama, y en donde lo que se cuenta siempre es aparente porque todo puede alterarse en la página siguiente. La experiencia de lectura de Ishiguro implica entender que la flexibilidad del tiempo, que es memoria y un elemento constitutivo del ser mismo, fractura las relaciones humanas y las reordena, casi por azar, con lo cual salir en busca del hecho literario es más complejo que nunca.

Los restos del día (1989) y Un artista del mundo flotante (1994), ambos publicados en español por la editorial Anagrama —a la que ya debe reconocérsele el mérito de apostar no solo por Ishiguro, sino por otros autores de su catálogo que igualmente han ganado ese premio con el andar de las décadas—, son las mejores puertas de acceso para adentrarse en el universo narrativo del autor. Y en el relato, las piezas contenidas en Nocturnos: cinco historias de música y crepúsculo (2010), ayudan en el entendimiento de su manejo en la distancia más corta, no por ello menos sensitiva. El asunto del siglo XX, la migración voluntaria o forzosa, aparece en el recorrido de su vida y lo hace de un modo atípico: una familia oriental llega a Occidente y procrea a un escritor venido de fuera que triunfa en la literatura. Esto debe señalarse ahora que inicia cierto auge de los ultranacionalismos en Europa. Los elementos del exterior siempre enriquecen un entorno.

El aporte de la literatura en lengua inglesa a la universal parece no tener fin. El siglo XX literario inglés que generó al Ulises (1922) de James Joyce y a la narrativa de Virginia Woolf, avanza con firmeza en este nuevo que inicia con las premiaciones de V.S. Naipaul (2001), Harold Pinter (2005) y Doris Lessing (2007), solo para subrayar que siempre cuenta con obras de calidad y que mantendrá su posición en firme en la búsqueda de propuestas narrativas. La premiación a Kazuo Ishiguro continúa la estela de galardones resueltos de manera afortunada por la Academia sueca. Su obra es una apuesta por un futuro posible desde el cual pueda leerse la historia casi secreta de un siglo atormentado, con múltiples episodios de intenso sufrimiento, en el cual toda forma de violencia coexiste con los más altos anhelos del ser humano.

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.