Es imposible olvidar hoy a la familia Parra. Su legado ya es una pieza clave de la cultura latinoamericana. En 1954, un poeta chileno, Nicanor, el último hispanoamericano de la generación de 1914, quiso afrontar la solemnidad grandilocuente de Neruda y creó la veta socarrona de la antipoesía, devolviéndole a los versos de la posguerra un aire lúdico y crítico. Para esos años, su hermana Violeta ya había reunido en discos su trabajo de rescate del folklore chileno y empezaba a ser reconocido como lo que sería después: un amplio manantial para renovar la música y la poesía.

Crear modernidad con lo antiguo. Encontrar en lo viejo lo novedoso. Violeta había pasado varios años errantes, junto a su hijo Ángel, recorriendo los Valles Centrales, visitando caseríos perdidos, con una enorme grabadora de cinta para recobrar esa memoria oral; versos y aires campesinos a merced del olvido, en las orillas del progreso. En esos parajes, convivían cantos e instrumentos que habían nacido de la conjunción del barroco y los ritmos en 6/8 de origen africano, reapropiados por la cultura local, como el guitarrón chileno de 25 cuerdas —otro nieto del laúd— al que Violeta Parra dio un lugar primordial en sus antologías.


“Leyendo El Peneca”, 1964-65, óleo sobre madera prensada, Fundación Violeta Parra

Podríamos recordar aquí también su voz estridente y dulce, su temperamento intempestivo y la trágica ironía de su último hit, “Gracias a la vida”, del álbum que compuso antes de suicidarse en 1967. A ese álbum también pertenece “Volver a los 17”, todo un himno a la juventud que sería estandarte de tiempos convulsos. Cualquiera de estas canciones, alzadas al rango de éxito pop, es botón de muestra de la astucia y la habilidad poética de Violeta, que no podía concebir la palabra sin la música interna que tiene por nacimiento:

Volver a los diecisiete
después de vivir un siglo
es como descifrar signos
sin ser sabio competente.
Volver a ser de repente
tan frágil como un segundo
[…]

Podríamos por igual volver a sus incomparables décimas, esa forma estrófica que inventó Espinel en el siglo XVII y que al viajar a América se hizo voz popular. A mediados del XX, Violeta se encargó de seguirlas popularizando en el continente. Con estricto respeto de sus temas, usos y reglas, las renovó al hacerlas autobiográficas en Décimas y centésimas (1976 y 1993 incluyendo las centésimas). Aquí relata su vida con malicia, no sin antes anunciar como se debe el canto:

Pa’ cantar de un improviso
se requiere buen talento,
memoria y entendimiento,
fuerza de gallo castizo.
Cual vendaval de granizos
han de florear los vocablos,
para asombrar hasta el diablo
con muchas bellas razones,
como en las conversaciones
entre San Pedro y San Pablo.

Y así, prosigue al referir las dificultades del poeta popular (frente a otros poetas famosos):

Muda, triste y pensativa
ayer me dejó mi hermano
cuando me habló de un fulano
muy famoso en poesía.
Fue grande sorpresa mía
cuando me dijo: “Violeta,
ya que conocís la treta
de la versá’ popular,
princípiame a relatar
tus penurias a lo poeta.

“Válgame Dios, Nicanor,
si tengo tanto trabajo,
que ando de arriba p’abajo
desenterrando folklor.
No sabís cuánto dolor,
miseria y padecimiento
me dan los versos que encuentro;
muy pobre está mi bolsillo (2)
y tengo cuatro chiquillos
a quienes darles el sustento”.

Menos conocida fuera de Chile es la obra visual y textil de Violeta, igual de estridente y talentosa. Parte de esta faceta creativa corresponde a varios viajes a Europa. En 1964, expuso en el Museo del Louvre y en la Galerie Marsan las llamadas “arpilleras”, tejidos y bordados a mano que arrojan luz sobre su imaginario surrealista y su infancia en las carpas de circo itinerantes. En ellas se entrelazan animales fantásticos, trovadores, cirqueros y músicos en una atmósfera claramente onírica de colores vívidos.

“Hombre con guitarra”, 1960, yute bordado con lanigrafía, Fundación Violeta Parra

En sus trabajos en papel maché, los paisajes ondulan, los rostros se contorsionan en muecas y gestos vehementes. El movimiento es extraordinario, abarcador y telúrico (esa palabra tan gastada y desgastada en la poesía chilena).


“Hombre de negocio”, 1963-65, papel maché sobre cartón, Fundación Violeta Parra

Sus óleos, en cambio, parecen de inspiración fauvista, con una coloración irreal y provocadora. Las formas simplificadas de los personajes, los planos frontales y sin profundidad, y las escenas ingenuas, remiten sin duda a Miró y Chagall.


“El borracho”, 1964-65, óleo sobre tela, Fundación Violeta Parra

En 2015, el gobierno de Chile y los hijos de Violeta fundaron el Museo Violeta Parra, que expone y conserva la obra visual completa —hasta donde se ha podido reunir— en Santiago. Esta colección podrá dar a conocer la amplitud de esta creadora total, cuyas sombras y luces han aparecido gradualmente, varias décadas después de su muerte y del regreso de Chile a la democracia. Un paso importante fue ciertamente el libro de memorias de Ángel Parra, Violeta se fue a los cielos (2006), adaptada al cine por Andrés Wood en una grandiosa cinta de viajes, música y dolor. El mundo todavía le debe una gran biografía, un retrato en carne viva que nos devuelve su insondable universo interior. Mucho le debemos a Chile, que nos dio a Violeta y a la primera Nobel latinoamericana, Gabriela Mistral.

Siempre contestataria y risueña, enloquecida por sus pulsiones artísticas, enfebrecida por amores y desamores, arrojada al abismo del suicidio, difícil y explosiva, monumental y frágil como un segundo, cien años después Violeta sigue siendo la voz de Chile.

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de nexos en línea.